Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 27
52%

Capítulo 27

TENSIÓN SEXUAL Y OTRAS DROGAS

A LEXIS

—Dilo de nuevo. —La voz de Caronte resonó en la habitación. A la luz de la antorcha, se veía satánico.

«Pues, pensándolo bien, tal vez debí irme con mis mentores».

—Que yo voy a dormir en la tina —dije con calma—. No voy a dormir en la cama con…

—Cállate. —Caronte cortó el aire con la mano tatuada.

El dictador maquiavélico estaba de vuelta.

— Tú cállate —dije—. Yo tomo mis propias decisiones.

Caronte sonrió con crueldad.

— Carissima . —La luz se reflejó de forma extraña en sus ojos azules—. Nuestra esposa dormirá en la cama y no en la tina como un maldito animal… Fin de la discusión.

Augusto se quedó antinaturalmente inmóvil detrás de él; había algo extraño en la forma en que me estaba mirando.

Su dolor de cabeza había desaparecido.

«Algo ha cambiado».

—Alexis. —Augusto dijo mi nombre con tranquilidad; su voz era suave como el terciopelo.

Me recorrió de los pies a la cabeza con la mirada.

«Me gusta dar cumplidos. Se podría decir que él es… cruel». La descripción de Augusto sobre sus inclinaciones sexuales y las de Caronte me atormentaba.

«Sé fuerte».

Ya estaba harta de huir de hombres que deberían tenerme miedo.

Levanté la barbilla y miré a Caronte a los ojos.

—¿Y si me niego? ¿Vas a lastimarme ? ¿A romperme? ¿A atraparme? ¿Te vas a arrastrar por el suelo mientras…?

—¡CÁLLATE! —Caronte inclinó la cabeza a un lado; los tendones pálidos de su cuello se tensaron, y una red de venas azules se hicieron visibles en su garganta y mandíbula mientras se esforzaba por mantenerse bajo control.

—No.

Caronte se lanzó hacia mí hasta que mi espalda chocó contra la pared inamovible y puso los codos contra la piedra a cada lado de mi cara.

Estaba inmovilizada.

Augusto se movió mientras nos observaba entornando los ojos.

— Que te cojan por detrás, Carente —susurré, sintiendo que me iba a desmayar.

Caronte se inclinó más hacia mí, y me envolvió su aroma a tormenta.

—No; te voy a coger a ti , Alexis —dijo con voz ronca.

Giré la cara, de modo que sus labios quedaron a la distancia de un cabello.

—¿No se supone que deberías estar suplicando por mi perdón?

Presionó su frente contra la mía.

—Ay, amor… ¿me estás pidiendo que me arrastre, otra vez? Los dos sabemos que me siento muy cómodo de rodillas.

Augusto dio un paso adelante; Caronte se hizo a un lado para hacerle espacio, y los dos me rodearon; la cadera de Augusto estaba presionada contra el lado derecho de mi cuerpo, y la de Caronte estaba pegada a mi izquierda.

Tarán-tarán-tarán.

Los dedos callosos de Caronte subieron hacia mi clavícula y acariciaron el collar de diamantes; después me rozó la mandíbula con las uñas, dejando un rastro de fuego, y envolvió mi cuello con una mano.

Su piel estaba ardiendo.

«Chaikovski agitó su varita de director de orquesta, y el violonchelo sonó».

Se erizó la sensible piel de mi cuello donde Caronte me estaba tocando.

—Buena chica —susurró Augusto con voz ronca.

Una gota de sudor se escurrió lentamente entre mis pechos.

Los dedos de Caronte se apretaron alrededor de mi garganta infinitesimalmente.

Sin poder impedírmelo, alcé la mano y recorrí los duros pliegues de su pecho.

Caronte gimió y relajó los dedos mientras movía la mano hacia mi esternón y pasaba suavemente los labios por un lado de mi cuello con besos apenas perceptibles.

Todo se sentía borroso, cálido, delicioso y de alguna manera infernal, como para gritar al borde del abismo y desgarrarte la cabeza mientras caes en espiral.

Augusto se lamió el labio inferior.

Levanté la mano libre y enredé los dedos en su largo cabello. Era sorprendentemente sedoso

Augusto se lanzó hacia adelante y me besó con la boca abierta, hundiendo su lengua profundamente; le jalé el cabello, y un gruñido torturado salió de su garganta.

«Sabe a relámpago».

Caronte arrastró los dientes por el costado de mi cuello y luego lamió la carne adolorida. Bajé más la mano, recorriendo su torso.

Augusto me besó más fuerte, y yo lo jalé bruscamente del cabello. Gruñó y mordisqueó mi labio inferior.

Caronte mordió el lado de mi cuello, y me estremecí, extendiendo los dedos sobre su abdomen bajo; él jadeó mientras besaba la marca que me había dejado.

«Se siente como si nos estuviéramos peleando».

—Basta. —La voz de Augusto tronó como un látigo mientras se apartaba, alejando también a Caronte—.

Alexis dormirá en la cama, y más tarde nos preocuparemos de nuestro acomodo.

No podemos permitirnos distracciones. Ahora mismo necesitamos descansar y prepararnos mentalmente para la ceremonia de inauguración.

Me esforcé por recuperar la cordura.

Caronte echó la cabeza hacia atrás para mirar el techo de roca. Cuando bajó la cara, tenía las pupilas dilatadas: el negro consumía por completo el azul helado de sus iris.

«Un eclipse solar sobrenatural».

Augusto aventó su corona a la cama y se pasó las dos manos por el cabello mientras gritaba una maldición con el cuerpo tenso.

El hombre calmado y sereno había desaparecido y ante mí ardía el feroz heredero de la Casa de la Guerra.

Caronte frunció el ceño y observó la lucha interna de Augusto entornando los ojos. Invirtiendo sus papeles habituales, tomó a Augusto por los hombros y lo empujó al baño.

La puerta se cerró de golpe detrás de ellos, ¡ pum !, y las paredes temblaron; cayó polvo del techo como una nube.

Resonaron gruñidos y maldiciones.

—¡Cálmate y deja de entrar en pánico, carajo! —gritó Caronte mientras otro golpe sacudía la pared.

—No… me ayudas . —La voz amortiguada de Augusto tembló, como si estuviera jadeando.

Me dejé caer contra la pared temblorosa. La cabeza me daba vueltas y tenía los pensamientos dispersos, así que me deslicé al suelo para sentarme junto a mi animal de protección dormido y acariciarle la cabeza.

Poco aulló, tocó mi brazo suavemente con sus deditos negros, y le dediqué una sonrisa agitada. Él asintió con su cabeza peluda, como si comprendiera que estaba esforzándome por mantenerme en pie, luego subió y se acurrucó en mi regazo como una pelota gris, ronroneando.

Los perros infernales estaban acostados apretados contra la pared atrás del trasero de Fluffy II, donde apenas cabían.

—Él… perro grande —dijo Can con su extraña voz rasposa mientras inclinaba la cabeza hacia Fluffy II—. Él… está bien.

Cerbero asintió.

—Estamos… juntos… todo bien.

—Por supuesto —susurré, infundiendo confianza en mi voz—. Todo va a estar bien.

El latigazo del poder, el encarcelamiento, el miedo y luego la lujuria dificultaban que me concentrara en una sola cosa.

« Esparta no me quebrará».

Solo había una cosa que hacer en este tipo de situación. Saqué mi calculadora y presioné la grabadora.

—Querido diario —susurré—. Tengo miedo de que Fluffy II esté enfermo.

Caronte y Augusto no me espantan… pero me asusta cómo me siento a su alrededor.

El Torneo de Gladiadores comenzará antes de tiempo, y no he descubierto cómo manejar mi poder.

Ayer, mis manos resplandecieron con una luz brillante. No sé qué significa nada de esto.

Con una exhalación temblorosa, aparté la grabadora de mis labios.

Cambié mis configuraciones, encontré el trabajo que llevaba guardado y me perdí en los números. Grafiqué hasta que me dolió el cuello y se me entumieron los dedos.

El tiempo perdió significado.

Afuera, resonaban las voces de los guardias. Caronte y Augusto salieron del baño, con expresiones perfectamente tranquilas.

Uno nunca se enteraría de que habían estado peleando.

Clang. La puerta de la celda se abrió de golpe y Nyx siseó.

Rápidamente guardé mi calculadora y quité a Poco de mi regazo. Las porras antidisturbios sacaban chispas en la tenue luz en manos de los guardias que estaban enmarcados por la puerta.

—Es hora de la ceremonia de inauguración —dijo Vorex, con una corona resplandeciente en la cabeza—. Vengan con nosotros.