Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 36
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Capítulo 36

ARREGLOS PARA DORMIR

A LEXIS: DÍA SIETE DEL T ORNEO DE G LADIADORES E SPARTANOS

Aturdida, caminé con los ctónicos hacia el simposio. El rayo mortal todavía parpadeaba en mi mente.

El rock había sido reemplazado por arpas tintineantes y la asistencia del público era más escasa de lo habitual; extrañé las guitarras estridentes.

Por los escasos espartanos y criaturas presentes, el salón estaba extrañamente silencioso.

Drex nos hizo señas para que fuéramos a donde estaba sentado con Aquiles y Patro; los tres se veían miserables.

Iba a sentarme junto a Drex, pero Caronte puso la mano en mi espalda baja y me guio a otro asiento, del otro lado de la mesa.

Augusto estaba tan cerca que su hombro rozaba el mío mientras nos movíamos. Fui consciente de algo que me recorrió el cuerpo.

«Estás en grave peligro».

Nuestra nueva proximidad era riesgosa, porque los límites del resentimiento se estaban derritiendo lentamente.

Las bandejas de comida circulaban y Caronte les hacía señas a los camareros; llenó mi plato de comida hasta que se desbordó.

Me comí todo, y las líneas de preocupación alrededor de los ojos de Caronte se relajaron con cada bocado.

El viejo lema espartano que colgaba en una placa en la pared del simposio era correcto: «Un hombre hambriento no le pone peros a su comida».

Nuestra mesa comió en un pesado silencio.

Nadie habló sobre el calamitoso poder de Zeus, pero todos estábamos pensando en él.

Alrededor, los olímpicos conversaban en latín con un júbilo contenido, sus extravagantes togas brillaban mientras giraban en la pista de baile. Sonrisas tímidas les pintaban los labios; aves de cola larga y colores vibrantes se posaban sobre sus hombros.

Escuchamos risas forzadas mientras parpadeaban luces; los reporteros capturaban a un grupo de herederos y herederas.

Se habían recuperado rápidamente del terror.

«Zeus está de su lado. Se sienten protegidos».

Drex se hundió más en su asiento al otro lado de la mesa, raspando su plato con el tenedor.

—¿Cuál es tu comida favorita? —me preguntó Caronte abruptamente.

Me volví hacia él.

—No… entiendo la pregunta.

Caronte me miró con atención.

—¿Qué tipo de comida disfrutas más comer? ¿Dulce, salado, ácido? La comida favorita de Augusto es el filete. La mía, los dulces, como el baklava o… —Se quedó en silencio.

«¿Por qué me está mirando los labios?».

Augusto se acercó, como si le interesara la respuesta.

—No tengo. —Me hundí las uñas en el dorso de la mano; una extraña especie de vergüenza me llenaba el pecho.

Los dos hombres fruncieron el ceño.

«¿Creen que soy difícil a propósito?».

—Supongo que… me gusta cualquier comida que se pueda… eh… comer todos los días —respondí con una sonrisa forzada, luego cambié de tema—. ¿Cuáles son sus colores favoritos?

Ninguno respondió.

Caronte intercambió una mirada significativa con Augusto. Pasaron largos segundos, y Augusto sacudió la cabeza, como si le dijera que lo dejara pasar.

—El oro —dijo Caronte suavemente, mientras levantaba la mano y envolvía el dedo índice en uno de mis rizos; lo jaló.

Mi cabeza se llenó de estática.

Se inclinó hacia mí.

—Pregúntame… cuál era mi color favorito antes de conocerte.

— ¿Cuál era tu color favorito? —susurré.

—Ninguno. —Me miró con una intensidad fría—. No notaba los colores antes de conocerte.

Forcé una risa.

Caronte no se rio.

—Alexis. —Los ojos de Augusto eran tan oscuros como una noche sin luna—. ¿No quieres saber cuál es mi color favorito?

—¿Cuál… es?

—Un tono blanco lechoso y puro que solo he visto en un lugar. —Levantó la mano a mi cara, y recorrió tiernamente mi pómulo izquierdo con el pulgar.

Me incliné hacia el contacto con él.

Nadie había halagado antes mi ojo herido. Me habían dicho que el contraste entre los dos era cool , pero nadie había visto solo mi ojo arruinado y pensado que era hermoso.

«¿Pensaría lo mismo si supiera la verdad?».

«¿Si supiera que es ciego?».

—A mí también me gusta el color de los tuyos —le dije, sosteniendo su mirada, hipnotizada—. Me recuerda… el espacio entre las estrellas.

Augusto parecía destrozado.

Abrí la boca para decir algo más, pero el corazón me latía tan fuerte como si fuera a salirse de mi pecho.

Augusto bajó su pulgar y recorrió mis labios.

—A la mierda. —Hermos se dejó caer en el asiento libre junto a Drex, y Augusto bajó la mano; el momento se evaporó—. Siguen interrogando a Ágata sobre Medusa, como si no hubiera tenido suficiente por hoy. Obviamente no sabe nada, carajo.

Hermos tomó una copa de ambrosía y se la bebió, luego tomó otra, y otra mientras miraba las vetas de la madera, con los ojos vidriosos.

Drex le dio una palmadita en la espalda, pero Hermos no dio ninguna señal de que pudiera sentir su mano.

Patro y Aquiles estaban sentados muy rígidos e inexpresivos. Traumatizados .

Me dejé caer de nuevo en mi silla, volviendo a sentir un entumecimiento.

Simposio, coliseo o celda, el resultado era el mismo: éramos prisioneros.

Nos retiramos en grupo poco después; Drex cargaba a medias a Hermos, que estaba demasiado borracho para caminar solo.

Nadie dijo nada mientras los guardias abrían nuestras celdas: entramos voluntariamente.

La autodeterminación era algo peculiar y, por primera vez en mi vida, no estaba tan segura de poseerla.

En la tenue luz escarlata de nuestra celda, Caronte y Augusto parecían más grandes, más abrumadores.

Se quitaron cuidadosamente las coronas y las pusieron en el suelo junto a la mía. No me había molestado en ponérmela esa mañana.

Miramos la cama individual.

Luego los unos a los otros.

Las emociones se mezclaban con la lujuria, que crepitaba entre nosotros.

—No estoy se-segura… —empecé a hablar; luego, me aclaré la garganta y lo intenté de nuevo—. No estoy segura… de que esté lista para más

—Cállate, princesa —dijo Caronte con voz suave—. Ya lo sabemos, no tienes que darnos explicaciones. Solo vamos a dormir.

Asentí; el nudo que sentía en la garganta se relajó.

—¿Podemos… acurrucarnos? —preguntó Augusto en voz baja mientras me miraba. Sus labios se curvaron hacia arriba: se le hacía un hoyuelo en la mejilla derecha.

Fue una observación sumamente pequeña, pero algo sísmico se movió dentro de mí.

—¿Alexis? —La sonrisa de Augusto se desvaneció. El hoyuelo desapareció y, de repente, no deseaba nada más en mi vida que volver a verlo otra vez—. ¿Qué pasa, mi carus ? —Frunció el ceño—. ¿Estás bien?

Levanté los dedos y acaricié su cara por ese lado.

Cerró los ojos, y sus pestañas se estremecieron mientras inclinaba la cabeza.

—Tienes un… hoyuelo.

—¿De verdad? —Sonrió ampliamente, mostrando la pequeña depresión—. No tenía idea, nadie me había dicho.

Apartó la mirada, como si le diera vergüenza la confesión.

«¿Cómo pude haberle tenido miedo?».

Se me agrietó el corazón cuando me di cuenta de lo que Augusto acababa de admitir. «¿Qué te hizo Ares?».

Augusto miraba cualquier cosa menos a mí.

—Entonces, ¿podemos acurrucarnos? —repitió.

Retiré los dedos de su cara.

—Por supuesto —respondí.

Caronte se acostó primero y apartó las cobijas; abrió los brazos para mí. Me acosté con cautela, dejando un pequeño espacio entre nosotros, pero me jaló hacia él, de modo que quedamos apretados juntos.

Augusto se nos unió.

Esperaba que se acostara de espaldas, pero se acercó de frente. Nos rodeó con los brazos a mí y a Caronte, así que quedé atrapada entre los dos.

—¿Estás bien? —susurró Augusto, acomodando su barbilla sobre mi cabeza mientras subía el muslo sobre mi pierna.

—Sí.

Atrapada entre los dos, nunca me había sentido tan segura.

Augusto soltó un profundo sonido de satisfacción, y su pecho vibró contra mi corazón. Su manzana de Adán se movía cerca de mi cara, la piel bronceada estaba lo suficientemente cerca como para besarlo; le acaricié suavemente el cuello con la nariz.

Augusto gruñó, como si hubiera hecho algo escandaloso, y me abrazó más fuerte.

Caronte suspiró de satisfacción entre mis rizos, su estómago se tensaba contra mi espalda.

Poco aulló y las cobijas se movieron cuando subió sobre los tres con sus patitas. Se detuvo a olfatear la cara de Augusto y la mía, luego sacudió su cola y se acomodó en el espacio que quedaba entre nuestros corazones.

Inmediatamente, ronroneó.

—Buenas noches, carissima —dijo Caronte—. No puedo creer… que esto sea real.

El sentimiento era mutuo.

—Descansen. —Augusto bostezó y se acercó más.

—Duerman bien —les dije, como siempre les decía a Charlie y Helena.

Augusto me dio un beso en la frente.

El pecho de Caronte vibró contra mi espalda.

—Yo no duermo, princesa. Pero te protegeré… te mantendré a salvo. Lo prometo.

Una suave chispa recorrió nuestro vínculo matrimonial y se sintió… tierna.

La oscuridad me envolvió suavemente.

Por primera vez, no tuve pesadillas, solo sentí calidez y una frágil sensación de paz.

D ÍA 7 DEL T ORNEO DE G LADIADORES E SPARTANOS

Bang.

Bang.

Bang.

—¡Es hora de despertar!

Abrí los ojos, encostrados de sueño, mientras los guardias golpeaban la puerta y gritaban.

Estaba rodeada de calor.

Seguía atrapada entre mis esposos; intenté moverme, pero unos brazos se apretaron a mi alrededor desde atrás. Caronte roncaba, profundamente dormido contra mi espalda, feliz e imperturbable por la conmoción de afuera.

Augusto lo miró con asombro, luego me miró a mí y sonrió, mostrando su pequeño hoyuelo.

Los guardias golpearon más fuerte, y se puso serio.

—Caronte, tenemos que levantarnos. —Se inclinó hacia él y le dio unas palmaditas.

Caronte se movió y Poco asomó la cabeza de la madriguera que se había hecho profundamente bajo las cobijas.

Me levanté de la cama.

Caronte se sentó de un salto y se frotó los ojos con los dedos tatuados; su cabello negro se alzaba para todas partes.

Se sonrojó y evitó nuestras miradas, como si le diera vergüenza que lo hubiéramos visto durmiendo; acarició la cabeza esponjosa de Poco.

El corazón se me detuvo un momento. «Estoy en grave peligro».