Capítulo 40
EL CAZADOR
C ARONTE
Abrí los ojos con un parpadeo; me rodeaba un calor embriagador.
Apreté a Alexis contra mi pecho con un bostezo de satisfacción. En algún momento de la noche, la había sacado de debajo de las cobijas y la había acostado encima de mí.
Era una cobija deliciosamente pesada.
«Divina».
El muslo de bronce de Augusto estaba apoyado sobre nosotros, manteniéndonos en nuestro lugar. El nombre de Alexis estaba tatuado en él.
Nos habíamos tatuado el día después de nuestra boda, el día que ella desapareció.
Era una promesa de que recuperaríamos a Alexis, a nuestra esposa , con derramamiento de sangre o ternura, lo que fuera necesario. Ningún precio era demasiado alto cuando se trataba de ella.
Y ahora estaba acostada en mis brazos, confiando en que la sostendría mientras dormía.
Pensé que estar parado al lado de ella toda la noche, observando cómo su respiración subía y bajaba, era lo que mi alma anhelaba.
Estaba equivocado. Esto era para lo que había nacido; para abrazarla muy cerca de mí, tanto que nuestros corazones latieran al unísono, mientras ella roncaba contra mi cuello.
Sonreí con sus rizos sobre mi cara.
No podía recordar la última vez que había dormido antes del torneo, y mucho menos la última vez que había descansado pacíficamente durante horas.
Lo único que necesitaba era una semana de aislamiento con mi esposa: el castigo fue la cura.
Recorrí con mis manos la piel caliente por el sueño, trazando las marcas que estaban esparcidas en desorden sobre su espalda. También le cubrían la parte delantera del torso.
Su piel era un mapa de supervivencia: quemaduras de cigarro, una herida de daga en el esternón, muescas irregulares de lo que parecían ser puntas de ramas, marcas de bordes rectos, como si la hubieran lanzado contra la esquina de un mostrador.
Me temblaron los labios, tuve una sensación de caída.
Metí la cara en la curva de su cuello; la humedad me nubló los ojos mientras mi pecho se agitaba.
La vida no había sido fácil para mi esposa; sin embargo, la había soportado y todavía era tan… buena .
No era de extrañar que nos hubiéramos enamorado de ella. Alexis era como nadie más sobre la tierra. Angelus Romae . Ninguna criatura, espartana o humana podía compararse con ella.
Ella era divina.
Ella era mi esposa.
Ella era mi otra alma.
«Te encontré de nuevo».