Capítulo 34
LAS BATALLAS QUE ENFRENTAMOS
A LEXIS: DÍA TRES DEL T ORNEO DE G LADIADORES E SPARTANOS
Esparta vitoreaba estruendosamente.
Sentada entre Caronte y Augusto, con las manos hormigueantes apretadas entre mis piernas, oraba a un dios que probablemente me despreciaba.
M ás abajo, la arena estaba inundada de una niebla oscura, tan espesa y densa que parecía como si hubieran vertido alquitrán sobre la arena.
Hades —mi padre — se erguía alto en medio, con las manos pálidas levantadas por encima de su cabeza y sangre brillando en los ojos.
No había manera de sobrevivir a la bruma que emanaba de Hades. Era una espesa y cruel inundación de muerte.
Al parecer, había sido indulgente con nosotros en la masacre de iniciación.
Se oían los gritos de los cíclopes, pero apenas eran visibles entre la oscura niebla. No podíamos ver más que vislumbres de manos que desgarraban piel, carne que caía sobre la arena, ojos únicos abiertos y aterrados.
Salpicaduras de sangre.
Hades —contribuyente de la mitad de mi material genético— no tuvo que mover un dedo mientras los cinco cíclopes se desgarraban entre sí.
Todo el asunto duró apenas diez minutos.
Nyx se deslizó alrededor de mi cuello mientras la niebla se retiraba de vuelta hacia Hades con un susurro.
—Impresionante —siseó Nyx.
Me estremecí porque tenía razón: su poder era magníficamente terrible.
Era un recordatorio impactante y gráfico de lo que significaba que yo fuera una heredera ctónica. Lo que significaba que me hubiera hecho a su imagen.
La misma energía letal estaba latente dentro de mí, esperando.
DÍA CUATRO DEL T ORNEO DE G LADIADORES E SPARTANOS
El simposio del día anterior había pasado fugazmente. No recordaba haberme dormido por la noche, un segundo estaba inconsciente y al siguiente estaba despierta, llena de terror.
Me castañeteaban los dientes mientras me goteaba sudor por la espalda.
Estaba otra vez en mi asiento en el coliseo.
Caronte y Augusto me flanqueaban una vez más.
Sus muslos rozaban los míos y yo trataba de no sobresaltarme cada vez.
Retumbaban tambores y la electricidad zumbaba sobre la arena.
—El participante de hoy es… —Zeus hizo una pausa, su voz resonaba alrededor del estadio mientras saltaban chispas entre sus brazos levantados. Estaba parado en la plataforma que sobresalía sobre la arena, como un supervisor, un emperador , más bien, comandando destrucción—. ¡ÉREBO!
La multitud enloqueció.
Sonaban cánticos por todas partes.
—Dios primordial de la oscuridad… cazador de sombras… portador de pesadillas… ¡reverencia su sombría figura, o TÚ cavarás tu sepultura!
Érebo entró a la arena con la máscara blanca de huesos brillando y la capa negra y gastada ondeando detrás de su alta figura.
No llevaba armas; ningún animal de protección visible; ninguna armadura. Los bordes de su figura se difuminaban, como si fuera transparente y no un ser de carne y hueso.
Un hombre que se rumoraba que vivía con lobos.
—Es tan atractivo —dijo Helena en el asiento enfrente de mí mientras se cubría la boca. Charlie convino a su lado.
Incliné la cabeza a un lado.
«Podría verlo».
—Ay, yo podría vencerlo —siseó Nyx con asombro mientras se enroscaba lentamente alrededor de mi cintura—. Y no me refiero a una pelea.
Tosí violentamente (al parecer, en estos días todos se estaban volviendo más agresivos sexualmente).
Augusto me dio una palmada en la espalda.
Hubo un ruido de acero cuando la pesada puerta del otro lado de la arena se alzó lentamente: cinco cíclopes salieron al ataque, gruñendo con los puños carnosos al aire.
Érebo levantó casualmente la mano y les apuntó con el dedo.
Unas sombras enormes se extendieron detrás de cada cíclope, una oscuridad pura y espesa que salió deforme de la arena y se transformó en cinco cuchillos tangibles y de aspecto letal.
Las hojas negras flotaron en el aire por un segundo.
Érebo retiró el brazo extendido como si estuviera tirando de una cuerda.
Las sombras atravesaron a cada cíclope por la espalda, directamente a través del corazón.
Hubo salpicaduras de sangre cuando los c íclopes cayeron como piedras — muertos — con un estruendo atronador.
Me invadió un horrible pensamiento, y alcé la mirada hacia Caronte a través de mis pestañas.
Su expresión era dura, su mirada, atormentada.
«Ese es su padre».
DÍA CINCO DEL T ORNEO DE G LADIADORES E SPARTANOS
Augusto y Caronte estaban sentados cerca de mí. Era la ronda de Afrodita.
Nuestros muslos se tocaban.
No habíamos hablado desde en día anterior, cuando Érebo había exhibido sus sombras en la arena. Ahora habíamos vuelto por más.
Afrodita salió a la arena.
Llevaba un casco espartano. Sus largas trenzas estaban cubiertas de cristales, que destellaron cuando se inclinó a depositar a su esfinge de protección del tamaño de un gato doméstico en el borde de la arena.
Le acarició la cabeza, como si quisiera asegurarse de que se mantuviera fuera de la batalla.
Después, se levantó y fue centro de la arena con un hacha dorada colgada sobre su hombro, como si nada.
—¡Cógeme, perra sexy! —gritó un hombre, y toda la sección estalló en risas. Se gritaron insinuaciones sexuales y otras proposiciones obscenas con creciente frecuencia.
Afrodita parecía completamente indiferente mientras esperaba que la puerta de acero se levantara y liberara a los cíclopes.
El cielo estaba nublado, pero la humedad hacía que mi toga se adhiriera incómodamente a mi piel.
La anticipación se mezclaba con la electricidad.
Todos se inclinaban hacia adelante en sus asientos, esperando a ver qué haría Afrodita, la mujer más hermosa que jamás hubiera pisado la tierra.
La apodaron la Diosa del Sexo porque su poder ctónico estaba en su saliva. Un beso, y una persona se convertía en su esclavo, sin voluntad propia y con un deseo sexual agonizante.
Por los gritos que resonaban alrededor del estadio, muchos hombres se ofrecerían gustosamente como sus víctimas.
Helena estaba sentada muy tensa frente a mí, moviendo las piernas. Miró a Augusto por encima de su hombro, con preocupación.
—Va a estar bien —dijo Augusto suavemente, pero se le arrugaron los ojos—. No te preocupes.
Helena asintió y se dio la vuelta. Charlie le paso un brazo alrededor de los hombros y la apretó.
Unos asientos más abajo, Patro asintió, pero sus ojos también estaban llenos de preocupación, y Aquiles le frotó la espalda.
«Es su madre».
Helena parecía una versión más joven de Afrodita, y Patro era el equivalente masculino. Los dos tenían su impresionante belleza, casi escultórica.
En contraste, Augusto se parecía más a Ares en tez y apariencia. Sus rasgos eran más duros, más mordaces.
Me sobresalté cuando me di cuenta de que Augusto y Patro técnicamente también eran medios hermanos. Por la forma como se comportaban, uno nunca lo sospecharía.
En cambio, Augusto y Aquiles parecían tener algún tipo de vínculo fraternal. Por la poca información que me habían compartido, sabía que los dos habían crecido juntos en la Casa de Ares.
Patro parecía casi… excluido .
Se me apretó el corazón cuando recordé cómo todos en Esparta, incluido él, me habían llamado mestiza abandonada como si fuera la peor ofensa. Debió ser difícil para él crecer en una civilización que lo veía como inferior debido a su linaje humano.
Nunca dejaba de sorprenderme lo pequeña que era Esparta. No era como el mundo humano en muchos aspectos.
Por ejemplo, la puerta se levantó y cinco cíclopes salieron al ataque.
Afrodita corrió hacia ellos; sus músculos ondulaban mientras levantaba la enorme hacha sobre su cabeza.
La multitud hizo un ruido de anticipación y asombro.
Afrodita saltó en el aire y blandió su hacha con impresionante fuerza espartana.
Explotó sangre.
Aterrizó en cuclillas, al lado de la cabeza decapitada de un cíclope, empapada de pies a cabeza de rojo.
Los vítores se detuvieron.
Antes de que las otras bestias pudieran reaccionar, saltó hacia ellas más rápido de lo que podían seguirla mis ojos, empuñando su hacha como una extensión de sí misma.
Los pedazos de esófago de los cíclopes rociaban sangre.
Afrodita no usó sus poderes, sino pura fuerza bruta.
Luego de largos minutos de agresivos cortes, la arena era un desastre de partes del cuerpo cortadas. Afrodita dejó escapar un grito de guerra satisfecho mientras pateaba una cabeza del tamaño de una roca que rodó por la arena.
No quedaba nada que matar.
Nadie aplaudió.
Su esfinge estaba sentada al borde de la arena, lamiéndose la pata con aburrimiento.
Helena suspiró de alivio y se desplomó contra Charlie.
Abajo, empapada en sangre de pies a cabeza, Afrodita se enderezó por completo, majestuosa, y sonrió; sus trenzas de diamantes brillaron sobre su espalda.
Le lanzó un beso a la multitud silenciosa.
Había callado a los hombres.
Hades se puso de pie, y todos seguimos su ejemplo. Nuestra sección aplaudió y vitoreó a Afrodita, mientras el resto del estadio miraba conmocionado la arena.
Afrodita cargó a su esfinge, le besó la cabeza y desapareció.
Sonreí. El estómago se me inundó de satisfacción.
Fue la primera pelea que disfruté.
Los guardias llegaron a nuestra sección y nos escoltaron al simposio.
Cuando cruzamos la puerta, nos dimos cuenta de que la música de arpa había sido reemplazada por guitarras eléctricas y un cantante escasamente vestido. Lo reconocí como un popular rockero humano. Cantaba con voz muy aguda en un micrófono mientras los espartanos saltaban en la pista de baile.
«Pues, qué inesperado».
En el salón había más personas de lo habitual. Espartanos y criaturas de todas las designaciones habían decidido asistir.
El espacio estaba cerca de su capacidad máxima.
Entre la inesperada multitud, me separé de Augusto y Caronte.
Di una vuelta y me puse de puntitas para buscarlos por encima de las cabezas de los demás.
Choqué con algo duro.
Unas manos me estabilizaron y me habló una voz familiar.
—Alexis, esperaba encontrarte aquí.