Capítulo 17
EL CAZADOR
C ARONTE: PRINCIPIOS DE JUNIO
Pum.
Fiiiim.
Pum.
Fiiiim.
El pesado saco de box se balanceaba en la oscuridad cada vez que lo golpeaba con los puños vendados.
El reloj de pared del gimnasio marcaba las seis de la mañana, pero el tiempo no importaba cuando no tenías descanso.
Me pasaba las noches de pie junto a Alexis, viéndola dormir.
Cada mañana, a las cinco, me apartaba de su lado y sacaba mi agresión en el gimnasio.
Las misiones se habían interrumpido después del incidente de Roma, también conocido como el peor día de mi puta vida.
No quedaba nada que hacer más que correr en las simulaciones de ataque a los titanes, acechar a Alexis y prepararme para el Torneo de Gladiadores.
Agosto se acercaba rápidamente.
Habíamos comenzado a incorporar armas de combate en nuestros ejercicios diarios; principalmente practicábamos con la espada y la daga, ya que las armas de fuego no estaban permitidas en el Coliseo de los Dolomitas.
Las armas modernas deshonraban la arena bendecida por Cronos; solo estaban permitidos los cuchillos, las espadas y los puños.
Alexis lo hacía bien, pero era novata, y tomaba años dominar un hierro.
Nosotros no teníamos años. Teníamos semanas.
Además de todo, Alexis no nos hablaba desde que nos habíamos peleado con Patro y Aquiles unas semanas atrás.
No nos había dicho una sola palabra.
Ni una.
El Dúo Escarlata la había dejado a morir. Nosotros la habíamos salvado, y aún así estaba enojada con los dos.
Lo que ella no sabía era que habíamos sido misericordiosos con ellos.
Seguían vivos.
Empecé a dar patadas saltando sobre las puntas de mis pies. El saco se inclinó violentamente hacia un lado, girando. Lo pateé hacia la otra dirección. La necesidad de masacrar, matar, herir, era un impulso constante.
Pum-pum-pum.
Golpeé con todas mis fuerzas.
El saco se llenó de huellas de sangre cuando se me abrieron los nudillos.
Golpeé más rápido.
El sonido me llegaba extrañamente amortiguado sin mi oreja izquierda, pero no había mentido cuando dije que me daba gusto que la tuviera Alexis. Si ella hubiera quedado marcada permanentemente por los malditos titanes, Aquiles y Patro ya estarían muertos ahora mismo.
Pateé más fuerte, con la rodilla arruinada en llamas.
Era un maldito milagro de Cronos que Alexis no pudiera sentir mi dolor o el de Augusto. Afortunadamente, la puta conexión solo iba en una dirección. El estómago me hervía de vergüenza solo de pensar que Alexis pudiera saber cómo me sentía.
Si supiera lo débil era, cuánto me dolía la pierna a diario, sentiría repulsión.
Pensaría que no era lo suficientemente bueno para ser su esposo.
En este punto, haría cualquier cosa por una palabra suya. Me desnudaría y me arrastraría. Me apuñalaría yo solo el corazón.
Durante la noche, me he encontrado recorriendo delicadamente con la punta de los dedos sus mejillas, su nariz, sus cejas, desesperado por conectar con ella.
—¡Mierda! —grité mientras pateaba, y la cadena se rompió. El saco de box voló a través de la habitación y se estrelló contra la pared en una nube de tiza.
Caí de rodillas.
—¡Tienes que venir a nuestra habitación a ver esto! —gritó Augusto desde la portezuela de la entrada—. Ahora .
Me hormigueó el cuello cuando percibí en su voz un miedo poco característico, y me puse de pie, tambaleante.
Unos minutos después, estaba frente a la pantalla negra de una computadora, y Augusto tecleaba rápidamente.
—¿Qué se supone que estoy viendo? —pregunté, mientras me pasaba las manos ensangrentadas por la cara en un intento por quitarme el agotamiento.
Augusto no respondió, pero siguió apuñalando el teclado como si tuviera una vendetta personal contra él.
La pantalla parpadeó.
Era un video borroso con la marca de agua de un popular paparazzi de espartanos. Puse los ojos en blanco cuando vi en la pantalla una multitud de humanos ancianos.
—¿Ahora qué filmaron los estúpidos bastardos?
La cámara hacía un paneo del Coliseo Romano, donde dos titanes se erguían sobre el pasto frente a él, con las alas más grandes de lo que recordaba.
Se veían repugnantes.
La cámara se daba la vuelta, acercándose nuevamente a los humanos.
Los dos titanes se dirigían directamente hacia ellos.
Estaban muertos.
Resonaron unos disparos fuera de cámara, el camarógrafo ahogó un grito, y la imagen se sacudió: de la nada, Alexis se lanzó frente a los humanos con los brazos extendidos.
Me acerqué a la imagen.
Alexis alzó sus dos armas y disparó.
Su cabello volaba a sus espaldas y tenía el rostro decidido; mantuvo su posición como si no estuviera acechándola la muerte.
Las balas apenas alentaron a los titanes.
Esperaba que se transportara; esperaba que se salvara.
Como un rayo blanco, Fluffy II saltó sobre uno de los titanes y lo derribó al suelo. La criatura, que normalmente era dócil y parecía sufrir constantemente de problemas digestivos, era más cruel de lo que jamás habría podido imaginar.
Pero todavía quedaba un titán en pie.
—¿Por qué no se transporta?
Augusto frunció más el ceño.
—Ay, espérate, carajo.
No me gustó su tono.
Con las manos cerradas en puños, observé cómo el maldito monstruo alado se acercaba a mi esposa hasta que estuvo lo suficientemente cerca como para matarla.
Apreté los dientes.
—Dime que se transporta ahora mismo.
Augusto frunció el ceño y negó con la cabeza con la mirada fija en la pantalla.
—¿POR QUÉ no se está salvando? —pregunté, incapaz de mirar, pero también incapaz de apartar la vista.
Alexis se agachó y desenfundó dos de los cuchillos que le había dado.
Contuve la respiración.
—No… dime que no lo hace. —Daba por hecho que los titanes la habían herido porque la habían perseguido y emboscado antes de que pudiera escapar.
Ni en un millón de años me habría imaginado esto .
—Ajá —dijo Augusto.
Se me cayó la mandíbula cuando mi esposa, apenas entrenada, se transportaba hacia el titán alzando las dos dagas, para apuñalarlo a quemarropa.
La criatura aulló de dolor mientras se daba la vuelta, tratando de quitársela de encima.
Ella se aferró a él.
Me tapé la boca cuando el titán le enterró las garras en la espalda, hasta exponer los huesos. Esperaba que Alexis se soltara, que se desmayara, que colapsara.
Sin embargo, solo sacudió la cabeza y se agarró con más fuerzas. De alguna manera, con la espalda hecha trizas, se mantuvo firme y hundió más profundo los cuchillos en el titán, desgarrándole el vientre.
El titán colapsó y ella se montó sobre él.
Con los ojos de dos colores bien abiertos y sangre negra salpicada sobre el delicado puente de su nariz, Alexis apuñaló a la criatura sin piedad.
Era la cosa más poderosa y hermosa que hubiera visto en mi puta vida.
Sin ayuda, Alexis había incapacitado a un titán que era más poderoso que cualquier otro que hubiéramos visto. Estaba inerte debajo de ella. Alexis buscó sus esposas. «Lo está logrando».
La cámara apuntó hacia un lado.
El otro titán se estaba levantando.
«No».
Las manos de Alexis se resbalaron mientras luchaba desesperadamente con las esposas. No tenía tiempo y estaba gravemente herida.
—¡CORRE! —le grité a la pantalla.
El titán estaba encima de ella antes de que pudiera parpadear.
Alexis desapareció.
La cámara se inclinó hacia arriba. Alexis estaba ascendiendo por el aire entre las garras del titán, que volaba directamente hacia las nubes, más y más alto, hasta que se convirtió en un punto en el cielo.
Voces humanas gritaban de horror mientras la señalaban.
Crac.
Una mesa de concreto explotó cuando Alexis y el titán cayeron sobre ella.
La cámara le hizo un acercamiento a mi esposa, que se arrastraba en medio del humo y los escombros.
— ¿Qué chingados? —susurré.
—De alguna manera, se transportó desde el aire a un lugar controlado en el suelo —dijo Augusto, con admiración pura en la voz—. Mientras estaba gravemente herida… con un titán.
—Eso no debería ser posible.
—No me digas.
—Y es una distancia muy corta… ¿cómo lo hace?
—Yo… no tengo idea.
La Casa de Hades era conocida por su poder, pero esto era otro nivel. Los dos miramos conmocionados cómo nuestra esposa se levantaba tambaleándose y cubierta de sangre. Observaba a los patéticos humanos, como si le preocuparan más que ella misma.
Luego, se arrodilló sobre una mujer herida; la cámara estaba casi totalmente bloqueada por otras personas.
«¿Qué hace?».
—Salvadora —gritaron los humanos mientras lloraban y rezaban.
Ella se tambaleó para levantarse de nuevo. Sus rizos dorados estaban desordenados y parecían un halo.
«¿Qué putas hace?».
—Es un ángel —gritó alguien.
—Una heroína.
—Ella la salvó.
—El ángel de Roma —dijo otra voz.
La imagen tembló y se oyó un jadeo lacrimoso, como si el camarógrafo estuviera sollozando.
Los humanos oraban con fuerza. Por el sonido, parecía que le rezaban a ella .
Alexis dijo algo con voz débil, luego vomitó.
Todo se volvió borroso y la imagen osciló entre los dos titanes, que estaban poniéndose de pie.
Se enfocó de nuevo en Alexis. Su expresión era decidida, a pesar de que tenía heridas graves.
Augusto me miró, y las palabras no dichas, «la puta madre que la parió», quedaron entre nosotros.
Nuestra esposa era una bestia.
Me forcé a volver a mirar la pantalla.
Una vez más, Alexis se transportó del otro lado del campo, ¡crac! Después, se transportó otra vez . Siguió luchando, hasta mucho después de cuando debería haberse desmayado por la pérdida de sangre.
No aparté la mirada hasta que aparecimos en la pantalla.
No aparté la mirada mientras yo sollozaba sobre su cuerpo bajo la lluvia, me cortaba la oreja y la cosía a su cabeza.
Observé cómo Augusto cargaba a Alexis contra su pecho, arrastrando a los titanes detrás de él, mientras yo me colgaba de su brazo medio delirante, mirando a los humanos con desdén.
No recordaba que hubiera tanta gente.
La cámara se alejaba.
Había cientos de personas.
— Angelus Romae —sonaban con fuerza los vítores de jóvenes y ancianos.
Cuando la pantalla se puso negra, Augusto y yo nos quedamos viéndola en silencio durante largo tiempo, pues ninguno de los dos sabía qué decir.
—Está completamente loca —dije con voz ronca, cuando finalmente recuperé la capacidad de hablar—. Es…
—Perfecta —susurró Augusto con reverencia.
Convine con un asentimiento.
—El problema es que todos los humanos piensan lo mismo. —La voz de Augusto se endureció. Escribió algo en el teclado para cambiar la pantalla.
Apareció la página Estilo de Vida Espartano, la maldición de nuestra existencia. Sin embargo, en lugar de las habituales imágenes de Aquiles y Patro, la página estaba llena de fotos y videos de nuestra Alexis.
«La heroína que habíamos estado esperando », decía en letras grandes y negritas en la parte superior de la página.
Augusto hizo clic.
Apareció una imagen tras otra de Alexis en la pelea. También había dibujos. Pinturas. Pinturas sexuales de ella mientras caía del cielo con alas. Afortunadamente, eran completamente falsas y ni siquiera se parecían a ella, pero lo molesto era la idea.
No éramos los únicos obsesionados.
Todos la querían.
«Pues no pueden tenerla».
—Tenemos que ganarnos su confianza —dije—. Tenemos que hacer algo para mostrarle cómo nos sentimos. No va a aceptar joyas, ropa ni dinero. Algo se nos tiene que ocurrir…
—Ya lo tengo todo pensado. —Augusto se levantó y buscó en un cajón de su cómoda hasta que sacó una elegante caja negra.
La abrió y sonreí.
—Genial.
Augusto me devolvió la sonrisa; era la primera vez en semanas que hacía esa expresión.
—Vamos a recuperarla. —Su mirada se oscureció—. Tenemos que recuperarla…
«O no sobreviviremos», fue lo que quedó sin decirse.
O Alexis rompía la ley del hielo y nos hablaba, o moriríamos.
Solo era cuestión de tiempo.
Unos rayos mortecinos entraron por las ventanas y oímos palomas que arrullaban afuera; había pesadas nubes sobre las aguas agitadas del Lago de Como.
Había amanecido.
Era hora de entrenar.
Augusto suspiró con pesadez y se frotó la barba incipiente en la quijada. Las ojeras alrededor de sus ojos eran más oscuras que nunca. Estaba tan destruido como yo.
—Vamos —dijo.
—¿A dónde?
—A buscar a nuestra esposa.
Me tron é los nudillos. Ya era hora.