Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 14 #2
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Capítulo 14 #2

Alexis gimió aletargada, esta vez de placer. Sus escalofríos se detuvieron y sentí que podía respirar de nuevo.

—Eres tan perfecta —susurré.

Mis creencias se desmoronaban a mi alrededor y no sabía qué pensar.

Las mujeres no deberían tener que participar en la guerra. Era fundamentalmente incorrecto, pero no se me escapaba que Alexis casi había aniquilado a dos titanes alados ella sola.

De ninguna forma podía comprender cómo una mujer tan delicada podía ser al mismo tiempo tan poderosa.

Me costaba trabajo ordenar mis pensamientos.

Mejor, me dediqué a frotar el cuero cabelludo de Alexis durante un largo rato, como si la ternura pudiera reemplazar la última hora de su vida, y los recuerdos que seguramente la atormentarían.

Inclinó la cabeza a la derecha, y dejé de tallar mientras me miraba a través de sus largas pestañas.

—Gracias… —susurró, con la voz ronca tanto gritar.

Sonreí suavemente.

—No es nada… yo siempre estaré ahí para cuidarte.

Suspiró en respuesta a mis palabras, cerrando los ojos, y apoyó la cabeza en mí una vez más, confiando en que la cuidaría.

Tenía la espalda destrozada en una herida abierta.

Y me estaba agradeciendo.

La sonrisa se desvaneció de mi rostro. Con los ojos borrosos, enjuagué su cabello suavemente, mordiéndome el labio inferior para ahogar un sonido de angustia.

« Angelus Romae , es verdad».

Los humanos la habían visto como realmente era. Me daba cuenta en sus expresiones de reverencia y lo había oído en la emoción de sus voces. La habían visto tal como era.

A diferencia de la mayor parte de los espartanos, Alexis se preocupaba por los demás, incluso aunque se perjudicara a ella misma.

Protegía a todos, pero ¿quién la protegía a ella?

« Se suponía que nosotros la protegeríamos».

Las lágrimas me corrían por el rostro.

Hacía meses, Caronte y yo reconocimos su bondad de inmediato.

Lo había visto durante el crisol.

Alexis se pasaba cada minuto libre encorvada sobre un libro de texto, ayudando con paciencia a Drex a entender las matemáticas thagoreanas.

Era mucho más inteligente que los idiotas olímpicos, pero nunca presumía, a pesar de que tenía la mente que los eruditos habían buscado durante siglos.

Pino jamás lo admitiría en voz alta, pero Alexis había resuelto problemas complejos de matemáticas thagoreanas que ni siquiera él podía resolver, y lo había hecho mientras estaba medio muerta de hambre y delirante.

Y él había pasado más de un siglo enseñando matemáticas en la supercompetitiva Universidad Olímpica de Rodas.

Su intelecto era asombroso.

Pino había dicho con asombro que era un prodigio, algo que nunca había visto.

Alexis era un enigma.

Un ángel.

Así que la manipulamos, la engañamos y le pusimos una trampa para obtener exactamente lo que queríamos. A ella .

El arrepentimiento me aplastaba el pecho; sentía la pesada carga de la vergüenza.

Moví a Alexis, para que quedara recostada sobre mí, y agarré un poco de acondicionador, que unté lentamente en sus largos rizos.

—No te merecemos —susurré, como si decir la verdad en voz alta pudiera expiar lo que habíamos hecho—. Los ángeles no se merecen esto… Eres mucho mejor que nosotros.

—Es verdad; ay, mierda. —Caronte se metió desnudo a la regadera oscura, se dejó caer sobre el banco que tenía a mi lado, y echó la cabeza ensangrentada hacia atrás, gimiendo mientras se apoyaba contra la pared, bajo el chorro de agua—. No nos alcanzará la vida para merecerla.

Lo miré con furia.

—Deja de gritar.

Caronte puso los ojos en blanco y se tocó la oreja faltante.

—Acostúmbrate, carajo. No la agites.

En lugar de enojarse, Caronte alzó una ceja.

—Ya no pienses tanto; desde aquí puedo ver qué estás pensando.

Apreté los dientes y me concentré en separar sus rizos con el acondicionador.

—Somos malos para ella. —Mis palabras se sentían pesadas entre el vapor y la oscuridad—. Alexis se merece a alguien… bueno.

Caronte se rio con un sonido cruel y áspero.

—Ay, vete a la mierda con tu melodrama y tu patético personaje de heredero mayor.

Hablaba demasiado alto en la regadera silenciosa; sus palabras me sacudieron.

Mis dedos se quedaron quietos.

—¿Perdón?

—Lo que oíste. —Caronte se volcó la botella de champú sobre el cabello y se quejó cuando las burbujas le provocaron ardor en la herida.

Cuando terminó de gruñir por el dolor, me miró fijamente.

—Alexis es nuestra esposa. Y no, no somos buenos para ella… Somos crueles, posesivos, agresivos…

—Ya entendí —lo interrumpí.

Caronte extendió las piernas en el banco, y nuestras rodillas chocaron mientras se enjabonaba el pecho lleno de cicatrices.

—El asunto es que Alexis es demasiado buena para toda Esparta —dijo con voz oscura—, no solo para nosotros. Aquiles y Patro la abandonaron .

Ambos nos enfurecimos.

Ya nos encargaríamos de ellos. Brutalmente .

—Entonces, ¿qué hacemos con alguien que es demasiado pura para este mundo? —Los dientes blancos de Caronte brillaron en la penumbra—. La protegemos. Demostramos que es tan irrevocablemente nuestra que todos sientan terror hasta de mirarla.

Sacudí la cabeza.

—No seas ingenuo.

—No. —Caronte alzó la voz—. Eso fue lo que hizo Hades con Perséfone, y nadie se atreve a mirarla mal. Nosotros tenemos que hacer lo mismo.

Lo pensé un momento.

Tenía un buen punto.

Caronte se inclinó y se enredó uno de los rizos de Alexis alrededor del dedo.

—Alexis necesita monstruos a su alrededor —dijo, volviéndose para mostrarme su oreja mutilada—. Precisamente porque ella no es un monstruo. —Puso una sonrisa rabiosa; era un carnívoro en el cuerpo de un hombre—. Por eso nos tiene a nosotros.

Me aclaré la garganta.

—Entonces… le diste tu oreja.

—Sí. —Sus ojos destellaron al encontrarse con los míos—. ¿Tienes un maldito problema con eso?

Alcé una ceja por su hostilidad.

—Solo era una observación.

Sonrió con satisfacción.

—Entonces… —dije—. ¿Quieres hablar sobre por qué…?

Caronte se desmayó y cayó al suelo de la regadera. El agua salpicaba su cuerpo desnudo rodeado de vapor.

Estaba inconsciente.

Suspiré.

Treinta minutos después, Alexis y Caronte estaban secos, calientitos y dormidos en medio de la cama.

Les inyecté a ambos una dosis de adrenalina purificada mezclada con un somnífero increíblemente caro. Era la última tecnología olímpica y solo había dos frascos en el botiquín. Los pondría en un ligero coma de sanación, pero despertarían casi completamente recuperados.

Después, rocié en todas sus heridas una loción curativa que tenía el báculo de Asclepio en el costado del contenedor, lo que significaba que también era medicina olímpica. Finalmente, los envolví con vendas limpias y los acosté bajo las cobijas.

Metí con dedicación las cobijas bajo las piernas de Alexis, como a Helena siempre le había gustado.

Eché el otro lado de la cobija descuidadamente sobre Caronte.

Mientras roncaba, Caronte luchaba conmigo entre sueños por una almohada que tenía en las manos, y luego se dio la vuelta, y abrazó a Alexis. La sostuvo como si temiera que alguien se la fuera a quitar.

Poco se subió a la cama. Todavía tenía el pelaje gris mojado y pegado a su pequeño cuerpo, y temblaba.

—Ven —le dije, y él levantó las manitas como si quisiera que lo cargara.

Lo complací.

Pasamos otra media hora en la regadera, en la que froté el pelaje de Poco con champú hasta que se limpió por completo; luego, lo envolví en una toalla y lo senté en mis piernas para cepillarlo con movimientos largos hasta que quedó esponjoso.

Cuando me sentí satisfecho de que estuviera limpio y yo seco, lo llevé de regreso a la cama. Me miró, con los ojos negros muy abiertos y confiados, mientras levantaba la esquina de la cobija para que él se metiera.

Se acurrucó bajo las cobijas, gimiendo de satisfacción mientras envolvía sus manitas negras alrededor del cuello de Alexis.

Lo arropé de manera que solo sus orejitas grises se asomaran, justo como él prefería.

Orgulloso de que todos estuvieran atendidos, me quité enseguida la ropa y me bañé lo más rápidamente posible.

Apresurándome, me puse un par de pants que tenía guardados en el buró, luego busqué entre mi ropa tirada y encontré las dos pistolas espartanas cargadas y me metí una daga envainada en el cinturón.

Con las armas en las dos manos, me recargué contra la puerta principal. Los ojos bien abiertos y la mente alerta. Si alguien intentaba forzar la cerradura, lo sentiría de inmediato.

Nadie iba a entrar.

No mientras yo estuviera vigilando.

Hice guardia mientras Alexis, Caronte y Poco dormían apaciblemente en la cama. Tenía la cabeza nublada por el agotamiento, e ignoré los dolores de mi cuerpo.

En el suelo, los perros infernales estaban acurrucados alrededor de Fluffy II; el bulto de su lomo se estremecía.

Otras bestias también tenían transformaciones de muda, pero ninguna se parecía a él, ni remotamente. «Otro misterio».

«Uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis».

Conté los movimientos de ascenso y descenso del pecho de Alexis, observando cada respiración mientras las velas se consumían.

A medida que pasaron las horas, se instaló la calma; el tipo de calma que solo ocurría cuando el propósito coincidía con la pasión.

El deber se estaba convirtiendo en algo nuevo.

Alexis iba a estar bien, porque no había otra opción.

Me iba a asegurar de ello.

El pecho se me llenó de calor y nuestro vínculo matrimonial vibró de satisfacción por primera vez desde que se creó tan dolorosamente.

— Flectere si nequeo superos, Acheronta movebo —susurré en las sombras—. Por ti, mi carus . Siempre.

Era una promesa.

«Si no puedo mover el cielo, desataré el infierno».