Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 32 #2
62%

Capítulo 32 #2

Dio un paso hacia mí.

Mi olfato se llenó de ozono.

Alguien me tocó el hombro, y me di la vuelta, alejándome de mis esposos. Tenía la cabeza confusa, y no tenía nada que ver con la ambrosía.

Unas luces deslumbrantes me parpadearon en la cara.

Clic. Clic. Clic.

Fluffy II gimió con angustia, y, por instinto, me dejé caer de rodillas al suelo para cubrirle la cara, mientras miraba con furia a los dos reporteros.

—Hércules, ¿qué le pasa a tu animal de protección? —gritó uno.

Me estremecí por el zumbido que quedó en mi oído.

—Está bien —dije a la defensiva; odiaba cómo lo miraban con desprecio. «¿Cómo se atreven a juzgar?».

Caronte y Augusto nos protegieron con sus cuerpos.

—No le hablen a nuestra esposa —ordenó Augusto con voz peligrosa—. Váyanse. Ya.

—O los obligaremos —Caronte se subió la capucha de su capa.

Las luces parpadearon en rápida sucesión mientras los reporteros retrocedían.

— ¿Sabes que el video en el que te cortas la oreja y se la das a Hércules se ha vuelto viral entre los humanos? —preguntó una reportera provocativamente—. ¿Te preocupa que los humanos nos consideren como bárbaros debido a tu… acción extrema ?

Caronte apretó la mandíbula.

—No. No me importa lo que piensen. Haría cosas mucho peores por mi esposa… Nada está descartado.

Los reporteros retrocedieron. Las luces parpadearon.

—¿Quieres hacer una declaración? —preguntó el otro.

—Sí —dijo Caronte con frialdad—. Me cortaría la cabeza y se la daría a Alexis si la necesitara. También te cortaría la tuya si fuera lo que ella quisiera. —Soltó una risa oscura.

Los reporteros palidecieron visiblemente, pero mantuvieron sus cámaras en alto.

—¿Tuviste algo que ver con la fuga de Medusa? Es tu hermana —lo provocó la reportera, sin dejarse intimidar—. Escuchamos un rumor de que los ctónicos la sacaron del Inframundo, y que ustedes la están ocultando…

—Es falso. —Augusto enderezó los hombros—. Deberías saber lo… peligrosos que pueden ser los rumores.

Caronte se tronó los nudillos.

—Tenemos todo lo que necesitamos —dijo el reportero con una mirada fulminante. Dirigieron sus cámaras a la mesa olímpica.

Me dejé caer con alivio, todavía arrodillada junto a mi animal de protección.

Esparta era extenuante. Todos eran tan hostiles .

Augusto me ofreció su mano.

Puse mis dedos sobre los suyos y nuestro vínculo matrimonial chispeó en mi esternón.

Los tres ahogamos un grito.

Sus callos rozaban mi piel, y por un segundo, no hizo nada más que flexionar su mano, mucho más cálida, alrededor de la mía mientras me miraba.

Luego me levantó de un jalón.

—Pues… guau —dije con elocuencia.

Sus expresiones no cambiaron.

«Si alguna vez necesitas hacer que una situación incómoda sea más incómoda, soy la opción».

Me incliné sobre Caronte para tomar una copa de una bandeja; él descansó su mano en mi espalda baja, y mi piel se erizó a modo de reconocimiento; me bebí la ambrosía de un trago.

Una vez más, el líquido me quemó la garganta deliciosamente y dejé escapar un gemido de placer.

Augusto maldijo entre dientes, y yo lo miré con confusión; sus ojos echaban humo, su mandíbula estaba tensa.

«¿Por qué está tan alterado?».

Caronte me presionó la espalda para conducirme a un gabinete; los tres nos deslizamos en el asiento y ellos se acomodaron a cada lado de mí.

Bajo la mesa, los dos pusieron las manos en mis muslos.

Las sombras nos ocultaban.

Se me aceleró la respiración cuando los dedos de Caronte retiraron lentamente la tela de mi toga, trazando un círculo en la piel sensible de mi muslo interno. Augusto simplemente dejó la palma sobre mi muslo izquierdo, y hundió las uñas profundamente en mi carne.

Sus manos eran tan cálidas que era abrumador; mis pensamientos se volvieron confusos.

La ambrosía me dificultaba pensar.

Era agradable.

Augusto arrastró las uñas por mi pierna, hasta que sus dedos se detuvieron peligrosamente cerca de la tela donde se unían mis muslos. Sus manos se tocaban mientras me acariciaban como si estuvieran tocando un instrumento.

Augusto me dio un suave beso en la sien y luego se apartó con un gemido como si lo hubiera quemado.

Los dedos tatuados como esqueleto me agarraron de la barbilla con fuerza y acercaron mi rostro al de Caronte.

—Estás jugando con fuego, carissima —susurró con voz áspera.

La ambrosía se asentó en mi estómago, llevando el calor al punto de ebullición.

«Si voy a morir en este torneo, más vale que viva antes».

Sonaba música.

El salón zumbaba de energía.

Estábamos ocultos en las sombras, donde nadie podía vernos.

Tuve una idea horrible, brillante y desastrosa.

—Quiero que los dos me cojan —solté con elocuencia.

Las largas pestañas de Caronte subieron y bajaron, sus pómulos se afilaron, mientras que sus dedos apretaron más fuerte mi barbilla.

—¿Disculpa? —Augusto se enderezó y se le dilataron las pupilas mientras buscaba respuestas en mi rostro—. ¿Qué… acabas de decir?

—Cójanme —repetí más fuerte, con la confianza que solo un borracho puede reunir.

El agarre de Caronte se volvió doloroso.

—¿Por qué?

«Estoy en peligro de muerte y estoy caliente».

Considerando que decir la verdad probablemente no fuera bien recibido, opté por una respuesta más casual.

—Podría ser.

Caronte miró mi rostro; la decepción brilló en sus ojos.

—No. —Me soltó la barbilla.

Casi me caigo hacia atrás.

Las manos de Augusto me estudiaban.

«Guau». Todo estaba girando.

—¿Por qué no? —Me reí tapándome con la mano mientras los dos hombres me miraban con furia.

—No estás lista para nosotros —dijo Caronte con dureza; era claro que no hablaba solo de sexo.

La barba de Augusto me raspó una mejilla.

—Además, vas a estar sobria cuando te hagamos el amor.

—Pues, yo dije coger. —Guiñé un ojo.

Ninguno de los dos sonrió con mi broma.

«Qué público tan difícil».

La mano de Augusto permaneció en mi muslo, y sus dedos se acercaban más a mi centro. Estaba enviando señales contradictorias.

Caronte se inclinó hacia mí.

—Cuando estés sobria, te vamos a dominar tan minuciosamente … que no vas a recordar tu propio nombre.

—Mucho ruido. —Chasqueé la lengua—. Y pocas nueces.

Caronte sonrió mostrando los dientes.

—No te preocupes, amor. Te voy a castigar. Durante horas.

Me agarré del borde de la mesa cuando el salón comenz ó a girar.

—Bla, bla, bla. Carente puras promesas que no puede cumplir.

Murmuró algo sobre sadomasoquismo y bondage.

«Qué aburrido».

Me metí la mano al bolsillo y saqué mi calculadora, hice clic en el costado.

—Querido diario —susurré—. Carente está diciendo cosas raras y depravadas, pero se niega a tener sexo conmigo. Creo que es un pervertido. Además, necesito encontrar un hombre espartano que esté dispuesto a…

—Caronte me la arrebató de la mano.

—Querido diario, si Alexis toca a otro hombre, lo voy a destripar enfrente de ella y…

La recuperé.

—Querido diario, está bien. Encontraré una mujer espartana con quien tener sexo. Además, creo que…

—Querido diario —gritó Caronte en el micrófono mientras intentaba arrebatarme la calculadora de las manos—, si Alexis toca a alguien que no sea Augusto o yo, voy a matar…

—Querido diario, ¡no escuches a esa rata bastarda! Ni siquiera es su diario…

—Querido diario, ahora lo es. Me apoderé de él porque Alexis es la mujer más molesta y obstinada que he…

Augusto le quitó la calculadora.

—Cállense los dos.

Abrí la boca para protestar, pero un hombre sirena pasó con una bandeja y dejó unas copas sobre la mesa con un sonido cristalino.

—Gracias, nene —le dije, luego me bebí otro trago de ambrosía.

El hombre sirena se fue con premura; parecía perturbado.

—Cuidado. No bebas demasiado —me advirtió Augusto.

Moví los dedos en el aire.

—Son antenas .

Augusto me puso el dorso de su mano en la frente como si estuviera viendo si tenía fiebre.

—Soy un pez abisal . —Aparté su mano—. Los atraje a los dos con mi brillo. Mi sangre… anhela envenenarlos y… soy horrible.

—Cállate, carajo —soltó Caronte con brusquedad.

Augusto le golpeó el brazo, pero inclinó la cabeza mientras me miraba.

— ¿Tienes algún tipo de… obsesión acuática? ¿No estabas hablando de una… ballena , o algo igualmente ridículo, durante el crisol?

Resoplé.

—La próxima vez que tenga una revelación personal , no oirás nada al respecto.

—Gracias a Cronos —murmuró Caronte.

—Cállate, «Carente» —dije.

—Alexis, si me llamas Carente una vez más… —Me miró con una intensidad aterradora, sus rasgos alabastrinos esculpidos en hielo—. Te lanzaré esta mesa.

Hubo una larga pausa.

—Ajá, sí…, «Carente».

Se le contrajo un ojo como si estuviera teniendo un aneurisma, y esperé a que cumpliera su promesa.

Sonreí con desdén.

—Sabía que no lo harías.

Agarró el borde de la mesa y la levantó lentamente.

Augusto pasó el brazo enfrente de mí y le dio una bofetada.

—Contrólate. ¿Qué demonios estás haciendo?

Caronte intentó empujarlo y los dos se manotearon encima de mí.

Me puse a darles manazos (yupi, estamos peleando).

—Teóricamente —dije en medio del caos—. Si vendiera mi riñón, ¿cuánto me darían por él?

Dejaron de pelear y se volvieron hacia mí.

Yo seguí golpeándolos (muy divertido).

—¡Por última vez, no vas a cambiar tus órganos por dinero! —Caronte golpeó la mesa con el puño y las copas vacías se cayeron—. Alexis, en serio, ¿qué te pasa?

Sentía que se me había caído la mandíbula por su audacia.

—Guau, solo quisiera tener un poco de independencia financiera en medio del apocalipsis.

—Estás usando un collar de trescientos millones de dólares. —Caronte me señaló el cuello—. Eres financieramente independiente .

—Está bien —dije con calma—. Te vendo el collar y un dedo del pie. ¿Cuánto ofreces? Es una oportunidad única.

A Caronte se le puso la cara roja y yo alcé la ceja mientras esperaba.

—No hay trato —dijo bruscamente—. Obviamente —murmuró entre dientes.

—¿Seguro que tú diriges un negocio? —dije—. Seguramente lo estás llevando a la ruina.

Augusto se rio y, cuando Caronte le lanzó una mirada mortal, ocultó su expresión detrás de su mano.

El resto de la noche, Caronte se negó a hablar con cualquiera de los dos.

Nyx tenía razón.

«Los hombres deben ser vistos, no escuchados ».

Disfruté su silencio.