Capítulo 15
LAS MANOS DE SATANÁS
A LEXIS: TRES DÍAS DESPUÉS
(COMA POSTERIOR A LA CURACIÓN)
—Te observo. —Sentí el aliento de Satanás susurrando tentadoramente contra mi oído—. Todas… las… noches.
El mundo del sueño se desvanecía en la realidad, pero mantuve los ojos cerrados.
—Eso… no es saludable —susurré. Me acurruqué más profundamente en la comodidad de la cama caliente.
Unos dedos se enredaron en los rizos de la base de mi cráneo y jalaron mi cabeza hacia atrás.
—A la mierda lo saludable —dijo la voz ronca; sus labios presionados contra mi mandíbula—. Fantaseo con arruinarte de una manera tan total que olvides tu propio nombre.
Me revolotearon mariposas en el estómago.
—Quiero encadenarte a mí. Quiero castigarte por volverme loco. Quiero mostrarte cuánto significas para mí… en cuerpo y alma. ¿Sabes cómo se siente?
«Sí».
Una mano me jaló la cabeza hacia atrás mientras que la otra se envolvió alrededor de mi cadera, inmovilizándome.
Sentí la vibración de un gemido masculino, desesperado y necesitado: el sonido torturado de un hombre hambriento.
Se me erizó la piel, y el calor se acumuló entre mis piernas.
—Vas a obedecerme —ordenó Satanás mientras me besaba la mandíbula.
—No —susurré, con los ojos todavía cerrados.
La mano en mi cabello jaló con más fuerza.
— Vas a obedecer. —La boca cálida bajó hacia mi cuello.
Me estremecí de deleite.
—No —jadeé.
Satanás succionó mi garganta, lo suficientemente fuerte como para dejar marcas.
Me sonrojé. La fiebre se estaba extendiendo.
Me apretó con más fuerza, respirando con dificultad, como si estuviera perdiendo el control, y me llenó la nariz el olor de una tormenta.
Otra voz masculina, suave y sedosa, sonó al otro lado de la habitación.
—Eso le gusta. No pares.
El calor me invadió el estómago.
Satanás levantó la cadera y presionó su calor rígido contra mí.
Me besó el cuello con fuerza, succionando mi carne entre sus dientes; luego acarició la piel maltratada con besos delicados, como si se disculpara.
Apreté las sábanas y arqueé la espalda de placer.
«Estás en grave peligro».
Sentí una gota de calor pegajoso cuando la aterciopelada erección se pegó contra mi muslo superior.
—Mía —susurró con voz ronca mientras me besaba la clavícula.
La fiebre se avivó cuando recorrió mi estómago con las uñas, mi carne ardía a su paso.
—Despierta, carissima —me ordenó Satanás con rudeza mientras succionaba mi pezón con la boca. Me moví; tenía vendas alrededor de todo el torso, en todas partes menos en los senos.
Sentí un dolor punzante en la espalda, pero lo ignoré cuando el calor se dirigió al centro de mi cuerpo. Miré a través de mis pestañas.
La tenue luz de las velas resaltaba los rasgos sorprendentemente refinados de Caronte mientras flotaba sobre mí, con los ojos glaciales en las sombras; la tinta de su garganta ondulaba cuando tragaba saliva.
Movió la cadera; su erección me presionó, dejando su marca en mí.
Gemí.
—Hola, princesa. —Caronte enredó la mano más profundamente en mis rizos y jaló mi cabeza hacia atrás.
—Hola. —Enredé los dedos en su cabello, corto y sedoso—. Carente .
Se detuvo; las venas azules contrastaban con su piel pálida.
Los dedos tatuados como esqueleto me agarraron de la barbilla: Caronte estrelló sus labios contra los míos y hundió su lengua profundamente en mi boca.
Me besaba como si me estuviera castigando. «¿Tendrá una fijación oral?».
Lo jalé del cabello y arqueé la espalda por fuera de la cama, gimiendo cuando mis pezones se arrastraron sobre las cicatrices de su pecho.
Sentí una punzada en la espalda con el movimiento; la herida casi curada se estiró.
Ignoré el dolor.
Caronte gimió; sus manos callosas se deslizaron de mi cara a mi cuello y luego danzaron por mi pecho.
Su tacto era reverente.
El rubor se extendió hacia abajo, mi carne más tierna pulsó.
Toc ó mi pecho, lo cubrió todo con su mano mientras jugueteaba con mi pezón con el pulgar. Gemí, arrastrando las uñas contra su cuero cabelludo, y giré para que nuestros cuerpos estuvieran juntos: la aterciopelada erección se acomodó entre mis piernas, tensa contra mi carne goteante.
—Haz eso de nuevo —ordenó Augusto del otro lado de la habitación—. Le gusta.
Caronte obedeció. Eché la cabeza hacia atrás con un gemido.
—Eres mía. —juró Caronte, moviendo la cadera.
—Buena chica —me felicitó Augusto—. Eres tan receptiva.
La humedad se acumuló entre mis muslos.
—Alexis… —dijo Caronte con voz oscura y rasposa.
—¿Sí? —pregunté, lamiéndome los labios agrietados, con la voz todavía ronca de gritar. Le jalé el sedoso cabello.
Vinieron al borde de mi subconsciente recuerdos de titanes gritando, de garras rasgando la carne y personas sollozando, y besé sus labios sorprendentemente suaves para ahuyentar esas imágenes con placer.
Nuestras lenguas se entrelazaron.
Sus poderosos muslos se tensaron bajo mi cuerpo cuando extendió las piernas.
—Me vas a aceptar —me ordenó Caronte.
Recogí los dedos de los pies por el registro profundo de su voz áspera.
—Te voy a coger tan duro que lo vas a anhelar el resto de tu vida.
—Ajá —dije contra su boca, deslizando mis manos sobre su pecho. Más abajo . Cada fibra de sus músculos abdominales se contraían con mi contacto.
Miré a través de mis pestañas.
La suave luz de las velas danzaba en sus ardientes ojos azules, la piel pálida y el cabello negro desordenado. Caronte me miraba con hambre, enterrando los dedos más profundamente en mis rizos.
Su pene estaba completamente presionado contra la longitud de mi entrepierna, y si uno de los dos se movía, estaría dentro de mí.
Me corría sudor por el pecho.
—¿Qué vas a hacer… Carente ? —lo provoqué, la lujuria me daba audacia.
Sus ojos destellaron.
—Tú no eres la que manda aquí, princesa.
Junté los muslos.
Los dos gemimos cuando su erección aterciopelada se deslizó más abajo, más cerca de mi entrada.
Sonreí con arrogancia.
Caronte apretó la mandíbula y tensó la cadera; su pene se deslizó lentamente por mis cálidos pliegues.
Sentí un revoloteo de espasmo y me mordí el labio inferior, sonrojándome.
Puso una cara desafiante.
Volví a apretar los muslos, y los rasgos de Caronte se afilaron; empezó a acumular sangre en las partes blancas de sus ojos cuando activó sus poderes.
Sus emociones entraron en mí de golpe: «quiero cogérmela durante horas, consumirla, atarla a la cama, destruirla, necesito estar dentro de ella».
El placer masculino se sumó al mío y estallaron sensaciones a través de mi piel, mientras que cada vello de mi cuerpo se erizaba. El sudor se fue acumulando y la fiebre se convirtió en un infierno.
Augusto emitió un sonido ronco; sus ojos estaban oscuros de lujuria mientras nos observaba desde el extremo de la cama.
—¿Sientes lo dura que tiene la verga por ti? —Su voz sedosa tenía un tono penetrante.
Caronte jadeó y apretó la mandíbula como si le costara todo su autocontrol no embestir dentro de mí.
—Alexis, respóndeme —me ordenó Augusto.
—Sí —susurré; me danzaban chispas en los ojos mientras recorría con mis dedos el pecho lleno de cicatrices de Caronte.
—Buena chica —dijo Augusto—. Tan obediente. Tan perfecta para nosotros.
Su elogio me inundó por completo, la cabeza me dio vueltas, todo se volvió borroso.
Caronte arrastró su punta redonda sobre mis pliegues.
Los dos ahogamos un grito.
—Estimula su clítoris —exigió Augusto.
Caronte metió una mano entre nuestros cuerpos, se agarró la base del pene y lo restregó de un lado a otro sobre el sensible conjunto de nervios.
Cerré los ojos y eché la cabeza hacia atrás, hundiendo las uñas en su carne, mientras el placer aumentaba en olas ardientes. Me apreté alrededor del vacío, desesperada por tener más.
—Mírame —dijo Caronte con dureza—. Mírame a los ojos mientras tu vagina hermosa gotea sobre mi verga.
Empujó la punta hacia abajo y se detuvo frente a mi entrada.
Dejé de respirar.
—No —dijo Augusto mientras daba la vuelta alrededor de la cama para detenerse a mi lado—. Ambos estuvieron tres días en coma de sanación. Está demasiado herida para eso. No lo hagan ahora mismo.
«¿No podría haber dicho algo antes?».
Caronte gimió y se le retorció el rostro, pero apartó su cadera.
Apenas contuve las ganas de detenerlo.
Augusto se inclinó hacia mí, con los ojos entornados. Hizo una pistola con el pulgar y dos dedos y la puso entre mis muslos.
Hizo movimientos circulares con el pulgar alrededor de mi clítoris mientras deslizaba sus dos dedos dentro de mí, estirándome mientras me penetraba.
Caronte se acercó y me besó en los labios.
—¿Te gusta? —susurró contra mi boca mientras Augusto empujaba los dedos dentro de mí con más velocidad.
Asentí y vi estrellas cuando Augusto dobló las puntas de los dedos justo lo suficiente para frotar un punto sensible en lo profundo de mi cuerpo.
—Vente enfrente de nosotros —me ordenó Caronte mientras me besaba—. Ahora.
Augusto presionó mi clítoris, y arqueé mi espalda: espasmos como olas rompiendo en la playa me recorrieron todo el cuerpo cuando me vine en sus dedos.
Augusto me sostuvo la mirada, moviendo los dedos dentro de mí para prolongar las oleadas de éxtasis.
Lentamente, Augusto sacó la mano de mí y luego levantó los dedos brillantes; Caronte se inclinó hacia adelante y se los lamió.
Me estremecí mientras ambos me miraban con ojos hambrientos y codiciosos.
Los estremecimientos disminuyeron a medida que el resplandor del orgasmo se desvanecía.
Caronte se levantó de la cama con una sonrisa perezosa, sin preocuparse por su desnudez. Las cicatrices se estiraban sobre los músculos marcados; la manga de esqueleto era contrastante con su piel pálida.
Mi mirada viajó más abajo.
Inhalé rápidamente.
«No hay forma de que eso quepa dentro de mí».
La punta rosada de su pene goteante chocaba con la V de su cinturón de Adonis.
Caronte movió la cabeza rápidamente y se quejó de dolor.
Intentó ocultarlo, pero fue demasiado tarde, y el miedo reemplazó el calor de la excitación.
La tenue luz de las velas iluminaba las vendas blancas que le cubrían el costado de la cabeza.
Unas manchas oscuras danzaban en mi vista, y no pude respirar; sentí una nueva presión aplastante en el pecho, que me mantuvo pegada a la cama.
Llegaron los recuerdos: «Caronte se arrodilló sobre mí bajo la lluvia torrencial, sus ojos destellaban de una furia incandescente. Levantó una daga junto a su mejilla, me sostuvo la mirada, y… cortó».
—Tú… —señalé con un dedo tembloroso el lado de su cabeza.
Caronte sonrió con despreocupación.
—Sí, te di mi oreja. No es para tanto.
Mi mandíbula chasqueó al abrirse y cerrarse.
—Mi o-oreja izquierda —susurré con horror.
La vista se me puso negra.
Caronte había cosido su oreja en el lado de mi cabeza que tenía daño interno irreversible . El lado que era sordo.
—¿Qué hiciste?
Me cubrí la cara y estallé en llanto.
—De veras que no es para tanto. —Había confusión en la voz de Caronte—.
Tú necesitabas una oreja, y yo tenía una.
Es una antigua tradición espartana, y me gusta…
—Se aclaró la garganta—. Me gusta que haya podido darte un pedazo de mí mismo.
Es una disculpa por la trampa que te pusimos para que te casaras con nosotros, acta non verba .
Lloré más fuerte.
«Hechos, no palabras».
—Respira profundo. Estás bien —siseó Nyx desde el lugar donde Fluffy II estaba acostado en el suelo. Se deslizó sobre la cama y envolvió mi cintura con sus escamas invisibles—. No te sientas culpable; no es tu culpa que él sea idiota.
Se me rompió el corazón de remordimiento, porque debí haberlo detenido. Debí decirle algo.
Caronte no lo habría hecho si hubiera sabido que estaba parcialmente sorda. Nadie en su sano juicio lo habría hecho.
—Por favor… no llores. —Caronte se subió a la cama y se arrodilló a mi lado, con el rostro retorcido de pánico.
Augusto apartó suavemente los rizos de mi frente.
Me soné la nariz mientras respiraba aire por la boca y reunía valor para hablar.
Luego de una respiración profunda, miré a Caronte directamente a los ojos.
—Mi oído izquierdo era…
—¿Tu oído izquierdo era… qué? —Frunció el ceño.
Augusto seguía acariciando suavemente mi cabello, apartándomelo de la cara.
Cerré los ojos.
—Soy parcialmente sorda —dije rápidamente, arrancando la venda de un tirón—. Tu sacrificio fue inútil porque de todos modos no puedo oír con este oído.
La mano de Augusto se detuvo en mi coronilla.
Hubo un silencio de muerte.
Abrí los ojos temerosamente.
El rostro de Caronte estaba envuelto en sombras, pero le palpitaba una vena en la frente, y Augusto estaba inmóvil, como una estatua de bronce de líneas duras.
El silencio sofocante se prolongó.
—¿Cómo? —preguntó Augusto con una calma mortal.
Me encogí de hombros, desesperada por romper la tensión.
—Fue solo un daño físico, en realidad no fue la gran…
—¿Quién? —me interrumpió Augusto—. ¿Quién fue?
—Ese no-no es el punto. —Respiré profundamente de nuevo para calmarme y me concentré en Caronte—. No debiste darme tu oreja. Fue un desperdicio.
Caronte cerró los ojos, las oscuras pestañas se acercaron a sus pómulos afilados; Augusto cerró los dedos y raspó mi cuero cabelludo con las uñas.
—¿Quién… te hizo esto? —preguntó Caronte—. Quiero un nombre.
—Me expresé mal… me caí… y me lastimé yo sola.
Augusto apretó la mandíbula.
Caronte sonrió con una expresión de odio.
—Eres una mierda para mentir.
—No estoy mintiendo.
Los dos me miraron con furia.
Puse los ojos en blanco.
Su furia aumentó y no pude contener una risa inapropiada y húmeda.
— ¿Qué te parece gracioso? —preguntó Caronte con confusión.
«Ay».
De la nada, supe cuál era la verdad.
—Ya no les tengo miedo.
Augusto hizo una mueca.
—Mi carus , Esparta es un lugar violento, y nosotros no … somos buenos hombres. No sabes de lo que somos capaces.
«Sí sé».
La cara de Caronte se retorció de lástima.
Dejé de reírme y me sentí llena de indignación.
—Quizás —dije—, son ustedes los que no saben de lo que yo soy capaz.