Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

PRESAGIOS Y ADVERTENCIAS

A LEXIS: A LA MAÑANA SIGUIENTE,

UN DÍA ANTES DE LA MASACRE DE INICIACIÓN

—¿Alexis?

Me desperté de un salto.

Una tormenta rugía afuera, haciendo la mañana inusualmente oscura, mientras que la lluvia se escurría melancólicamente por la ventana. Los perros infernales, Fluffy II y Poco dormían en un gran montón de pelo en el suelo.

La habitación estaba en silencio, con excepción de un extraño ruido sordo.

Helena y Charlie estaban fuera; probablemente ya estarían en su clase de la mañana, pero el resto de nosotros teníamos el día libre de entrenamiento porque la masacre de iniciación era al día siguiente.

—¿Alexis? —me llamó Ceres.

Con sueño, me levanté de la cama, y me envolví a Nyx, somnolienta, alrededor del cuello para dirigirme a la habitación contigua.

Ceres estaba sentada en el suelo, mordisqueando una pluma, con el cabello rosa despeinado, rodeada por montones de tomos antiguos.

Me mostró una página con un símbolo espiral.

—¿Puedes creerlo?

—Creer… ¿qué?

Señaló los dos puntos que estaban en la parte superior del símbolo.

—¡Esta diéresis! Es un uso extremadamente raro que en muy escasas ocasiones se ve en este idioma antiguo. Y, sin embargo, aquí está. Justo frente a mis narices durante todo este tiempo. ¡Tan obvio!

—¿Qué i-idioma? —le pregunté, esforzándome por seguir sus palabras porque hablaba más rápido que cualquier persona que yo conociera.

«Espera, ¿eso qué tiene que ver con la recuperación de tu memoria?».

Agudizó sus ojos color lavanda.

—Las palabras del destino.

Una sensación de presentimiento se deslizó por mi espina dorsal.

—He visto esta diéresis antes —dijo Ceres apresuradamente—.

Lo recuerdo, fue crucial, un extraño momento de claridad.

Todas las piezas encajaban; y tenía sentido.

Estaba claro. Nunca está claro. Y me di cuenta de que iba por buen camino.

Tiene que ser así. Porque… ¿ Adivina en qué antiguo libro de la Casa Olímpica encontré este símbolo?

Adivina. Por favor, adivina. Adivina. Tienes que adivinar.

Me miró con expectación.

—Eh…

Ceres me hizo darme cuenta de que era una persona de muy baja energía.

«Espera, ¿estaré anémica?».

—Adivina una Casa —me pidió—. Adivina. Tienes que adivinar. Hazlo. Hazlo rápido. —Prácticamente vibraba de emoción.

—¿La Casa de… Zeus?

—¡Adivinaste! —Cerró el libro de golpe y recogió otro pesado tomo, que se puso a hojear—. Tengo razón, lo sé. La Casa de Zeus tuvo algo que ver con tu desaparición y la pérdida de mi memoria.

Me sonrió, radiante.

—Pero es tan satisfactorio porque por fin estoy recuperando la memoria. Es la caverna de Platón: estoy en la oscuridad, luego me vuelvo hacia la luz y de repente puedo ver. Obvio, ¿no?

—¿Claro?

Me sentí estúpida.

—Esta chica necesita mucha ayuda —siseó Nyx.

—¿Quieres sentarte aquí mientras leo? —me ofreció Ceres lentamente, de repente parecía cohibida—. Es agradable tener a alguien cerca.

Asentí.

Me dio un golpecito en el hombro cuando me senté a su lado, en el suelo. Su sonrisa me hacía sentir cálida por dentro.

Nunca había tenido una amiga. Ahora la tenía a ella y a Helena.

Unas horas después, tenía un zumbido en el oído malo y un calambre en la espalda baja. Ceres leía un libro en silencio.

Gemí y me levanté para irme.

—Alexis… —Ceres me detuvo agarrándome del brazo y me sobresalté. Sus ojos lavanda eran extraordinariamente brillantes—. ¿Has visto este símbolo antes? Es importante para esta noche. —Arrancó una página de su libro y me la mostró.

La página de color crema tenía un solo dibujo.

El símbolo era extremadamente tosco. Era una línea recta con un círculo en la parte superior, y una línea ondulada sobre la línea, con dos nubes esponjosas flotando a cada lado.

Entorné los ojos. Me parecía familiar, pero no podía ubicar de dónde lo conocía.

—Tal vez… no estoy segura —dije, confundida sobre lo que estaba pasando—. ¿Qué va a pasar esta noche?

Ella inclinó la cabeza y me miró como si me estuviera estudiando, inusualmente silenciosa.

—Ceres… ¿Po-por qué…? —repetí, sintiéndome cada vez más incómoda.

Con un movimiento repentino, arrugó la hoja de papel y la tiró a un lado. Luego, volvió a su libro y reanudó la lectura como si no hubiera pasado nada.

—Eh… Ceres —dije—, ¿por qué arrugaste el símbolo? ¿ A qué te refieres con que es importante para esta noche? ¿Qué estabas…?

—¿Qué dices, Alexis? —Sonrió—. Perdón, estaba perdida en mis pensamientos mientras leía.

—El símbolo que me acabas de mostrar —susurré, sumamente inquieta—. ¿Qué era?

—¿La diéresis? —me preguntó Ceres.

Me agaché, recogí el trozo de papel arrugado y me encontré con algo sorprendente: la página estaba en blanco.

—Creo que era una hoja de reúso. —Ceres se quedó quieta—. Espera, Alexis, ¿puedes ver algo en la hoja?

Miré la página vacía y sentí náuseas.

—No, ya no. Pero te juro que hace un momento tenía un… —Sacudí la cabeza—. No importa. He de estar cansada. A veces, cuando estoy exhausta, me imagino que un hombre me está viendo dormir. Mi mente se me escapa…

—Detente, Alexis. —Ceres me miró con intensidad—. Lo que somos es lo que percibimos. Correcto o incorrecto, real o no. El destino habla una lengua que nadie entiende verdaderamente. —Se puso una mano sobre el corazón—. Es un sentimiento y, si lo has sentido, tienes que creer en ti misma.

Di un paso atrás, dejando caer el papel.

—Solo estoy ca-cansada.

Ceres se veía seria.

—Tienes que confiar en ti misma. Yo te confiaría mi vida. Tienes que hacer lo mismo. Cree en ti misma, en tus habilidades.

Caminé hacia atrás hasta llegar a la otra habitación.

—Solo necesito descansar —dije mientras cerraba la puerta, antes de que Ceres pudiera responder.

Me dejé caer en la cama rosa de Helena, me tapé hasta la cabeza con la cobija y, luego, agarré mi calculadora gráfica de bolsillo.

Mientras acariciaba los botones brillantes con los dedos, admiré la ecuación lineal en la que había estado trabajando.

—Querido diario —susurré al micrófono—. Ceres está actuando extraño, y mi gráfica más reciente apoya que la función zeta de Riemann tiene ceros no solo en los enteros negativos pares, sino también con números complejos con mitades reales.

Hice una pausa.

—Además, creo que me estoy volviendo loca. Estoy viendo cosas. Un símbolo extraño. La parca. Y siento que me muero cada vez que pienso en mis esposos. —La apagué.

Toc.

Toc.

—Se solicita que la heredera de la Casa de Hades asista a una reunión en el comedor —dijo un sirviente del otro lado de la puerta cerrada—. Es urgente.

Me quejé.

«¿De verdad es demasiado pedir un solo día de descanso?».

Menos de un minuto después, empujé con cautela la puerta del comedor con los animales amontonados a mis pies.

Eché un vistazo adentro.

«Qué miedo».

Era mediodía, pero las cortinas estaban corridas, y el comedor estaba a oscuras. La única luz provenía de la chimenea, donde ardían llamas bajas, y el olor a humo era penetrante.

Afuera aullaba el viento, y ráfagas de lluvia azotaban las largas ventanas.

La tormenta se intensificaba.

Con cautela, entré con los animales detrás.

—Eh, me pidieron que viniera… ¿Hay alguien aquí?

El destello de un relámpago alumbró la habitación.

La puerta se cerró detrás de mí con un golpe.

—Bienvenida… esposa —dijo Caronte tranquilamente.

Estaba parado en medio de la larga mesa, haciendo girar un peligroso cuchillo de caza entre los dedos.

—Te estábamos esperando.

Parpadeé.

«Para nada dramático».

Augusto estaba al lado de Caronte, apoyando la cadera contra la mesa, como si estuviera tapando algo, con los brazos cruzados sobre el pecho y la expresión pétrea.

—Eh… —dije elocuentemente, sin estar segura de cuál eran el protocolo para tratar con hombres desquiciados.

Algo hizo un ruido fuerte.

Caronte y Augusto se apartaron de la mesa.

Otro relámpago destelló: Patro estaba atado y amordazado; Aquiles estaba atado a una silla junto a él.

Mis mentores giraron la cabeza hacia mí.

Patro gritó, un sonido amortiguado detrás de la mordaza, mientras pataleaba y se retorcía.

Aquiles estaba sentado perfectamente quieto a su lado, con los ojos entrecerrados de rabia, esposado con cadenas de plata. Eran cadenas del mismo tipo que usaban para atrapar a los titanes.

Caronte señaló con el cuchillo un asiento del otro lado de la mesa. El resto de las sillas se habían retirado de la habitación.

—Por favor, siéntate, esposa —dijo Caronte con calma—. Acompáñanos.

Nyx siseó mientras se deslizaba de mi cintura y se enrollaba con fuerza alrededor de mi brazo, lista para atacar. Fluffy II se agachó, y los perros infernales y Poco miraron en silencio a los hombres.

Me enderecé y sostuve la mirada feroz de Caronte.

—O si no… ¿qué? —No iba a hacerme daño bajo ninguna circunstancia.

Tenía experiencia en eso.

«¿Sí?».

Caronte apuntó el cuchillo a la cara de Aquiles y mantuvo la hoja sobre su oreja izquierda.

—Si no te sientas, vengaré el agravio perpetrado en tu contra.

Inhalé bruscamente.

—No lo harías.

La sonrisa de Caronte era puro pecado.

—¿Quieres ponerme a prueba? —Apretó el cuchillo contra la piel de la oreja de Aquiles; sus rasgos se retorcieron como los de un maníaco.

Patro gritó y pateó con los pies atados a la pata de la mesa junto a él.

Aquiles permaneció perfectamente inmóvil.

Dentro de mi pecho, la conmoción se transformó en algo peligroso y ardiente.

El rostro de Caronte se afiló.

—Por favor, siéntate. Tenemos… asuntos importantes que discutir.

Augusto permaneció en silencio.

Con pasos medidos y cuidadosos, dirigiendo mi cuerpo para mantenerlos a la vista, caminé hacia la silla en la dirección opuesta alrededor de la mesa.

Los miré fijamente.

Caronte soltó una risa áspera, un familiar sonido burlón.

—Buena elección.

—Siéntate —me ordenó Augusto.

La indignación se encendió dentro de mi estómago.

Permanecí de pie.

Los ojos de medianoche se convirtieron en rendijas.

—Siéntate —repitió Augusto con más fuerza.

Caronte peló los dientes.

—Estás en desventaja numérica y no tienes armas. No hagas algo de lo que te vayas a arrepentir, carissima . No tienes ventaja.

«¿Cómo se atreve?».

Levanté el brazo derecho hacia mis esposos, apuntando el dedo índice y el pulgar en alto.

Caronte echó la cabeza hacia atrás y se ri o burlonamente.

Las escamas negras de Nyx brillaron al hacerse visibles; su cabeza flotaba sobre mi dedo índice, con la boca bien abierta y los colmillos a la vista. Nyx se enroscó con más fuerza en mi brazo, lista para atacar. Sus vibrantes ojos de serpiente morados observaban a Caronte.

Retumbó un trueno.

Todos en la habitación se quedaron inmóviles.

Caronte abrió y cerró la boca, sin que saliera ningún sonido.

—Alexis —dijo Augusto con una suavidad amenazante y la mirada fija en Nyx—. Por favor, dime que esa serpiente no tiene los ojos morados… porque de ser así, significaría que nos estás apuntando con una equidna venenosa como si fuera un arma.