Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 34 #2
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Capítulo 34 #2

Miré a los ojos a un chico alto y delgado con cabello rojo como el fuego; éramos de la misma altura. Tenía la cabra de la Casa de Dionisio bordada en el bolsillo de su uniforme de guardia.

«Ay, qué bien». No.

Tito, el desgraciado que había hecho mi vida un infierno durante el crisol, estaba en mi espacio personal, tocándome.

—Si hace algo, lo muerdo —susurró Nyx en mi oído mientras se apretaba alrededor de mi cuello como si se preparara para lanzarse.

—No —dije rápidamente—. Yo me encargaré de él.

Tito se movió, incómodo, entornando los ojos de confusión, probablemente por los sonidos sibilantes que salían de mi boca, pero mantuvo las manos sobre mis hombros.

En lugar de retroceder, se acercó más a mí.

—¡Esperaba tener la oportunidad de hablar contigo! —gritó sobre la música y el zumbido de las conversaciones.

—Quería…

—¡Quítame las manos de e-encima! —le grité—. Ahora mismo.

Tito dejó caer las manos, pero no retrocedió.

Seguíamos parados cerca uno del otro, mientras la multitud de personas que llegaban al simposio giraban a nuestro alrededor

— ¡Quería disculparme contigo! —gritó Tito más fuerte, con una sonrisa tímida—. Estuvo muy mal que me ensañara contigo… —Se frotó la nuca—. He estado pensando mucho en eso, ahora que soy guardia. Es…

Siguió hablando, pero su voz se desvaneció porque dejé de escuchar. No me importaba lo que tuviera que decirme.

Miré el movimiento de sus labios, buscando en mi cerebro compasión, o algún otro impulso en lo más profundo de mi cuerpo que sirviera para perdonarlo. Me hundí en mí misma, buscando bondad, la capacidad de perdonar y sanar. Era la oportunidad perfecta para ser una persona mejor y más madura.

Me paré de puntitas para que tuviera que mirarme hacia arriba.

—No me ha-hables. —Sonreí fríamente—. Nunca más.

No encontré nada dentro de mí, solo rabia.

Tito cerró la mandíbula y entrecerró los ojos, que refulgían de ira.

—Estoy tratando de ser mejor —dijo apretando los dientes—. Lamento lo que te hice. En realidad nunca fuiste una mestiza abandonada y… de verdad lo siento y apreciaría que aceptaras mis disculpas y…

Hice una cara de tristeza burlona.

—Disculpa no aceptada.

«Entonces, se arrepiente por mi nuevo linaje. Idiota».

—No. —Tito negó con la cabeza, nervioso, y el cuello se le fue poniendo de color escarlata mientras su pecho chocaba con el mío—. No entiendes… estoy siendo sincero . He estado trabajando con un terapeuta. Siento que es…

Me reí bruscamente.

—Mejor prueba con una pala, es más barato.

Frunció el ceño con confusión. Claramente nunca había oído hablar del viejo golpe en la cabeza.

Continuó.

—En fin, siento…

—No es mi trabajo preocuparme por tus sentimientos.

Tito peló los dientes.

—Deja de interrumpirme. Es…

—Es molesto, ¿no? —dije—. Cuando a alguien no le importa un carajo cómo te sientas.

Tito sacudió la cabeza; más cuerpos pasaron rápido a nuestro alrededor mientras más personas intentaban entrar al salón.

—¡Sé que lo que hice estuvo mal! —Señaló mi corona—. Para la Casa de Dionisio es importante que tengamos buenas relaciones con la Casa de Hades y…

—¿Así que tu Casa te está obligando a hacer esto? —Mi sonrisa se desvaneció y fruncí el ceño con (falsa) preocupación—. Qué patético.

La cara se le tiño de escarlata.

—¿Por qué te estás portando así? Tú no solías hablar tanto. Eras callada y no…

—No te atrevas. —Le aparté la mano y levanté el dedo hacia su nariz—. No creas que sabes algo sobre mí. Solo porque no lo dije en voz alta no significa que no lo e-estuviera pensando.

Se pasó una mano bruscamente por el desordenado cabello rojo.

—Es que no estás escuchando lo que estoy tratando de… Espera, ¿qué pensabas entonces?

Me incliné más hacia él.

—Deseaba que estuvieras muerto .

— ¿ Perdón ? —Se echó hacia atrás mientras me miraba a los ojos, que debían haberse llenado de sangre—. ¿Qué estás diciendo? —preguntó—. ¡Eres la heredera de la Casa de Hades! No puedes hablar así. ¿Dónde está tu honor y…?

—Vete antes de que te sigas avergonzando. Nunca te voy a perdonar porque no quiero hacerlo, carajo. —Le clavé el dedo en el pecho.

La música sonaba a nuestro alrededor.

«Mozart la habría odiado».

Sonreí más.

Tito balbuceó de indignación.

—Ustedes, los ctónicos, están completamente locos. —Hizo una mueca—. Probablemente los ayudaste a liberar a Medusa, todos son unos psicópatas asesinos .

Incliné la cabeza hacia atrás y me reí.

Por su expresión despavorida, no pensaba que la conversación iría de esta manera.

Hubo un alboroto a nuestro alrededor cuando tres olímpicos fueron físicamente arrojados a un lado para abrir espacio.

—Ahí estás —dijo Augusto—. Te estábamos buscando.

Caronte se puso rígido cuando se dio cuenta de con quién estaba hablando.

—¿Te está acosando? —preguntó con calma, pero con la voz llena de promesas de masacre—. ¿Necesitas que… me encargue de él?

Tito retrocedió más, levantando las manos en un gesto de rendición. «Patético».

—No. —Aparté a Caronte y Augusto, y los llevé hacia la multitud—. Yo lo estaba acosando a él.

Augusto negó con la cabeza, pero las comisuras de sus labios se extendieron hacia arriba.

Caronte me sonrió con orgullo.

—Excelente trabajo.

Por primera vez en días, sonreí de verdad.

—¡Un brindis! —gritó Zeus a unos metros de distancia. La música se detuvo con un chirrido metálico y en el salón todos guardaron silencio.

Zeus tomó una copa de una bandeja y la levantó.

—Por los jóvenes ctónicos que comienzan sus rondas mañana. —La copa de ambrosía destelló en su mano—. Que demuestren ser la mitad de competentes que los impresionantes líderes de sus Casa.

Recorrió el salón con la mirada y la posó en mí.

Todavía sonriendo, no aparté la mirada.

Zeus entornó de confusión sus ojos grises, como si no supiera qué pensar de mí.

«Recuerda, hija, nadie les teme a los cuerdos».

Ambos podíamos jugar a la guerra psicológica.

Le guiñé un ojo.