Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 44
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Capítulo 44

CONTINÚAN LOS DOCE TRABAJOS DE HÉRCULES

A LEXIS

El sonido llenó el coliseo.

Un miedo abyecto me paralizó en el lugar donde estaba.

Los espartanos gritaron de terror.

Fluffy II se retorcía a mi lado, gimiendo mientras su joroba brillaba intensamente.

Dos monstruos borrosos con algo pegado a sus espaldas salieron de la oscuridad.

«Titanes».

Las cosas que les salían de la espalda eran sus alas dentadas, y tenían unas etiquetas doradas clavadas en los labios. Eran los mismos titanes a los que me había enfrentado en Roma.

Otra vez estaban desencadenados.

«¿Por eso la Federación nos exigió que los etiquetáramos? ¿Ese era su plan desde el principio?».

En mi mente no quedaba duda: Zeus estaba tratando de eliminarme.

Veía todo borroso, los colores se mezclaban. Agarré la calculadora dentro de mi bolsillo y sostuve el extraño báculo con la otra mano.

Criiiiiiiiiich.

Los titanes gritaron con la mandíbula dislocada y los ojos fijos únicamente en mí.

Yo les devolví la mirada; la cara me latía al ritmo del corazón.

RIPPPP.

Los titanes no se habían movido.

En cámara lenta, bajé la mirada; el sonido venía de Fluffy II.

RIPPPPP.

El bulto de su lomo se había rasgado por la mitad. Algo estaba… ¿emergiendo?

Los titanes soltaron un alarido al unísono, agitando las alas coriáceas.

Alcé la cabeza.

El sudor que me escurría hacía que me ardieran ojos hinchados. Mi visibilidad empeoró. Por un segundo, todo se puso oscuro. Sacudí la cabeza para aclarar mi visión.

Las alas de los titanes, hechas de retazos de piel, se extendieron cuando ambos se inclinaron hacia adelante, listos para atacar.

A mis pies, Fluffy II aulló mientras pateaba la arena, y escuché otro ruido de piel rasgada, pero no tenía tiempo de mirar hacia abajo.

Levanté el brazo y apunté el extremo afilado del báculo de sangre hacia las bestias.

Los titanes gritaron.

Yo ya estaba atravesando la arena corriendo, con el arma en alto.

Batieron las alas y se lanzaron hacia mí, como un par de rayos negros.

Sentía el esfuerzo de mis pulmones, las punzadas de dolor en mi costado, pero seguí moviendo las piernas y salpicando arena mientras corría con todas mis fuerzas.

El aire silbaba en mis oídos.

Esquivé las garras que me lanzaron y balanceé el pesado báculo con las dos manos como si fuera un bate de béisbol.

Un sufrimiento ardiente me desgarró el costado herido cuando me clavaron sus garras; me gritaron en la cara y les devolví el grito. Nuestro tono fue monocorde. «A Mozart no le habría gustado».

Las alas negras batían con fuerza mientras los tres nos tambaleábamos; los había ensartado a los dos con mi golpe, y sentí el estallido de dolor de mi pecho cuando activé mi poder. Mi sangre estaba dentro de ellos, devorándolos .

Los titanes cayeron de rodillas, y les salió espuma de los labios.

Me agarré el costado; la sangre pegajosa brotaba de unas profundas hendiduras de garras que se alineaban perfectamente con las marcas de las garras del león. Los dedos se me cubrieron de líquido.

Los gorgoteos de los titanes se silenciaron; les crujieron los ligamentos cuando ambos me miraron al mismo tiempo.

«Mary Shelley de dieciocho años me guiñó un ojo mientras escribía Frankenstein ».

Retrocedí.

No tenía a dónde correr: aún no habían vuelto a subir la puerta de acero. La ronda no había terminado, y las líneas eléctricas zumbaban sobre mi cabeza, tampoco podía transportarme.

Me palpitaban las heridas.

Estaba perdiendo demasiada sangre.

Atravesé la arena ensangrentada a trompicones, alej ándome de los monstruos y de mis propios despojos para acercarme a Fluffy II; gruñía de dolor.

El estadio estaba en completo silencio.

Solté mi arma, que se convirtió en un charco de sangre, y caí de rodillas junto a Fluffy II, contorsionándome para no aplastar a Nyx.

Seguía tirado sobre su estómago, jadeando pesadamente.

Detrás de él se extendía una especie de mucosidad y… algo puntiagudo. Como estaba medio cubierto de arena, era imposible saber qué era con mi limitada visión.

No tenía tiempo de averiguarlo.

Le agarré el hocico y me puse a darle besos en la cara.

—Te amo. Te amo. Te amo —susurré; el mantra salía de mis labios, y lágrimas brotaban de mis ojos.

Los titanes chillaron detrás de mí.

Me pasé la mano por la pierna, sobre las escamas cubiertas de sangre de Nyx. Palabras, susurros, súplicas, ya ni siquiera estaba segura de qué estaba diciendo.

De niña, siempre pensé que moriría de frío, en Montana, rodeada de monstruos de esos que también llamamos humanos, hambrienta y débil, completamente sola.

En cambio, moriría siendo amada por muchos, y mi muerte desataría una guerra apocalíptica: los dos pensamientos eran reconfortantes.

Hundí los dedos en mi sangre, y el báculo se solidificó en mi palma. La planté en la arena y me levanté, apoyándome contra Fluffy II.

Era mejor morir luchando contra los monstruos que vivir acobardada a sus pies.

Algo suave se movió contra mi costado.

«Ay, dios mío».

Fluffy II se levantó con un fuerte ruido de aleteo; ahora era más alto que yo, su cabeza sobresalía por encima de la mía. Abrió la boca, y el sonido que surgió desató directamente mis recuerdos.

Era el ruido aterrador que escuchamos en el fondo de la colección de animales.

Volví a escuchar aleteos, se movieron algunos de sus miembros y resplandecieron unas plumas azules destellantes.

Fluffy II bramó con más fuerza: le salían de la espalda unas alas majestuosas.

«Madre de Dios».

Sentí escalofríos por todo el cuerpo.

Augusto se había equivocado.

Fluffy II sí era una de las extrañas criaturas que cambiaban de piel y le acababan de crecer alas : eran de increíbles tonos azules resplandecientes, exactamente como en las leyendas.

Entonces, en realidad me había vinculado a un caballo, y todo tenía sentido, realmente no era el más listo.

Era un animal mestizo: mitad perro, mitad pegaso.

El tamaño de sus alas era de al menos diez metros, más grandes que las de los titanes, y sus plumas eran gloriosas.

Fluffy II inclinó la cabeza, como si me estuviera preguntando si estaba lista; nuestro vínculo vibraba de determinación y amor.

Sus intenciones eran claras.

Se inclinó sobre la arena para que pudiera montarlo. Sostuve mi báculo de sangre de manera que no fuera a cortarlo por accidente, y me senté sobre su lomo.

Me senté en la base de su cuello, muy grueso, montándolo como si fuera un caballo.

Se levantó completamente.

Agitó las alas hacia abajo e hizo silbar el aire; volamos con torpeza por encima de la arena empapada de sangre.

Desde esa altura, el mundo se movía en cámara lenta.

Zeus estaba parado en el extremo de su podio, vestido de blanco, sosteniendo su cetro. Hades se había movido y ahora estaba de pie junto a Cerbero, bloqueando el camino de Zeus, mientras su toga negra se arrastraba y su niebla giraba a sus pies.

Los dioses de la era dorada, enfrentándose, en estos trágicos tiempos modernos.

Los dos estaban paralizados, echando la cabeza hacia atrás para mirarme.

—¡Contemplen a la heredera de la ilustre Casa de Hades! —La voz de Hades vibró de orgullo mientras hablaba con los brazos extendidos.

Zeus se estremeció.

«Haz que Esparta te tema, hija».

Se escucharon gritos cuando los dos titanes se levantaron de la arena para encontrarse con nosotros en el aire; desplegaron ampliamente sus alas negras y parchadas, y flotaron arrastrando los dedos de los pies sobre el suelo. Fluffy II ladró: una advertencia atronadora y estridente.

Batió con más velocidad sus alas luminosas.

La multitud ahogó un grito.

Nos elevamos más, hasta que quedamos flotando justo por debajo del domo de la red eléctrica.

Los titanes igualaron nuestra altura, flotando a cincuenta metros de distancia: monstruos en el cielo.

«El poder merece ser visto».

Lejos, muy lejos, una niñita se liberó de una cuerda afuera de un remolque en ruinas. Corrió hacia el bosque, se metió debajo de una cerca y se desmayó en un campo de flores silvestres.

Levanté el báculo en alto.

Por ella.

Un hormigueo agradable vibró en mi palma.

Temblorosa, me puse de rodillas.

Planté los pies y, lentamente, me levanté sobre el grueso lomo de Fluffy II, balanceándome para mantener el equilibrio, mientras sus alas aleteaban.

Se escucharon gritos ahogados.

— ¡Angelus Romae! —gritaban las personas desde todas direcciones.

Creeeeeeeech.

Apunté el extremo de mi báculo hacia los titanes.

Ellos se lanzaron hacia mí, como un rayo negro.

Todo se hizo más lento mientras la sed de sangre se agolpaba dentro de mí, agudizando mis sentidos.

Alcé el báculo y, una vez más, lancé un golpe curvo: un titán gritó, herido en pleno vuelo. El dolor explotó dentro de mi esternón mientras el titán caía como una roca hacia la arena.

El otro titán esquivó mi golpe. Se dio la vuelta en el aire y se lanzó hacia mí.

Salté hacia adelante.

Con las piernas abiertas y el báculo extendido.

Suspendida en el aire, choqué con el titán que quedaba.

Todo se puso borroso.

Sus garras me rasguñaron el costado. Se oyeron gritos. Lo apuñalé con mi arma.

Nos inclinamos a un lado; sus alas parchadas trataban de mantenernos a los dos en el aire mientras yo jalaba mi arma hacia abajo con todas mis fuerzas, arrastrándola a través de sus entrañas.

El aire silbó. La arena se acercaba.

El clásico problema euclidiano: ¿cuál es la distancia más corta entre dos puntos? «Una línea recta».

La presión explotó cuando caímos contra la arena enredados.

El mundo se detuvo.

Un fuerte zumbido me ensordecía los dos oídos.

Miré aturdida a través de mi ojo obstruido; todo estaba borroso y desenfocado.

Estaba acostada de lado.

Nyx gemía miserablemente mientras se movía alrededor de mi pierna.

Un titán yacía inerte a mi lado; el báculo carmesí sobresalía de su estómago abierto; había sangre negra por todas partes. Yo estaba cubierta de ella.

Me rodé de costado, arañando la arena. Empujé y jadeé, luchando contra la gravedad.

Pum.

Fluffy II aterrizó a mi lado.

Como un rayo blanco, le arrancó la cabeza al titán: sus huesos crujieron y se partieron; luego la lanzó al aire y se la tragó entera.

—Buen perrito —susurré, hundiendo mis dedos más profundamente en la arena para tomar el báculo de sangre con las dos manos. Después, lo arranqué del cuerpo del titán caído.

Estaba encogida, agarrándome el costado; apenas me mantenía en pie.

El dolor era una bestia viva y palpitante.

La arena me daba vueltas.

Fluffy II echó la cabeza hacia atrás y aulló. La amortiguación que tenía en los oídos se quebró; el fuerte sonido consiguió filtrarse.

El mundo volvió a moverse.

Observé la arena con mi lo que quedaba de mi visión. Los dos titanes yacían decapitados; sus órganos estaban esparcidos por la arena.

Nyx gemía de dolor.

Sus escamas se sentían heladas alrededor de mi pierna.

« Por favor, Dios, por favor, sálvala».

—Vas a estar bien —susurré, deseando que mi fervor hiciera realidad mis palabras, mientras la desprendía con cuidado de mi pierna, sosteniéndola a ella en una mano y el báculo en la otra.

Sus escamas oscuras brillaron al aparecer.

Un largo corte casi había dividido su cuerpo en dos. Estaba cubierta de sangre.

Ahogué un grito y Fluffy II gimió a mi lado.

—Te quiero… niña —siseó Nyx con voz débil.

—No. —Las lágrimas me corrían por el rostro mientras inclinaba la cabeza para rezar, abrazándola, con la esperanza de que alguien la salvara.

Las escamas se iban volviendo más frías contra mi piel.

Me hormiguearon los dedos.

El dolor de mi corazón era peor que cualquier otro que hubiera experimentado cuando activaba mis poderes. Caí de rodillas. Sollocé.

Me acerqué el báculo al corazón junto a Nyx, incliné más la cabeza y recé con más fuerza, abrazándolos.

El hormigueo de mis manos se intensificó; un dolor agudo me atravesó el esternón.

La luz brillante que ya me era conocida emanó de mis dedos, y el báculo escarlata también se iluminó con un resplandor dorado. Se sentía cálido bajo mis manos; el extremo circular brillaba más que el sol.

Las escamas vibraron donde tocaban el báculo.

La piel de serpiente lentamente volvió a unirse.

Segundos después, Nyx echó la cabeza hacia atrás, con el cuerpo completamente curado, mientras lágrimas de alivio corrían por mi rostro.

—Qué calientito —siseó Nyx mientras se deslizaba de mis manos y envolvía sus escamas completamente alrededor del báculo, temblando de alivio, con los ojos cerrados—. He visto esto antes… en un sueño.

Las nubes grises se abrieron y el cielo se despejo, nos rodearon rayos dorados.

Me levanté lentamente y alcé el báculo brillante hacia la luz del sol; las escamas negras de Nyx resplandecieron contra él en marcado contraste.

Fluffy II se puso completamente de pie y desplegó las alas.

Un jadeo se escapó de mi garganta.

Era el símbolo rudimentario que Ceres me había mostrado en su libro sobre predestinación. El que había desaparecido de la hoja. La línea con un círculo era el báculo, el garabato, una serpiente, y lo que pensé que eran nubes eran alas.

— ¡Radius Asclepii! —gritó alguien con asombro.

Me atraganté con un sollozo.

Todos conocían la historia detrás del famoso símbolo de sanación espartano.

Las alas representaban a las criaturas, la serpiente, a los ctónicos, y la vara brillante, a los olímpicos.

Hades era ctónico. Perséfone era hija de una criatura oscura y Deméter.

Mi herencia era de los tres.

Levanté el báculo de Asclepio hacia la luz; Fluffy II levantó las alas en alto a cada lado.

Yo podía blandir el antiguo símbolo de sanación, de vida y muerte.