Capítulo 42
EL CAZADOR
C ARONTE: DÍA ONCE DEL T ORNEO DE G LADIADORES E SPARTANOS
Cada centímetro que avanzaba era un millón de kilómetros.
«Ardor».
Mi carne hervía y burbujeaba, derritiéndose, mientras la arena y la piedra se difuminaban a mi alrededor.
La brillante luz del sol hacía que la angustia fuera grotesca.
No había dónde esconderse.
Respiraba con dificultad por la nariz, y cada paso sacudía mi carne deteriorada; me mordí la lengua y sentí el sabor del cobre. Me goteaba saliva de tifón del pecho, disolviendo mis músculos, carcomiendo mis huesos.
—¡Cazador… Cazador… Cazador! —Esparta me cantaba; el sonido se distorsionaba en mi oreja ausente.
Hace años, habría matado por esto, pero ahora la victoria se sentía vacía.
Grité con la boca cerrada, todavía con una expresión serena en el rostro, mientras caminaba sin prisa hacia la puerta abierta. Detrás de mí, quedaban tres tifones destrozados en la arena.
Las rodillas me temblaban, pedazos de mi carne estallaban mientras hervían y se emulsionaban, goteando.
Sonreí hacia la sección ctónica; Artemisa y Érebo estaban mirándome.
Jamás me verían de rodillas otra vez.
«Cuatro metros».
Respirando con dificultad, me concentré con todo mi esfuerzo.
«Tres».
«Dos».
«Uno».
Salté fuera de la arena, subí el escalón que llevaba al coliseo y colapsé.
Crac.
Hades me sostuvo.
Grité, me retorcí de dolor y me contorsioné en sus brazos.
Hades me gritó algo ininteligible sobre Alexis.
Apareció una toga blanca, chispas, una mano extendida. Hubo una pelea. Gritos. Alguien presionó un frasco contra mis labios. Zeus me arrancó de los brazos de Hades.
Todo se puso oscuro.
—¡Despierta! —Me salpicaron la cara con agua helada, y desperté con dificultad. Lo primero que noté fue el dolor abrasador que sentía en el hombro y el pecho.
La luz de una antorcha iluminaba un techo bajo.
Estaba encadenado a una silla, sentado frente a una mesa de metal, en una pequeña… ¿cripta?
Había montones de calaveras apiladas sobre las paredes. El aire era frío y rancio. Estaba en algún lugar del laberinto de cámaras que había bajo el Coliseo de los Dolomitas.
Zeus estaba sentado frente a mí; tenía los ojos gris tormenta entrecerrados mientras me miraba con desdén.
—¿Dónde está Medusa? —me preguntó, golpeando una botellita de vidrio sobre la mesa de metal. El sonido metálico resonó con fuerza en el silencio.
Abrí la boca; un dolor agonizante me explotó en el pecho, y solo salió aire silbando a través de mi boca.
—Necesita más ungüento para hablar —le dijo Zeus a alguien.
Todo me dio vueltas.
Un guardia se inclinó sobre mí con un frasco de pasta. Sus manos ásperas manotearon mi piel arruinada; grité. Escuché que el aire silbaba a través de mis costillas, tenía la cavidad abierta.
Me arrastró la oscuridad.
Tenía la cara empapada de agua helada.
—¡Despierta!
Balbuceé.
Todavía sentía mucho dolor, pero estaba ligeramente amortiguado.
Zeus seguía sentado frente a mí en la mesa sucia.
—¿Puedes hablar? —me preguntó; la electricidad brilló en su lengua.
Se me duplicó la visión: dos Zeus me miraban expectantes.
—¡HABLA!
—¿Qué…?
—Bien —dijo Zeus con calma. Sostenía un frasco de vidrio lleno—. Como te estaba diciendo, esto es tu incentivo. —Hizo girar un líquido verde a la luz de la antorcha. El frasco tenía una estampa con el báculo de Asclepio.
Eché la cabeza hacia atrás, jadeando.
—¿No me vas a preguntar qué es?
Abrí la boca… y me vomité encima.
—Muy bien, te lo diré —dijo Zeus con calma—. Ya tomaste un pequeño sorbo; por eso no estás en coma. Es un tónico de curación olímpico avanzado, muy caro, la tecnología más reciente de nuestro laboratorio… Una vez que lo bebas, apenas sentirás dolor. Va a cambiar el mundo.
Se me triplicó la visión.
Tres Zeus me miraban girando tres frascos de vidrio.
—Te daré el tónico —dijo Zeus lentamente—, si me dices dónde está Medusa.
Estaba jodido.
—No… sé. —Me dejé caer con debilidad. Era la verdad.
Hubo un largo momento de silencio.
—Mentiroso. —Se levantó y el metal chocó con la piedra—. Es tu hermana, tienes que haber sido tú… —Se inclinó sobre la mesa—. ¡Dime dónde escondiste A ESE MONSTRUO!
—No sé… dónde… está.
Zeus me abofeteó y la cabeza me rebotó a un lado.
El espacio se llenó de guardias que blandían porras chispeantes.
El tiempo se distorsionó en una neblina de dolor.
Me pusieron un frasco frente a la cara.
El metal crujió.
—Yo… no… conozco… a Medusa —alguien susurró repetidamente; puede que haya sido yo.
Recibí más golpes.
Zeus se paró con serenidad frente a mí.
—Necesito saber si está diciendo la verdad.
«¿Si quién está diciendo la verdad?».
La cara de Patro se desdibujaba y volvía a enfocarse frente a mis ojos.
—Recuerda, si me mientes, Aquiles será enviado al Inframundo —dijo Zeus en voz baja.
Patro se inclinó sobre mí, moviendo la boca.
—¿Sabes dónde está Medusa?
«¿A quién le está hablando?».
—¡Caronte, respóndeme! —gritó Patro.
—No.
Patro observó mi cara, y sus hombros se relajaron de alivio.
—Está diciendo la verdad.
Zeus se quedó en silencio.
Patro hizo más preguntas y alguien respondió; puede que haya sido yo.
Presionaron vidrio contra mis labios.
Un líquido suave bajó por mi garganta.
Se activó un interruptor: el dolor se apagó; no sentía nada.
Estaba encadenado a una silla y me escurría sangre caliente por la cara. Tenía los ojos tan hinchados que estaban casi completamente cerrados y solo podía ver a través de pequeñas grietas.
Patro y Zeus discutían.
—Alguien tiene que saber dónde demonios está Medusa. —Zeus apretó los dientes—. La seguridad de Esparta está en juego.
—Ya te lo dije… Nosotros no estamos involucrados —dijo Patro con calma—. Quizás deberías interrogar a los olímpicos.
Zeus me señaló.
—Sácalo de aquí… Ahora.
Unos minutos después, cojeaba al lado de Patro, aferrándome a su hombro para mantenerme en pie. No sentía nada, pero mi cuerpo no cooperaba; era como si caminara en melaza.
—Gracias —susurré mientras me conducía a través de los túneles subterráneos; tenía la voz ronca de gritar.
El silencio se prolongó.
—Extraño… nuestra amistad —dijo Patro en voz tan baja que estuve a punto de no oírlo.
Me apoyé en él.
—Yo también.
—Perdóname —dijo con voz temblorosa—. Ella fue nuestra primero… éramos sus mentores. Nos estábamos esforzando. Ella sí nos importa… Estábamos intentando hacer lo correcto por…
—Para —dije suavemente—. No sigas.
Patro se detuvo, y choqué contra él.
Se volvió, sosteniéndome; la luz de la antorcha iluminaba su hermoso rostro.
—¿Por qué? —preguntó—. ¿Por qué no puedes dejarlo ir y…?
—Porque —tosí violentamente—. Yo… la amo.
El rostro de Patro expresó su devastación.
—Ella… te quiere —susurré—. Ella querría que… te perdonara. —Intenté abrir más los ojos, para verlo más claramente, pero no pude—. Y yo te quiero… mucho. —Con la lengua pesada y seca, forcé mis palabras—. Te quiero. Te extraño… pero no puedo hacer esto ahora mismo.
Patro me apretó con más fuerza mientras me sostenía, abrazándome. Apoyé la cabeza en su hombro, jadeando.
Finalmente, nos separamos y reanudamos el paso por el pasillo cavernoso.
Dos hermanos reticentes, no de sangre, sino de corazón.
Después de lo que me parecieron horas, volvimos a nuestras prisiones asignadas. Los guardias nos esperaban frente a las puertas.
Patro apretó su frente contra la mía.
Nos separamos y nuestras puertas se cerraron de golpe.
—Cariños —tosí—, estoy en casa.
Tropecé en la oscuridad, mientras me quitaba la ropa destrozada. Tenía un vago recuerdo de un médico olímpico que envolvió vendas alrededor de mis heridas, me puso una inyección y me dijo que durmiera para recuperarme.
Nadie respondió.
Me froté los ojos hinchados; me tomó un segundo enfocar la cama: Augusto estaba en posición fetal; su cuerpo me bloqueaba a Alexis. El aire olía a sudor, a dolor.
«Mierda, él puede sentir todo».
Me acerqué con cuidado al borde de la cama. El colchón se movió y Augusto se sentó, pero Alexis siguió durmiendo.
—¿Qué? —pregunté con voz ronca; no me gustaba la expresión de su rostro.
—Alexis… —Augusto se pasó las manos por la cara, temblando con las reminiscencias de mi dolor.
—¿Qué? —repetí, demasiado exhausto para hacer cualquier otra cosa mientras me acostaba a su lado.
—Ella… ella… ella… —Augusto no podía terminar la frase mientras la miraba sobre la cama.
—¿Ella qué?
Se volvió hacia mí.
—Alexis puede sentir nuestro dolor.
La cabeza se me llenó de estática.
Eso significaba…
«No. No. No. No. No».
Acababan de torturarme. Acababan de torturarla a ella .
Sentí que estaba en caída libre. Cayendo en picada.
—¡Respira! —La voz de Augusto se distorsionó a mi alrededor y unas manchas negras me impidieron la visión—. ¡Respira, Caronte!
Hubo un alboroto cuando alguien cayó al suelo; podría haber sido yo.
Parpadeé.
Augusto me levantó.
Parpadeé de nuevo.
Augusto me abrió la mandíbula con las manos.
Inhalé como un hombre hambriento. Cuando finalmente dejé de hiperventilar, Augusto me recostó suavemente en la cama.
Alexis se sentó y se inclinó sobre mí; tenía los ojos de dos colores abiertos de par en par por la conmoción.
—Lo siento. —Se me quebró la voz, el sufrimiento me pulverizaba el alma—. Lo siento… tanto . ¿Por qué no… nos dijiste?
Sus dedos suaves tocaron mi mejilla.
—Porque… no quería que se preocuparan —dijo Alexis con una sinceridad desgarradora—. Soy fuerte… no necesito que me cuiden; he estado sobreviviendo por mi cuenta durante años.
Se me nubló la vista.
—Todo es mi culpa —susurré.
—No —dijo Augusto, apoyando la mano sobre mi cabeza.
Alexis me limpió humedad de las mejillas; le temblaban los pulgares.
—No, Caronte, estamos en esto juntos.
Alcé la mano, envolviendo un rizo dorado con los dedos.
—Juntos… para siempre; promételo.
Ella asintió, y una lágrima se derram ó de sus pestañas.
—Lacrimosa —dijo en voz baja.
Sonreí.
—De la Misa de Réquiem en re menor.
Contuvo la respiración.
—Espera… conoces a…