Capítulo 18
EL PRECIO DEL PODER
A LEXIS
Entré cojeando a la villa y me dirigí a la recámara de Helena.
Can y Cerbero caminaban frente a mí, y Fluffy II iba a mi lado con Poco sobre su cuello.
Estaba exhausta y empapada hasta los huesos porque, durante las últimas dieciséis horas, Augusto nos había guiado en una agotadora carrera bajo la lluvia (era un maníaco homicida).
Cuando cayó la noche, y por fin nos detuvimos, me escabullí mientras todos los demás se dirigían al centro de entrenamiento para bañarse.
Solo Aquiles se había dado cuenta de que me había ido. De hecho, me había estado observando mucho últimamente.
Un relámpago iluminó la entrada de la villa, y mi rodilla derecha se venció; me agarré a algo a ciegas para estabilizarme.
Me estaba sosteniendo de la estatua de bronce de un guerrero desnudo de cuatro metros de altura que decoraba una esquina del atrio.
El hombre sostenía una piedra en la mano derecha y estrangulaba a una serpiente monstruosa con la otra mano; la boca de la bestia estaba muy abierta, pelando los colmillos curvos.
—De verdad tienes que aumentar músculo —dijo Nyx desde mi cuello, un comentario completamente inútil.
Solté la escultura, ignoré mi orgullo herido, salí cojeando del atrio y avancé por un largo pasillo.
— Carissima .
Se oyó un trueno cuando la oscura voz de Caronte resonó contra las paredes.
Me di la vuelta lentamente.
Augusto y Caronte estaban parados al final del pasillo que acababa de recorrer cojeando, empapados y con la ropa de entrenamiento pegada a sus cuerpos esculturales.
Sus ojos entornados brillaban débilmente en la oscuridad, como si fueran criaturas del infierno.
«Es una emboscada».
Los titanes alados habían sido menos imponentes.
Augusto se aclaró la garganta.
—Tenemos algo para ti. Un… regalo. —Me ofreció una caja negra—. Por favor, acéptalo.
«Jamás lo volvería a hacer».
Negué con la cabeza. La mandíbula de Caronte se tensó.
—Acéptalo —dijo tranquilamente, pero con la postura rígida—. Por favor —soltó con dificultad, como si le doliera físicamente decir esa palabra.
Eché los hombros hacia atrás, imitando su postura.
—No.
Caronte apretó los dientes.
Pasó un momento, luego él y Augusto se acercaron a mí con pasos silenciosos.
«Corre por tu vida».
Me paré con las piernas más firmes y mantuve mi posición.
La tormenta rugía afuera.
—Déjenme en paz. —Mi voz resonó en el pasillo.
Caronte retorció la cara.
—No puedo. —Apretó la mandíbula—. Cualquier cosa menos eso.
—Te veías cansada en la carrera. —Augusto me estudió de pies a cabeza, buscando lesiones mientras se acercaba sigilosamente—. ¿Te sientes bien?
«Claro, si sentirse bien significa sentirse como un cadáver».
Estaban a solo tres metros de distancia.
Nyx chasqueó los colmillos.
—Diles que te sentirías mejor si se arrastraran a besarte los pies. —Se detuvo un momento, como si estuviera pensando algo—. Además, diles que tienen que estar desnudos. Esa parte es crucial.
«De verdad no puedo seguir viviendo así».
Ya casi estaban en mi espacio personal.
Bajé las manos para tocar a los animales que estaban sentados a mis pies.
Caronte hizo un ruido ahogado cuando se dio cuenta de cuál era mi intención y se lanzó hacia mí.
— Domus .
Sus uñas pintadas de negro pasaron como garras a unos centímetros de mi cara.
CRAC.
Me desplomé sobre un montón de vestidos brillantes, gimiendo, rodeada de humo, de vuelta en la habitación vacía de Helena. Había hecho lo imposible de nuevo; me había transportado una distancia muy corta en medio del pánico.
Al parecer, yo no tenía un sentido innato de autopreservación. «¿Yupi?».
Enseguida me lancé contra la puerta para cerrarla con llave, tropezando con almohadas y cajas de maquillaje.
Jadeando, me apoyé contra la puerta y me dejé caer al suelo, aliviada.
Mi respiración resonaba en el silencio.
Estaba sola.
«A salvo».
Nadie iba a molestarme.
«Por fin».
Solo necesitaba un tiempo para…
—Alexis. —La voz de Caronte resonó desde el otro lado de la puerta, amenazante.
Solté un alarido.
«¿Cómo pudo moverse tan rápido?».
Retrocedí hacia el centro de la habitación. El collar de perlas que adornaba una pistola morada con brillantes se enredó alrededor de mi tobillo y me caí al suelo.
—Podrías haberte lastimado al transportarte —dijo Augusto desde el pasillo.
— ¿Qué dije que te pasaría si te lastimabas? —preguntó Caronte con voz fría—. Creo que fui muy… explícito.
«¿Algo de que ibas a atormentarme durante toda la eternidad?».
Demasiado tarde.
Escuché un sonido de huesos, como si Caronte se estuviera tronando los nudillos.
—Espera, ¿me estás amenazando? —pregunté, mitad indignada, mirad perturbada (mentalmente).
—No —respondió Augusto demasiado rápido.
Caronte se rio, con un tono grave y burlón.
—Obviamente… Alexis.
El corazón me latía con fuerza en los oídos.
—Váyanse —dije, mientras gateaba hacia el otro lado de la recámara, desesperada por poner más espacio entre nosotros.
—Estamos tratando de disculparnos. —Augusto sonaba arrepentido y sincero.
—Perdóname, carajo —dijo Caronte, beligerante—. Te exijo que me perdones, Alexis. —Hizo una pausa—. ¡Ahora mismo!
Me atraganté.
«¿De verdad creerá que eso va a funcionar?».
Alguien debería hacer una investigación sobre cómo logré encontrar a un hombre más socialmente inepto que yo misma.
—Diles que aceptarás su arrepentimiento —siseó Nyx—. Pero solo a cambio de un favor sexual. De tu elección.
Miré la pistola con mirada anhelante.
Caronte lanzó insultos feroces en el pasillo, como si acabara de darse cuenta de que atacar verbalmente a su esposa no tendría un resultado positivo.
Me arrastré al baño.
Desde el cuarto, Fluffy II se quejó (¿relinchó?); era demasiado grande para entrar, pero los perros infernales, que eran más delgados, se escabulleron detrás de mí. Las llamas azules de sus cuencas lanzaron un destello rojo; parpadeé y una vez más brillaron con un inocente color azul verdoso.
«¿Me lo imaginé? ».
Le lancé un beso a Fluffy II y cerré la puerta.
Caronte gritó algo, pero fue una bendición oírlo solo como un ruido amortiguado.
Decenas de velas rosas envueltas con listones blancos parpadeaban sobre el borde de la tina, goteando cera.
Nyx se deslizó de mis hombros mientras me metía en la tina, alzaba la mano y abría el agua de la regadera.
Completamente vestida, miré hacia abajo.
En mi antebrazo se veía claramente el tatuaje que decía «C+A»; recorrí las letras malhechas con la punta del dedo.
Esparta era una compleja red de política y poder.
Caronte gritó más fuerte.
«Hazlo por Charlie».
Me clavé la uña del dedo índice derecho en la palma de la mano.
La sangre goteó de la herida superficial mientras una sensación de ardor me recorría los dedos.
El agua caía a mi alrededor en cámara lenta.
Levanté el brazo más alto y me imaginé que los hilos de sangre que me escurrían formaban un escudo protector o flotaban en el aire como niebla.
«Reclama tu poder, hija». La voz de Hades resonó en mi mente.
No pasó nada.
Todos los demás miembros del Escuadrón de la Muerte controlaban sus poderes, pero el mío estaba inerte; me dominaba a mí .
Hasta Drex podía invocar su resistencia descomunal a voluntad.
—No entres en pánico —siseó Nyx precisamente cuando entré en pánico—. Vamos a jugar a las aliteraciones.
Me invadió la nostalgia. Nyx lo había inventado cuando era niña, y seguimos la tradición hasta la secundaria. Solíamos jugar tarde en la noche cuando los retortijones de hambre eran tan fuertes que no podía dormir, y no había nada que hacer más que esperar a que saliera el sol.
—Audaces anguilas angustian a Alexis —susurré.
Nyx se rio. Siempre le había encantado ese juego.
—Aldabas aleatorias alegran a Alexis.
—Alexis anticipa alergias —dije, sintiéndome ya más tranquila—. Alerta a alguna acción atlética arcaica, agonizante y anticlimática.
—Ahora les toca a los perros infernales —siseó Nyx.
Suspiré. Últimamente se había obsesionado de manera poco saludable (asesina) con las peligrosas criaturas.
Apart é la cortina de la regadera y miré a los esqueletos de perro.
—Nyx quiere saber si quieren jugar a las aliteraciones con nosotras. —Descubrí que ayudaba a mi subconsciente a que hablara la lengua de los perros infernales si los estaba viendo. Hablar con Nyx era mucho más fácil, probablemente porque la conocía de casi toda la vida.
Asintieron agresivamente.
Pasó un largo minuto mientras pensaban su respuesta.
—Alexis… chica… grande —balbuceó Can, moviendo la mandíbula huesuda.
—¡Bien! —se rio Cerbero.
En los últimos días, había quedado más que claro que no eran los más inteligentes.
Aunque no estaba en posición de juzgar.
—¿Qué dijeron? —preguntó Nyx con emoción—. Dime.
Ser traductora era sorprendentemente agotador.
—Dijeron: Alexis es un animal admirable.
Nyx resopló.
—Diles que así no se juega a las aliteraciones y que son unos patéticos estúpidos idiotas… Y también que los mataré para acabar con su sufrimiento.
Puse los ojos en blanco.
—Diles ahora mismo, díselo —me exigió Nyx con impaciencia—. Quiero ver sus caras.
Miré a Can de nuevo.
—Nyx dice que eres muy inteligente y que está impresionada con tu aliteración.
Can se sentó más erguido y se acicaló.
—Ella grande razón.
—¡Perro inteligente! —dijo Cerbero con orgullo mientras chocaba su hombro contra el de Can con un estruendo.
—¿Por qué se ven tan felices? —preguntó Nyx sospechando.
—Porque quieren morir —respondí secamente.
Nyx chasqueó la mandíbula con entusiasmo.
—Entonces, ¿puedo tratar de matarlos ahora?
—No.
—Entonces, sí.
—No.
—¿No, o tal vez?
Miré las múltiples llaves de agua.
—Hablando de amigos, ¿las serpientes pueden ahogarse?
Nyx siseó pero se quedó en silencio mientras se deslizaba por mi cuerpo y se me enroscaba alrededor del brazo.
Unos minutos después, salí tambaleante del baño y me vestí para dormir. A juzgar por el tranquilo silencio, mis esposos se habían ido.
Me deslicé a la habitación contigua.
Ceres estaba dormida bajo las cobijas, cubiertas con los libros de historia espartana que Helena no dejaba de llevarle.
Tenía una pluma entre los dedos manchados de tinta, como si se hubiera quedado dormida mientras tomaba notas, tratando desesperadamente de recuperar la memoria.
A la brillante luz de la luna, sus rasgos eran suaves y semejantes a los de una muñeca; frunció el ceño y gimió, lo que hizo que pareciera increíblemente joven en la enorme cama con dosel; tenía manchas de tinta en las mejillas.
Ceres abrió los ojos lavanda y bostezó, señalando un libro abierto al pie de la cama.
—Creo que… por fin estoy recordando.
Cerró los ojos y se dio la vuelta, acurrucándose bajo las cobijas mientras volvía a quedarse dormida.
Miré el libro que había señalado. Había unas palabras garabateadas con su letra cursiva en la parte superior de la página.
«Zeus + Vyco. ¿Hércules? ¿Asesinato? ».
El estómago me dio un vuelco.
«¿Yo qué tengo que ver con su memoria?».
Además, Vyco era el hombre que había contado la historia de que los titanes me habían atacado cuando era bebé.
La cicatriz que tenía en el esternón me ardió.
Miré el libro más atentamente. El texto parecía estar escrito con símbolos arcaicos de diferentes colores, y no se parecía a ningún libro de historia que hubiera visto antes.
Ceres había subrayado algunas secciones y también había escrito anotaciones al margen: «Necesito recordar ese día».
«¿Cómo puede leer esto?».
Caminé hacia atrás.
En Esparta aumentaban las tensiones.
Apenas el día anterior, los titulares de Crónicas del halcón decían: «La cacería de Medusa toma impulso, la Federación planea comenzar a interrogar a los ctónicos».
«Tengo que huir mientras pueda».
Me froté las muñecas.
«Hades cree en ti».
Volví a la oscura recámara de Helena con pasos tambaleantes.
Helena y Charlie estaban dormidos.
Seguramente, mientras me bañaba (episodio prolongado de salud mental), los dos habían regresado de su sesión de tutoría nocturna.
Charlie dormía en el suelo, sobre un montón de almohadas rosas, con un brillo saludable en las mejillas. Sus facciones habían ido rellenándose desde que vivía en la villa.
Tenía kohl difuminado alrededor de los ojos. «Definitivamente, obra de Helena».
Ahora Charlie sonreía más y fruncía menos el ceño; pasaba mucho tiempo al lado de Helena ya que tenían clases juntos todo el día.
A menudo se reían entre ellos de alguna broma que el resto de nosotros no podíamos entender.
Escribía en un cuaderno y constantemente se lo mostraba a ella, pero luego lo escondía de todos los demás.
Incluso lo había descubierto comunicándose con señas con Aquiles en la cena.
No quedaba nada del niño agresivo que constantemente se metía en pleitos. Se había despojado de su antiguo yo, el que siempre estaba hambriento, como una segunda piel.
Ojalá yo puediera hacer lo mismo.
Charlie sonrió en su sueño. Fluffy II estaba acostado frente a él, sus brazos (¿y pezuñas?) se encimaban.
Suspir é; sintiéndome como si tuviera veinte años, pero estuviera a punto de cumplir cien, me deslicé bajo las sábanas de seda rosa.
Casi instantáneamente soñé que la parca estaba parada sobre mí.
Me acarició la mejilla.
—Volveré —prometió con voz oscura—. No te preocupes, siempre vuelvo.
Abrí los ojos y me senté de golpe.
La muerte se había ido.
«¿Acaba de cerrarse la puerta? ¿Se movió una sombra? ¿Había…?».
El colchón se hundió cuando una criatura gris esponjosa se movió sobre la cama. Poco avanzó hacia mí hasta que sus bigotes me hicieron cosquillas en la cara.
—Ya te dije que no podemos seguir haciendo esto —susurré.
Me dio unos golpecitos en la mejilla con su manita, como si me dijera que no me preocupara; luego se acurrucó como una pelota lanuda, presionando su espalda contra la mía.
Lo tapé completamente, de modo que solo sus orejas salieran de las cobijas, justo como le gustaba.
Sus suaves ronroneos vibraban a través de mi cuerpo.
Cerré los ojos.
Por primera vez en semanas, las pesadillas no me atormentaron.
La parca se había ido.
Toc.
Toc.
Toc.
Por segunda vez, me desperté de un salto.
A juzgar por la luz de la luna, solo habían pasado unas cuantas horas. Los golpes suaves continuaron. Poco ronroneó. Helena y Charlie se movieron dormidos.
—Alexis, ¿estás despierta? —susurró Patro del otro lado de la puerta—. Tenemos que hablar.