Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 22 #2
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Capítulo 22 #2

—Después de todo… ¿no es exactamente lo que querías? —Augusto alzó una ceja oscura, su cicatriz era un tajo furioso—. No me digas que te estás echando para atrás justo ahora, cuando te estamos dando exactamente lo que quieres. Acepta la oferta. Consigue tu divorcio… ¡MÁTANOS!

—¿O esperabas que los hombres se encargaran de hacerlo por ti? —Caronte señaló a mis mentores, del otro lado de la mesa—. ¿Y ahora te da demasiado miedo hacerlo tú misma?

No quedaba nada del hombre que se había arrodillado a mi lado bajo la lluvia torrencial.

Era desalmado. Brutal .

—Supongo que realmente solo eres otra patética mujer que nunca ha tenido que hacer nada por sí misma —se burló Caronte perversamente—.

Es verdaderamente una pena: el linaje de la Casa de Hades se desperdició en alguien como tú.

—Frunció los labios e hizo como si se enjugara lágrimas falsas—.

La pobrecita Alexis necesita a Patro y a Aquiles, los grandes y malvados hombres espartanos para salvarla porque no puede hacerlo ella misma y…

Un grito se escapó de mi garganta.

Caronte y Augusto cayeron de rodillas, con los hombros temblando y espuma goteando de sus labios entreabiertos.

Incluso mientras se convulsionaban, me sostuvieron la mirada, con sonrisas tristes.

Unas estrellas blancas danzaron en mis ojos y enfoqué la mirada; su dolor se mezclaba con el mío, y lo sentía todo.

Los estaba matando.

A ellos y a mí misma.

—Esa es mi mujer —me halagó Augusto con voz suave y lágrimas brillando en sus ojos mientras se arrastraba hacia adelante—. Estamos tan —gimió— arrepentidos por haberte atrapado… en este matrimonio… Véngate —jadeó—. Por favor.

«No».

Caronte me miró con resignación.

—Lo siento mucho —los tendones de su cuello se tensaron mientras se arrastraba también—, no fui lo suficientemente bueno —tosió— para ti… No fui lo suficientemente fuerte, o… lo que querías. Te mereces… algo mejor.

Una lágrima surcó mi rostro.

Los demonios estaban de rodillas, yendo directamente hacia mí.

«Arrastrándose a mis pies».

—No te merezco —dijo Caronte con los labios temblorosos mientras goteaba espuma.

—Puedes estar con ellos. —A Augusto se le quebró la voz y colapsó sobre su estómago—. Ahora.

El dolor se desvaneció.

Caronte se estrelló contra el suelo junto a Augusto y se curvó en posición fetal; de sus labios brotaban gorgoteos y gemidos.

Respiré más fácilmente.

Por primera vez en meses, el dolor de cabeza desapareció por completo y la punzada de mi rodilla se esfumó.

Nuestro vínculo se estaba rompiendo.

Ellos estaban muriendo.

«Por mi culpa» .

«Augusto me cargó contra su pecho para llevarme por las calles romanas. Caronte estaba a mi lado, sin la oreja izquierda».

Un sollozo quebrado se me escapó de la garganta.

«No».

No quería esto. Quería sentir .

Quería saber cuando Caronte se esforzaba demasiado y también necesitaba vivir dentro de la mente quebrada de Augusto; quería que me hablaran; quería saber a dónde nos dirigíamos los tres.

—Respira, Alexis —susurró Nyx en mi oído mientras se deslizaba alrededor de mi cuello—. Puedes controlarlo, tú mandas. No te controla a ti.

Caronte y Augusto inhalaron temblorosamente, y sus dedos se quedaron quietos.

Contuve la respiración.

—Deja de luchar contra ti misma. —Nyx me apretó—. Algunos de nosotros somos letales, y está bien.

Justo como cuando Patro me había entrenado con Theros, el dolor de mi pecho retrocedió cuando logré calmarme, recuperé el control, y la intoxicación se detuvo.

«Ya no quiero lastimarlos más; ya los han herido lo suficiente».

Un hormigueo se extendió por mis dedos hasta mis palmas.

Tenía el control de mis poderes.

Una extraña luz blanca emanó de mis dedos y mis manos brillaron intensamente; la piel se iluminaba desde dentro.

« No quiero matarlos. Quiero que los tres resolvamos nuestra situación».

Se oyó un fuerte silbido.

—Alexis —Caronte me llamó con voz ronca, mientras se empujaba del suelo con el pecho y los brazos hasta ponerse de rodillas; se limpió el corte de la cara.

Sentí un espasmo en la rodilla derecha.

Todavía tenía los ojos resplandecientes por los restos del dolor, pero se arrastró lentamente por el suelo hacia mí.

Inclinó la cabeza coronada mientras yo me agarraba de la silla, y besó los empeines de mis pies.

—Ángel —susurró.

Me incliné hacia él con las manos brillantes y toqué suavemente su cabeza. Me miró como si fuera su salvación.

La luz se intensificó hasta que me dolieron los ojos, y me invadió una extraña sensación.

Nyx siseó algo, pero no pude oírla.

El calor brilló más intensamente, la luz se convirtió en dolor.

Estaba hirviendo viva.

Caronte gritó algo y se apartó, rompiendo nuestra conexión.

La luz bajo mis dedos hormigueantes se desvaneció, y las estrellas que veía se retiraron de mi vista.

Caronte se quedó en cuclillas, mirándome con asombro.

Augusto yacía débil en el suelo, alzando la barbilla.

—¿Estás… bien? —susurró mirándome.

No estaba segura. Pasaron largos segundos mientras me esforzaba por procesar lo que había sucedido.

—¿Vieron… eso?

Los dos hombres asintieron.

En la secundaria, vimos un documental histórico de principios de los 2000 sobre el pez abisal: «Una criatura horrible que atrae a sus presas con su antena de luz bioluminiscente y luego las devora. También exhibe un dimorfismo sexual extremo».

El miedo me hundió sus garras en el pecho.

Mi sangre era venenosa. Quizás así funcionaba: atraía a las personas con mi luz y luego las masacraba violentamente.

No tenía idea de lo que significaba dimorfismo sexual, pero por lo incómodas que siempre habían sido las cosas para mí, probablemente lo tuviera. Miré las manos temblorosas (¿antenas?).

—Respira, carissima —dijo Caronte con voz ronca—. No entres en pánico. Vas a averiguar qué fue lo que pasó.

Ya lo había averiguado: «soy un pez horrible».

Mientras miraba conmocionada al suelo, me abrumó el peso de lo que acababa de suceder.

Aparte de ese extraño y peligroso resplandor, no había matado a Caronte ni a Augusto.

Lo había logrado.

Por segunda vez en mi vida, había controlado mi poder.

Seguíamos vinculados.

Mis lágrimas se mezclaron con mis risas mientras me recargaba en la silla completamente agotada.

—Espera. Todavía puedo sentir… —Caronte abrió mucho los ojos.

Intentó levantarse, pero volvió a caer sobre sus rodillas.

Augusto jadeaba, todavía extendido en el suelo.

—¿Por qué? —preguntó—. No tiene sentido… Te ofrecimos una salida.

—Te ofrecimos el divorcio que tú querías. —Caronte frunció el ceño—. Pero lo detuviste. ¿Por qué?

Me froté la cara con cansancio y miré hacia cualquier parte menos a ellos.

—Alexis —dijo Augusto con voz tensa—. ¿ Por qué ?

—Quiero… darnos una oportunidad —susurré, sintiéndome mareada—. Ahora mismo es solo físico, pero… ¿tal vez podamos ser… algo más… algún día?

Se oyó un grito ahogado, y la mesa tembló.

Augusto se sostuvo el costado mientras se sentaba, y Caronte avanzó hacia mis pies.

El aire tronaba de tensión.

«Espera, ¿qué está pasando?».

— Carissima —ronroneó Caronte, con los ojos entrecerrados y llameantes, mientras se limpiaba la cara ensangrentada, revelando una piel suave e intacta.

Se agarró de la mesa, que crujió bajo su peso cuando se sostuvo para levantarse—.

Siento mucho todo lo que he hecho para lastimarte, mereces algo mejor que yo.

Me aferré a mi silla como si mi vida dependiera de ello.

Caronte se cernía sobre mí, bloque ándome el resto de la habitación, y su aliento me acariciaba la oreja derecha.

—Si lo nuestro fuera solo físico —me dijo en voz baja—, te acostaría en esta mesa y besaría tus labios. Luego me acariciaría mientras Augusto hace lo mismo.

Hundí las uñas en los brazos de la silla.

Caronte respiró pesadamente.

—Y mientras Augusto se ocupa de tus labios, yo besaría tu boca.

—Me estremecí, y se me calentó la cara cuando me di cuenta de lo que quería decir—.

Después… Augusto y yo nos sentaríamos en dos sillas uno frente al otro y te pasaríamos sobre las piernas de uno a las del otro, para cogerte durante horas .

Caronte hizo una pausa mientras me sonreía con arrogancia.

—Te cogeríamos hasta que no pudieras caminar, y ellos no podrían mirarte a los ojos sin imaginarse que nos estamos hundiendo profundamente dentro de ti.

Me estremecí.

De repente, Caronte se apartó.

Estiró los dedos y luego los cerró en puños mientras se aclaraba la garganta.

—Eso es lo que haría, si lo nuestro fuera solo físico. Pero… no lo es. Así que aquí estoy, pidiéndote una disculpa.

Se hizo a un lado.

Augusto se puso de pie y caminó hacia mí con asombro, como si fuera su bendición. Le escurría algo carmesí por la comisura de la boca; el corte de su lengua seguía sangrando.

Extendió la mano hacia mi cara y me tomó de la mejilla.

—Mi carus . —Se inclinó hacia mí hasta que sus cálidos labios flotaron sobre los míos.

El beso fue ligero como una pluma; lo sentí en el alma.

Se apartó.

Me toqué los labios hormigueantes.

Estalló un grito ahogado y se agitaron unas cadenas. Patro tenía los ojos esmeralda muy abiertos y suplicantes, su expresión era de angustia mientras luchaba con más fuerza, desesperado por liberarse.

Aquiles se quedó quieto y nos observó.

—Somos tus devotos —dijo Augusto con solemnidad.

Caronte descansó su mano en mi hombro, como si me otorgara una bendición.

—No hay nada en el mundo que no haríamos por ti, Alexis.

Sus promesas pesaban en el aire, depravadas por su vehemencia.

Decían exactamente lo que querían decir.

«Ese es el problema ».