Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 26
51%

Capítulo 26

EL HEREDERO MAYOR

A UGUSTO

Poco estaba enrollado alrededor de mi cabeza, ronroneando suavemente, y me relajé contra su contacto. Lo había extrañado tanto que me dolía pensar en el tiempo que habíamos pasado separados.

Los candeleros de las paredes ardían con un fuego bajo, y las sombras se arrastraban sobre las antiguas piedras del coliseo.

Habíamos estado encerrados en la celda durante horas, todos acostados en la misma cama.

Alexis se había acostado muy apretada contra mi espalda, y su respiración era superficial y áspera mientras apretaba los botones de su calculadora, que hacían clic mientras una tenue luz verde iluminaba la pantalla, y murmuraba sobre eventos estadísticamente improbables.

Caronte gruñía y se movía.

Cada uno estaba a un lado de ella, medio colgando del colchón demasiado pequeño.

Debió ser celestial; fue tortuoso.

El impulso de envolverla en mis brazos y acercarla a mi cuerpo me estaba volviendo loco.

Quería tocarla, besarla, acariciarla .

Pero también quería respetarla; ella pensaba que lo nuestro era solo físico; necesitaba demostrarle que no era así.

Alexis podía haber cortado el vínculo entre nosotros con su sangre, podía haber elegido quedarse en la habitación con Patro y Aquiles; sin embargo, nos había elegido a nosotros cada vez.

No podía arruinar la confianza que estaba creciendo entre nosotros siendo demasiado agresivo sexualmente.

Tenía que mantener mi naturaleza más física bajo control.

«Por ahora».

Caronte maldijo entre dientes mientras golpeaba su almohada, y Alexis presionó más rápido su calculadora.

Tenía que sobrevivir tres rondas y doce malditos trabajos; era otra vez lo que le había pasado a Caronte, pero peor .

Ninguno podía dormir.

Fluffy II emitió un sonido de dolor y pateó la cama mientras dormía; sacudió mi cabeza y el marco de la cama de acero chocó contra la pared de piedra. Llevaba horas haciendo eso.

Alexis se tensó y se concentró en su calculadora.

Su animal de protección tenía algo seriamente grave, pero en este punto no había nada que pudiéramos hacer para ayudarlo. Por lo menos estaba descansando.

Poco aulló mientras mordisqueaba mi cabello.

Además del peligro inminente que enfrentaba mi esposa, también había sido expuesta en contra de su voluntad frente a toda Esparta. Yo no había pasado por alto la forma como los líderes olímpicos habían mirado su carne con deseo, y no habían sido los únicos.

Halagos y silbidos resonaron por todo el estadio.

Había memorizado la cara de un hombre sirena que le había gritado, «Siéntate en mi cara, Angelus Romae » desde la primera fila del estadio.

Moriría por mis manos. Pronto. De forma espantosa.

Para calmarme, hice una lista mental de enemigos.

Ajax era el número uno.

Se había atrevido a tocar a mi esposa enfrente de mí.

Si Caronte no le hubiera roto el cuello, yo le habría hecho algo mucho peor.

Respiré profundamente.

Teníamos que jugar el juego de la Federación.

La Gran Guerra terminó con un «acuerdo de paz», pero todo el mundo sabía que en realidad jamás se acabado. Los olímpicos y los ctónicos seguían luchando entre sí, como lo habían hecho desde los albores de Esparta.

La guerra por el poder nunca se terminó.

Lo que teníamos que hacer era sobrevivir a los olímpicos. Esparta era un enorme tablero de ajedrez: había que planificar y jugar al largo plazo, mientras te disparaban.

Los bigotes de Poco me hicieron cosquillas en la mejilla.

Alexis se aclaró la garganta.

—Hice algo… —se interrumpió y se quedó en silencio.

Caronte dejó de maldecir entre dientes.

Sonaba tan apenada que el corazón se me detuvo un momento.

Quería volverme para verla, para abrazarla, pero no había espacio suficiente en la estúpida cama.

Tampoco ayudaba que el suave tono de su voz hiciera que mi sangre fluyera a otras partes de mi cuerpo. Imágenes de ella obedeciendo, arrodillándose, inclinándose ante mí, hacían que me costara trabajo respirar. Era tan hermosamente sumisa.

Cada segundo en su presencia era un tormento.

Fluffy II gimió y la cama volvió a chocar contra la pared.

—Hace tiempo… —Alexis se acomodó entre nosotros—. Tomé una decisión… peligrosa… Los dos… se van a enojar conmigo.

Hubo una larga pausa.

Ella tragó saliva audiblemente.

—Te perdono —dijimos Caronte y yo al mismo tiempo.

—No, no entienden —dijo Alexis con inquietud—. Es algo malo… de verdad malo. Tendrá consecuencias significativas para toda Esparta y…

—No, princesa —la interrumpió Caronte—. Tú no entiendes. No nos importa si desataste una masacre asesina; te perdonamos… eres nuestra esposa.

— Siempre estamos de tu lado —dije.

Alexis se apoyó contra mi espalda mientras se acomodaba.

—No mientan… por favor… los dos me van a odiar —dijo.

—Jamás —dije con vehemencia.

— Carissima —Caronte soltó una risa áspera—. Estamos obsesionados contigo, carajo. La verdad es que me está costando cada gramo de autocontrol en mi cuerpo no desgarrarte ahora mismo. Deja de decir tonterías y duérmete. Necesitas descansar.

Alexis balbuceó.

—¿En serio quieres desgarrarme… ahora mismo? ¿No estás estresado? Necesitamos estar en nuestra mejor forma para el Torneo y…

—Oh, yo siempre estoy en mi mejor forma —dijo Caronte.

Hubo una larga pausa.

—Qué ridículo. —Alexis lo golpeó con su calculadora.

—Por ti, soy muchas cosas. Puedes decirme como quieras, carissima .

—¿Podemos concentrarnos en la pelea a muerte que tenemos que enfrentar? —preguntó Alexis.

Caronte y yo nos paralizamos.

—No… —advertí suavemente, incapaz de expresar la devastación que sentí en palabras.

—Nadie se va a morir —gruñó Caronte—. ¿Entiendes, Alexis? Antes le declaramos la guerra a los olímpicos que dejar que te maten.

Alexis hizo un sonido de incredulidad.

—Ay, por favor.

—No estamos bromeando —dije.

Los tres respiramos pesadamente en la oscuridad, nadie habló.

—No hay nada más importante que tu vida —dijo Caronte, rompiendo la creciente tensión—. Tú eres lo único que nos importa. Así que, BASTA de hablar de otros temas… Tu seguridad es el único maldito tema que nos importa.

—Exacto —convine.

Alexis jadeó como si se estuviera ahogando.

Este era precisamente nuestro problema: no sabíamos amar suavemente. Mientras Alexis se desmoronaba, yo no podía dejar de hacer una lista mental de enemigos, imaginando todas las dolorosas formas como Ajax moriría.

—Deja de preocuparte —dijo Caronte—. Necesitas descansar y mantenerte concentrada. El torneo comienza mañana. Si hubieras asesinado a una aldea completa, estaríamos de tu lado. Cada. Vez.

—Estás realmente loco —susurró Alexis.

Caronte chasqueó la lengua.

—¿ Apenas te estás dando cuenta?

—Personalmente… nunca me han gustado los aldeanos —dije.

Alexis se relajó de nuevo en la cama y se acomodó, jugueteando con su almohada.

—Duérmete —ordenó Caronte.

— Tú duérmete.

—No puedo —dijo Caronte apretando los dientes—. Tengo insomnio.

—Bueno, Carente , pues yo tampoco puedo —le dijo Alexis—. Los dos estamos jodidos.

La estrecha cama rebotó con el movimiento de Caronte.

—Por cierto, he notado tu nueva tendencia a decir malas palabras. Me gusta, pero… ¿por qué? —Su tono cambió a reflexivo.

Alexis se quedó quieta.

—Estoy probando cosas nuevas… conquistando viejos demonios.

—Espera… —Caronte se tensó—. ¿No tartamudeabas también? ¿Cuándo dejaste de tartamudear?

—Guau —dijo Alexis—. Qué tacto tienes para hablar de eso.

— ¿Cuándo dejaste de tartamudear? —la presionó Caronte. Me acerqué a ellos, interesado por la respuesta.

—Cuando dejé de verlos como una amenaza.

—¿Y… eso cuándo fue? —pregunté suavemente.

—Cuando se bebieron mi sangre para romper el vínculo… cuando Caronte se cortó la oreja y me la dio.

Hubo una larga pausa de silencio.

—Ay, princesa —Caronte ronroneó maliciosamente—. No es lo único que te puedo dar.

Pum.

Hubo un fuerte aullido.

—Pervertido. —Alexis resopló.

Me di la vuelta hacia la cama y me di cuenta de que, de repente, había un montón de espacio. Caronte se quejó desde el suelo.

Alexis lo había tirado de un empujón.

Me miró, con una ligera sonrisa.

Contuve la respiración: Alexis era feroz, inteligente, gloriosa .

Sus ojos de dos colores escrutaron mi rostro.

—¿Sabes? En serio no necesitas hacer una lista de enemigos —me dijo en voz baja—. Ajax ya tuvo su castigo.

Resoplé con desdén.

—No, claro que no.

Negó con la cabeza como si yo fuera un caso perdido.

Caronte gruñó mientras se levantaba del suelo y se volvía a acostar a espaldas de Alexis.

Se movió para hacerle espacio, y el borde descolorido de la blusa de piyama, desteñida y demasiado pequeña, que los olímpicos le habían dejado en la celda, se le subió, mostrando sus costillas.

Una cicatriz blanca perfectamente circular destacaba sobre su piel bronceada.

Me tomó un segundo procesar lo que estaba viendo. Cuando lo entendí, un zumbido me llenó los oídos y mi vista se concentró hasta que solo pude ver esa marca circular: la quemadura de cigarro en el cuerpo de mi esposa.

No había forma de que hubiera sido accidental. Me sentí como si estuviera bajo el agua y estiré la mano hacia ella.

—Alexis. —Pasé el pulgar por la cicatriz, deseando que la historia detrás de la marca desapareciera—. ¿Qué… te pasó?

Caronte se sentó y miró hacia donde yo la estaba tocando. Su mirada se endureció cuando llegó a la misma conclusión que yo. Con ternura, apartó los rizos de su frente; le temblaban los dedos.

Por la forma como Alexis se tensó, supe que entend ía exactamente lo que le estaba preguntando.

Con mucho cuidado, se bajó la blusa, cubriéndose el abdomen y la horrenda cicatriz, pero no se apartó de ninguno de nosotros.

Pasaron largos segundos y, finalmente, respondió en un susurro:

—No puedo hablar de eso; todavía no.

La angustia de su voz hizo que me doliera el corazón.

De repente, me alegré de no haber matado todavía al hijo de puta con el que creció, el que actualmente se pudría en el calabozo de nuestra villa. Si él había sido responsable de esto, conocería un tormento que ningún hombre había enfrentado jamás.

Incapaz de hablar, sin exigirle que me dijera exactamente qué había pasado y cuándo, me esforcé por asentir con calma. En lugar de gritar a todo pulmón, le abrí los brazos.

Alexis fue hacia mi abrazo, y la acomodé bajo mi barbilla.

Suspiró pesadamente y la apreté dos veces seguidas, comunicándole con mi cuerpo las palabras que todavía no estaba listo para admitir en voz alta.

Caronte permaneció sentado contra la cabecera de la cama, con el rostro congelado en una mueca de furia.

Las venas azules resaltaban en su cuello mientras apretaba los dientes y acariciaba tiernamente los rizos del cabello de Alexis, muy suavemente para que ella no se diera cuenta de que él estaba perdiendo el control a su lado.

Sus ojos se dirigieron a los míos y nuestras miradas se encontraron.

Asentí mientras Alexis suspiraba de nuevo, acomodándose para acurrucarse mejor entre mis brazos.

Caronte y yo estábamos en la misma página.

Se derramaría sangre y las injusticias perpetradas contra nuestra esposa serían vengadas, en su momento . Por ahora, abrazarla era suficiente.

Cuando finalmente me calmé lo suficiente para poder dormir, la oscuridad me arrastró rápidamente. Cuando cerré los ojos, persistió un solo pensamiento errante: «¿Cómo sabía Alexis que mentalmente estaba haciendo una lista de enemigos? ».