Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 35
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Capítulo 35

LOS SANTOS PATRONOS DEL PECADO

A LEXIS

—Necesito sacarme algo del pecho… —Me quedé en silencio con un estremecimiento, mientras me abrazaba las rodillas; las palabras se me atascaron en la garganta.

Mi confianza se había desvanecido.

Estaba completamente vestida, sobre el excusado cerrado, temiendo que, si me quitaba la toga, me arrancaría la carne con ella.

Con el cabello esponjado, tenía un campo de visión muy estrecho; también tenía un zumbido en el oído izquierdo. Estaba demasiado callada, recelosa al tacto, rígida cuando debería ser suave, dócil cuando debería ser feroz.

Un chorro de agua hirviendo caía detrás de nosotros en la regadera vacía, después de recorrer las tuberías antiguas, y nos iluminaba la luz trémula de una sola vela.

Caronte y Augusto dominaban el pequeño espacio; apenas cabíamos.

Alertas parpadeaban en mi mente:

«PELIGRO. No tocar a los depredadores».

—Habla, carissima . —Caronte estaba parado enfrente de mí, con los ojos de un azul penetrante y fatal: el tono de labios congelados sobre dientes tiritantes en un invierno de Montana. El color de la hipotermia—. Dinos lo que tengas que decir.

Estaba muda.

—Alexis. —Augusto pronunció mi nombre como si lo acariciara con su boca—. Amor… por favor.

El vapor se mezclaba con las sombras, sumiéndolos a ambos en la oscuridad.

«Dioses implacables y malévolos».

—Tengo miedo.

Caronte alzó la ceja mientras me miraba. Sus tatuajes de esqueleto eran un recordatorio contundente de la profundidad de su depravación.

—Esto es quienes somos —dijo Caronte fríamente—. Quien tú eres.

—No son hombres buenos —susurré.

Los labios de Caronte se curvaron y mostró sus colmillos.

—No, no lo somos… pero eso ya lo sabías.

Augusto me observó en silencio.

No dijeron palabras vacías; no hubo ninguna promesa de que serían amantes gentiles y normales.

Caronte inclinó la cabeza de lado; había una cicatriz arrugada donde solía estar su oreja.

El terror retrocedió.

Augusto me sostuvo la mirada, sin parpadear.

—Fuimos creados por Cronos para ser tus esposos; somos una sola alma, desgarrada en tres partes. No tengas miedo de nuestro amor.

Me eché hacia atrás, y la porcelana se me clavó en la espalda.

—¿Ustedes… me aman ?

Augusto respiró superficialmente, sus ojos eran dos pozos hipnotizantes de tinta, de un tono pecaminoso e insondable.

—Lo supe cuando te vi luchar contra un titán, con el rostro decidido, en paz, mientras te sacrificabas para ayudar a unos humanos patéticos que ni siquiera conocías.

El aire se me escapó por los labios.

—Yo lo supe —comenzó Caronte—, cuando desperté el día después de nuestra boda. Te habías ido, y el mundo se veía descolorido, me faltaba el corazón, lo habían arrancado de mi pecho ensangrentado.

La sangre resonó en mis oídos.

«Siente el miedo y actúa a pesar de él».

Me solté las rodillas.

—Estoy lista. —Me enderecé, esperando que, si lo decía, se hiciera realidad—. Para coger.

Caronte se irguió más.

—No haremos el amor —dijo en voz baja—, hasta que sobrevivas tus rondas en la arena.

Augusto se humedeció el labio inferior.

—Pero —dijo Caronte, viendo la desilusión en mi rostro—, te daremos una probadita de lo que vendrá después de que derrotes con éxito a tus trabajos.

—¿Confías en nosotros? —preguntó Augusto con voz suave.

«No debería» .

—Sí.

—Levántate —me ordenó Caronte—. Ya.

El aire se cargó de depravación.

Planté los pies y me levanté por completo; incliné la cabeza hacia atrás, incitándolo a actuar.

Lentamente, con solo unos centímetros entre nosotros, deslicé de mis hombros los tirantes de mi toga de ejercicio. El aire fresco sopló contra mi espalda desnuda y se me erizó la piel; la tela cayó al suelo.

Caronte emitió un sonido áspero y hambriento.

Entrecerrando los ojos, Augusto se quitó la toga, revelando una planicie interminable de bronce tenso; miré hacia abajo: su grueso pene se movía contra su abdomen bajo, y un metal brillaba en la punta.

Augusto me ofreció su mano.

Me guio hacia el rocío humeante.

RIPPPP.

Caronte se rasgó la toga y me siguió.

El calor irradiaba por mi espalda mientras unos largos dedos de pianista recorrían los diamantes azules. Se deslizaron por mi columna, recorriendo cada costilla, como si estuviera pintando mis huesos.

Mis nervios gritaban por el suave contacto.

Augusto me puso frente al agua caliente, con los hombros anchos y el poder apenas contenido; tentativamente recorrí con los dedos la red de venas que cubría sus antebrazos. Eran más suaves y sedosos de lo que había pensado que se sentirían. Embriagadores .

Augusto hizo un sonido y se sacudió.

Envalentonada, exploré las firmes crestas de su pecho, bajando por sus abdominales, disfrutando cómo se tensaban y relajaban bajo mis dedos.

Rocé más abajo, echando un vistazo al metal y una cabeza suave y húmeda; su pene se movió contra su estómago.

Augusto maldijo violentamente mientras tocaba mis senos, sus callos se sentían rasposos contra mis pezones sensibles; un placer ardiente atravesó el centro de mi cuerpo.

Junté mis muslos.

Caronte besó mi columna de arriba abajo, mordiendo suavemente, y luego lamiendo la piel tierna.

Augusto me acarició el pecho.

Hizo una pausa mientras recorría la delgada cicatriz entre mis pechos. Sacudí la cabeza, «ahora no». Su expresión prometió que volveríamos al tema más tarde.

Augusto recorrió mi estómago, deteniéndose en la marca de la quemadura, pero luego se movió más abajo, hacia mis caderas.

Caronte acarició las esferas de mis nalgas con las manos y luego me apretó, mientras Augusto arrastraba los dedos alrededor de los rizos entre mis muslos.

La lujuria hacía que todo se difuminara.

Tuve una idea horriblemente emocionante y ridícula.

Con el aliento tembloroso, apoyé las manos en el cálido pecho húmedo de Augusto y reuní valor.

—¿Podrían enseñarme a… complacer a un hombre? —susurré, con creciente curiosidad.

Caronte se quedó inmóvil detrás de mí; sus dientes se detuvieron a la mitad de un mordisco en la piel sensible donde mi cuello se encontraba con mi hombro.

Augusto agarró mi cadera; sus uñas se hundieron en mi piel.

—¿Estás segura… de que eso es lo que quieres? —preguntó con voz ronca.

Caronte apartó su boca de mi cuello y dio un paso atrás.

Abrí la boca para quejarme.

Me agarró de la barbilla, me giró la cabeza con fuerza a un lado y hundió su lengua en mi boca, silenciándome.

No besaba; devoraba.

Cuando sus labios ardientes por fin se separaron de los míos, me apretó la mandíbula con más fuerza; su cara estaba lo suficientemente cerca como para contar cada pestaña una por una.

—No te contengas —dije con un suspiro—. Quiero al verdadero tú.

Los ojos de Caronte se pusieron completamente negros, con las pupilas dilatadas. Peló los dientes.

«Él tiene una inclinación más malévola».

— Carissima … —dijo suavemente—. Ponte… de rodillas.

«Arthur Miller susurró en mi oído, “Hasta una hora antes de que el Diablo cayera, Dios lo consideró hermoso en el Cielo”».

Augusto acarició mis senos suavemente, arrastrando los pulgares sobre mis pezones.

—Sé una chica buena, mi dulce carus .

«Me gustan los cumplidos».

—Obedéceme —dijo Caronte con voz oscura—. O nos vamos de la regadera, y esto se acaba.

Me puse de rodillas.

—Qué obediente —susurró Augusto con voz cálida—. Qué perfecta.

Caronte se dio la vuelta a mi alrededor, recorriendo los diamantes azules con las yemas de los dedos, hasta que llegó al lado de Augusto.

El agua caía sobre ellos; el vapor les envolvía los hombros; eran seres maléficos y etéreos.

Caronte me miró con una mueca lacerante; Augusto sonrió.

Los dos estaban expuestos ante mí.

El pene de Augusto era grueso, con un metal atravesado en la cabeza; el de Caronte era más largo y venoso. Uno era bronceado con la punta oscura, el otro, rojizo y marrón.

A la tenue luz de las velas, vi que ambos tenían letras escarlatas escritas en los muslos izquierdos.

Entorné los ojos para leer las palabras, tratando de descifrarlas; unas semanas antes, había pensado que eran manchas de sangre.

En realidad, tenían el mismo tatuaje.

La luz de las velas titilaba, mezclándose con el agua, oscureciendo lo que decía la tinta.

—Abre la boca. —Caronte exageró cada palabra.

Obedecí.

Caronte agarró su pene y lo jaló hacia abajo, sosteniéndolo sobre mis labios entreabiertos.

Me incliné hacia adelante y me agarré de sus muslos para estabilizarme; sentí su cicatriz en la pierna derecha y piel suave en la izquierda.

Con la mano derecha, Caronte peinó con delicadeza mis rizos mojados en una cola de caballo. Sostuvo su pene alejado de mi cara, agarr ándolo con fuerza con sus dedos tatuados como esqueleto; luego, se inclinó hacia adelante y recorrió mis labios con la punta húmeda.

Apenas un roce; los dos gemimos de placer.

—Chupa. Ahueca tus mejillas y usa la lengua. Sin dientes. —El estómago pálido de Caronte se contrajo cuando se tensó.

No era una pregunta.

Caronte se empujó dentro de mi boca con tierna suavidad.

Me sostuve de sus muslos y lo llevé más profundo; me ahogué con por su tamaño mientras intentaba obedecerlo. Sin embargo, por su expresión de éxtasis, no le molestaba mi falta de sutileza.

—Lo estás haciendo increíble —me elogió Augusto de pie junto a Caronte, mirándome mientras se agarraba la base del pene y lo acariciaba lentamente, recorriendo su grosor.

Sentí agitación en mi sexo.

Caronte esperó pacientemente, manteniéndose quieto mientras me dejaba explorar. Lamiendo, recorrí la vena sedosa de la parte inferior. Jugando con mi lengua, disfruté de la superficie aterciopelada.

El agua me corría por la cara como lágrimas.

Intenté chuparlo más profundo, pero me ahogué de nuevo.

«Al parecer, mi reflejo de arcada está MUY desarrollado».

Caronte soltó una risa oscura porque no conseguía chuparlo todo.

—No te lastimes.

Lo miré a través del agua, y le sostuve la mirada.

Sacudió la cadera y susurró entre dientes:

—Me estás destruyendo —dijo como si estuviera rezando.

Retrocedí y lamí la pendiente alrededor de la cabeza de su pene.