Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 41 #2
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Capítulo 41 #2

La piedra del estadio vibró y la multitud empezó un canto.

Pum. Plas.

—¡Cazador!

Pum. Plas.

—¡Cazador!

Pum. Plas.

—¡ Cazador!

La luz del sol brillaba sobre la arena, creando un deslumbrante resplandor.

Caronte salió a la luz, flanqueado por Can y Cerbero.

Sonaron gritos ahogados y el canto se detuvo, luego continuó.

Esparta no estaba acostumbrada a ver a los perros infernales de Caronte; los olímpicos siempre lo habían llamado débil, decían que era demasiado salvaje para tener un animal de protección; sin embargo, no solo tenía uno, tenía dos y eran monstruosos.

Los tres se movieron en grupo, y sus tatuajes de esqueleto adquirieron un nuevo significado.

En su brazo, destelló un arco de plata. Artemisa se tensó en su asiento cuando se dio cuenta.

Caronte había elegido a propósito el arma de su madre.

Ella lo había repudiado en secreto, lo había llamado una desgracia, pero el resto de Esparta creía que todavía representaba a su Casa.

Caronte se estaba burlando de todo lo que ella simbolizaba.

Me llené de orgullo.

De niño, le habían mutilado las piernas y lo habían visto arrastrarse desesperadamente a través de la arena. Luego, los olímpicos lo arrastraron de vuelta, le marcaron el pecho hasta que se desmayó de dolor y lo dejaron para que se arrastrara por segunda vez.

Pensaron que lo habían quebrado.

Sin embargo, ahora Caronte sonreía, caminando como si no le importara nada en el mundo y escupiéndoles a la cara. A cada paso que daba, un dolor agudo me recorría la rodilla, pero él no delataba nada.

El estadio cantaba: «¡Casa de Artemisa!» con creciente fervor; nadie podía comprender el infierno que Caronte había tenido que soportar.

Si la Casa de Ares se dedicaba al tormento físico, la Casa de Artemisa era un estudio sobre juegos psicológicos.

Una niebla escarlata se expandió alrededor de Artemisa cuando Caronte la saludó.

Se detuvo en medio de la arena, sacó una flecha de plata de su funda y tensó su arco.

—Casa de Artemisa… Cazador… Casa de Artemisa… —El canto aumentó en decibeles a medida que toda Esparta se unía al coro.

La puerta se abrió lentamente.

Scuaaaaaaaakkk.

Escamas coriáceas negras y verdes se deslizaron por la arena.

Alguien gritó.

Unos crujidos resonaron por todo el estadio, y la gente empezó a desaparecer en nubes de humo: los olímpicos cobardes se transportaban a un lugar seguro.

«Otra vez no».

Hades apretó los puños con rabia.

—¿Qué Cronos es esto? —gritó.

Todos los líderes se pusieron de pie.

—EXPLÍCATE —le dijo Afrodita a Zeus señalándolo.

Zeus no apartó la mirada de Caronte.

Tres tifones se deslizaban por la arena.

Las serpenteantes bestias de seis metros de largo y vientre grueso tenían picos monstruosos en sus anchas caras humanoides. Clap. Clap. Clap. Aleteaban las inútiles alas cortas de cuero negro mientras se movían.

Bestias de clase siete.

Consigna: asesinarlas al verlas.

Vivían en islas abandonadas en el mar Adriático. Se decía que por la noche se deslizaban hacia el agua para cazar tiburones que en las cuevas submarinas. Eran altamente territoriales y peligrosos: su saliva hacía hervir la piel.

Los máximos monstruos de Esparta.

Zeus sonrió, y la electricidad brilló entre sus dientes mientras observaba cómo avanzaban hacia Caronte.

Sí, era una guerra.

Scuaaaaaaaakkk.

Caronte soltó una flecha: con perfecta precisión, se hundió profundamente en el pico abierto de uno de los tifones.

Salpicó sangre verde.

La criatura tosió mientras se ahogaba, golpeando salvajemente con la cola. Una flecha le entró por un ojo, luego por el otro. La bestia cayó sobre la arena, convulsionando mientras se ahogaba con el arma.

Sin embargo, los otros dos tifones se dirigían directamente hacia Caronte.

Uno de los tifones escupió: Caronte y los dos perros infernales rodaron al mismo tiempo. Esquivaron la bola de baba, que derritió la arena, justo donde estaban parados apenas un segundo antes.

Corrieron, rodeando a los dos tifones restantes.

Scuaaaaaaaakkk.

Caronte lanzó otra flecha directamente a un pico abierto: una segunda bestia se atragantó, convulsionándose. Can y Cerbero saltaron desde atrás y hundieron los dientes profundo, en el cuello serpentino de la criatura, mientras la despedazaban.

El último tifón en pie giró en un círculo, sin apartar la vista de Caronte, quien lo acechaba con el arco preparado, esperando.

No graznó.

El tiempo se prolongó, pero la bestia nunca abrió su pico lo suficiente.

Era más inteligente que los otros: había aprendido .

Sacudió la cabeza hacia un lado, escupiendo saliva cáustica desde la punta de su pico.

Caronte saltó, y la multitud gritó cuando esquivó el peligro por muy poco.

Can y Cerbero abandonaron al segundo tifón y se agacharon detrás de la última criatura. Caronte se tensó frente a ella.

Los tres estaban esperando, acorralando a la bestia gigante.

Caronte alcanzó lentamente otra flecha.

El tifón escupió de nuevo cuando Caronte lanzó la flecha hacia enfrente y después saltó para encontrarse con él. Con un poderoso golpe, hundió la flecha en el cráneo de la bestia.

Un dolor agonizante me hirvió en el pecho, y vi estrellas.

Alguien cerca ahogó un grito.

Sin embargo, yo apenas podía ver a través de la neblina de dolor y mis pestañas entrecerradas. Pum. La bestia colapsó sobre la arena, y Caronte salió rodando lejos. Sus perros saltaron sobre el cadáver, salpicando sangre verde mientras terminaban con él de una vez por todas.

Todo se hizo borroso.

La multitud ahogó un grito. No lograba ver por qué.

Miré la arena entornando los ojos, concentrándome en dejar de lado el dolor palpitante.

Caronte se tambaleó hasta ponerse de pie, agarrándose un lado del pecho rosado: su toga se había incinerado y se veía la piel quemada y ampollada, le goteaba saliva del pecho.

«Mierda, necesita atención médica».

Mi pecho intacto palpitaba con el mismo dolor.

« Necesitamos atención médica».

La multitud se calló, esperando a ver si caería.

Caronte levantó el arco de plata con el brazo ileso y lo apuntó hacia Artemisa.

Hizo una reverencia.

Los vítores estallaron mientras los que habían permanecido en el estadio para ver la pelea aplaudían y golpeaban el suelo; amaban la teatralidad del espectáculo.

Me incliné hacia adelante, tratando de no desmayarme.

«Corre y busca ayuda, maldito. Rápido».

Con indiferencia, como si su piel no se estuviera derritiendo hasta los huesos, Caronte se tomó su tiempo para salir de la arena.

Lo iba a matar.

Con la piel todavía hirviendo, me puse de pie tambaleante. Necesitaba asegurarme de que Caronte recibiera ayuda.

Un movimiento me llamó la atención en mi visión periférica, y traté de no vomitar mientras me agarraba el pecho.

Drex y Charlie gesticulaban frenéticamente mientras se inclinaban sobre… ¿Alexis?

Mi esposa estaba desplomada en su asiento, agarrándose el pecho, con el rostro pálido y la boca abierta mientras se esforzaba por respirar.

«No».

Mi mundo se puso de cabeza.

Todo se hizo más lento mientras me arrastraba hacia ella. Aparté a los chicos y le bajé la toga; inspeccion é su esternón en busca de heridas.

No había nada.

«No».

Tenía los ojos vidriosos y el rostro tenso por un dolor insoportable.

—Tú… —Mi voz sonó distorsionada, como si fuera la de otra persona, muy, muy lejana—. No puede ser.

Parpadeé. Estaba parcialmente acostado al lado de Alexis casi desmayado. No recordaba haberme movido.

Sus pestañas se movieron; su rostro estaba lleno de sufrimiento.

—Tú… también… lo sientes?

En cámara lenta, Alexis asintió, encogiéndose sobre sí misma.

—MALDITA SEA.

Alguien intentó alejarme de ella, y lancé un golpe a ciegas; el dolor vibraba como si lava caliente goteara por mi frente.

—CARONTE… ¡AYUDA! —grité, tratando de hacer que entendiera mientras ella se retorcía por la tortura a mi lado.

Hades me abofeteó.

No sentí nada.

El dolor de mi esternón era demasiado fuerte.

Se acercó a mí con una expresión furiosa.

—¿Qué le pasa? Explícame qué pasa…

Su voz me llegaba distorsionaba mientras me hundía hacia la inconsciencia; con todo mi esfuerzo logré dejar salir un: «Ayuda a Alexis, ayuda a Alexis, ayuda a Alexis». Ese pensamiento repetitivo era lo único que me mantenía despierto.

—Augusto, explícame qué… —Hades me sacudió.

Poco se subió a mí y frotó nuestros corazones como si intentara ayudar.

—¡EXPLÍCAME AHORA MISMO POR QUÉ MI HIJA ESTÁ SINTIENDO DOLOR! —me gritó Hades, directamente a la cara, y sus palabras por fin atravesaron la neblina.

—Caronte —jadeé—. Nuestro vínculo… siente… su dolor… él… ayuda .

Los ojos de Hades se abrieron de pánico, y los bordes se difuminaron. ¡Crac!, se transportó.

«Él lo arreglará».

Eso era lo que yo necesitaba hacer, pero apenas podía moverme.

Me giré de lado; el rostro de Alexis estaba cerca del mío.

Jadeamos juntos.

Sufrimiento.

Un líquido carmesí le salpicó la frente mientras goteaba de mis ojos.

—Te amo —articulé, incapaz de hablar; los bordes de mi visión se estaban volviendo negros como la tinta.

Ella gruñó de dolor.

—Yo también… te amo.

Clavando las uñas en la piedra, traté de tocar su rostro.

No podía detenerme, necesitaba arreglar esto, necesitaba ayudarla.

Alexis contaba conmigo.

Salvaría a mi esposa, o moriría en el intento.

«Cronos, sálvanos a los dos».