Capítulo 36 #2
Caronte adormilado se veía adorable por la mañana, me di cuenta con una sensación devastadora.
La puerta tembló.
—¡Ya nos vamos! —gritó un olímpico.
Nos preparamos rápidamente.
Mis esposos me flanqueaban mientras los guardias nos escoltaban fuera de la celda. Esta vez, ninguno de los dos se quejó de que me sentara al lado de Charlie. Sin embargo, me masajearon los hombros y me frotaron la espalda.
Fue agradable.
Era un día cálido y soleado de junio.
«Zeus no puede usar su cetro». Suspiré de alivio.
Los Dolomitas se alzaban majestuosamente alrededor del coliseo. Estaban cubiertos de vegetación exuberante y campanillas.
Abajo, Hermos entró a la arena con una lanza de cinco metros de largo, afilada en un extremo.
Sonaron abucheos.
Nuestra sección vitoreó.
La puerta se alzó y salieron cuatro hombres gorgonas empuñando espadas; de cada una de sus cabezas calvas salía una sola serpiente como cabello, pero la de Hermos era, por mucho, la más grande.
«El número de serpientes y su longitud simbolizan cuán poderosa es una gorgona». Volvió a mi mente la lección de Augusto sobre las gorgonas en el crisol. «Tener más de una serpiente es extremadamente raro. Su mordedura paralizante no funciona con su propia especie».
Hermos se tronó el cuello de un lado a otro mientras las cuatro gorgonas cargaban contra él blandiendo sus espadas, veloces como rayos.
—¡Escoria de serpiente! —coreó el estadio.
Los gritos resonaron.
Un tiempo después, que se sintió como una eternidad, pero probablemente fueron solo unos minutos, Hermos echó la cabeza hacia atrás y rugió por su victoria.
Con tensión en sus músculos pálidos y salpicados de sangre, Hermos enterró la lanza en medio de la arena: cuatro gorgonas estaban atravesadas por el estómago, colgando inertes en la lanza.
Nyx se deslizó alrededor de mi cuello.
—Bueno, bueno, esto ya fue demasiado —siseó, sintiendo compasión por las serpientes. Le cubrí la cabeza para que no tuviera que verlas.
Charlie me dio un golpecito en el costado, distrayéndome de la carnicería.
—Me da gusto que te hayas sentado junto a mí —dijo con señas.
—A mí también.
Nos inclinamos uno hacia el otro.
En la fila delante de nosotros, Ágata se levantó y aplaudió; nuestra sección se tensó: tenía los dos ojos morados y gruesos moretones negros y verdes cubrían cada centímetro de sus brazos y piernas.
Las marcas moradas de la cadena alrededor de su cuello eran de Hermos, pero el resto de las heridas eran nuevas.
Ágata había canibalizado a sus trabajos sin que le pusieran un solo dedo encima.
Los moretones eran del interrogatorio.
Los olímpicos la habían torturado , y todo era por culpa de Medusa.
Me dio vueltas la cabeza y luché contra el impulso de vomitar. Todo se volvió borroso y pesadillesco.
El tiempo pasó a la deriva.
Recordaba haber estado sentada en el simposio.
El resto era borroso.
Más tarde, estaba acostada en la cama junto a mis esposos.
Caronte se durmió primero.
Me desperté a medianoche cuando algo se movió debajo de mí. Me tomó unos segundos de aturdimiento darme cuenta de que ya no estaba acostada sobre el colchón.
Caronte me había acomodado encima de él como una cobija.
Me envolvía con sus brazos y piernas para mantenerme ahí.
Roncaba con fuerza, mientras su pecho subía y bajaba.
Augusto gruñó y se acercó a nosotros; puso los brazos encima de mi espalda mientras nos jalaba a ambos contra su cuerpo.
Poco estaba acurrucado sobre mi espalda. Me hizo cosquillas en el cuero cabelludo cuando me jaló el cabello para mordisquearlo.
Giré la cabeza.
Augusto dormía contorsionado, medio encima de nosotros, y podía ver su hoyuelo: estaba sonriendo entre sueños.
Mi expresión coincidió con la suya mientras volví a quedarme dormida.
D ÍA OCHO DEL T ORNEO DE G LADIADORES E SPARTANOS
El día siguiente llegó, soleado y brillante.
«Otro milagro».
Abajo, en el podio, Zeus una vez más estaba vestido de blanco y, afortunadamente, no llevaba su cetro. El rayo de Zeus se sentía irreal, como si hubiera sucedido en otra vida.
Me senté entre Drex y Charlie, y me agarraba al brazo de mi hermanito mientras Nyx se deslizaba arriba y abajo por mis piernas.
Caronte jugaba con las puntas de mi cabello.
Miré hacia atrás; Augusto me estaba mirando.
—Va a estar bien —me dijo con los labios.
Los pulmones se me inundaron de miedo.
Fluffy II se había quedado en la celda porque no se había despertado esta mañana; tenía la joroba más hinchada que nunca.
—Patro… Patro… Patro —cantaban alrededor, y Aquiles se enderezó al lado de Drex, observando la arena como un halcón.
Patro salió a la arena con una guadaña; la red eléctrica brilló sobre él a la luz del sol.
La multitud soltó un alarido.
Patro sonrió con arrogancia mientras Popea caminaba a su lado con sus pelos de jaguar erizados.
La puerta se abrió y se escucharon gritos ahogados: salieron dos jaguares de Nemea machos.
Eran tres veces más grandes que Popea, que ya era más grande que un jaguar normal.
Patro hizo girar su guadaña con calma. Si estaba asustado, no lo demostró.
Aquiles se inclinó hacia adelante en su asiento, con los puños apretados, sacudiendo una rodilla.
Patro corrió hacia adelante y levantó su arma; Popea corría a su lado.
Los jaguares contrincantes saltaron hacia él, increíblemente alto.
Patro saltó para encontrarse con ellos, y él mismo voló a seis metros del suelo.
Chocaron en el aire.
Todo sucedió de manera confusa: unas garras asestaron golpes, se blandió una guadaña, los animales aullaron, todo se salpicó de sangre.
Unos segundos después, Patro y Popea estaban parados entre los pedazos de dos jaguares de Nemea.
Hubo un momento de silencio.
El estadio estalló en vítores.
Patro miró hacia las gradas, le lanzó un beso a Aquiles y luego hizo una reverencia dramática.
Aquiles estaba sentado muy rígido.
—Él va después —susurró Drex con temor señalando al amante de Patro—. Mañana le quitarán el bozal a Aquiles.
Los dos hicimos una mueca.