Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

DEMONIOS EN LA OSCURIDAD

A LEXIS

El corazón se me cayó al estómago.

No había hablado con Patro y Aquiles por una razón, y la razón era una traición del más alto nivel.

Sin contar los traumas por abandono infantil, dejar a una persona sola con un par de monstruos mutantes simplemente era poco profesional, incluso para los miembros de un culto. «Nadie tiene clase en estos tiempos».

Toc. Toc. Toc.

Charlie resopló en el suelo y se dio la vuelta en su montón de sábanas rosas.

—Basta —dije con la voz más baja posible—. Hay gente descansando .

Helena murmuró sobre su almohada y buscó inconscientemente la Beretta rosa con brillos en su buró.

«No me dispararía dormida, ¿verdad?».

—No me importa. Sal o los voy a despertar a todos —amenazó Patro con voz fría del otro lado de la puerta—. Ahora.

Tocó de nuevo, más fuerte.

Helena se sentó y levantó la pistola con los ojos todavía cerrados, y le quitó el seguro.

Palideciendo, salí silenciosamente de la cama. Poco se despertó con un gemido somnoliento. Se subió a mi hombro mientras sacaba a Nyx de debajo de la almohada, donde estaba roncando, y me la envolvía alrededor del cuello.

—Duérmete de nuevo, estúpida —siseó.

Can se paró del suelo.

Helena murmuró en su sueño, apuntando hacia todas partes con el arma cargada antes de dirigirla directamente a mi frente.

«Oh, qué bien».

Retrocedí hacia la puerta, caminando de puntitas alrededor de Charlie.

Fluffy II estaba a su lado, gimiendo mientras dormía, y la gran joroba de su espalda… ¿se estremecía?

Me acerqué más.

Patro tocó con fuerza.

—Alexis, ¿vas a salir o no? —Sonaba altanero y arrogante.

«Extraño cuando estaba inconsciente con el cuello roto».

Helena apuntó la Beretta a la puerta y luego la volvió a apuntar hacia mí. Al parecer, su cuerpo dormido había decidido que yo era la mayor amenaza.

Un poco halagada, pero sobre todo asustada por el inminente fuego amigo, salí a la luz de las velas del pasillo con Can detrás de mí.

La puerta rechinó al cerrarse detrás de nosotros y me topé directamente contra una masa inmóvil.

Alcé la mirada lentamente.

Unos brazos cruzados sobre un pecho ancho, un cigarro sin encender saliendo de la rejilla de un bozal. Aquiles estaba parado justo afuera de la puerta, bloqueándome el paso.

Lo miré y esperé. Ninguno de los dos se movió.

Mis pulmones se convirtieron en piedra en mi pecho.

«Los titanes gritaban, sus garras me cortaron la columna, los humanos sollozaban, sangre por todas partes, suspendida en el aire sobre la ciudad, ‘Domus’».

Semanas después, todavía sentía el amargo residuo del terror abyecto en mi boca.

Entendía por qué lo había hecho, pero me molestaba mucho que Aquiles ni siquiera se había molestado en disculparse, en especial porque sabía que entendía lenguaje de señas.

En todo caso, actuaba como si estuviera enojado conmigo.

Durante los entrenamientos, constantemente lo encontraba mirándome de perfil con desdén, y alternando la mirada entre Patro y yo con evidente desagrado.

—Quí-quítate —susurré.

Un gruñido sonó a mis pies, y sentí los huesos de Can apretados contra mi pierna cuando el perro infernal se tensó para protegerme.

Aquiles no se movió.

Me llené de un resentimiento ardiente.

—Vete a la mierda —dije con señas, antes de que pudiera detenerme.

Él se sobresaltó y sus ojos destellaron, luego levantó la mano, apenas logré evitar encogerme de miedo.

La temperatura del pasillo aumentó cuando Aquiles se inclinó hacia mí.

— Debiste haberme dicho que sabías lenguaje de señas. —Sus dedos se movieron, acompasados y acusatorios.

Olía a que algo se estaba quemando.

—Y tú —le respondí con señas— no deberías haberme abandonado para que me mataran.

Aquiles se estremeció. Cerró las manos en puños y se tronó los nudillos.

Pero no se disculpó.

—Aléjate de mí, carajo —dije con señas bruscamente—. Ya.

Escuchamos un crujido de cuero cuando su bozal se tensó, y Aquiles por fin se hizo a un lado, revelando a Patro.

La luz de las velas danzaba sobre los planos esculturales de su rostro perfecto; sus ojos esmeralda se veían sorprendentemente brillantes en el pasillo sombrío.

—¿Qué de-demonios quieres? —susurré, profundamente perturbada por mi enfrentamiento con Aquiles.

Patro alzó una ceja; llevaba pantalones de vestir y una camisa impecable, el cabello perfectamente peinado. Era un complejo de superioridad encarnado.

—Intentamos verte a solas —dijo Patro lentamente—. Pero ha sido imposible últimamente, en especial con Caronte por la noche.

«¿Qué tiene que ver Carente?».

Sacudí la cabeza y me concentré en el problema en cuestión: Patro.

— ¿ Qué quieres? —pregunté.

Patro frunció un labio mientras me miraba de arriba abajo.

El infame regalo de cortejo mejor conocido como la sudadera extragrande de calavera de Caronte, que me negué a devolver o a sentirme mal por usar porque era demasiado cómoda, me tapaba hasta las rodillas, y el suelo de mármol se sentía frío bajo mis pies descalzos.

—Qué bonito sombrero —se burló Patro.

Poco bufó en donde estaba, pesado, esponjoso y cálido en mi coronilla.

Patro murmuró que yo era «ridícula y difícil de tomar en serio».

Me di la vuelta para volver al cuarto, pero Aquiles me bloqueó, otra vez .

Poco me jaló nerviosamente del cuero cabelludo, y la columna me hormigueó a modo de advertencia.

—Espera. —Patro me agarró del brazo y me giró para que lo mirara—. Por favor , queremos disculparnos… por lo de Roma. —Me miró suplicante.

Respiré profundamente y lo miré a los ojos.

—Aquiles siempre iba a elegirte a ti.

Era la verdad.

Patro se pasó las manos por la cara.

—No —dijo—. No es… así. —Tenía escrito MENTIROSO en los nudillos. No podía mirarme a los ojos.

—Ya está hecho —dije—. No quiero hablar de eso. «No hay nada más que decir».

Patro dejó caer las manos.

—Déjame en paz.

—No puedo —susurró Patro, como si lo lamentara.

Retrocedí y reboté contra el pecho inamovible de Aquiles.

Me di la vuelta rápidamente, luchando por respirar.

Aquiles alzó las manos, como si tratara con un animal asustadizo, y se movió al lado de Patro.

—Nuestra oferta inicial sigue en pie —dijo Aquiles con señas; el extremo de su cigarro ardía, y el humo se le enroscaba alrededor de la cara.

Un dolor agudo me apuñaló detrás de los ojos. «¿Augusto está usando su poder en este mismo momento?».

—¿Aceptas? —preguntó Patro.

Los miré a ambos con confusión.

—¿De qué están ha-hablando?

—Te ayudaremos. —Patro se acercó; su aroma helado contrastaba con el calor de Aquiles. Su voz bajó a un susurro—. A usar tus poderes para… ya sabes… romper el vínculo matrimonial con tus esposos.

Retrocedí, golpeándome contra la puerta.

—De ninguna manera —contesté.

¿Por qué demonios querría hacer eso?

«Se supone que tienes que vengarte».

No así.

Patro suspiró.

—Solo llegarías al punto límite antes de matarlos, usa tu poder y llévalos al límite.

Negué con la cabeza.

—Cronos. —Patro se pasó las manos por los rizos cortos, desordenando su peinado perfecto—. ¿Por qué siempre eres tan difícil?

Palabras de ira se me acumularon en la punta de la lengua, pero no salieron.

—Entonces nosotros lo haremos por ti —dijo Patro—. Ya que te da demasiado miedo hacerlo tú misma.

—Déjame en pa-paz.

Patro contempló mi cara como si buscara algo.

Una luz brilló a mis pies. Miré hacia abajo. Las llamas de los ojos de Can eran de un tono rojo brillante, en lugar de su habitual llama verde azulada. «¿Qué demonios?».

Patro tomó mi brazo suavemente.

—Solo será un piquete —dijo—. Todo estará bien, te lo prometo.

— ¿Qué…?

Patro me clavó una aguja con un frasco olímpico en la piel, y el tubo se llenó de escarlata. En un instante, lo retiró y guardó mi sangre.

—De nada. Nos lo agradecerás. —Asintió como si tratara de convencerse a sí mismo.

El pánico me paralizó.

Poco bufó y atacó; Patro esquivó sus garras y se alejó de mí junto con Aquiles. Algo que parecía arrepentimiento brilló en sus ojos.

—Me las van a pagar.

Patro sonrió con tristeza.

—Lo único que tienes que hacer es darnos una señal. Nosotros estamos de tu lado.

Can gruñó, el sonido era una advertencia.

—Solo estoy tratando de protegerte —agregó Patro—. Por cierto, Ceres te está manipulando. Yo sé cuando alguien está mintiendo. No sabes el peligro en el que estás y sé que ella…

—No —dije con señas, interrumpiéndolo—. Aléjate de ella.

Todo se estaba saliendo de control.

Patro frunció el ceño.

—Intento ayudarte.

Can fue hacia él, con sus huesos parpadeando y pelando los dientes afilados.

—Vete al diablo —dije bruscamente con señas.

Aquiles jaló a Patro, que parecía herido, detrás de él para protegerlo.

Can acechaba entre nosotros.

—Los dos son unos cobardes —dije con señas.

Aquiles me sostuvo la mirada, inquebrantable, mientras se daban la vuelta y desaparecían en las sombras.

Jadeando, entré tambaleante en la habitación silenciosa y me senté en la cama.

Poco aulló con tristeza.

Me rodeó el cuello con sus bracitos peludos, y yo lo abracé también mientras mis lágrimas caían sobre su pelaje.

Can se subió a la cama y apoyó su cráneo huesudo en mis piernas.

—¿Tú… triste?

Asentí.

Can gruñó.

—Yo… matar.

Negué con la cabeza.

Nyx se despertó alrededor de mi cuello con un bostezo.

—¿De qué me perdí? —preguntó.

—Can quiere asesinar personas —susurré.

Poco chilló y se acurrucó junto a mí, y Can se reacomodó en la cama a mis pies.

Nyx resopló.

—¿Y cómo se siente acerca de su propia muerte? ¿Ya está aterrorizado de mí?

Agarré una almohada brillante y la aplasté contra mi cara.

—Alexis, pregúntale por mí —siseó Nyx—. Pregúntale ahora mismo .

Grité en silencio.