Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 43
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Capítulo 43

SE REVELA LA SUPLANTACIÓN

A LEXIS

El humo formó una espiral de siniestros tentáculos.

La luz de las estrellas entraba a través de las altas ventanas, enmarcando las imponentes cadenas montañosas que abrazaban las orillas del Lago de Como.

El tiempo pareció detenerse mientras corría hacia la habitación contigua.

Me detuve en seco.

Los libros se arremolinaban a mis pies.

Caronte y Augusto chocaron con mis brazos mientras los tres asimilábamos la escena.

Unos símbolos extraños escritos con tinta cubrían las paredes. Los libros de texto yacían esparcidos; sus páginas arrancadas mostraban márgenes llenos de dibujos.

Una voz masculina lanzó un insulto.

—Esto no está bien, niña —siseó Nyx desde mis hombros.

Me volteé hacia el ruido; las punzadas en el ojo y el costado se intensificaron. Tres personas estaban en la esquina del cuarto.

Ceres mantenía el brazo izquierdo oculto bajo las mangas largas de una camiseta morada.

Tenía las mejillas sonrojadas de furia.

Patro le gruñía a la cara, inmovilizándola con el brazo derecho contra la pared.

Estaban cara a cara, gritándose.

Aquiles estaba detrás de Patro como un guardia, con los brazos cruzados.

Ceres había recuperado un peso saludable, pero Patro seguía siendo más alto que ella por una cabeza, eclipsando su pequeña estatura.

—Víbora asquerosa —le gruñó Patro a Ceres con voz cruel.

Hubo un fulgor púrpura, se oyó un fuerte crujido y todos ahogamos un grito: Ceres le había dado un puñetazo en la cara.

Patro se tocó el labio ensangrentado.

—Perra desgraciada.

Aquiles jaló a Patro tras él para protegerlo.

—Prefiero ser una perra… que un cobarde.

—Ceres alzó las cejas y se puso de puntitas para ver a Patro por encima de Aquiles—.

Tú solo te escondes detrás de él, es tu perrito guardián.

Lo único que has hecho es acorralarme y acusarme de cosas de las que no tienes ni idea. No eres más que un fanfarrón.

Al oír «te escondes», Aquiles se enderezó un poco. Al escuchar «perrito», se tronó los nudillos.

«Espera, ¿Patro ya la ha acorralado antes?».

—No tienes ni idea de lo terrible que puedo llegar a ser. —Patro mostró los dientes—. ¿Cómo te atreves a hablarle con tal…?

—¿Cómo te atreves tú a hablarme como si tuvieras alguna autoridad sobre mí? —lo interrumpió Ceres—. ¿Crees que puedes venir y acusarme de…?

—No te estoy acusando —dijo Patro—. Yo sé lo que eres. Siempre he sabido que eras una maldita mentirosa que necesitaba…

—Te estás haciendo el tonto. —Ceres lo señaló—. Cuidado, la predestinación castiga a quienes desprecian a los adivinos…

—Lo sé todo sobre los de tu clase —dijo Patro; por un segundo, su rostro se retorció de angustia, luego lo disimuló.

Ceres observó a Aquiles, como si estuviera preguntándose si podía vencerlo para lanzarle otro puñetazo a Patro.

Aquiles alzó una ceja, desafiándola a intentarlo.

—¿Qué está pasando aquí? —La voz de Augusto tronó como un látigo. Su voz me sacó de la conmoción.

—Aléjate de e-ella —dije.

Aquiles retrocedió, pero Patro se lanzó hacia adelante y la agarró del cabello con los dedos; se me detuvo el corazón.

Patro le jaló el cabello.

Unos mechones rosas salieron volando; luego, la peluca de Helena cayó al suelo.

Cayó una cascada de cabello negro largo y sedoso.

Resonaron los cascabeles.

Tres serpientes pálidas le salían de la cabeza; sus ojos rosas brillaron a la luz de las velas: serpientes de gorgona.

Se escuchó un siseo amenazante, y todos los hombres se quedaron inmóviles.

Las serpientes se deslizaron hacia su pecho, entrelazándose con su cabello oscuro. Ella levantó el brazo derecho para protegerlas.

Aquiles alzó las cejas.

—Hola de nuevo, mis preciosos amores —saludó Nyx.

Las otras serpientes guardaron silencio y se volvieron, como si fueran tímidas.

Patro me señaló.

—¡Eres una idiota! Pensé que ten ía que estar equivocado. No había manera de que de verdad lo hubieras hecho… pero tú… tú… tú la liberaste. —Me miró con mirada traicionada—. Por tu culpa nos interrogaron y…

—Seguro que no le estás hablando a mi esposa de ese modo —dijo Augusto con voz tranquila.

Caronte miró a Patro con furia.

—Discúlpate… ahora. —Entornó los ojos, pero había algo diferente en su mirada.

Patro dejó ver una herida en su expresión. Yo lo había sorprendido con la verdad en el interrogatorio y, sin embargo, él le había mentido a Zeus por mí.

Había arriesgado todo para ayudarme.

Estaba en deuda con él.

—No tiene que disculparse —dije con un suspiro, y mis esposos me miraron con confusión.

Patro levantó las manos.

—¡Obviamente! ¡Liberaste a MEDUSA! ¿En qué estabas pensando? ¡Es una criminal!

Medusa negó con la cabeza apenas perceptiblemente, mientras me suplicaba en silencio que no revelara sus secretos.

Entorné los ojos. «Necesitan saber por lo que pasaste».

Ella sacudió la cabeza con más fuerza. «Por favor, no».

Patro volteó hacia ella, irradiando su característica arrogancia altanera.

—¿Por qué la miras así? —Escupió a sus pies—. Traidora.

Las serpientes de Medusa sonaron sus cascabeles y se levantaron por encima de su cabeza.

Caronte me jaló detrás de él para protegerme.

Salió humo alrededor del bozal de Aquiles mientras se acercaba a Patro, listo para atacar.

—¡BASTA! —grité—. Todos escucharon a Zeus, él la incriminó, ella es inocente.

Patro soltó una risa oscura.

— Ella es Medusa —dijo su nombre como si fuera la mayor condena—. Una maldita abominación.

Medusa se acercó a Patro y le picó el pecho con un dedo.

—Qué audacia, viniendo del hijo de Afrodita.

Patro retrocedió.

—¿Qué se supone que… eso significa?

—Ay, yo creo que ya sabes. —Medusa pel ó los dientes—. Tu Casa es conocida por la seducción y el engaño.

Aquiles los miró alternativamente, luego se volvió hacia mí.

—¿Cómo pudiste? —dijo con señas—. Nos pusiste a todos en riesgo. Pusiste en peligro a Patro.

Unos carbones ardientes me quemaron las entrañas.

—¿Qué demonios le estás diciendo a mi esposa? —preguntó Caronte.

Le respondí con señas, bruscamente.

—Si hubieras visto lo que yo vi, lo que le hicieron a ella, tú habrías hecho lo mismo.

—Jamás. —Su mano hizo una seña violenta.

—Eso es porque lo único que te importa en la vida es Patro —dije con señas—. Al diablo todos los demás. ¿No?

—Correcto —dijo con señas, asintiendo—. Ella no le importa a nadie.

—A mí me importa —susurré, tenía la garganta adolorida de gritar; de gritarles a los titanes, de pelear con Zeus.

Me sentí mareada y se me movió el suelo.

Caronte me agarró de los hombros para estabilizarme.

—A mí me importa —repetí sin emoción.

Augusto me acarició la espalda para reconfortarme.

—¿Cómo… fue que ocurrió? —No había condena en su tono, parecía genuinamente curioso.

Las piernas me flaquearon y Caronte me atrapó.

Aquiles y Patro estaban de pie juntos; el primero me miraba con furia, el segundo seguía cara a cara con Medusa.

Las serpientes de gorgona sonaron.

Todos querían respuestas.

Respiré profundamente.

—La última vez que me transporté en la cacería de iniciación, intenté llegar a Creta con Hades. Pero estaba herida y… algo salió mal. Terminé en… el Inframundo.