Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 22
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Capítulo 22

ENEMIGOS QUE SE ARRASTRAN POR TI

A LEXIS

Nyx se irguió más alto, exhibiendo los colmillos de ópalo resplandecientes de veneno.

—¿Les parece… suficiente arma para ustedes? —pregunté sarcásticamente—. Esposos.

Una sola gota de sangre se derramó de la esquina del ojo de Augusto, siguiendo la cicatriz de su mejilla.

—Baja a la bestia venenosa —dijo lentamente—. Y aléjate.

Acerqué a Nyx a mis labios y le besé la cabeza.

—No.

Caronte se lanzó hacia adelante como si fuera a saltar sobre la mesa, pero Augusto lo agarró por la parte de atrás del cuello de la camisa y lo apartó.

—¡Tenemos que salvarla! —dijo Caronte.

Augusto me miró con desdén, como si no supiera qué conclusión sacar de la situación.

—¿Desde hace cuánto tiempo tienes de mascota una… equidna? —Se atragantó con la última palabra como si pronunciarla en voz alta le doliera físicamente.

Me encogí de hombros.

—Desde siempre.

Augusto inhaló profundamente.

—Claro.

Caronte se soltó de Augusto y se enderezó la capa y la corona, con el cuchillo de caza todavía en la mano; tenía un parche de tejido cicatricial donde solía estar su oreja.

—Es una bestia peligrosa de clase siete . —La voz de Caronte era tan grave que parecía más un gruñido animal—. Está clasificado como un animal tan peligroso como los titanes.

Cortó el aire con su cuchillo.

Vio algo en mi rostro que hizo que entornara los ojos.

—¿Sabes siquiera qué significa clase siete? —Caronte articuló exageradamente cada palabra.

Negué con la cabeza, curiosa por ver cómo usaría su capacidad de macho para explicarme a Nyx a mí.

Caronte miró a Nyx con desprecio puro.

—Las bestias de clase siete tienen la consigna de ser asesinadas en cuanto se les vea; es un crimen albergar una en Esparta, es una amenaza para la seguridad y el bienestar de toda la vida sintiente, un delito penado con prisión de por vida en el Inframundo.

Augusto frunció más el ceño.

—Los equidnas son incontrolablemente peligrosos —continuó Caronte despiadadamente—. Su toxina puede matar a los niños espartanos y dejar a los adultos en coma… para siempre.

«Niños espartanos gritaban mientras caían a mi alrededor, muriéndose en la arena del estadio de gladiadores» .

Nyx bajó la cabeza y evitó que su mirada se encontrara con la mía mientras me apretaba el brazo suavemente. Las escamas negras desaparecieron cuando se volvió invisible.

—Lo siento mucho, niña —susurró Nyx—. Debí habértelo dicho. Es solo que… Tú te podías comunicar conmigo y mi especie está casi extinta. Me sentía… sola.

Intenté recordar lo que me había dicho cuando le pregunté si tenía un vínculo. Me había imaginado que se refería a que era el animal de protección de alguien. Pero ¿y si era algo más? ¿Estaba sujeta a un juramento espartano? ¿Era algo más siniestro?

—Deja a la equidna en el suelo —dijo Caronte—. Simplemente déjala en el suelo y nosotros nos encargaremos. Sin hacer preguntas.

Nyx expresó con un sonido que se sentía herida.

La cabeza me daba vueltas; me senté en la silla y me recargué con un suspiro tembloroso.

—Eso es —dijo Caronte—. Ahora, solo quítate a la equidna del brazo y ponla en la mesa. Lo estás haciendo muy bien.

—¿Sin hacer preguntas? —susurré.

Caronte asintió.

—Sin hacer preguntas.

Acaricié las escamas de Nyx; llevé el antebrazo hacia mi pecho, con mi brazo izquierdo frente a ella para protegerla.

—Sin hacer preguntas. —Elegí mis palabras con cuidado—. Qué bueno… —les dirigí una mirada fulminante a todos los hombres del otro lado de la mesa— que ninguno de ustedes vio nada.

Caronte golpeó la mesa con la mano.

—Alexis, dame al monstruo.

La cubrí con mis brazos.

—Nunca. Cambia de tema… si no….

—¿Me estás amenazando? —Caronte parecía atónito.

Alcé una ceja burlonamente.

—Obviamente, Carente .

Apretó la mandíbula; parecía igualmente impresionado y furioso.

Nyx resopló.

Augusto se encontró con mi mirada, con el rostro pétreo.

—¿Eso es lo que quieres? ¿Estás segura, Alexis?

Asentí.

Un relámpago más destelló.

Augusto respiró profundamente.

—Está bien, entonces, está decidido. —Hizo una pausa significativa—. Respetaremos sus deseos. Ninguno de nosotros vio nada. Si alguien se atreve a decir lo contrario… —miró hacia Patro y Aquiles—, yo mismo lo destriparé.

—Pero no es seguro, carajo —discutió Caronte.

Augusto lo miró con desdén.

—No vimos nada.

Mi pecho se llenó de calidez.

«Hechos, no palabras».

Caronte echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.

—Está bien.

—Pasemos al propósito de esta reunión. —Augusto se enderezó y sacó de su bolsillo un frasco de sangre que se me hizo familiar—. ¿Ellos quieren que nos asesines…, esposa ?

Un relámpago iluminó la sala de nuevo y varias sombras se movieron por todo el oscuro comedor, mientras Patro y Aquiles luchaban en sus sillas.

Augusto levantó el frasco y movió la sangre de un lado a otro. «Mi sangre».

Caronte me apuntó con el cuchillo, con expresión de sentirse traicionado.

—Así que a esto hemos llegado —dijo Augusto; sus palabras eran cortantes mientras miraba a mis mentores—. Quieren que uses tu poder para liberarte del vínculo matrimonial… de nosotros .

Abrí la boca para negarlo, para explicarles que de ninguna manera lo iba a hacer, pero luego cerré la mandíbula. «¿Cómo se atreven a actuar como si yo fuera la culpable?». Era el plan de Patro y Aquiles, no mío.

Ya estaba harta de disculparme con los hombres.

Podían suplicar mi perdón o irse a la mierda.

Caronte sonrió con crueldad mientras se alejaba de la mesa; Can y Cebero se apartaron de mi lado y se acercaron a flanquear a Caronte, que tenía los ojos brillantes de carmesí.

Las miradas turquesas de sus animales de protección también cambiaron: las llamas de sus ojos destellaron en un tono rojo vibrante.

Caronte se enderezó, con el rostro inusualmente quieto, y abrió la boca; también sus bestias lo hicieron.

—Yo soy mis perros infernales. —Sus palabras resonaron extrañamente por la habitación cuando los tres hablaron al mismo tiempo con una cadencia de gruñido—. Lo que ellos ven, lo veo yo.

El zumbido aumentó en mi oído izquierdo.

Era un acosador peor de lo que había pensado.

Caronte peló los dientes y asintió, sus perros también; como un titiritero y sus marionetas.

—Escuché tu conversación con Patro —la voz profunda y distorsionada de Caronte se proyectó de forma inquietante por la habitación—. Vi que anhelas lo que ellos te ofrecieron, esposa .

Fluffy II gruñó a mi lado.

La sangre se retiró lentamente de los ojos de Caronte y sus perros infernales nos miraron alternativamente a los dos, como si no supieran a quién elegir; después de un largo momento, se apartaron y se acostaron en una esquina de la habitación.

Caronte giró perezosamente su cuchillo de caza, esperando mi reacción.

Unas oscuras emociones se retorcieron en mi estómago, pero no iba a darle la satisfacción de mostrarle que tenía miedo.

—Entonces… ¿me vas a matar ? —pregunté suavemente.

La sonrisa de Augusto era siniestra.

—Oh, no, esposa. Entendiste mal. —Se dio la vuelta y reveló un carrito de bebidas. Tomó dos vasos de whisky vacíos y los puso suavemente sobre la mesa.

Caronte me sostuvo la mirada y sacó la lengua.

«Espera».

Se llevó el filo del cuchillo de caza a la boca abierta.

Grité mientras él se picaba violentamente las mejillas, los labios y la lengua. Le escurría líquido escarlata por la barbilla.

Augusto destapó el frasco con un breve estallido y vertió mi sangre en los dos vasos de cristal.

«No serían capaces».

—No te preocupes —dijo Augusto con voz sedosa; sus ojos de medianoche eran depredadores—. Te vamos a dar exactamente lo que querías, mi carus .

Caronte le pasó el cuchillo y tomó un vaso de mi sangre.

—Salud, Alexis.

Caronte se echó mi sangre a la boca y tragó. Augusto sacó la lengua, se cortó con el cuchillo y luego se bebió el segundo vaso. Los dos sonrieron, revelando mi sangre mezclándose con la suya y cubriendo sus dientes.

«Lo hicieron».

—Váyanse al diablo —susurré con horror, agarrándome a los brazos de la silla. El esternón me dolió por la reacción de mi poder.

—Bueno, esposa. —Caronte alzó una ceja, lamiendo con perversidad sus labios mutilados—. Adelante. Rompe el vínculo y libérate de nosotros. Te reto .

Sacudí la cabeza y apreté los dientes; tenía el pecho agitado mientras me esforzaba por calmarme.

Patro se sacudió y me encontré con su mirada de pánico. Trataba de decirme algo con los ojos.

«¿Qué fue lo que me dijo en la arena de gladiadores? ¿Que controlara mi respiración?».

Jadeé.

Un dolor insoportable me ardía dentro del pecho. Durante las últimas semanas había tratado de acceder a mi poder en la regadera, y ahora quería salir.

Caronte y Augusto paseaban alrededor de la mesa.

La madera raspó el mármol cuando giré mi silla para mantenerlos a la vista.

Se me nubló la vista.

Se detuvieron frente a la chimenea, y la neblina naranja detrás de ellos creó la ilusión de que estaban frente a las puertas del Infierno.

Tenían el rostro enrojecido, los ojos desenfocados y vidriosos de sufrimiento. «Están sintiendo mi dolor».

Había cuatro metros de distancia entre nosotros.

Demasiado lejos para tocarlos; lo suficientemente cerca para matarlos.

Los tres jadeamos como si estuviéramos ahogándonos.

Se balancearon ligeramente mientras luchaban una batalla invisible.

Patro gritó con más fuerza detrás de la mordaza y la mesa tembló cuando la pateó.

Ninguno de nosotros miró.

—Hazlo, carissima . —La voz de Caronte bajó una octava, sus ojos se ensombrecieron y escupió sangre en el suelo—. Reclama tu venganza, sé que es lo que quieres. Vi tu cara. Simplemente hazlo… Ponte los pantalones, amor, y aprieta el gatillo. Por una vez en tu vida, atínale a tu maldito objetivo.

Sus palabras eran fuego, y yo era el oxígeno.

El dolor explotó en mi pecho.

Un relámpago destelló al mismo tiempo que me eché hacia atrás en mi silla.