Capítulo 33
LA PROMESA DE UNA SIRENA
A LEXIS: DÍA DOS DEL T ORNEO DE G LADIADORES E SPARTANOS
Mientras el lamento del último cíclope que quedaba en pie resonaba a través del Coliseo de los Dolomitas, deseé desesperadamente seguir borracha.
El estadio observaba la arena con horror y en silencio. Todos los cánticos habían cesado hacía horas.
Caronte y Augusto estaban sentados muy rígidos a mis lados, y un domo de electricidad zumbaba sobre la arena cubierta de sangre.
Nadie habló.
Una cosa quedaba inquietantemente clara: a Ares se le apodaba el Dios de la Guerra por una razón.
Había estado en la arena durante unas cinco horas. Cinco largas , dolorosas y crueles horas.
La brillante luz del sol iluminaba a los cuatro cíclopes muertos que estaban esparcidos a su alrededor. Cada uno había sido torturado a muerte por medio de su tacto.
No había razón para que esta ronda continuara; si hubiera querido, habría podido terminar en cinco minutos. El problema fue que no quiso.
Me hormigueaban los dedos mientras Nyx se deslizaba con tensión alrededor de mis hombros; sus escamas eran cálidas.
Sentía el sabor rancio de la ambrosía en la garganta mientras observaba el horrendo espectáculo.
Sobre la cabeza de Ares brillaba un casco espartano negro con un penacho rojo en el centro, y era la única armadura que llevaba.
También llevaba atada a su amplia espalda musculosa una vaina ancha, dorada y ornamentada, pero no la había desenfundado.
Ni una sola vez.
Ares había usado solo sus manos desnudas para asesinar a cuatro c íclopes.
Ahora estaba en el quinto.
El rumor de que podía torturar a las personas hasta la locura con un solo roce de sus dedos era cierto. También, parecía que no tenía animal de protección. «¿Serán ciertos los rumores de que tiene un enorme dragón de Cólquide invisible?».
Le goteaba sangre de los ojos como lágrimas mientras usaba sus poderes: su mano descansaba sobre el brazo del último cíclope vivo.
La criatura se sacudía en la arena mientras gritaba de dolor.
Augusto me acarició la espalda para reconfortarme.
Estudié su perfil.
«Ares es su padre».
Sus ojos eran unos profundos estanques de obsidiana.
—¿Estás… bien, mi carus ? —preguntó suavemente.
Su cicatriz se destacaba en un marcado relieve sobre el puente de su nariz y su mejilla.
«¿Cómo se la habrá hecho? ».
Apoyé mi cabeza en su hombro.
—Esa es mi chica. —Me besó la frente suavemente.
Se me retorció el estómago.
Abajo, el Dios de la Guerra lanzó un grito de batalla.
Augusto era su viva imagen.
Tenían la misma piel bronceada, los mismos rasgos duros y la misma complexión. Ambos se mantenían siempre rectos, con postura perfecta, los hombros anchos.
Con cicatrices en sus rostros.
Sin embargo, mientras que uno se deleitaba en una crueldad desenfrenada, el otro tenía como animal de protección un mapache que todo el día se sentaba sobre su hombro jugando con su cabello.
Había olvidado qué significaba que Augusto fuera el heredero de la famosa y cruel Casa de Ares. El «líder» de los ctónicos más jóvenes.
Augusto no solo era el hijo de un psicópata que torturaba por diversión, también era su prodigio .
Sin embargo, también hablaba con pasión sobre mitos antiguos, me regaló una calculadora gráfica y me arropaba con ternura en la cama por la noche.
Augusto me miró, sus ojos eran intensos, como si pudiera leer mis pensamientos.
—No tengas miedo —susurró.
«No tengo».
Ese era el problema.
El sonido de la muerte se detuvo cuando el cíclope por fin guardó silencio, y me volteé para verlo: su único ojo estaba abierto de par en par, ya no miraba.
Ares salió caminando perezosamente de la arena.
Hubo algunos aplausos esparcidos, pero el estadio siguió mayormente en silencio; la conmoción flotaba en el aire. La pelea había sido horriblemente clínica, pero también profundamente depravada.
Hubo un repentino clamor de vítores cuando los líderes ctónicos se pusieron de pie.
Yo no podía apartar la mirada de los cíclopes muertos.
«¿Habrían tenido miedo al morir? ».
Caronte le dijo algo a Augusto, pero no pude oír por encima del zumbido en mi oído.
Me invadió una espesa ola de melancolía.
«¿Se preguntarían por qué tantas personas estaban viendo, pero nadie los ayudaba?».
Se me nublaron los ojos.
El tiempo se movió a un ritmo extraño.
Los guardias nos escoltaron a un simposio mucho más concurrido.
Algunos cuerpos giraban a nuestro alrededor mientras sonaba una animada música de arpa. Cientos de velas parpadeaban sobre las mesas, iluminando el salón con una luz suave.
Habían colgado cintas doradas de celebración de las columnas y el techo. Las sirenas pasaban alrededor con bandejas desbordantes de comida.
Me abrí paso entre la multitud para buscar una mesa, luchando en un mar de cuerpos, ahogándome en sentimientos tortuosos.
Unos ojos pastel que me eran familiares se encontraron con los míos.
—¿Alexis? —susurró la sirena con labios temblorosos.
Me limpié los ojos para ocultar las lágrimas.
—¿Lena? —pregunté, una llamita cálida se iluminó dentro de mi pecho. La tristeza supurante se esfumó.
Parpadeé y ya nos estábamos abrazando, aferrándonos la una a la otra tan fuerte como podíamos en medio de la pista de baile.
Se le cortó la respiración.
—Ahora eres ctónica.
—Así es.
—Todo el mundo habla del enfrentamiento que tuviste en Roma y de cómo defendiste a los humanos. De lo poderosa que eres.
— ¿En serio? —solté una risa incómoda—. No es cierto.
Me miró atentamente a los ojos.
—Sí es cierto —dijo con voz suave y llena de sinceridad.
Me sentí débil y me aferré a ella.
—¿Cómo… has estado? —susurré.
Lena sacudió la cabeza, y su largo cabello resplandeció.
—Mejor que tú… La mayoría de las criaturas piensan que toda esta operación es una farsa. Los olímpicos están tramando algo.
Alguien hizo un alboroto a nuestro lado.
Zeus nos estaba señalando.
Le sonreí con tristeza.
—Creo que tienen razón.
—¿Cómo puedo ayudar? —Me abrazó más fuerte, apretándome como si le diera miedo soltarme.
No podía olvidar lo que Ceres había escrito sobre Zeus y Vyco. Había estado tramando un plan. Era un plan tonto, un mal plan, el tipo de plan del que uno no le habla a nadie en voz alta porque no funcionaría en la vida real.
Los cíclopes gritaron en mi subconsciente, y me armé de valor.
«Solo los cobardes actúan en complicidad con la injusticia. Por lo menos tienes que intentar hacer una diferencia».
—Necesito unos altavoces —le dije rápidamente a Lena—. De los sofisticados, que funcionan con energía solar. Necesito conectar a ellos un dispositivo.
Hice un gesto con las manos para mostrarle cómo era el puerto de conexión.
Ella asintió y abrió mucho sus ojos pasteles de emoción.
—Cuídate. He oído que quieren lastimar…
—¡Nada de hablar con las sirenas! —gritó Zeus señalándonos.
Otra sirena apareció y arrastró a Lena entre la multitud que bailaba, pero me sostuvo la mirada.
—Altavoces —le dije con los labios.
Ella asintió.
—Gracias. —Me llevé la mano al corazón y se me volvió a nublar la vista; las lágrimas volvieron a correr por mi rostro.
Un hombre sirena se detuvo frente a mí con una bandeja de copas de ambrosía. Me dejó una en las manos temblorosas y desapareció.
Me tragué el líquido.
No me hizo nada.
Llamé a otro camarero.
La segunda copa me ardió: tuvo un ligero efecto.
Me robé una tercera de la mesa de alguien.
Me adormeció todo .
Alguien me ofreció una silla.
Me desplomé en ella. Parpadeé: Augusto y Caronte estaban sentados a mi lado en una de las largas mesas de madera dispuestas para los espartanos en medio del salón. Los dos se acercaron más a mí.
El resto de los ctónicos estaba sentado a nuestro alrededor.
Patro y Aquiles estaban a unas pocas sillas de distancia, los dos me miraban con furia.
El primero abrió y cerró la boca como si quisiera decir algo, pero no sabía qué; el segundo fumaba un cigarro y tenía las manos cerradas en puños sobre la mesa, como si se estuviera reprimiendo de decir algo con señas.
Incliné la cabeza mirándolos.
Patro frunció el ceño ante la expresión que vio en mi rostro.
Aquiles permaneció impasible; los tentáculos de humo se elevaban perezosamente alrededor de su bozal.
Todos éramos prisioneros en estos días.
Hades dijo algo sobre «la importancia de la solidaridad y de parecer unidos».
Estaba de acuerdo.
Caronte puso una rebanada de carne en el plato vacío que estaba frente a mí, y me la metí a la boca, sin saborear nada. Yo jamás rechazaba la comida gratis. Nunca .
Caronte me lanzó una mirada de preocupación. Le gritó a una persona que pasó junto a nosotros sin ofrecerme comida de su bandeja. Mantuvo la mano en la parte posterior de mi collar.
Me dio un pan con una mano, mientras me acariciaba la nuca con la otra.
Me comí cada bocado que me ofreció.
Augusto me miraba como si temiera que desapareciera si parpadeaba.
Ninguno de los dos me preguntó por Lena.
Yo tampoco dije nada.
Una extraña energía nos envolvía a los tres. Parecía crecer con cada segundo que pasábamos juntos, durmiendo en la misma cama, comiendo en la misma mesa, compartiendo una banca de piedra.
Sus muslos rozaban los míos a cada lado.
Un ligero contacto. Mis terminaciones nerviosas crepitaban .
Hubo un estruendo cuando una sirena dejó las Crónicas del halcón del día sobre la mesa, junto a la comida. Ágata lo desenrolló al lado de Caronte y nos mostró el titular.
La mesa se acomodó para mirar.
La alfabetización era una maldición.
«El animal de protección de Hércules está gravemente enfermo y no es digno de la heredera de la Casa de Hades.
¿C ómo pudo elegir tan mal?». Bajo la noticia había una imagen de mí arrodillada junto a Fluffy II; Augusto y Caronte estaban borrosos, pues habían tomado la foto cuando estaban moviéndose para pararse frente a mí.
Caronte golpeó la mesa con los puños y maldijo con vehemencia.
Augusto todavía no había parpadeado.
Metí la mano debajo de la mesa, donde estaban acostados todos nuestros animales de protección, y acaricié la cabeza de Fluffy II, que estaba durmiendo.
Poco estaba sobre mi animal de protección y se pasó a mi regazo. Aulló y se acurrucó, ronroneando.
Ágata desenrolló más el pergamino y miró el resto con una expresión preocupada.
La siguiente historia era peor.
Mi vista se enfocaba y se emborronaba, la ansiedad aumentó con una intensidad que ni siquiera la ambrosía podía enmascarar.
El titular decía: «Zeus y la Federación anuncian su plan para interrogar a los ctónicos más jóvenes después de sus rondas». La imagen era de Medusa.
Hades agarró el pergamino y lo cerró con furia.
Su mirada de preocupación se encontró con la mía.
Perséfone resopló y empujó su silla hacia atrás.
—Discúlpenme —dijo—. Tengo que ir a amenazar a un reportero. —Me sonrió con expresión serena—. No te preocupes, yo me encargaré de esto.
Intenté devolverle la sonrisa, pero mi rostro no cooperó.
«¿Cómo puede estar tan tranquila?».
Deseaba tener una décima parte de su compostura.
Caminó alrededor de la mesa hacia mí y me dio un beso en la mejilla.
—Todo va a estar bien, hija. Mantén la calma; nunca dejes que los olímpicos te vean sudar.
Asentí bruscamente.
—Estamos juntas en esto —dijo suavemente.
Se me nubló la vista.
Ella era todo lo que mi niña interior había soñado.
Perséfone se enderezó.
—Caronte, Augusto. —Les lanzó miradas fulminantes—. Traten bien a mi hija.
No era una pregunta.
—Por supuesto. —Augusto inclinó la cabeza respetuosamente.
—Moriría por Alexis —dijo Caronte con calma, y Hades levantó su copa hacia él con semblante aliviado. Se me había olvidado que Caronte era el soldado favorito de mi padre.
Perséfone no parecía impresionada.
Mi madre desapareció entre la multitud, y mis pensamientos se aceleraron. No había nada que ella pudiera hacer. Esto era más grande que todos nosotros. Las dos lo sabíamos.
El peligro había alcanzado un punto de inflexión.
Las consecuencias habían llegado.