Capítulo 41
EL HEREDERO MAYOR
A UGUSTO: DÍA DIEZ DEL T ORNEO DE G LADIADORES E SPARTANOS
Era un soleado día de verano, el aire de la montaña tenía el perfume de las flores silvestres. Poco estaba sentado en mi hombro ronroneando mientras mordisqueaba ruidosamente mi corona.
Había viajado por el mundo, pero los Dolomitas se destacaban por su belleza surrealista. «Tierra sagrada».
El domo eléctrico zumbaba mientras captaba la luz.
Las únicas señales del fuego del infierno que había ardido un día antes eran las marcas negras en la piedra.
Frente a mí, Alexis se inclinó hacia Charlie mientras se tomaban de la mano; tenía los nudillos blancos de miedo por su amigo.
Caronte recorri ó el collar que le había regalado y acarició su nuca con el pulgar tatuado.
Tan solo mirar a mi esposa hacía que me doliera el pecho; era demasiado buena para nosotros y, sin embargo, sabía en mis huesos que no había nada que pudiera apartarme de su lado jamás .
Caronte se sentía igual.
Enrollé en el dedo uno de sus rizos y ella me sonrió por encima del hombro. Mi oscuro corazón se agrietó.
Estaba devastadoramente obsesionado con mi esposa.
Tan obsesionado que la ansiedad me carcomía las entrañas, porque en el borde del estadio, Zeus se veía tan satisfecho que le saltaban chispas de electricidad sobre los hombros.
«¿Qué tipo de juego está jugando?».
No había razón para que realmente sospechara que Aquiles y Patro, o cualquiera de nosotros, para tal caso, hubiera ayudado a Medusa.
Una pizca de aplausos llenó el estadio cuando Drex salió a la arena sosteniendo una espada ancha.
Se veía aterrado.
Alexis se levantó y aplaudió, gritando a todo pulmón. Helena, Charlie y Ágata se le unieron para animar al nervioso joven.
—Yuju —dijo Caronte sarcásticamente.
Le di una patada.
No pareció arrepentido.
Todavía no había superado sus celos por su amistad (yo tampoco).
—¡Una ronda, dos trabajos! —anunció Zeus. Era notorio que su famoso cetro relampagueante estaba ausente—. El primer olímpico en la historia que participa en el torneo. —Hubo otra ronda de aplausos confusos. Esparta no sabía cómo sentirse.
Drex echó los hombros hacia atrás y apuntó su espada a la entrada.
La puerta se levantó.
Dos bestias de aspecto exótico salieron a la arena: quimeras.
La multitud se llenó de asombro.
Las quimeras eran bestias de tres cabezas: tenían cuerpo y cabeza de león, una cabeza de cabra que sobresalía en medio de su espalda, y una cola que terminaba en una cabeza de serpiente. Eran criaturas raras que vivían en las tierras salvajes del norte de África.
Drex temblaba visiblemente conforme se acercaban a él.
Los olímpicos habían sido magnánimos con él.
«No debería costarle mucho trabajo».
Las quimeras tenían la mitad del tamaño de los leones de Nemea, y aunque eran peligrosas, solo eran bestias de clase cinco debido a su baja estatura. Exhalaban fuego, pero solo en pequeñas cantidades.
Drex estaría bien.
Las dos bestias corrieron por la arena hacia Drex. Abrieron la boca: unas llamas salieron de sus fauces.
Drex se dio la vuelta y huyó de ellas.
«¿Qué hace?». Miré a Caronte con confusión.
Alexis gritó mientras se tapaba la boca, temblando de miedo.
Caronte puso los ojos en blanco y se levantó perezosamente.
—¡Solo… apuñálalas! —gritó con un tono aburrido, como si fuera obvio (lo era).
Desafortunadamente, Drex no era tan inteligente.
Treinta minutos después, la puerta se abrió.
—Fin de la ronda —anunció Zeus con desesperación.
Dos quimeras sin apuñalar jadeaban de agotamiento mientras perseguían a Drex por toda la arena. Tenía que darle crédito al chico, tenía resistencia.
Durante la última media hora, había logrado correr y evitar a las dos bestias. Sin embargo, no tenía ninguna destreza para matar y era una decepción en todos los demás aspectos importantes.
Drex zigzagueó a la izquierda rápidamente, y una de las bestias cayó a la derecha cuando intentaba seguirlo.
Hubo un murmullo de risas entre la multitud.
Técnicamente, la ronda terminaba después de treinta minutos y uno podía salir de la arena, pero perdía.
Ningún ctónico sin heridas había elegido esa ruta jamás.
Porque teníamos orgullo.
Y no éramos patéticos.
—¡CORRE, tú puedes! —gritó Alexis mientras Drex se dirigía hacia la puerta abierta.
«Definitivamente no puede».
Drex se lanzó fuera del estadio, y hubo otro murmullo de aplausos y risas. Unos guardias olímpicos salieron con armas. Pop. Pop. Las dos quimeras cayeron muertas con una bala entre los ojos.
La multitud aplaudió mientras sacaban arrastrando los cuerpos.
Zeus sacudió la cabeza, saltó de la plataforma a través del campo de fuerza y aterrizó en la arena.
Los guardias escoltaron a Drex de vuelta a la arena.
Zeus caminó hacia el chico con el sello de Vulcano en la mano.
La gente gritó que no era necesario mientras resonaban abucheos por todas partes. Al parecer, Esparta se sentía mal por el mestizo olímpico; no merecía sufrir, no como nosotros.
—Dos trabajos perdidos —anunció Zeus con un suspiro.
Esperó pacientemente mientras el chico abría la parte superior de su toga.
Zeus retrocedió y apuntó su pecho expuesto con el metal circular, su brazo extendido brilló y se llenó de chispas, mientras el metal se volvía amarillo en sus dedos. Quemó las marcas en la piel de Drex en rápida sucesión.
Drex gritó de sufrimiento.
La multitud se estremeció de compasión.
Zeus puso la mano en el hombro del chico mientras le susurraba algo con una sonrisa de aliento, como si quisiera hacer las paces.
Drex le respondió con una mueca de desdén, una expresión abiertamente hostil.
«Quizás después de todo podamos convertirlo en un ctónico».
Zeus hizo un gesto para que Drex caminara hacia adelante, luego lo siguió fuera del estadio.
Todos se pusieron de pie para irse.
Cuando nuestra sección iba saliendo, le di a Helena un fuerte abrazo.
—Más te vale estar durmiendo en el suelo —le dije a Charlie con los labios por encima del hombro de Helena.
Él asintió vigorosamente, con aspecto horrorizado ante la insinuación de que algo inapropiado estuviera ocurriendo entre ellos.
Sentí que el alivio me inundaba el cuerpo y, con renuencia, solté a Helena.
Jamás lo admitiría en voz alta, pero estaba agradecido de que tuviera a Charlie; veía como él la cuidaba. Era un buen chico.
Lo que le había sucedido de niño era criminal.
Alexis se recargó en mí mientras la acompañaba al simposio.
«Los dos se merecían algo mucho mejor» .
Drex llegó unos minutos después que nosotros, casi completamente ileso. Le asomaban unas vendas debajo de su toga. Claramente, solo le habían dado tratamiento médico y luego lo habían liberado.
—¡Drex! —lo llamó Alexis cuando lo vio; luego soltó mi brazo y corrió hacia él.
El chico sonrió al verla, y se pusieron a conversar en un rincón del salón.
Caronte empezó a seguirla, pero lo detuve.
—Él es solo su amigo —le recordé (y a mí mismo) con calma.
—Lo odio con toda mi alma.
—Lo sé.
Esa noche en la cama, ninguno de los tres dijo nada mientras Caronte y yo abrazábamos a Alexis entre los dos.
La realidad de la que no hablamos flotaba en el aire.
Al día siguiente era el turno de pelear de Caronte.
DÍA ONCE DEL T ORNEO DE G LADIADORES E SPARTANOS
Era otro soleado día de verano en el coliseo.
«Gracias, Cronos».
Zeus no podía usar su cetro para amenazar a Caronte durante su pelea. Una pequeña indulgencia.
Había dormido profundamente, abrazando a Alexis contra mi pecho. En algún momento de la noche, se la había peleado a Caronte para que la soltara y la había abrazado yo.
Fue lo mejor que he hecho.
Despertar y ver su rostro somnoliento era como despertar frente a un brillante atardecer: glorioso, cálido , perfecto.
Incluso ahora, sus rizos dorados formaban un halo alrededor de su rostro mientras se inclinaba hacia Charlie en la fila delante de mí.
Angelus Romae .
Me froté el pecho adolorido.
Quería tenerla entre mis brazos como necesitaba respirar.
« Mi mujer».
«La guardiana de mi alma».
El amor que sentía por ella era codicioso, una nueva forma de locura.
Intenté concentrarme en cualquier cosa menos en las intensas emociones que estaban dominándome.
Aquiles se movió con incomodidad a unos asientos de distancia. La mitad superior de su cara estaba cubierta de moretones y tenía la piel hinchada y verdosa.
Patro estaba muy tieso a su lado; todavía tenía el tendón cortado envuelto en gruesas vendas. Aquiles también tenía el tobillo vendado.
Los dos habían sido mutilados.
Dentro de mi esternón hervían sentimientos complicados; en este momento no eran mis personas favoritas, pero estaban bajo mi cuidado. Aquiles, como yo, había sido víctima de la Casa de Ares, la Casa de los Horrores, como solíamos llamarla. Ambos eran mi responsabilidad. Mis medios hermanos.
Me consumía la culpa.
Hermos y Ágata estaban más abajo, también cubiertos de moretones.
«Les fallé a todos».
Drex hizo un ruido frente a mí y golpeó a Alexis en el costado para llamar su atención. Ella estaba haciendo señas y susurrando con Charlie.
Drex la llamó de nuevo.
Respiré profundamente.
Prácticamente había estado colgado de mi esposa desde su ronda del día anterior y oficialmente me estaba sacando de quicio.
Caronte no era el único que tenía un problema de celos.
El codo de Drex tocó el costado del brazo de Alexis, y ella se volvió hacia él con una sonrisa radiante. Se rieron juntos de algún chiste local.
«Nota mental: romperle el codo izquierdo».
Alexis se volvió hacia mí y me fulminó con la mirada como si pudiera escuchar mis pensamientos.
Le sonreí.
Ella frunció el ceño.
— Deja de hacer eso —dijo mientras miraba a Drex.
—¿De hacer qué? —articulé con fingida confusión.
Alexis puso los ojos en blanco y se volvió hacia Drex; sus gestos eran suaves y radiantes mientras hablaba moviendo las manos con entusiasmo.
Suspiré pesadamente. Claramente, ella disfrutaba su amistad y se entristecería si algo malo le sucediera.
«Nota mental: hacer que la fractura de su codo parezca un accidente».