Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 28
53%

Capítulo 28

SUAVEMENTE, COMIENZA

A LEXIS

Augusto me ayudó a levantarme y Caronte me quitó polvo del cabello mientras me enderezaba la corona. Nyx se envolvió alrededor de mi pierna.

—No se permiten animales de protección en la ceremonia —dijo Vorex cuando los animales caminaron con nosotros.

Miré la figura dormida de Fluffy II.

—Va a estar bien —me dijo Caronte en voz baja.

Me enderecé y mantuve la cabeza en alto.

—Lo sé. —Le lancé a Augusto una mirada desafiante, retándolo a discutir conmigo.

No lo hizo.

En el fondo de mi pecho, el vínculo con mi animal de protección vibraba cálido y vivo. Todos los demás podían subestimar a Fluffy II, pero yo no lo haría.

Augusto puso la mano en mi espalda baja mientras me acompañaba afuera de la celda y Caronte nos siguió, descansando los dedos posesivamente en la parte superior de mi columna.

La piel me hormigueaba donde me tocaban.

En el túnel mal iluminado, Caronte se movió para flanquearme del otro lado, acariciando el collar invaluable con el pulgar.

Cuatro guardias marchaban frente a nosotros; las porras eléctricas crepitaban en sus manos.

Miré hacia atrás. «Uno, dos, tres…». Ocho olímpicos marchaban detrás de nosotros.

No era una pelea justa; deberían haber mandado más guardias.

Vorex no era el único que reconocía. Alessandro, el compinche de Tito del crisol, también iba a su lado en un traje azul igual al de él, bordado con el símbolo de la Casa de Poseidón.

Los ojos de Alessandro se cruzaron con los mí os. Bajó el arma mientras abría la boca como si quisiera decirme algo. Vorex le lanzó una mirada y él frunció los labios.

Alessandro era menos alto de lo que recordaba. «¿Cómo pude tenerle miedo alguna vez?».

Augusto tensó los dedos y sus uñas se hundieron en mi espalda baja.

—¿Estás bien? —me preguntó al oído mientras seguía mi mirada. Sus ojos destellaron cuando reconoció a Alessandro.

—Sí —dije, sintiendo en mis huesos que era verdad.

Alessandro no era una amenaza para mí.

El pulgar calloso de Caronte me acarició la nuca para tranquilizarme.

Mis esposos se acercaron más a mí mientras nos escoltaban por el laberinto de túneles hacia los rayos naranjas del sol poniente, por fin, fuera de la luz de las antorchas.

Esta vez no subimos los escalones; nos condujeron directamente a la arena.

Cuatro banderas ctónicas, plantadas en medio de la arena, ondeaban al viento. Los líderes correspondientes estaban de pie frente a ellas, con resplandecientes coronas espinosas en la cabeza.

A la izquierda de las banderas había un largo altar de mármol blanco. El discreto bloque de piedra parecía claramente fuera de lugar.

La gente nos gritaba; el coliseo estaba mucho más ruidoso de lo que había estado durante la masacre. Ahora había cientos de personas en la sección de sirenas, al igual que en las secciones de otras criaturas. Sin embargo, estaban demasiado lejos para distinguir a personas individuales.

La afluencia era abrumadora.

Debido a la firme política de ctónicos contra olímpicos, era sencillo olvidar que Esparta se componía de miles de criaturas.

Un agudo zumbido resonó en mi oído izquierdo, y reprimí un gemido.

Augusto se agarró ese lado de la cabeza, mirándome con cierta complicidad. Había sentido mi dolor.

Aparté la mirada de sus ojos, que sabían demasiado, y observé el estadio lleno, donde ocho banderas de la Casa Olímpica ondeaban al viento, con colores brillantes.

— Non desistas, non exieris… non desistas, non exieris… —se escuchaba con fuerza en el aire.

«Nunca te rindas, nunca te des por vencido».

El crepúsculo iluminaba el espacio con un resplandor apagado, y la antigua civilización no parecía real.

El sol se ocultaba lentamente detrás de los picos de las montañas.

Habían retirado los cadáveres, pero la arena seguía salpicada de sangre, y el olor a cobre persistía en el aire.

A medida que nos acercábamos a las banderas ctónicas, contuve la respiración.

Los ojos de Hades estaban rojos como la sangre; una mueca amenazante le retorcía el gesto. Por primera vez desde que lo conocía, parecía estar a segundos de perder el control. Una niebla oscura pulsaba violentamente a su alrededor.

Observó la arena y se enderezó cuando posó la mirada en mí.

Le ofrecí una pequeña sonrisa tranquilizadora.

Su niebla dejó de pulsar, y los tentáculos se envolvieron lentamente alrededor de sus pies conforme se relajaba visiblemente.

Detrás de él, en el estadio, Perséfone estaba sentada junto a Charlie y Helena en la primera fila. Me saludó y gritó algo, pero no pude oír lo que dijo.

«Nunca te rindas, nunca te des por vencido». El canto aumentó en decibeles mientras nos escoltaban hacia el centro de la arena.

Augusto y Caronte se acercaron más a mí.

A nuestra derecha, Patro y Aquiles avanzaban con tres guardias detrás, pero a cierta distancia de ellos, como si les diera miedo acercarse demasiado.

Aquiles me miró, luego apartó la vista.

Patro hizo una mueca.

A la izquierda, Ágata les lanzaba besos a los guardias. Detrás de ellos, Drex otra vez parecía enfermo mientras caminaba hacia adelante tambaleándose.

—¡ Hagan una fila! —gritó Vorex por encima del clamor, mientras señalaba con la porra chisporroteante una franja de arena perpendicular que daba al altar y a la mitad del estadio.

Caronte y Augusto dejaron de caminar, apretaron los dedos donde descansaban contra mi piel y lo miraron con desdén.

—Eh… por favor —se corrigió Vorex con un gesto de miedo mientras bajaba la mirada, incapaz de mirarlos a los ojos.

—Ten cuidado con quién putas hablas —le advirtió Caronte mientras me acercaba más a él.

Los tres hicimos fila junto a los demás.

Hades, Artemisa, Ares y Afrodita se alejaron de las banderas y se sumaron al final de nuestra línea.

Esparta cantaba a nuestro alrededor.

Se escuchó un golpe cuando una figura encapuchada saltó de las gradas y aterrizó en la arena.

Érebo se irguió en toda su imponente estatura; una siniestra máscara blanca hecha de huesos le oscurecía el rostro. Se enderezó la capa desgastada; las sombras se aferraban a él mientras atravesaba la arena.

El póster pegado en la recámara de Helena no lograba capturar su aura de terror.

Érebo se detuvo al final de la fila y Afrodita se inclinó para susurrarle algo al oído. Él inclinó hacia ella su rostro enmascarado, con una postura rígida.

El miedo me hundió los dientes en la columna vertebral.

Si los líderes estaban inquietos, entonces yo necesitaba salir preventivamente por la izquierda (morir).

Hades se inclinó hacia enfrente en la fila.

—Todo va a estar bien —articuló con los labios en silencio mientras me miraba—. No tengas miedo, hija. Tú eres lo mejor de los dos.

No estaba tan segura de eso.

—Bienvenidos, ctónicos. —Se oyó la voz de Zeus mientras salía a la arena, con electricidad en la piel.

La multitud enloqueció.

Fortuna caminaba a su lado con un portapapeles en la mano; me invadió la rabia. «¿Por qué entregaste a Charlie en ese remolque tóxico?».

Ella miró hacia mí, y en sus labios apareció una ligera sonrisa de complicidad.

Dejé que viera mi odio. «Algún día, me las vas a pagar» .

Ella sonrió más ampliamente.

Los rugidos de la multitud aumentaron diez veces cuando los otros siete líderes olímpicos aparecieron detrás de Zeus, con enormes coronas de laurel en la cabeza.

—¡Nunca te rindas! —gritaba la multitud con creciente emoción—. ¡Nunca te des por vencido!

Pum.

Plas.

Pum.

La arena vibró; conforme los líderes olímpicos se acercaban, se identificaban por sus escudos de armas.

Hera caminaba detrás de Zeus en una brillante toga plateada. Alta y esbelta, con un chongo severo sobre la nuca, que le daba un aspecto irritable.

Hermes se destacaba a su lado, bajo y delgado, con un traje verde limón adornado con diamantes.

Atenea los seguía en una toga púrpura resplandeciente; era más baja que Hera, pero mucho más musculosa. Su piel bronceada oscura relucía como si se hubiera frotado con aceite con destellos, y su cabello castaño ondulado le caía por la espalda en una ola gloriosa.

La flanqueaban dos hombres.

Poseidón iba a su izquierda, extremadamente alto y musculoso, con un traje azul marino. Tenía el cabello largo y blanco y una barba igualmente blanca, ojos verdes claros y piel bronceada; por su gesto feroz y su tamaño, parecía más un ctónico que un olímpico.

A su izquierda caminaba un hombre de traje amarillo: Apolo.

Los rumores sobre su atractivo no le hacían justicia.

Era difícil mirar a Apolo; su piel bronceada y su largo cabello rubio rizado eran tan brillantes que podían deslumbrar a cualquiera. A medida que se acercaba, pude ver que sus ojos eran de un tono café claro y dorado que nunca había visto antes.

Me miró con desdén cuando nuestros ojos se encontraron. «Grosero».

Al final de la procesión, Deméter y Dionisio caminaban juntos.

Deméter era una mujer baja de cabello rubio rizado y helados ojos grises. Su piel pálida estaba cubierta de pecas que coincidían con los diamantes falsos que adornaban su toga café. Era hermosa de una manera familiar y etérea. «La madre de Perséfone». Más bien parecía su hermana.

Se volvió hacia mí y me miró con disgusto, su expresión severa.

«¿Abuela?».

Algo me decía que no le gustaría que le dijera abue o baba.

Deméter recorrió a los ctónicos con la mirada y la fijó en Hades. La mirada mortal que le lanzó tenía la intención suficiente como para matarlo. Lentamente, se pasó un dedo amenazante a lo largo del cuello.

Estaba intrigada.

Siempre había deseado estar involucrada en un drama familiar, y esto parecía extremadamente prometedor.

Dionisio caminaba al lado de mi abue. Era un hombre negro, fornido, con largo cabello morado y ondulado que combinaba con su traje.

Giró la cabeza para mirarnos y sus ojos eran de un sorprendente tono blanco.

Ahogué un grito.

«¿También es ciego en secreto?».

Los líderes de las Casas Olímpicas se acomodaron en una fila frente a nosotros, del otro lado del largo altar.

Nosotros éramos trece.

Ellos, ocho.

Una pesada aura rodeaba a los líderes de ambos lados.

Me hormigueaba la lengua de poder.

Nadie parecía físicamente viejo, pero todos se sentían antiguos; era algo que no podía identificar; un sexto sentido me gritaba que corriera por mi vida. Era un terror innato.

Ellos eran los leviatanes de esta era oscura.

Los líderes olímpicos se concentraron en Caronte, alzando las cejas. Atenea se inclinó hacia Poseidón y le leí los labios:

—Es verdad que le dio su oreja. Qué… romántico.

Poseidón la miró frunciendo el ceño.

—Está demente.

«No se equivoca».

Atenea negó la cabeza, en desacuerdo.

Caronte se me acercó y una vez más apoyó la mano en mi nuca, donde acomodó mi collar con el pulgar para que los diamantes azules captaran la luz.

Territorial y excesivamente posesivo, esa acción habría sido degradante viniendo de cualquier otro hombre, pero Caronte tenía algo, una energía animal parecida a la de sus perros infernales, que era intrínseca a su ser.

No pude evitar inclinarme hacia el contacto con él.

Deméter frunció más el ceño.

«Mi abue no está feliz». Resistí al impulso de saludarla con la mano.

La hostilidad entre ambos grupos era palpable.

De repente, ya no estaba segura de que la gran guerra de Esparta hubiera terminado; sentía que estábamos en pleno alto al fuego, ambos bandos esperando que el otro soltara el primer disparo.

No había camaradería, ni compasión, ni… nada.

Puro odio y violencia apenas contenida.

La tensión se prolongó y la energía siguió aumentando mientras los líderes de las Casas Ctónica y Olímpica se medían mutuamente, esperando que alguien hiciera el primer movimiento para que pudieran masacrarse libremente unos a otros.

« Nunca te rindas, nunca te des por vencido». El estadio aplaudía y pisoteaba, haciendo temblar los grumos de arena seca y ensangrentada.

Zeus se acercó al altar, levantó las dos manos al aire, con electricidad sacando chispas de su piel, y el estadio cayó en un silencio absoluto.

Nadie se movió.

—Comencemos. —Zeus hizo contacto visual conmigo; unas chispas saltaron en su mirada.

Me picó la cicatriz del esternón.

Fortuna sonrió.

No se necesitaba el poder de la premonición para saber que las cosas estaban a punto de volverse extremadamente desagradables para mí.