Capítulo 32
ENERGÍA ELÉCTRICA
A LEXIS
El simposio vibraba de energía.
Las cámaras echaban luz con sus flashes.
Los reporteros espartanos capturaban a los líderes olímpicos sonriendo y conviviendo con criaturas en sus mejores galas.
Casi parecía una ocasión normal. Casi , porque los guardias se movían entre nosotros, mirándonos con desdén y alzando sus porras chisporroteantes como advertencia.
Yo les devolvía el gesto de desdén y Nyx siseaba, deslizándose sobre mis hombros cada vez que uno se acercaba demasiado.
A mi lado, Augusto y Caronte observaban la fiesta como si tramaran algo. Helena y Charlie habían sido enviados de vuelta a su celda, donde se les llevaría comida porque aparentemente el evento era «solo para adultos».
Yo ansiaba que empezaran a desnudarse y el frotamiento agresivo, de una manera puramente intelectual y torturada, como un poeta del siglo XVIII lidiando con su sexualidad.
Desafortunadamente, no había comenzado.
«¡ Entreténganme, plebeyos!».
Suspirando por el hecho de que en realidad estaba sufriendo un colapso mental y necesitaba buscar ayuda médica urgente, me apoyé contra un pilar.
Caronte y Augusto estaban a mi lado, y nuestros animales de protección dormían a nuestros pies.
Tomé un vaso de ambrosía de una bandeja y me lo bebí de un trago.
El líquido me ardió.
Mientras el calor se extendía por mi garganta, observé la celebración.
Había visto a los ctónicos más jóvenes en un gabinete en algún lugar, pero como la tensión seguía fuerte con Patro y Aquiles (porque mis esposos los habían atado y amordazado violentamente) nos manteníamos separados.
Artemisa era el centro de atención.
Estaba sentada en una mesa en medio de la sala, con las piernas abiertas, recorriendo perezosamente con la mirada a la multitud; su armadura todavía tenía salpicaduras de sangre de cíclope. Ares, Afrodita, Érebo, Hades y Perséfone estaban sentados alrededor de ella.
Artemisa observaba a los asistentes con franco desprecio mientras susurraban y la señalaban.
Una sirena sirvió ambrosía en sus copas con una reverencia y luego retrocedió como si su vida peligrara. Se dio la vuelta y dejó caer los hombros de alivio mientras les servía a los líderes olímpicos de la mesa de al lado.
Apolo le sonrió mientras le servía, y ella se sonrojó.
Él le guiñó un ojo de manera seductora, metiéndose una uva en la boca.
La sirena se tambaleó como si estuviera a punto de desmayarse.
Espartanos y criaturas se acercaban constantemente a la mesa olímpica, haciendo reverencias y besando las manos de los líderes.
Zeus no les prestaba atención.
Tenía la mirada fija en la mesa de los ctónicos, y saltaban chispas de sus ojos. A sus pies, su león movía la cola de un lado a otro con inquietud.
El rostro de Zeus se iluminaba constantemente por los flashes de las cámaras.
«¿Por qué aun no hay nadie desnudo?».
Estaba aburrida.
Y un poco borracha.
«¿Dónde está mi abuelita (Deméter)?». No pude encontrarla e hice un puchero porque de verdad quería darle un gran abrazo.
En el peor de los casos, mi abue me mataría; en el mejor de los casos, mi abue me mataría.
Era una estrategia de ganar-ganar.
Aunque la escena no era abiertamente hedonista, la luz tenue de los candelabros proyectaba sombras sobre las personas vestidas con elegancia, y había una extraña sensualidad en la habitación.
Miradas discretas.
Labios húmedos.
Roces de dedos.
Pensándolo bien, habría sido una ocasión muy incómoda para encontrarme con mi abuela. Oré para que nuestros caminos NO se cruzaran.
Un heredero olímpico se acercó a nosotros tres, desabrochándose la camisa mientras se acercaba.
—Ni se te ocurra —le advirtió Caronte, parándose frente a mí para protegerme.
—Primero deberíamos ver qué está ofreciendo —dije, solo para molestar a Caronte—. Antes de rechazarlo.
Por la mirada mortal que me lanzó Caronte, no le pareció gracioso. «Los hombres simplemente no entienden la oportunidad de la comedia».
El olímpico sonrió, sin desanimarse.
—No te preocupes… me interesa un cuarteto. Me encanta compartir. —Guiñó un ojo.
—Estamos abiertos a ello —le dije (definitivamente no lo estábamos).
Caronte me dio una patada suave.
—Bájale el pantalón para que podamos ver su pene —siseó Nyx.
Le devolví la patada a Caronte, con fuerza.
— No estamos abiertos. —El tono de Augusto prometía un desmembramiento violento.
—¿Cómo te describirías en la cama, introvertido o extrovertido? —le pregunté al hombre, como si estuviera haciendo una encuesta sexual.
—Se describiría a sí mismo como… violentamente asesinado —dijo Caronte con indiferencia.
Caronte se rio entre dientes mientras el olímpico se daba la vuelta y se fundía entre la multitud como si su vida dependiera de ello (definitivamente no podía con los tres).
—Probablemente tenía el pene pequeño —siseó Nyx mientras se enroscaba lentamente alrededor de mi cuello—. No es lo suficientemente bueno para nosotros.
—No hay ningún «nosotros» en este escenario —le respondí siseando.
—Si fuéramos hombres —dijo Nyx—, yo tendría el pene más grande que tú.
Antes de que pudiera pensar en una respuesta adecuada (amicidio, matar a un amigo), una mujer de toga rosa con una pequeña corona de laurel se acercó a Caronte con una sonrisa tímida. El pájaro igualmente rosa que se posaba sobre su hombro me graznó con nerviosismo.
—Vete —ordenó Caronte.
—Bonito dron del gobierno —dije.
La mujer me miró como si estuviera loca, luego sacudió la cabeza y recuperó la compostura.
—Hola —les ronroneó a Caronte y Augusto mientras se inclinaba hacia delante, asomando unos senos impresionantes por la parte superior de la toga.
—¡Fuera de aquí! —dijo Nyx y chasqueó los dientes. —Puta asquerosa.
Me atraganté con los dos palitos de cordero que me estaba tratando de comer al mismo tiempo (no recordaba haberlos tomado de una bandeja de comida).
—No puedes decirle eso a la gente —le susurré a Nyx—. Es muy misógino. —Se me cayó un trozo de carne de la boca.
La mujer me miró de nuevo como si sospechara que estaba loca. Era muy perceptiva.
Nyx suspiró y se deslizó hasta mi cintura.
—Por favor, las mujeres ya nos reapropiamos de la palabra «puta». Ya no es grosero. Son los hechos.
Entorné los ojos.
—Espera… ¿cuándo nos la reapropiamos?
Nyx hizo un ruido para significar que yo era la más idiota del mundo.
—Eh, durante el apocalipsis . ¿Dónde estuviste, Alexis?
Can se levantó del suelo bostezando.
—¿Barriga… acariciar? —me preguntó.
—Caronte lo hará —le respondí.
—Vete o mi perro infernal te va a morder —la amenazó Caronte, con la mirada fría—. Yo soy un hombre de una sola mujer… y es la que está a mi lado.
—¿Acariciar … ahora? —gruñó Can con emoción, entusiasmándose con la idea y acostándose bocarriba.
La mujer retrocedió, asustada.
Caronte se agachó y acarició la caja torácica de Can.
—Buen chico, qué manera de asustar a la señora grosera.
Estaba rodeada de idiotas.
—Voy a tratar de asesinarlos otra vez —siseó Nyx mientras se deslizaba de mis hombros—. Deséame suerte.
No lo hice.
Caronte se volvió hacia mí lentamente mientras nuestros animales luchaban violentamente (el mío estrangulaba, mientras que los de él movían la cola).
—¿Por qué… no te hizo enojar esa mujer? —me preguntó Caronte.
Me encogí de hombros.
—Um, ¿por qué debería hacerme enojar?
Caronte se giró para arrinconarme contra el pilar, cubriendo mi cuerpo con el suyo.
— Solo me funciona la monogamia… Mi madre puede ser cruel, pero en la Casa de Artemisa la gente no se acuesta con quien sea mientras está en una relación. Somos absolutamente devotos, o no somos nada .
Me esforcé por responder, pero mi cerebro estaba nublado por su proximidad.
—Técnicamente, ¿la monogamia no es una relación de uno con uno…?
Caronte estrelló sus labios contra los míos.
—Cállate, Alexis.
Abrí la boca para discutir, y él hundió su lengua contra la mía.
Su sabor era más embriagador que la ambrosía y los efectos más pronunciados.
—Basta… Háganlo más tarde —dijo Augusto malhumorado—. Están haciendo una escena.
Caronte apretó sus caderas contra mi pelvis y me giró, de modo que mi espalda quedó presionada contra Augusto y mi costado contra el pilar; él hizo un ruido gutural y agarró mi cadera por detrás.
Caronte agarró mis rizos con el puño y echó mi cabeza hacia atrás con fuerza.
Augusto movió su cadera contra mis nalgas.
Me derretí (una vocecita en mi cabeza se preguntó si mi abue me estaba mirando, y si Esparta tenía un programa de protección de testigos).
Augusto se inclinó y besó la piel sensible debajo de mi oreja. Su voz bajó una octava.
—Si sigues besándola así contra mí, voy a perder el control y voy a masacrar a todos en este salón solo por mirarnos. Y luego me la voy a coger en el suelo.
Caronte se quedó quieto; separó sus labios de los míos con la respiración entrecortada.
Maldijo entre dientes mientras retrocedía, con los ojos helados llenos de calor.
Augusto tensó su cadera por última vez y luego me soltó.
Los tres respirábamos agitadamente.
Augusto hizo otro ruido ronco mientras se pasaba las manos por el cabello, desordenando los largos mechones de dos colores.
—Esa broma no fue graciosa —dije, con la boca hinchada por el agresivo beso de Caronte; el cuello me hormigueaba donde Augusto había puesto sus labios.
La mirada de Augusto se endureció.
— ¿De qué hablas? —Tenía la voz áspera.
Me froté la nuca.
—Lo de matar a todos y luego… —Me quedé en silencio, incapaz de decir las palabras.
Discretamente apreté los muslos.
—Cogerte —ronroneó Caronte mientras se pasaba el pulgar por los labios; su manzana de Adán se movía mientras me miraba con deseo.
—Sí, eso.
Augusto frunció el ceño.
—¿Quién dijo que estaba bromeando? —Una vena saltó en su sien y me di cuenta de que le temblaban las manos mientras las entrelazaba detrás de su espalda.
Se veía descompuesto.
Forcé una risa.
—Ja, ja, muy gracioso.
—No era broma —dijo Augusto suavemente; el tono tranquilo de su voz era más perturbador que si hubiera gritado—. De verdad pienso lo que dije.