Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 16
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Capítulo 16

EL HEREDERO MAYOR

A UGUSTO: ESA MISMA NOCHE

La noche se veía oscura y siniestra por la ventana de nuestro cuarto.

Las emociones me ahogaban y me punzaba el cráneo.

«Tanta puta rabia».

La locura crecía con cada segundo que Alexis se negaba a hablarme.

Hirviendo dentro de mi pecho, aumentaba la urgencia de masacrar, destruir, mutilar . No podía hacer nada para apagar el fuego, y se me estaba complicando mucho fingir que era un hombre razonable.

Caronte entró a la habitación.

Tenía las pupilas dilatadas y los ojos llenos de furia porque esta noche no iba a poder observar a Alexis dormir.

Los dos fingíamos que no tenía un problema.

—¿Estás listo? —me preguntó Caronte mientras me miraba las manos—. ¿El plan sigue en pie?

Dejé caer al suelo al médico olímpico, jadeante.

En su bata blanca estaba bordado el búho púrpura de la Casa de Atenea; tenía el cabello oscuro enredado alrededor del rostro macilento; sus ojos verdes miraban alrededor con desesperación.

Las marcas de mis dedos eran evidentes alrededor de su pálido cuello.

—Última oportunidad —le dije con calma, mientras apretaba los nudillos—. ¿Qué has oído sobre por qué los titanes están mutando? ¿Qué saben los olímpicos?

El doctor negó con la cabeza.

—Ya se lo dije. Nada . Nadie sabe por qué…

Activé mis poderes.

Su cabeza cayó hacia atrás, con los ojos explotados de sangre, y sus extremidades se extendieron en cruz mientras se desplomaba, inconsciente.

Caronte alzó una ceja.

Sonreí.

Por primera vez en semanas, el dolor de cabeza disminuyó, y se apoderó de mí una sensación de paz.

—No importa. —Caronte pasó por encima del olímpico—. Vamos.

Me ofreció su brazo tatuado y lo agarré.

— Domus .

Tomó un segundo para que mis ojos se ajustaran al brillo de la nueva luz.

El sol se acostaba en el horizonte, en franjas de un tono rosa vibrante. Los pájaros volaban en el cielo, y se oía fuerte el ruido de los insectos. El aire era fresco y olía a tierra húmeda.

Ubicación: campamento de remolques, Montana dejado de la mano de Dios .

Me troné el cuello con expectación. El lugar era un recordatorio: Alexis nos había ocultado que era parcialmente sorda. Alguien iba a pagar por eso.

El dolor de cabeza comenzó de nuevo, peor que antes.

Era hora de obtener respuestas, y el sitio donde creció Alexis era el lugar perfecto para empezar.

Me limpié la humedad de la cara, y mis dedos se cubrieron de escarlata.

«Durante todo este tiempo, Alexis no podía oír por un oído. Todo el maldito crisol, le gritábamos mientras ella…».

Tenía que dejar de pensar en eso.

Me esforcé por respirar, por calmarme, por contener la locura, y traté de concentrarme en nuestra misión.

«El cabello dorado soplando al viento mientras alzaba una pistola y un cuchillo, mirando a los titanes con determinación».

Alexis no era débil. No necesitaba mi lástima.

Caronte tenía una pistola. Clic. Introdujo un cartucho y quitó el seguro.

—¿Qué estás haciendo? —le dije con brusquedad.

Ignorándome, Caronte avanzó pisando con fuerza por el camino de grava que llevaba a la fila de remolques en ruinas, con la pistola en alto y la capa negra arrastrándose detrás de él.

Lo seguí.

Suspiré y extendí la mano para ofrec érsela a…

«Poco ya no está contigo».

Se me apretó el corazón.

Caronte golpeó la puerta de un remolque, burlándose del letrero pintado a mano que decía: «Propiedad privada, traficantes de órganos, cuidado».

—Abre la puerta —gritó Caronte—. O la patearé.

Diversas hojas de metal, unidas para crear la parte frontal del remolque, se agitaron como si fueran a desmoronarse.

La puerta se abrió de golpe.

Un hombre corpulento de mediana edad levantaba una barra de metal.

—Te voy a dar una paliza, maldito…

Caronte sonrió, mostrando los dientes.

—¿E-E-Espartanos? —susurró el hombre con horror y dejó caer la barra mientras retrocedía tambaleándose.

Como éramos más altos que el marco de la puerta descascarada, tuvimos que agachar la cabeza para mantenerlo a la vista.

«¿Los humanos siempre han sido tan enclenques?».

Saqué las fotos de Alexis y Charlie que había tomado a escondidas durante la cena la semana anterior.

—¿Qué puedes decirme sobre esta chica y este chico?

El hombre se puso pálido y sacudió la cabeza, mirando a su alrededor.

—No lo-los conozco.

—Estás mintiendo. —Caronte le apuntó la pistola a la cabeza.

Mientras gemía, la boca del hombre se abría y se cerraba con un silbido.

Apareció una mujer.

Tenía el cabello canoso y la ropa llena de agujeros; se aclaró la garganta y señaló la foto que sostenía. Su brazo estaba cubierto de moretones recientes.

—Alexis y Charlie —susurró—. Esos mocosos vivían detrás de la línea de árboles… Buenos chicos. Todos en el pueblo los conocían… en especial a Alexis… Era una niña prodigio. Oímos que era espartana. —Su voz se llenó de asombro—. ¿Es verdad?

Caronte movió la mandíbula hacia adelante y atrás.

—¿ Por qué … nadie le ayudó? —preguntó.

El hombre se volvió hacia la mujer.

—Cállate, Katie. No digas otra maldita palabra o te…

Pum.

Cayó al suelo con un sonido húmedo.

Hice una mueca porque mi intención solo era noquearlo; lo empujé con la bota.

Le goteó líquido cerebral de los oídos.

«No es mi mejor trabajo».

Katie ahogó un grito y levantó los brazos amoratados frente a su cara para protegerse, mientras al hombre le salían pedazos de cerebro por la nariz.

Una nueva rabia me llenó el pecho, y deseé poder matarlo por segunda vez.

—¿Es en serio? —Caronte me miró.

Me enfoqué en Katie.

—Señora, ahora está a salvo. Este hombre ya no puede hacerle daño.

Lentamente, la mujer bajó los brazos y me miró con los ojos muy abiertos por la incredulidad.

—¿Por qué … por qué me ayudarían? —Parecía confundida.

La confesión de Alexis sobre su oído resonó en el fondo de mi mente.

—Los hombres que maltratan a las mujeres no merecen vivir.

Katie hizo un ruido ahogado.

Miré alrededor del remolque decrépito y me palmeé los bolsillos vacíos con creciente frustración.

—Volveré con un poco de pasta curativa y dinero para que pueda…

—Tome. —Caronte sacó una pistola espartana de su funda—. Seguro podrá empeñarla a cambio de dinero. ¿No? Además, puede usarla para protegerse si alguien más intenta hacerle daño.

Katie parpadeó incrédula mientras Caronte le ponía la pistola en la mano.

Caronte la sacudió.

—Tenga cuidado, no se vaya a disparar.

Katie dio un salto.

Le di a Caronte un manazo en la nuca.

—Lo siento, señora, no sale mucho.

—Era una broma —murmuró Caronte; sin embargo, retrocedió y le dio espacio a la mujer para que sostuviera su nueva arma.

—¿Sabe algo más? —le pregunté, dejando que mi desesperación se reflejara en mi rostro.

Negó con la cabeza, y miró la pistola con asombro.

Sentí un sabor a bilis.

Su rostro se transformó en el de Alexis, luego en el de Helena, y luego volvió a ser el de Alexis.

Me fui lo más rápido que pude; necesitaba salir del remolque. Caronte me siguió sin decir una palabra.

—¡Esperen! —Katie gritó desde la puerta.

Nos detuvimos.

No podía mirarla.

—Los mocosos… no podíamos ayudarles, porque había un rumor de que… —Bajó la voz—. Alguien amenazó con convertir en comida de grizzli a cualquier persona que les ayudara; eso es todo lo que sé. Lo juro por Dios .

—Gracias —dijo Caronte con calma, aunque sus ojos destellaban de ira.

Katie desapareció dentro de su remolque.

Los dos fruncimos el ceño.

Emociones oscuras surgieron entre nosotros; matar no era suficiente, teníamos que abrazar a Alexis mientras nos contaba cada una de las cosas malas que le habían hecho, y luego vengarlo todo.

—Cuando dijo «grizzli» —empezó Caronte—, ¿se referiría al arma semiautomática antigua que estaba investigando para nuestros prototipos de trajes y…?

—Es un tipo de oso —dije.

Caronte hizo una mueca.

Una hora, y cuatro hombres muertos, después, sabíamos que Alexis y Charlie alguna vez habían vivido en un remolque con supuestos padres, pero el padre había sido arrestado por matar a la madre, y habían quedado huérfanos sin hogar.

Además, que el campamento de remolques tenía un problema con hombres que maltrataban a las mujeres.

Los únicos hombres que no parecían violentos eran un grupo de ancianos que vivían en los límites, y un joven llamado Paul que no dejaba de hablar de pájaros y… ¿ drones del gobierno ? No estaba bien de la cabeza.

—No puedo creer que alguien los amenazara para que dejaran que los niños vivieran en el maldito bosque , y nadie hizo nada. —Caronte pateó una piedra, que se hizo añicos contra un árbol lejano—. ¿Por qué putas alguien haría eso? ¿Crees que haya sido su padre adoptivo?

Apreté los dientes.

—Las cicatrices en las muñecas de Alexis y su oreja.

—Son heridas antiguas. —Caronte se quedó quieto—. Han de haberle pasado de niña porque todavía no iniciaba el proceso de curación espartana en su cuerpo… Necesitamos visitar la prisión.

Asentí.

—Una mujer dijo algo sobre un hombre tatuado que les ayudaba, vamos a averiguarlo.

El último remolque, al borde del bosque, estaba en mejores condiciones que el resto.

A medida que nos acercábamos, el rostro de Caronte se fue poniendo pálido, y los blancos de sus ojos se llenaron de sangre mientras activaba sus poderes ctónicos. Dejó de caminar.

—¿Qué te pasa? —le pregunté.

No respondió.

Los segundos se convirtieron en minutos mientras esperaba que Caronte hiciera o dijera algo.

Justo cuando estaba convencido de que necesitaba ayuda médica, la sangre retrocedió y su expresión pasmada desapareció.

Estaba lívido.

—Tenemos un problema —dijo con voz oscura.

Señalé el último remolque que necesitábamos investigar.

—Guárdalo para después; tenemos que terminar lo que empezamos.

Me pareció que Caronte iba a discutir, pero finalmente asintió y avanzó con paso firme.

—¡Abran o disparamos ! —Caronte pateó la puerta de entrada.

La puerta se abrió de inmediato.

—¿En qué puedo ayudarles, caballeros?

El hombre que abrió tenía aproximadamente nuestra edad, era un poco más bajo y su cara estaba cubierta de símbolos satánicos.

Sonreía amablemente.