Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 46 #2
90%

Capítulo 46 #2

Escuché gorgoteos de dolor, el último aliento de alguien y, luego, reinó el silencio.

Era una escena del crimen.

Los guardias yacían inmóviles, esparcidos entre cráneos aplastados y piedras, con los ojos bien abiertos, llenos de miedo.

Nyx se deslizó de nuevo alrededor de mis hombros, envolviéndose como una bufanda.

—De verdad necesitaba esto. —Suspiró de satisfacción y me acarició la mejilla con su lengua.

Eché la cabeza hacia atrás y me aclaré la garganta, luego me incliné y escupí sangre sobre mis palmas hormigueantes.

El largo báculo brillante se solidificó en mis manos.

Eché el brazo atrás, hasta que mi mano quedó a la altura de la cadena. La punta afilada del báculo cortó el metal como mantequilla. Rompí el resto rápidamente.

La silla se inclinó hacia atrás, golpeando a un guardia y rebotando contra la piedra.

Me troné el cuello con alivio y me estiré; hice una mueca cuando se jalaron las heridas de mi costado, que apenas estaban sanando; los golpes del rostro me dolían sin piedad.

Solté el báculo; la sangre cayó al suelo en un charco humeante.

—¿Cuál es el plan? —siseó Nyx.

—Vengarnos.

—Sabía que te había criado bien.

No había tiempo que perder, así que pensé en el simposio.

— Domus .

El mundo cambió.

Un techo cubierto de pinturas me miraba desde lo alto; la música sonaba con fuerza.

Estaba de rodillas, detrás de una columna, en un oscuro rincón del simposio.

Había cuerpos por todas partes, muy juntos, saltando con las manos en alto. Apenas podían moverse.

Toda Esparta estaba presente.

Había música estridente mientras los tres miembros de una famosa banda de rock bailaban en un pequeño escenario; el cantante principal gritaba mientras saltaba.

«De verdad va a suceder».

«Yo puedo hacerlo».

Me di la vuelta y ahogué un grito.

Estaba hincada exactamente frente a dos sillas: Augusto y Caronte estaban sentados frente a mí, atados y amordazados. Tenían sangre en los nudillos, y moretones frescos les cubrían el rostro.

Había guardias olímpicos detrás de ellos.

Abrieron los ojos de par en par.

—¿Qué demonios les pasó a ustedes? —grité por encima de la música estruendosa.

Los dos se levantaron y separaron los brazos bruscamente, rompiendo las cuerdas que los ataban, luego se quitaron las mordazas.

—¡Oigan! —gritó un guardia mientras les lanzaba un golpe con su porra.

Caronte fue más rápido; le giró la cabeza a un lado y le rompió violentamente el cuello.

Cuatro guardias más se lanzaron para intervenir; los ojos de Augusto se llenaron de sangre, y todos cayeron al suelo, inmóviles.

Parpadeé, mirando la carnicería. «Qué rápido».

Caronte pisó los cuerpos y me acarició la cara con los dedos tatuados.

—Mi dulce carissima .

—No puedes hacer eso… —Miré a los olímpicos caídos—. Te van a llevar preso y te acusarán de…

Caronte me llenó la frente de besos.

— ¿Estás bien? ¿Estos moretones son nuevos? —preguntó oliendo mis rizos.

—Mi ángel —dijo Augusto mientras me acariciaba la espalda y observaba la habitación—. ¿Te lastimaron? Patro iba a decirnos dónde te tenían… Estábamos esperando a que regresara antes de actuar. —Hizo un gesto despectivo hacia los guardias caídos—. Creo que lo vi por…

—Está bien —dije rápidamente.

—¿Quién te hizo estas marcas? —me preguntó Caronte—. Descríbelos a todos. Ya.

—Ya me encargué de ellos —dije guiñando un ojo.

Caronte me observó.

—Espera… ¿los mataste?

Asentí.

Su deslumbrante sonrisa lo transformó de guapo a devastadoramente atractivo.

—Ay, esposa, cuéntame.

Augusto me besó la mejilla.

—Estoy tan orgulloso de ti.

—Yo ayudé —gruñó Nyx sobre mi hombro—. ¿Dónde están mis agradecimientos?

La música estridente me llevó de vuelta a la realidad. Me separé de ellos y respiré profundamente.

—Tengo que hacer algo —les dije—. Pero necesito que los dos me prometan que no van a interferir… pase lo que pase.

Augusto asintió enseguida.

—Lo que necesites, mi carus .

—No. —Caronte se pasó la mano por el cabello desordenado—. Ya estoy harto de quedarme al margen mientras mi maldita esposa tiene que…

Augusto jaló hacia él y asintió.

—Haz lo que tengas que hacer… Te esperamos. Te lo prometo… confiamos en ti.

Caronte negó con la cabeza.

—Yo no con…

Augusto le puso la mano en la boca y lo contuvo.

—Confiamos en ti —reiteró.

El amor vibró a través de nuestro vínculo matrimonial.

El impulso de perderme en sus brazos era abrumador, pero este era mi plan; yo misma había hecho los cálculos.

Antes de perder el valor, me di la vuelta y desaparecí entre la multitud.

—Guau, qué sexy —siseó Nyx mientras se deslizaba alrededor de mis hombros—. Necesito encontrar cuatro o cinco buenos hombres como ellos; solo un harén podría satisfacer a toda esta mujer… si sabes a lo que me refiero.

Que no reaccionara a sus pervertidas divagaciones era un testimonio de lo estresada que estaba. «¿Quién querría tantos maridos?». Yo apenas podía con dos.

Me encogí para mantener mi rostro oculto y me deslicé por el borde del salón.

«Ahí».

Vi a mi objetivo.

Me arrastré la distancia restante sobre mis manos y rodillas. El corazón me latía erráticamente, estaba muy cerca.

El suelo temblaba cuando todos saltaban al unísono con los puños en alto.

Me detuve en el borde de la pista de baile, detrás de un altavoz vibrante. Era un desastre de cables.

Me invadió el pánico.

No estaba familiarizada con las nuevas tecnologías; había supuesto que habría un solo enchufe para los altavoces; sin embrago, era un sistema complicado, y la música hacía que me doliera la cabeza.

No tenía tiempo para averiguarlo.

Me senté sobre mis talones, con los pensamientos acelerados, y por poco no lo veo.

Había un trozo de cinta con símbolos marinos escritos en él.

Había oído hablar de esa lengua: era la escritura de las sirenas. Me concentré en las letras, con la esperanza de que funcionara.

Lentamente, los símbolos se ordenaron.

Justo como cuando hablé en sirenio, un segundo era un enredo, y al siguiente, tenía todo el sentido.

«Desconecta este cable naranja y conéctalo al puerto USB de abajo. Con amor, Lena» .

Unas flechas apuntaban las instrucciones.

«Por favor, que funcione».

Conteniendo la respiración, saqué mi calculadora de mi bolsillo, desconecté el cable naranja, metí el extremo del cable en el enchufe de mi calculadora, y… casi me desmayé de alivio. Encajó.

La música se apagó.

La gente murmuró y gritó.

El suelo dejó de vibrar cuando los saltos se detuvieron.

Torpemente, presioné los botones de mi calculadora, hasta que llegué a los registros de grabación guardados. Presioné «Enter» en la última grabación, con el corazón en la garganta, y escurriendo sudor por el miedo.

Mi voz grabada llenó el salón.

«Vyco».

El salón se quedó en silencio.

Me levanté y me subí a los altavoces para que todos pudieran verme.

La voz de Zeus resonó en las bocinas.

«¿Qué… él qué?».

« Trabajaba para ti».

«¿Y… eso qué?».

Hubo un alboroto en la esquina del salón mientras Zeus se abría paso entre la multitud, y todos miraban alrededor con caras de confusión.

Estaba lista.

Metí la mano derecha en una herida abierta hasta que mis dedos quedaron cubiertos de sangre; extendí la mano, y el báculo resplandeciente se formó.

Nyx siseaba mientras se envolvía a su alrededor; su cuerpo invisible bloqueaba la luz, creando una extraña dicotomía de color sobre el báculo.

Sostuve el extremo afilado hacia el frente para proteger los altavoces.

La gente ahogó un grito.

Los susurros, « Radius Asclepii », se propagaron por el salón como un incendio forestal.

Esparta se quedó perpleja.

Mi voz se escuchaba por encima de los murmullos; era la conversación del interrogatorio, cuando acusé a Vyco de mentir.

Zeus se rio por el altavoz.

«¿De eso se trata todo esto? ¿ Ese es el secreto que conoces? ».

Se escucharon gritos ahogados por todo el salón; la gente se apartaba de Zeus para observarlo.

Dejó de tratar de abrirse paso entre la multitud y, en su lugar, alzó la mano hacia mí de manera amenazante, como si se preparara para atacarme; sin embargo, lo volvió a bajar enseguida como si hubiera recordado que no tenía su cetro.

—¡Está mintiendo! —gritó Zeus—. Es una trampa.

—¿Qué significa todo esto? —gritó Atenea.

—Es el interrogatorio que me acaba de hacer Zeus. —Batí el báculo cuando unos guardias intentaron acercarse por un lado—. ¡Lo grabé! —Los guardias se detuvieron, con los ojos muy abiertos, fascinados por el bastón resplandeciente.

Los susurros aumentaron.

En el altavoz, Zeus se rio después de que lo acusé de haber planeado el ataque de los titanes.

Mi voz gritó por el altavoz, llena de dolor.

« Tú enviaste a los titanes a atacar la reunión de la Federación. No fue Medusa… Tú la incriminaste. Ella no hizo nada . ¡Tú lo planeaste todo para que Vyco pudiera MATARME!».

Lentamente, me bajé la parte superior de la toga, revelando la cicatriz de mi pecho.

La gente contuvo la respiración.

Hice contacto visual con Augusto. Le escurría sangre por las mejillas y tenía la boca tensa de furia. A su lado, Caronte parecía deseoso de asesinar.

Mi voz se escuchó con más fuerza por el altavoz mientras exponía el perverso plan de Zeus.

—¡CÓMO TE ATREVES! —bramó Hades desde el otro lado del salón mientras mi voz seguía sonando, demasiado alta en el silencio del salón atiborrado. Perséfone y él miraban mi cicatriz expuesta con horror.

Todos los líderes ctónicos estaban de pie a su alrededor.

Una niebla oscura se estaba extendiendo por la sala y la gente empezaba a gemir.

—¡Cállense! —gritó Poseidón—. Quiero escuchar su respuesta.

Zeus miró alrededor como si buscara una salida, pero no estaba seguro de qué hacer.

Mi voz tronó en el altavoz y llenó la sala mientras lo provocaba.

«Dime que me equivoco, te reto. Dímelo, cobarde, blandengue, débil, patético e impotente».

Respondió la voz de Zeus.

«Tienes razón. Pero, ¿eso es todo… ese es tu gran secreto? ¿Eso es lo único que sabes? Todo este tiempo preocupándome, y eso era todo».

Su risa llenó el salón silencioso.

Perséfone dejó escapar un grito de guerra.

Dionisio y Apolo gritaron algo.

Se escucharon más gritos ahogados y murmullos mientras las personas retrocedían, dejando un círculo alrededor de Zeus.

Los guardias se alejaron de mí y se volvieron hacia su líder con desconfianza.

—¡Estuviste a punto de iniciar otra guerra! —gritó Atenea con el rostro pálido por la traición—. Qué deshonor.

Ares levantó una espada.

Mi voz seguía oyéndose por el altavoz mientras acusaba a Zeus de haber arruinado mi vida. Desde el otro lado de la habitación, sus ojos grises se entornaron al encontrarse con los míos: me prometían la muerte.

Años atrás, había visto la misma expresión en los rostros de dos personas mientras me paraba frente a Charlie para protegerlo.

La voz de Zeus era fuerte y clara.

«Madura. Esto es Esparta, a nadie le importan las niñitas».

Se desató el infierno.

Hades rugió, una densa niebla llenó el salón junto con la brillante bruma de Artemisa.

—Sííí —siseó Nyx con emoción—. ¡Mata al león!

El terror se apoderó del simposio a medida que cada rincón del salón se llenaba de poder ctónico.

Los espartanos y las criaturas cayeron de rodillas, jalándose el cabello.

Solo los ctónicos y los líderes de las Casas Olímpicas permanecieron de pie, apretando los dientes mientras soportaban el violento ataque.

Augusto y Caronte empujaron a la gente a un lado con el propósito de llegar a Zeus.

Los gritos aumentaron.

Fortuna se paró en una silla, agitando una pipa humeante.

—¡La Federación ha sido traicionada… por Zeus! —anunció mientras se detenía la grabación. Me guiñó un ojo.

Vi un bozal conocido. Patro estaba parado al lado de Aquiles en un rincón del salón, susurrándole algo al oído. Movía las manos con urgencia.

«Mierda». Sabía exactamente lo que le estaba diciendo. «Tengo que detenerlos» .

—¡TRAIDOR! —gritó Poseidón, señalando a Zeus por encima de la gente de rodillas.

Caronte y Augusto se acercaban al líder delatado.

Zeus sacudió la cabeza, parpadeando con conmoción mientras los líderes olímpicos y ctónicos se acercaban a él.

—¡ALTO! —ordenó Hades.

Caronte se lanzó.

Crac.

Caronte se encontró con un remolino de humo.

El espacio donde había estado Zeus estaba vacío. Se había transportado.

Había cuerpos postrados por todas partes.

El líder de la Federación había huido.

«Lo hice». Había calculado las probabilidades correctamente; las matemáticas nunca me habían fallado.

Fortuna echó la cabeza hacia atrás y se le cayó la pipa de los labios. Su voz se hizo más profunda y reverberó por todo el salón.

—En este cambio de siglo… toda Esparta aplaude; la Federación cae ante quien exhibió a los dioses.

La niebla de Hades retrocedió.

—¡La profecía se cumplió! —gritó alguien y, una vez más, se desató el infierno.

Entre el caos de gritos y el estruendo de la gente que se transportaba, los ojos pastel de Lena se encontraron con los míos.

—Gracias —le grité.

Ella sonrió y desapareció en la estampida de cuerpos huyendo.

Esparta tenía razones para entrar en pánico.

Al igual que Roma, la Casa de Zeus había caído.

Perséfone me sonrió con orgullo desde el otro lado del salón y, junto a ella, Afrodita inclinó la cabeza mirándome mientras aplaudía.

Sentí un cosquilleo en el pecho.

Alguien se transportó en mi visión periférica y me trajo de vuelta a la realidad: Patro y Aquiles acababan de irse.

«Mierda».

Salté del altavoz, Nyx se deslizó por mi brazo, y dejé caer el báculo al suelo mientras me abría paso entre la multitud.

—¡Alexis! —gritó Caronte. La gente gritaba cuando él la empujaba violentamente a un lado, tratando de llegar hasta mí.

—¡Caronte! ¡Augusto! —Me esforcé por llegar a ellos.

Se escucharon más gritos.

Por fin, los tres nos encontramos.

—Tenemos que llegar a la villa ahora mismo. Es urgente. ¡A la habitación de Helena! —dije con prisa.

Augusto asintió y nos agarró a los dos.

El mundo desapareció una vez más.

—Ceres —grité para advertirla mientras aterrizábamos entre encajes rosas—. ¡Patro sabe sobre ti!

Pero la puerta contigua estaba entreabierta, y unas voces gritaban en la otra habitación.

Era demasiado tarde.