Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 39 #2
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Capítulo 39 #2

—Lo estás recibiendo perfectamente —me alabó Augusto, con las venas del antebrazo marcadas mientras echaba la cabeza de su pene hacia atrás; la V de su cinturón de Adonis se tensó.

Los ojos de Caronte se inundaron de sangre cuando activó sus poderes ctónicos.

Me envolvieron olas de placer inimaginable.

Sus emociones estaban revueltas, vulgares y eróticas: «mi mujer, rodillas, dominar, control, coger, marcar, poseer, reclamar, atesorar ».

El calor se acumuló entre mis piernas.

Moví la mano derecha hacia la base de su pene duro, acariciándolo suavemente por debajo; la cadera de Caronte se sacudió mientras dejaba escapar un gemido gutural.

Una emoción brillaba con más intensidad: «ámala».

Gemí con su pene duro y caliente en la boca a medida que el placer aumentaba.

—Eres tan perfecta para nosotros. —Augusto se acarició más rápido.

Los dos estaban deshaciéndose ante mí.

«Los santos patronos del pecado».

Caronte soltó mis rizos, y salió lentamente de mi boca con un gemido torturado.

—Muéstrale a Augusto lo que aprendiste, carissima —me ordenó, pero su voz era rasposa. Había perdido su filo cruel. Tenía las mejillas sonrojadas, los ojos brillantes.

Me envolvió una embriagadora oleada de satisfacción femenina.

«Deshice a Caronte».

Augusto empujó su miembro, mucho más grueso, hacia abajo; la joya de metal de la punta brillaba por los fluidos.

—Lo estás haciendo increíble, corazón. —Me miró, con adoración pura, algo que aprecié realmente, porque estaba segura de que no lo estaba haciendo bien.

Abrí los labios.

Augusto me apartó el cabello de la frente con una ternura increíble.

Lo agarré de los muslos; su piel estaba mucho más caliente que la de Caronte. Envolví su suavidad aterciopelada con la boca, esforzándome por recibir su grosor.

El metal frío de su perforación me rozó la lengua.

Mis labios estaban en llamas.

Se sentía depravado.

Augusto echó la cabeza hacia atrás y maldijo enredando las manos en mi cabello mientras su cuerpo temblaba bajo mis manos y su miembro palpitaba en mi boca.

—No voy a poder aguantar —dijo con un jadeo ahogado—. Es tan exquisito, tan perfecto.

Seguí chupándolo, hundiendo las uñas en sus muslos: necesitaba ver cómo se deshacía. Embistió mi boca, y sentí el sabor salado del líquido preseminal en tanto que su vaivén iba volviéndose más errático.

Se apartó con un gemido y la aterciopelada erección se salió de mis labios bruscamente.

Inhalé, confundida por su repentina ausencia.

—Tócate —me ordenó Caronte con rudeza, pero el efecto se estropeó por la obsesión que expresaba su rostro.

Me llevé los dedos entre las piernas adoloridas y me froté el clítoris empapado y ya palpitante; el placer ardiente aumentó.

Caronte y Augusto se acercaron más.

Me acariciaron los senos, pellizcaron mis pezones, arañaron mi carne febril con las uñas mientras cada uno se masturbaba más rápido.

Me toqué con más fuerza mientras me colmaban de atenciones.

Augusto bajó la mirada hacia mí, con una expresión suave.

—Estás haciendo algo tan hermoso, complaciendo a tus esposos así. Estoy muy orgulloso.

El éxtasis aumentó a medida que me acercaba a la caída.

El rumor de las pieles encontrándose resonaba obscenamente bajo el chorro caliente.

Caronte emitió un sonido gutural y maldijo, pelando los dientes con la mandíbula tensa. Echó la cabeza hacia atrás, acariciándose duro y rápido.

—Te voy a arruinar —me prometió.

«Demasiado tarde ».

—Eres mía, mi amor —dijo Caronte con un jadeo ahogado—. Para siempre.

Me azotaron olas de placer, y arqueé la espalda, temblando mientras mi centro íntimo se contraía y se liberaba.

Caronte y Augusto se acercaron a mi cara, gimiendo al unísono, mientras se venían sobre mis labios entreabiertos y jadeantes.

Su semen se mezcló, goteando por mi barbilla, sobre mi pecho.

Disfruté los estremecimientos posteriores.

Caronte metió el pulgar en la mezcla, y la empujó hacia mi boca. La sentí salada y ácida en mi lengua. Hice una mueca y la escupí; sabía asqueroso. «Jamás volveré a hacer eso».

Los dos hombres se rieron.

—Te amo. —Augusto recogió el semen que goteaba de mi barbilla y untó el líquido hacia abajo, sobre mis pechos, masajeando mi piel.

Me incliné hacia adelante, como si no tuviera huesos, agotada.

Sus muslos estaban a centímetros de mi cara; pude ver las palabras tatuadas en sus piernas izquierdas en cursiva.

«Alexis Hert» estaba escrito junto con un número romano: la fecha de nuestra boda.

Disparé una mirada hacia sus ojos.

Intenté hablar, pero no pude.

Augusto me levantó y me abrazó contra su pecho.

Caronte me secó con una toalla mientras Augusto me sostenía. Se concentró en mis rizos y me llenó la cara de besos suaves como mariposas mientras exprimía el agua de mi cabello. Con una expresión decidida, me recogió el pelo en un chongo.

Finalmente, cuando Caronte estuvo satisfecho, Augusto me cargó a la celda y me acostó suavemente en la cama.

Caronte puso un paño húmedo entre mis piernas, y me limpió con ternura mientras susurraba palabras de amor. Lo pasó por mi cara y mi pecho, con los ojos brillando de emoción.

Cuando terminó, Augusto se entretuvo acomodando las cobijas alrededor de mis hombros, piernas y pies.

Subió la cobija sobre mi cara, y me tomó un segundo darme cuenta de lo que estaba haciendo. «A Poco le gusta dejar solo las orejas de fuera ».

Se me derritió el corazón en el pecho porque mis aterradores esposos no dejaban de preocuparse por mí.

Finalmente, los dos se metieron a la cama, envolviéndome como otra cobija.

Caronte besó mi frente con ternura. Augusto me dio un beso suave en el cuello.

Sonreí adormilada mientras cerraba los ojos, sintiéndome cálida por dentro y por fuera.

«¿Por qué no hicimos esto antes?».

Estaba tan satisfecha que se me olvidó preguntarles cuándo se habían tatuado mi nombre de forma permanente en la piel.

Me sumergí en el sueño.