Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 31
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Capítulo 31

LOS JUEGOS COMIENZAN

A LEXIS : DÍA UNO DEL T ORNEO DE G LADIADORES E SPARTANOS

Miré mis dedos e imaginé la luz saliendo de las yemas.

No pasó nada.

—¿Qué estás haciendo? —me preguntó Caronte, entornando los ojos—. ¿Por qué no dejas de verte los dedos?

—Por ninguna razón —dije apresuradamente.

Frunció los labios con sospecha.

Aplaudí con fuerza.

No pasó nada.

«Maldita sea, adiós a la teoría de la luz por aplausos». Valía la pena intentarlo.

—¿Qué demonios fue eso? —preguntó Caronte.

Me apoyé en su hombro en lugar de responder. Su brazo me rodeó como un tornillo de acero, me agarró con demasiada fuerza. Me apretaba como si fuera su rehén. «Qué dramático».

Por alguna razón que me negaba a reconocer, no me aparté.

El día estaba ventoso y frío.

A pesar de que era junio, la brisa de la montaña se sentía fresca cuando azotaba las columnas del Coliseo de los Dolomitas, y la luz del sol, demasiado brillante, se reflejaba en las paredes de piedras de la arena.

Una vez más me encontraba sentada entre mis esposos en la sección ctónica del coliseo, pero el estadio había cambiado.

El miedo echó raíces en la base de mi columna vertebral.

Los generadores solares zumbaban por encima de las paredes de la arena: una red de líneas eléctricas formaba un nuevo arco sobre todo el estadio. Encima de todo, la red verde neón brillaba débilmente a la luz del sol y descendía hasta la arena.

—¿Qué es esa… red? —pregunté mientras la electricidad me hacía cosquillas en la piel.

—Un campo de fuerza —dijo Augusto—. Una de las invenciones de la Casa de Zeus. Nadie puede transportarse hacia adentro o hacia afuera de él sin sufrir una descarga eléctrica brutal.

—Es para asegurarse de que nadie… interfiera —dijo Caronte fríamente.

Me moví en mi asiento.

Fluffy II, Poco y los perros infernales dormían a nuestros pies como un montón de huesos, pelaje negro y gris, y protuberancias. Cada diez segundos, Fluffy II se retorcía con un espasmo y Poco le acariciaba la frente.

« Por favor, Dios, que esté bien».

Un inquietante grito de guerra interrumpió mi oración.

Bajo el brillante campo de fuerza, Artritis (Artemisa) dirigió su musculoso caballo negro hacia la arena, rodeada por una niebla escarlata.

El estadio cantaba: « Vivere est militare… vivere est militare… vivere est militare ».

«Vivir es luchar».

El semental se paró en sus patas traseras, y la multitud enloqueció.

Artemisa sonrió con arrogancia sobre su corcel y enmarcó con las manos la placa negra que le cubría el pecho, llamando la atención hacia el escudo de armas que se exhibía en ella.

Los rubíes brillaron al sol, formando el blasón del caballo salvaje de la Casa de Artemisa.

Tenía el largo cabello castaño peinado en una complicada trenza que le caía por la espalda; su nariz aristocrática apuntaba hacia arriba con orgullo, y su corona espinosa se alzaba alta y majestuosa sobre su cabeza. Llevaba un arco colgado sobre el hombro junto a una funda llena de flechas.

Las pistolas espartanas estaban estrictamente prohibidas, pero al parecer los olímpicos permitían elegir entre un arsenal de armas afiladas, que yo apenas podía manejar.

El sistema educativo de Montana me había fallado.

«¿De verdad necesitábamos ese curso de educación sexual sobre los rituales de apareamiento de los gansos canadienses irradiados nuclearmente?». Mi intuición respondió de inmediato: «sí».

No podía evitar sentir que había aprendido algo invaluable en ese curso. Nunca trates de acariciar a un ganso, especialmente si tiene más de tres ojos (te destruirá).

Augusto se acercó más a mí y puso su brazo sobre el mío y la espalda de Caronte, de modo que quedé acurrucada entre los dos.

Los aromas a relámpago y lluvia me sofocaban mientras se apretaban contra mí como si intentaran meterse bajo mi piel.

Yo estaba en medio de su tormenta.

Nyx estaba enredada alrededor de mi cuello, y Augusto se estremeció cuando sus escamas se deslizaron contra su brazo.

Drex me miró por encima de su hombro, preocupado, y traté de ofrecerle una ligera sonrisa tranquilizadora, pero terminó siendo más un gesto de dolor.

Él hizo una mueca parecida y luego volvió a mirar el espectáculo. A su lado, Helena y Charlie observaban los acontecimientos con cauteloso interés.

Frente a ellos estaban los líderes ctónicos y Perséfone; sus pesadas coronas parecían fuera de lugar con las ligeras togas de ejercicio negras, cortas y sin mangas que todos habíamos recibido para usar durante el torneo.

—¡ Vivere est militare ! —El canto retumbó entre las gradas mientras la multitud espartana gritaba con emoción sedienta de sangre.

Una mano se movió en mi visión periférica.

Charlie le estaba hablando con señas a Aquiles, que estaba sentado unos asientos más allá en la fila. Lo más sorprendente era que Aquiles le estaba respondiendo, también con señas.

Charlie asintió apasionadamente y los hombros de Aquiles temblaron como si se estuviera riendo en silencio.

«Nunca lo había visto reírse antes».

Se hacían señas rápidamente uno al otro como si fueran amigos cercanos.

Patro volteó hacia mí y entornó los ojos al ver que Augusto frotaba mis brazos desnudos, tratando de calentarme.

Si estaba tratando de intimidarme, no lo estaba logrando.

Le hice una mueca, y Patro hizo todo un espectáculo al volverse y darme la espalda.

Augusto frotó mis brazos más rápido, y Caronte arrastró lentamente sus dedos tatuados como esqueleto sobre la mitad inferior de mi muslo expuesto.

Se me erizó la piel mientras acariciaban mi piel.

Caronte y Augusto me tocaban de una manera sumamente casual, como si fuera lo más normal del mundo para ellos, pero la intimidad hizo que me sonrojara y se me retorciera el estómago.

Abajo, Artemisa giraba en círculo perezosamente, manteniendo la mirada en las cinco bestias monstruosas que la rodeaban.

Al parecer, estaba tan distraída por las caricias de mis esposos que literalmente me perdí la llegada de los cíclopes de diez metros de altura.

Sus cabezas llegaban hasta la parte superior de la pared que rodeaba la arena.

Unos taparrabos raídos, más grandes que las banderas que ondeaban sobre las gradas, vestían sus cuerpos robustos, cubiertos de tierra.

Las caras de los cíclopes eran horriblemente deformes; unos dientes amarillos y afilados sobresalían de sus bocas en ángulos extraños, y la piel de su frente se arrugaba de modo grotesco para hacer espacio para su único ojo, desproporcionadamente grande.

Las cinco bestias pisaban con fuerza mientras caminaban en círculo alrededor de Artemisa, alzando sus enormes puños como si estuvieran listos para atacar; todo el estadio vibraba.

—No te preocupes. —Caronte se inclinó más cerca—. Las peleas de los líderes solo son espectáculos… Son demasiado poderosos como para que les pongan un verdadero desafío.

Los cíclopes lanzaron un alarido.

—¿Tienen su consentimiento? —susurré.

Sentí el aliento de Caronte contra mi cara.

—¿Qué?

Ignoré el aleteo que percibí en el estómago.

—¿Los cíclopes quieren pelear?

Caronte frunció el ceño mientras me miraba.

Augusto sacudió la cabeza mientras me apretaba más contra él.

—Literalmente anhelan la violencia. Son bestias carnívoras con la inteligencia de una roca; ya te expliqué eso.

Hizo un sonido como si me estuviera regañando, y por alguna razón aumentó el calor en mi estómago.

—Apenas se clasifican como criaturas —continuó Augusto—. Si pudieran, nos matarían a todos y usarían nuestros huesos como palillos.

Caronte guiñó un ojo.

En la arena, Artemisa echó la cabeza hacia atrás y se rio porque los cíclopes pisoteaban a su alrededor, pero siempre fallaban.

Fruncí el ceño cuando se me ocurrió un pensamiento.

—¿Cómo… se pierde en este torneo?

Parecía crucial, pero nadie se había molestado en decírmelo.

La sonrisa de Caronte se desvaneció.

Apartó la mirada.

Artemisa frunció el ceño cuando un cíclope aporreó el suelo con su puño carnoso, y por poco consigue golpearla.

Augusto suspiró pesadamente.

—Hay tres maneras: te desmayas por pérdida de sangre, quedas en coma, o…

—Mueres —terminó Caronte.

Augusto asintió.

—Dile la otra manera —le ordenó Caronte con voz fuerte y dura.

Drex y Helena miraron hacia atrás y se pusieron pálidos al ver la expresión de Caronte.

Caronte se acercó más y bajó la voz.

—Hay una cuarta forma de perder.

No me gustó el destello en sus ojos.

—Puedes derrotar a todos tus trabajos, pero si tus dos piernas están rotas, si pedazos de tu rótula sobresalen de tu piel… tienes que arrastrarte por la arena…

Sus fosas nasales se ensancharon y se detuvo, como si estuviera perdido en sus recuerdos.

—Puedes salir de la arena arrastrando tu cuerpo ensangrentado, arruinado y débil… y aun así ser marcado como perdedor. —Sus ojos se entornaron—. Los ganadores salen de la arena caminando sobre sus dos pies. Los que se arrastran… son marcados.

«Su rodilla despedazada y las cicatrices de su pecho».

Esa era la historia de Caronte.

—Pero eso no es justo; tú los venciste —dije con indignación—. Venciste a tus once trabajos. ¿ Cómo podrían contar eso como una pérdida?

Caronte frunció los labios mientras me miraba.

—Porque los olímpicos odian a los ctónicos. Viven para humillarnos… para marcarnos. Para señalarnos. Para ellos todo es poder… y ejercerlo sobre los otros… tienen que quebrarnos.

Los dedos tatuados de esqueleto se hundieron en mi muslo.

—Y no dejaré que te hagan eso a ti. —Caronte hincó las uñas con más fuerza—. No dejaré que…

Bum.

Todos nos volvimos.

La arena estaba cubierta de escarlata brillante como si hubiera explotado una bomba. Artemisa estaba sentada en su corcel en medio, con los brazos levantados.

Sentí un terror puro en la garganta mientras que su niebla viajaba hacia arriba por el estadio, brillante y mortal bajo el resplandor del sol. El campo de fuerza eléctrica siseó cuando lo atravesaron las finas gotas rojas.

Los cinco cíclopes soltaron un alarido al unísono, un sonido agudo y terrible.

El caballo negro de Artemisa se volvió a parar, relinchando mientras sus patas delanteras pateaban poderosamente en el aire, y ella tensó su arco.

Disparó dos flechas a la vez en diferentes direcciones. «¿Cómo es eso posible?».

Dos cíclopes colapsaron, y los largos ejes de metal que sobresalían de los cimientos del estadio temblaron bajo las gradas por la fuerza de su caída.

—SÍ —gritó Nyx alrededor de mi cuello—. ¡Masácralos!

Artemisa disparó veloz como un rayo.

Los tres cíclopes restantes cayeron, y el estadio se sacudió tan agresivamente que las piedras se agrietaron.

« Querido Dios, por favor haz que el estadio se derrumbe y nos mate a todos. Gracias».

El temblor se calmó y la integridad estructural del coliseo quedó intacta.

«Qué decepcionante».

Al disiparse su neblina, cinco cíclopes yacían en la arena; brotaba sangre de las flechas incrustadas en sus ojos. Sus sucias extremidades quedaron enredadas.

El campo de fuerza zumbó.

—¿Están…? —Tragué saliva con dificultad, incapaz de decir la palabra.

Augusto asintió.

La multitud olímpica enloqueció, gritando y cantando a todo pulmón:

—¡Reina monstruosa de la caza… Reina monstruosa de la caza… Reina monstruosa de la caza!

Junté mis dedos fríos.

Artemisa se paró sobre la montura de su caballo salvaje y alzó su arco hacia el cielo con una sonrisa arrogante.

Hizo equilibrio mientras su corcel saltaba sobre los cíclopes caídos, salpicando arena mientras salían al galope de la arena.

La multitud aplaudió y gritó con más fuerza.

« Nadie podría decir que Artritis (Artemisa) no tiene estilo».

Augusto besó suavemente la parte superior de mi cabeza.

—Ahora sigue el simposio. Es en el coliseo.

Me volví hacia él, sorprendida.

—No es igual al que asististe —dijo Augusto—. Es en la misma sala, pero es donde todos los competidores, líderes, herederos, y algunas de las criaturas y dignatarios espartanos más importantes se reúnen a comer durante la competencia.

—Pero sí hay algunas… actividades explícitas —murmuró Caronte; tenía un tic en un músculo de la mandíbula.

Sentí alivio.

Si los olímpicos iban a hacernos pelear a muerte, lo menos que podían hacer era ofrecer un espectáculo. Mostrar un pene, enseñar un seno.

—¿Por qué sonríes? —preguntó Caronte con sospecha.

—No estoy sonriendo.

—¡Ahí! —Caronte señaló mi boca.

Me mordí el labio inferior para tratar de parecer menos una degenerada.

Caronte entornó sus ojos azul hielo.

—Entonces, por Cronos, Alexis, si intentas hacer tu espectáculo de striptease de nuevo, yo…

—No iba a hacer nada, Carente . —Puse los ojos en blanco (lo estaba considerando).

Respiró agitadamente por la nariz como si estuviera teniendo una crisis.

—Va a estar bien. —Augusto me sonrió—. Nosotros la vamos a cuidar. Ahora estaremos a su lado, ¿verdad, mi carus ?

Unas escamas se deslizaron alrededor de mi cuello.

—Ay, sí, estoy segur a de que él te va a cuidar con su… —Nyx hizo una pausa de efecto dramático— pene grueso y palpitante.

Me atraganté.

— Nunca vuelvas a decir eso.

—¿Que nunca vuelva a decir qué? —Nyx chasqueó los dientes—. ¿Pene y bolas?

Caronte frunció el ceño.

—¿Qué está diciendo el equidna? ¿Por qué estás siseando así y haciendo esa cara?

—Nada —respondí rápidamente—. Solo soy una pervertida.

Los dos entornaron los ojos como si no pudieran distinguir si era una broma o un grito de ayuda.

Era ambas cosas.