Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 29 #3
57%

Capítulo 29 #3

Zeus bajó la mirada hacia el altar.

—¡Dos rondas, seis trabajos!

La multitud vitoreó más fuerte.

Sentí náuseas.

Augusto volvió hacia nosotros, con expresión afable. La camisa abierta, que revelaba las profundas marcas de los músculos de su cinturón de Adonis, me distraía ligeramente.

Me sonrojé cuando posó su mano en mi espalda baja, extendiendo los dedos posesivamente.

—Nuestro último competidor —anunció Zeus con una sonrisa.

—¡Hércules! —gritó Fortuna.

Una vez más, la multitud guardó silencio.

Me tomó un segundo recordar… se trataba de mí.

Caminé rápidamente hacia el altar; la mirada de los ojos grises de Zeus era intensa. De repente, recordé con claridad la advertencia de Ceres.

Choqué contra el borde del altar y me tambaleé hacia atrás.

El peso de las miradas de todos era sofocante; el silencio, opresivo.

Zeus se aclaró la garganta.

—Expón tu esternón. —Una voz gruñó a mi izquierda y me sobresalté cuando Ajax apareció en mi punto ciego.

Era extraño ser ligeramente más alta que un hombre, pues estaba acostumbrada a mirar a los ctónicos hacia arriba; había olvidado que era una mujer alta.

Fue un buen recordatorio.

Me alejé de Ajax y jalé el cuello alto de mi toga. Bien. Solo necesitaba mostrar la clavícula. «Fácil».

La tela no se movió.

—Mierda. —Maldiciendo entre dientes, seguí jalando, pero mis manos húmedas se resbalaban sobre la seda, que era sorprendentemente resistente. Por supuesto que mi toga habría sido hecha con un cuidado sin par.

«Querido Dios, ¿por qué no dejas de hacerme este tipo de cosas?».

—Tú puedes —siseó Nyx alentadoramente—. Solo tensa tu abdomen y rasga.

Con la cara ardiendo de calor, jalé más fuerte y no sucedió nada. El pánico y la vergüenza habían desatado un infierno en mi esternón.

Todo esto era el infierno.

Bajé la mirada a las capas de mi toga y empecé a sacar un brazo de una manga. Solo necesitaba tomarla desde un ángulo diferente.

RRRRRIIIIP.

Me tomó un segundo procesar que unas manos estaban abriendo violentamente la parte superior de mi toga.

Sentí el viento sobre mi estómago.

Ajax sostenía la tela rasgada, exponiendo el brasier de encaje rosa que me había prestado Helena hasta el listón de la parte superior de mi calzón.

Sus nudillos presionaban mi pecho expuesto.

—Suéltame —dije.

Ajax me gruñó algo a la cara, pero no pude oír por encima del ruido en mis oídos; agarré la seda y se la arrebaté bruscamente de las manos.

Los dados resonaron sobre el altar. «Espera, ¿por qué chisporrotean de electricidad?».

—¡TRES RONDAS, DOCE TRABAJOS!

La voz de Zeus sonó como un disparo en el coliseo completamente silencioso.

«¿Qué?».

Ajax dijo algo y se acercó a mí, pero no pude oírlo por encima del zumbido de mis oídos.

Extendió una mano hacia mí.

Retraje el puño para lanzarle un golpe, giré mi cadera para juntar impulso y…

El cuello de Ajax se quebró hacia un lado.

Mi puño quedó suspendido en el aire.

Caronte sostenía la cabeza torcida de Ajax y arrojó el cuerpo inerte al suelo. El cráneo de Ajax golpeó un lado del altar con un fuerte crujido. Augusto se paró frente a mí para protegerme.

—Ups —dijo Caronte—. Perdón, me resbalé.

La multitud gritó.

—Siempre me ha gustado el tal Carente —siseó Nyx sarcásticamente mientras se deslizaba alrededor de mis hombros.

Hermes se lanzó contra Caronte, pero Hera lo detuvo.

—Ay, por favor —dijo Caronte mientras señalaba el cuerpo caído de Ajax—. Va a estar bien … Deshonró a mi esposa, tuvo suerte de que no lo decapitara.

Pateó a Ajax. Algo crujió.

—Me resbalé de nuevo —dijo Caronte con desdén.

Me agaché con las manos en las rodillas, y Augusto me agarró suavemente de la barbilla y me alzó la cara hacia arriba.

—Alexis, respira . Vas a estar bien, amor, nos vamos a asegurar de que todo esté bien.

—Fue un evento estadísticamente inusual —murmuré jadeando; necesitaba que Augusto entendiera. Las probabilidades matemáticas eran verdaderamente devastadoras. Había una probabilidad de uno a treinta y seis de sacar un doce, lo que significaba que había menos de 0.05 de probabilidad.

«Ceres tenía razón sobre Zeus. Yo vi cómo chisporroteaban los dados».

Además, Caronte acababa de romperle el cuello a un hombre.

Nada estaba bien.

—¡ESTO ES INACEPTABLE! —gritó Hades mientras atravesaba la arena hacia Zeus. Sus ojos ctónicos estaban ensangrentados, y la niebla vibraba de rabia a su alrededor—. Mi hija no puede enfrentarse a doce malditos trabajos .

Nunca había oído que usara ese lenguaje antes.

Perséfone saltó por el borde del estadio y aterrizó con gracia. Corrió hacia el altar, levantando la mano, señalando a Zeus.

— ¡Arréglalo! —gritó.

Zeus alzó las manos en un gesto de rendición.

—¡Estoy de acuerdo! Está mal, yo jamás habría querido que mi sobrina tuviera que enfrentarse a esto.

«Qué mentiroso».

—Tira los dados de nuevo —exigió Perséfone cuando llegó junto a Hades, que ahora estaba completamente envuelto en una niebla oscura y giratoria—. Ahora.

—Si por mi fuera, lo haría. —La expresión de Zeus era suplicante mientras los miraba alternativamente—. Pero está escrito en las leyes de Esparta, los dos saben que no puedo. Juro que quiero hacerlo. Las probabilidades… Es horrible .

Un déjà vu me invadió mientras mis padres discutían con Zeus en medio del estadio.

Ceres decía que los mejores planes eran simples; nuestro plan tenía que ser de engaño, no de fuerza.

Necesitaba estar a solas con Zeus y hacer que hablara. Eso significaba que él no podía sospechar que yo sabía que había hecho trampa. No estaba completamente segura de los detalles, pero tenía una intuición creciente.

Sin embargo, poner una trampa era más fácil de decir que de hacer.

«Doce trabajos».

«Moriré en las arenas».

Ceres me estaba esperando en la villa, y ella creía en mí.

Con un terror visceral azotando mis adentros, me enderecé.

—¡Zeus tiene razón! —Mi voz resonó en el estadio, fuerte y clara.

Zeus se volvió lentamente.

—¿Yo… sí?

Todos me miraron.

Tenía que interpretar a la idiota ingenua por última vez.

—Voy a estar bien. —Miré a Hades y a Perséfone, suplicándoles mentalmente que confiaran en mí una vez más—. He estado entrenando; enfrentaré los trabajos, todos… los doce.

—¿Estás segura? —preguntó Zeus con los ojos grises muy abiertos de preocupación fingida.

Me esforcé en actuar casual.

—Puedo manejarlo… quiero decir, manejarlos .

La expresión de Zeus no cambió, pero la comisura de su boca se torció hacia abajo como si estuviera confundido. Por primera vez, parecía inseguro.

Perséfone asintió mientras observaba mi rostro; ella podía leerme como solo una madre podía hacerlo. Agarró a Hades del brazo y le susurró algo al oído.

Los murmullos estallaron en el estadio.

Cuadré mis hombros.

—Oh, ahora sí, esto va a ser divertido —siseó Nyx.

«Nadie le teme a los débiles».

Jugaría el juego de Zeus, hasta que llegara el momento de jugar el mío.