Capítulo 16 #2
Sin preámbulo, apuñalé su mente con mis poderes.
Me recibió una oscuridad total. Tenía defensas mentales, extremadamente fuertes.
Traté de derrumbarlas, buscando puntos débiles, pero estaban extraordinariamente fortificadas. Rugidos animalescos resonaban en mi cabeza cada vez que empujaba la roca sólida. Las únicas mentes que alguna vez había sentido que fueran algo similares habían sido…
Me retiré de su consciencia.
—Dispárale —ordené.
Caronte disparó, pero fue demasiado tarde.
Se elevó una nube de humo y no quedó nada más que espacio vacío donde el hombre había estado de pie.
Se había transportado.
—¿ Qué putas madres? —Caronte se volvió hacia mí—. ¿Ese quién era?
—No quién, sino qué .
Caronte entró al remolque y se puso a abrir cajones y derrumbar cosas mientras buscaba pistas.
—¿Era un olímpico?
—Era primordial, antiguo . —Sacudí la cabeza—. Creo que… creo que era parte criatura. Sus defensas eran animalescas, pero era fuerte. Extremadamente fuerte.
Nadie se había resistido por completo a mi ataque mental.
Las mentes eran quebrantables.
Siempre .
Caronte soltó unos papeles con frustración.
—¿Por qué un poderoso ser antiguo estaría viviendo aquí ?
—No lo sé.
—¡Mierda! —Caronte pateó la pared del remolque; su pie abolló el metal—. Esto no me gusta… no me gusta para nada.
—A mí tampoco —dije—. Necesitamos respuestas.
Caronte se enderezó la capa oscura, con determinación en el rostro.
—Bueno, pues vamos a conseguirlas.
Crac.
Los copos de nieve caían furiosamente en el aire helado y exhalé una nube de vaho; un edificio de concreto cubierto de blanco se alzaba ante nosotros rodeado por una alta cerca de alambre de púas.
La única prisión humana del Hemisferio Norte.
La nieve crujía bajo nuestras botas mientras caminábamos por el camino que llevaba a la entrada custodiada.
Los guardias humanos palidecieron cuando nos acercamos.
—Estamos aquí por un asunto oficial espartano —anuncié—. Buscamos a un prisionero.
Parpadearon mirándome.
—Mi nombre es Augusto. Soy el heredero de la Casa de Ares. Sugiero que me abran la puerta. Ahora.
La reja se levantó.
La capa de Caronte ondeaba detrás de él a su paso; la corona dentada de rubíes resplandecía en su cabeza.
Era hora de vengar a nuestra esposa.
A la mañana siguiente, subí con paso firme las escaleras que conducían fuera del calabozo de la villa; Caronte iba detrás de mí.
Ambos temblábamos de furia.
—El padrastro presumió que maltrataba a Alexis cuando era niña —dijo Caronte—. A la mierda, tenemos que matarlo.
Convine.
«Lastimó a la pequeña Alexis. Tiene que morir».
Los dos nos dimos vuelta y bajamos unos escalones antes de que recuperara la compostura.
—No —dije mientras jalaba a Caronte por la espalda, sacándolo de las oscuras escaleras hacia el pasillo más iluminado—.
Hicimos un acuerdo. —Lo empujé contra la pared—.
Tenemos que ganarnos la confianza de Alexis…
Se lo dejaremos a ella. Ella es la agraviada, ella tiene que decidir qué quiere hacer con su padre adoptivo.
—Lo va a perdonar o una mierda así —escupió Caronte.
Hirviendo de rabia, asentí.
—Debemos matarlo.
«MIERDA».
«No».
Impedí que los dos dejáramos el pasillo.
Mis impulsos protectores (esta implacable locura) me dificultaban el pensamiento. Me estaban desgarrando.
Caronte puso la mano en mi hombro.
—Yo… entiendo —dijo entre dientes—. Lo que dices.
Su apoyo me dio fuerza, me permitió pensar, concentrarme.
—Tenemos que mostrarle a Alexis que la respetamos —dije con voz ronca—. Y eso significa que respetamos sus deseos… cualesquiera que sean.
Caronte asintió con firmeza, luego su pecho se hundió como si lo hubieran golpeado. Jadeó mientras hiperventilaba.
—No puedo… necesito matar a alguien. Es demasiado. Es…
Lo abracé, manteniéndolo en pie.
—Respira —le instruí mientras inhalábamos al mismo tiempo.
Se relajó contra mí.
Ninguno de los dos se movió; fluía entre nosotros una comprensión silenciosa. Estábamos juntos en esto; seríamos mejores hombres para Alexis, o no seríamos nada.
Unos pasos sonaron del otro lado de la esquina.
—De ninguna manera —dijo la voz de Alexis.
—Ay, por favor —respondió Helena—. Solo ábrelo, probablemente sea un collar caro o algo bonito.
Todo el mundo sabe que Caronte ama los diamantes azules; dicen que la Casa de Artemisa tiene una bóveda entera llena .
Me dan celos. La Casa de Afrodita prefiere las perlas, qué aburrido . Mi vida no es justa.
—Solo tienes que abrirlo y ver —dijo Drex.
Caronte se puso rígido en mis brazos, y lo solté.
«Alexis y Helena van a desayunar».
Iban a pasar junto a nosotros en el pasillo.
Me enderecé y me limpié apresuradamente los nudillos ensangrentados en los pantalones negros.
Caronte se acomodó la camisa arrugada. Se pasó las manos por el cabello, tratando desesperadamente de aplanarlo, pero por alguna razón se veía más desordenado después de que lo tocó, con mechones saliendo en todas direcciones.
Luego, relajó los hombros y sonrió, como si estuviera practicando cómo verse amable; tenía los dientes cubiertos de sangre.
Se los señalé, y él se los limpió con el dedo.
—¿Qué estás haciendo? —susurré. Caronte había adoptado una pose dramática, apoyado contra la pared, con una rodilla doblada y los brazos cruzados.
—Actúa casual —me dijo sin mover los labios.
Puse la mano en la pared y me incliné hacia él como si estuviéramos conversando.
Alexis, Helena, Drex y Charlie se detuvieron en cuanto dieron vuelta en la esquina. Un pequeño caballo (¿Fluffy II?) y dos perros infernales se detuvieron a su lado.
Nos miraron.
Helena se quedó inmóvil a medio movimiento; le tendía una caja negra a Alexis. Era el regalo que le habíamos dejado afuera de su puerta. El regalo en el que había estado trabajando durante meses. Lo había encargado el día después de nuestro matrimonio, luego de que Alexis se transportó.
El silencio incómodo se extendió mientras el grupo avanzaba con cautela por el pasillo, directamente hacia nosotros.
«Aquí no hay nada que ver. Solo dos hombres pasando el rato junto a la entrada del calabozo».
Alexis tenía manchas moradas bajo los ojos.
«¿Estará durmiendo?».
Resistí el impulso de suplicarle que me dirigiera la palabra.
Se cruzó de brazos sobre el estómago y apartó la mirada de nosotros a propósito mientras se acercaba.
Sentí como si me hubiera abofeteado en la cara.
—Entonces, eh, —empezó Caronte—. Augusto, ¿qué tal… dormiste?
—¿Qué?
—¿Qué tal dormiste? —repitió Caronte.
Lo miré con incredulidad.
Él s abía que habíamos estado afuera toda la noche matando y torturando personas por nuestra esposa.
Caronte entornó los ojos e inclinó la cabeza en dirección a Alexis.
—Increíble —respondí muy serio cuando entendí lo que quería hacer Caronte—. Siento que descansé profundamente .
Caronte estiró los brazos sobre su cabeza imitando a alguien al despertar.
—Yo igual; creo que dormí diez horas seguidas anoche.
«Qué buenos somos».
Helena hizo un sonido mientras se acercaba y miró sin disimulo la cicatriz de Caronte, donde solía estar su oreja. Las putas Crónicas del halcón no habían dejado de escribir artículos sobre lo que Caronte había hecho.
Los titulares lo llamaban «el sacrificio más romántico del siglo».
Deberían dedicarse a descubrir por qué estaban mutando los malditos titanes, y no a glamorizar el sufrimiento de mi esposa.
Con el corazón latiéndome con una fuerza dolorosa, me volví hacia Alexis, abriendo la boca para preguntarle…
Cerré la mandíbula de golpe.
Poco estaba sentado sobre la espalda de Fluffy II, sosteniendo sus orejas como si fueran riendas, y su pelaje gris se veía más desaliñado de lo habitual.
«¿Alguien se encarga de rociarle agua? Claramente necesita un corte. ¿Qué le están haciendo?».
—¿Alguien cepilla a Poco? —pregunté—. Necesita cuatro cepilladas al día.
Helena se rio.
—Sí, lo cepillamos constantemente. Su pelaje se ve esponjoso porque no deja de pelearse con Fluffy II.
Como el animal de protección de mi esposa estaba al límite de la obesidad, su comentario no me hizo sentir mejor.
Poco lanzó un aullido agudo, como si estuviera de acuerdo con ella.
Lo miré con desdén.
—No te atrevas a usar ese tono conmigo, jovencito.
Poco cruzó los brazos grises y alzó su nariz al aire, mirando al techo.
Me incliné y me acerqué a su carita.
—No hay premios de pescado para ti.
Abrió de par en par sus ojos negros y sacudió la cabeza como si no me creyera.
—Ya tiré la bolsa.
Poco echó la cabeza hacia atrás y chilló como si se estuviera muriendo.
En realidad, había pagado una suma de siete cifras para que me enviaran una caja de premios desde el otro lado del mundo porque las cadenas de suministro global ya no existían; ahora tenía que recurrir al soborno para recuperarlo.
—Sí —le dije—. Eso es lo que les pasa a los mapaches malos que no toman su siesta de la tarde.
Poco gimió con tristeza, pensando todavía en los premios.
Alguien se rio.
Me tomó un momento darme cuenta de que todos habían dejado de moverse y me observaban.
Me sonrojé de vergüenza y me enderecé.
—Abre la caja —dijo Caronte mientras le arrebataba velozmente mi regalo a Helena y se lo ofrecía a Alexis.
Ella lo miró fijamente, pero no se movió.
—Por favor —le dije.
Cada vez era mayor la necesidad de arrodillarme a sus pies y suplicarle perdón. Me temblaban las piernas.
Lo haría.
Haría cualquier cosa con tal de que me mirara sin esa expresión adolorida y cautelosa.
—Por favor —repetí—. Te prometo que no es joyería.
Alexis extendió la mano y abrió la caja con cautela. Se asomó por un costado.
Helena frunció el ceño.
—¡Qué asco! ¿Qué… qué es eso? Ninguna mujer quiere…
—¿Es para mí? —Alexis separó los labios de asombro mientras miraba el objeto negro.
—También funciona como grabadora —dije, desesperado por mantener la sonrisa de su rostro mientras señalaba un botón lateral.
—La mandé hacer expresamente, para que, si no tienes lápiz ni papel, puedas grabar tus descubrimientos y reproducirlos.
Y tiene un puerto para conectarla a una computadora y transferir tus hallazgos.
—Gracias, Augusto —me sonrió.
Caronte hinchó el pecho.
—Yo diseñé el soporte de metal, es de titanio a prueba de balas.
Alexis lo miró como si no supiera si estaba bromeando, luego sacudió la cabeza y nos sonrió, radiante.
Su sonrisa era tan impresionante como el sol en un día nublado. El martilleo de mi cabeza disminuyó.
Tuve que pagarles una pequeña fortuna a nuestros fabricantes de armas para crear una desde cero, porque tuvieron que consultar con un laboratorio olímpico, pero había valido la pena por la alegría que expresaba su rostro.
—Por el reino de Cronos, ¿alguien puede decirme qué es esa cosa tan fea? —preguntó Helena con un bufido.
—Es una calculadora gráfica —dijo Alexis con reverencia, mientras recorría con los dedos su nombre grabado en oro en la parte posterior.
—Guau —dijo Drex mientras Alexis la levantaba para que la viera—. No sabía que todavía las hacían.
«Ya no las hacen».
Alexis le sonrió a Drex, y yo me aclaré la garganta, reprimiendo el impulso de matarlo violentamente.
—Gracias de nuevo. —Me miró a través de sus largas pestañas. Un rizo solitario colgaba contra la delicada columna de su cuello.
—Haría cualquier cosa por ti —dije, sintiéndome débil.
Alexis volvió a mirar la calculadora y reanudó su camino hacia el comedor, seguida por Charlie y Drex.
Helena se acercó a nosotros al pasar.
—Están actuando de un modo patético —susurró—. Me están avergonzando.
Asentí torpemente, demasiado ocupado tratando de recordar cómo respirar.
Segundos después, estábamos una vez más a solas en el pasillo.
Caronte retorció la cara, y su expresión se volvió cruel.
—Acabo de recordar algo… estaba esperando para decirte lo que vi cuando estábamos en el campamento de remolques.
—¿Qué?
—Aquiles y Patro… quieren quitárnosla.
—¿De qué putas estás hablando?
—De Alexis —dijo Caronte—. Vamos. —Se dio la vuelta y avanzó por el pasillo.
Fruncí el ceño y lo seguí.
Que nadie se metiera con nuestra esposa.