Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 29 #2
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Capítulo 29 #2

Parpadeé, y Afrodita ya estaba cubierta; los tirantes de su toga una vez más ocultaban su pecho.

Le lanzó un beso a la multitud, y hubo un alboroto en las gradas cuando hombres y mujeres, criaturas y espartanos, se desmayaron.

—Eh. —Zeus tosió; parecía extremadamente confundido—. Ninguna derrota… quiero decir cero… eh, revelaciones.

Hera frunció el ceño mirando a Afrodita, que a su vez miraba a Zeus con desdén mientras se deslizaba de vuelta a nuestra fila, contoneando las caderas bajo la seda.

Los ocho líderes olímpicos la miraban con hambre.

—Pues, esa sí que es una mujer —suspiró Nyx soñadoramente—. ¿Estás segura de que pasaste por la pubertad?

—Todos somos hermosos a nuestra manera —murmuré por lo bajo.

Las escamas de Nyx se deslizaron suavemente contra mi piel mientras se enroscaba alrededor de mi brazo.

—Claro, lo que necesites decirte para poder dormir.

Resoplé.

Nyx suspiró.

—La gente fea puede ser tan sensible.

«Todos somos hermosos a nuestra manera», repetí para mis adentros.

Zeus alzó las manos de nuevo y anunció:

—Los participantes ctónicos más jóvenes y débiles ahora revelarán el estado de sus cicatrices y se les asignará el número de trabajos.

Dijo débiles con tono de amenaza.

— ¡Ágata! —anunció Fortuna.

Ágata se enderezó, con las manos juntas detrás de la espalda, mientras caminaba hacia el altar como si se dirigiera a la horca.

—¡Escoria de empusa! —gritó alguien y la multitud se rio.

Zeus la miró expectante.

Ajax dio un paso amenazante hacia ella, alzando las manos.

—Expón tu esternón —le exigió.

Ágata se rasgó la toga y reveló la parte superior de su pálido pecho: tenía dos claras cicatrices circulares en la carne.

Me parecían familiares.

Caronte me apretó el cuello dolorosamente.

—Revelaciones… —gritó Zeus; las chispas saltaron de sus labios—. Ella ha sido deshonrada por dos de sus trabajos.

Se escucharon algunos abucheos entre la multitud. También se gritaron comentarios de odio sobre su linaje.

Augusto se inclinó hacia mí y susurró:

—Te marcan con un sello de Vulcano. El metal está diseñado especialmente para dejar cicatrices en la piel inmortal.

Se me revolvió el estómago cuando miré el rostro estoico de Caronte.

Ágata volvió a cerrarse la toga, sosteniendo las partes rasgadas con las manos mientras mantenía la cabeza en alto.

Zeus tomó los dos dados.

—En este Torneo de Gladiadores Espartanos, Ágata enfrentará… —Lanzó los dados sobre el altar.

Ágata bajo la mirada, y su expresión palideció.

—¡CINCO TRABAJOS! —gritó Zeus y el estadio aplaudió y vitoreó—. DOS rondas en la arena.

Augusto me frotó la espalda baja.

—Si te salen cuatro adversarios o menos —susurró contra mi oído—, entonces solo tienes que sobrevivir una ronda en la arena. Si te salen más de cuatro, te tocan dos rondas. Si se salen más de ocho… —Hizo una mueca—. Tres rondas.

Ágata regresó a la fila.

—A diferencia de los adversarios de los líderes, los nuestros son sorpresa —continuó susurrando Augusto—. Sus trabajos son un espectáculo, pero los nuestros son un castigo… y una humillación.

—¿Cuánto dura una ro-ronda?

Caronte se acercó.

—Hasta que derrotes tus trabajos —dijo sombríamente—. O hasta que ellos te derroten a ti .

—Entonces, si te derrotan, simplemente… ¿se termina? —pregunté.

Caronte me apretó el cuello con más fuerza, y sus ojos se endurecieron.

—No se termina hasta que sacas arrastrando de la arena tu cuerpo despedazado y…

—Y luego te marcan —dijo Augusto en voz baja.

— ¿Qué pasa si… no puedes salir de la arena?

Caronte y Augusto se enderezaron y se negaron a mirarme a los ojos.

«Es una barbarie».

—Hermos.

Hermos caminó hacia Zeus con calma. Una sola serpiente le salía de la cabeza en lugar de cabello, cascabeleando, mientras se rasgaba la camisa, mostrando múltiples marcas.

—Revelaciones, Hermos ha sido deshonrado por seis de sus trabajos —gritó Zeus mientras lanzaba los dos dados.

La multitud contuvo la respiración.

—Una ronda —anunció Zeus—. Tres trabajos.

La multitud abucheó de decepción.

—¡Escoria de serpiente! —gritó alguien—. ¡Abominación! ¡Tu clase no es bienvenida en Esparta!

Hermos sonrió mientras regresaba a la fila y Ágata le devolvió la sonrisa.

Había una probabilidad de uno a dieciocho de sacar un tres con dos dados.

«Qué afortunado».

—Patro —dijo Fortuna.

Mi mentor atravesó perezosamente la arena.

En el altar, lentamente se abrió la camisa, y todos lo miraron embelesados. Los líderes olímpicos se inclinaron hacia adelante como si intentaran ver mejor.

Verdaderamente era el hijo de su madre.

Patro revelaba con indiferencia su impresionante físico musculoso: parecía como si estuviera tallado en bronce; era la estatua de David en carne y hueso. Mostró una sola marca circular en medio de su pecho, justo sobre su corazón.

Los dados resonaron sobre el mármol.

—Revelaciones, ha sido deshonrado por uno de sus trabajos. —Los labios de Zeus se torcieron en un gesto de decepción—. ¡Una ronda, dos trabajos!

La multitud aplaudió.

«Otro lanzamiento afortunado».

Se escucharon gritos de admiración mientras la gente vitoreaba y aclamaba, rogándole que mirara en esa dirección.

Aquiles se relajó visiblemente.

Patro me lanzó una sonrisa arrogante cuando se acercó lo suficiente a mí como para que pudiera oírlo.

—Disfruta tu tiempo con tus esposos —se burló—. Espero que no te arrepientas de tu elección.

Asentí, demasiado nerviosa para discutir con él, y Patro pareció desconcertado.

Aquiles me miró con furia mientras se rasgaba la camisa: los botones estallaron y cayeron en la arena; luego se dirigió hacia el altar de mármol.

—Revelaciones —anunció Zeus—. Cero derrotas.

El estadio vitoreó, y todos se pusieron de pie.

—Aquiles… Aquiles… Aquiles —coreaban por todas partes.

El héroe del pueblo.

Mientras Aquiles esperaba erguido, fulminando a Zeus con la mirada, en espera de su destino, Hera se abanicó desvergonzadamente y Apolo admiró su pecho expuesto.

«¿Todos son pervertidos en Esparta?».

Comenzaba a identificar un leitmotiv .

Zeus tiró los dados, la electricidad chisporrote ó de sus dedos a la mesa.

Una sonrisa malvada le torció los labios.

—¡OCHO TRABAJOS! —gritó Zeus y las gradas estallaron en ovaciones—. DOS rondas en la arena… sin su bozal.

Los vítores fueron ensordecedores.

Un agudo zumbido me traspasó el oído izquierdo.

Aquiles se dio la vuelta para regresar a la fila con la camisa abierta ondeando al viento, revelando un delgado rastro de vello oscuro sobre las profundas marcas de los músculos de su estómago.

—Sí, ese es mi tipo —siseó Nyx, otro comentario completamente inútil.

Los ojos de Aquiles se encontraron con los míos; los entornó con malicia.

Por el desdén que emanaba de él, no le había gustado mi decisión de quedarme con mis esposos, y no iba a superarlo pronto.

Me incliné hacia el contacto con Caronte.

Fortuna golpeó su portapapeles.

—¡Drex! —llamó.

Hubo aplausos dispersos y murmullos. Por el ruido, Esparta no sabía qué pensar de que un mestizo olímpico compitiera en el Torneo de Gladiadores Espartanos.

Con dedos torpes, Drex se desabrochó la camisa y mostró la piel sin marcas de su pecho, con las mejillas enrojecidas.

Zeus hizo una mueca mientras tiraba los dados.

—¡Una ronda, dos trabajos! —Había alivio en su voz.

«Gracias a Dios». Un lanzamiento extremadamente afortunado.

Solté el aire, y Drex también.

—Caronte.

Sentí frío el lado izquierdo de mi cuerpo cuando apartó su mano y desapareció.

Mientras se acercaba al altar, la multitud se quedó en silencio.

Caronte se quitó la camisa, revelando su pecho mutilado y lleno de tatuajes.

Giró en círculo con las manos extendidas, y el rostro apático.

El estadio se quedó en un silencio absoluto.

Zeus se aclaró la garganta, mirando a Caronte como si fuera un animal salvaje que pudiera atacar en cualquier momento.

—Revelaciones, ha sido deshonrado por… once de sus trabajos.

Caronte peló los dientes.

La barba incipiente de Augusto me rozó un lado de la cara.

—En el primer Torneo de Caronte —susurró, apenas audiblemente—, apenas tenía dieciocho años y no había alcanzado la plenitud de sus poderes… Le salieron once trabajos… la mayor cantidad que alguien haya enfrentado jamás … y todos eran minotauros.

Me sobresalté. «¿Qué?».

Caronte sonrió con desdén; parecía completamente impermeable al juicio de los olímpicos, pero yo podía sentir el dolor que irradiaba por su pierna en olas calientes.

Apareció en mi mente una imagen de él más joven, derrotado, arrastrándose por la arena para alejarse de los monstruos.

«Merecía una vida mejor».

Los dados rodaron.

—Una ronda… tres trabajos —dijo Zeus, con evidente frustración.

Hubo aplausos nerviosos.

Caronte volvió hacia donde yo estaba, mientras que un dolor punzante le subía por la pierna, con la camisa rasgada ondeando al viento.

Cuando llegó, enterró la mano temblorosa en mi nuca y enredó bruscamente los dedos en mis rizos mientras respiraba profundamente para calmarse.

—Que los olímpicos se vayan a la mierda —susurró.

Asentí.

—Que todos se vayan al diablo.

La esquina de su boca se torció en una sonrisa.

Dijeron el nombre de Augusto, y él se desfajó la camisa con una actitud casual y fue desabrochándose los botones mientras avanzaba con una expresión apacible y tranquila.

Su postura estaba relajada.

Parecía que no le importaba nada en el mundo.

—Revelaciones… —gritó Zeus—. Cero derrotas.

Esparta vitoreó con fuerza.

La gente se puso de pie y aplaudió mientras coreaba su nombre.

Los líderes olímpicos le sonrieron a Augusto mientras giraba perezosamente en círculo, mostrando la piel bronceada e impecable de su pecho escultural.

No solo era el favorito de los ctónicos; todos lo amaban.

Los ojos negros y devoradores de almas de Augusto se fijaron en los míos mientras se daba la vuelta, irradiando peligro.

«¿Cómo consiguió engañarlos a todos para que pensaran que esta versión de él era real?». El destello hostil y depravado de sus ojos era inconfundible.

¿No se daban cuenta de que todo era una fachada?