Capítulo 9
LENGUAS ENVENENADAS
A LEXIS
—Tú no te preocupes, solo quédate atrás de nosotros. Nos adelantaremos y nos encargaremos de todo porque es tu primera misión. —Patro me guiñó un ojo—. Solo observa y aprende.
«Oh genial, los hombres toman todas las decisiones importantes» .
Sí estaba preocupada.
Aplaqué mis nervios y me concentré en mantener la calma mientras avanzábamos por la calle.
A finales de mayo, el aire de la mañana era fresco.
Aquiles nos guio a los tres por un estrecho callejón a las afueras de Roma, entornando los ojos con concentración mientras avanzaba con cautela, escudriñando los rincones antes de hacernos señas para avanzar.
Nerón caminaba tras él; Fluffy II iba quejándose a mi lado, y Popea iba detrás de todos en silencio, con las orejas hacia atrás y la cola larga entre las patas. Nyx iba callada sobre mis hombros.
Lentamente, amanecía en el horizonte; el cielo estaba surcado de rayos naranjas y los ladrillos brillaban por el rocío del alba, pero la ciudad estaba mortalmente quieta.
No dormía.
Hacía décadas que la población de Roma había sido diezmada por los ataques de los titanes y, al igual que el resto del mundo, nunca se había recuperado.
La arquitectura antigua se derrumbaba junto a lo que quedaba de los edificios modernos.
Tanto el pasado como el presente estaban en ruinas.
«Se siente algo siniestro».
En Roma había una energía que jamás había sentido en el campo vacío de Montana.
Sobre las puertas aún se alcanzaban a ver huellas rojizas de manos, ya desvanecidas, y entre los montones de ladrillos sobresalían algunos huesos. El camino por el que avanzábamos entre ruinas estaba salpicado de dientes humanos.
La muerte había estado de visita.
Podía saborearse la tragedia en el aire.
—Si hay titanes en esta zona pro-protegida, ¿no deberíamos localizarlos fácilmente? —le susurré a Patro cuando nos detuvimos al final de otro callejón, mientras Aquiles miraba alrededor de la esquina—. ¿No son… ruidosos?
Patro se encogió de hombros, completamente despreocupado.
—Hace años que los titanes no entran a una zona protegida —respondió—. No estoy convencido de que la información de Artemisa no sea errónea.
Froté la muñequera dorada que me cubría la muñeca llena de cicatrices.
—¿Y si tiene ra-razón?
Patro sacudió la mano en el aire.
—No te preocupes tanto, hemos hecho esto mil veces. —Su tono era paternalista e indiferente.
Una rabia ardiente me llenó el pecho.
Patro hizo una pausa cuando vio mi cara.
—A veces los titanes no se anuncian —suspiró—. Algunos se mueven en silencio. No todos los titanes son iguales, pero no es tan complicado. Deja de estresarte.
Me dolía la mandíbula de lo apretados que tenía los dientes.
« No estoy en estresada».
Aquiles giró la cabeza y nos observó con una expresión inescrutable.
Un cerillo salía por la rejilla de su bozal, y tenía las venas del cuello hinchadas, como si estuviera apretando la mandíbula.
Patro me dio una palmada en la espalda, y salté.
Se rio.
—Tranquila, Alex. No vamos a dejar que nada te pase. Solo haz lo que digamos y relájate.
Me volteé hacia él.
—No me digas así.
Patro no respondió. Seguimos a Aquiles por las calles laterales de la ciudad hacia el Coliseo Romano, la antigua estructura espartana que se alzaba sobre las ruinas de la modernidad.
Crash.
Tropecé con un montón de ladrillos y… me puse pálida… huesos humanos.
Patro me agarró y me ayudó a estabilizarme envolviendo mi antebrazo con la mano.
—Necesito decirte algo —dijo en voz baja cuando quedamos frente a frente—. Hace tiempo que quiero hablar contigo.
Aquiles se dio vuelta y negó con la cabeza.
De Patro emanaba hielo mientras que Aquiles apestaba a fuego. Esas fragancias dicotómicas creaban una combinación tóxica.
—¿Por qué se portan tan raro? —siseó Nyx mientras se deslizaba alrededor de mi cuello.
«¿Me trajeron aquí para matarme?».
«¿Lo de los titanes era una trampa?».
Arrebaté mi brazo de la mano de Patro y di un paso atrás.
Nyx se tensó como si se preparara para atacar.
Patro suspiró pesadamente; dejó atrás la actitud arrogante y metió la mano en el bolsillo de Aquiles, sacó un cigarro y lo encendió.
Exhalando una nube de humo, me miró con expectación.
—¿No nos vas a dar una conferencia sobre los peligros del tabaco?
Le sostuve la mirada.
—No.
Eran tiempos oscuros. Si quería que le diera cáncer de pulmón, estaba en todo su derecho.
—Los dos queríamos hablar contigo. —Patro se aclaró la garganta de nuevo; el humo le salió por la nariz—. Hace tiempo que los dos… queríamos decírtelo, pero teníamos que esperar a estar a solas contigo así que…
Se quedó en silencio, mirando a Aquiles.
«Te v amos a cortar el bazo para venderlo en el mercado negro», terminé mentalmente.
Lo primero que nos enseñaron en la secundaria fue que tuviéramos cuidado con las personas que se nos acercaban con intenciones amistosas.
Cada año asistíamos a una conferencia llamada Educación de Resistencia a la Sustracción de Órganos. Luego, todos firmábamos un amparo para que nuestras partes del cuerpo no se le vendieran a nadie salvo al gobierno.
Era un poco confuso cuál era el mensaje.
Un pájaro (dron del gobierno) graznó en el cielo mientras Aquiles miraba a Patro como si quisiera prenderle fuego con la mirada.
Patro echó los hombros hacia atrás y volteó hacia mí.
—Penitencia —dijo de repente—. Como tus mentores.
«¿Qué?».
Aquiles sacudió la cabeza como si estuviera enojado.
—Queremos compensarte por la forma como nos comportamos durante el crisol —dijo Patro lentamente—. Creemos que la mejor manera de apoyarte es…
Aquiles dio un paso hacia él como si fuera a intervenir físicamente.
—Ayudarte a romper tu vínculo matrimonial —terminó Patro apresuradamente.
Nyx ahogó un grito, y Fluffy II se paró frente a mí.
Di un paso atrás temblorosamente. «¿Es por Augusto y Caronte?».
Fluffy II se agachó y alzó las garras.
Patro me miró fijamente: era el hombre que se había pasado el último año riéndose con Caronte mientras me llamaba consentida y patética. Entornó los ojos.
—Tu matrimonio te está haciendo miserable.
«No, toda mi vida me está haciendo miserable ».
Había una diferencia.
Se frotó bruscamente la mandíbula.
—Hemos estado investigando sobre los vínculos matrimoniales por ti. —Miró a Aquiles mientras hablaba—. Creemos que hay una manera de que puedas romper el juramento espartano y, justamente… divorciarte.
La neblina de la mañana se convirtió en una densa niebla en las calles arruinadas.
—¿Qué? —dije con voz ronca. Tenía la boca seca, la lengua pesada, el corazón lleno de plomo.
Patro miró más intensamente a Aquiles.
—Por lo que entendemos, si usas tus… poderes de sangre, después podrías… —Se quedó en silencio como si no pudiera pronunciar las palabras.
—¿Podría… qué?
Los ojos de Patro brillaban como esmeraldas sin cortar.
—Si los llevas al borde de la muerte, se romperá el juramento.
Las venas se me llenaron de lodo.
—¿Quieres que… mate a Caronte y a Augusto? —dije, sintiéndome lívida—. Quieres que asesine a tus amigos. —Los señalé—. Que mate a sus hermanos .
Aquiles se estremeció como si lo hubiera golpeado.
Patro resopló.
—No seas tan dramática. No los matarías de verdad, solo los llevas al borde de la muerte—. Tronó los dedos—. Son fuertes, se recuperarán. Y tú… serás libre.
«Yo jamás seré libre».
Podía saborear la venganza; podía saborear el arrepentimiento.
Me froté la cara, me presioné los ojos con las palmas de las manos e intenté detener la aceleración de mis pensamientos. Cuando finalmente alcé la cabeza, Patro y Aquiles me miraban expectantes, esperando una respuesta.
«¿No se supone que deberíamos estar luchando contra unos titanes? ¿Por qué me hacen esto ahora?».
Entorné los ojos.
—¿Por qué? —les pregunté a mis mentores mientras los miraba como si nunca los hubiera visto antes.
Patro lanzó su cigarro al pavimento agrietado y lo pisó.
—Porque… lo que te hicieron fue incorrecto. —Hizo una mueca, como si intentara transmitir que sentía compasión por mi sufrimiento.
No lo logró.
Me invadió un entumecimiento general.
Patro se movió inquieto.
«Ojalá tuviera su poder».
—Entonces…, ¿no hay otra ra-razón?
Patro se frotó la nuca, y desvió la mirada hacia Aquiles.
—No.
Era pésimo para mentir. «Qué irónico».
Las sospechas furtivas se convirtieron en una avalancha: ya me habían visto la cara antes.
—Ustedes dos son menores de veintiséis —susurré—. ¿Verdad?
Nyx siseó.
Se me retorció la cara. Les dejé ver la angustia, las noches sin dormir, las oscuras decisiones que había tomado, dos veces.
No tenían ni idea de quién era yo.
Ya no.
Aquiles se acercó protectoramente a Patro.
—Apuesto a que están buscando esposa —dije—. Una ctónica.
Patro abri ó los ojos como si se pusiera una falsa máscara de sorpresa.
—¿Qué? Alex, eso no tiene nada que ver con…
—¡Deja de llamarme así! —grité.
Patro cerró la mandíbula de golpe.
Su hermoso rostro se contorsionó de nuevo en una mueca de odio a la que yo estaba acostumbrada; la que le quedaba mejor.
—Es que, ¿qué putas estás insinuando? —preguntó.
— Yo no estoy insinuando nada.
Aquiles se le acercó como si le ofreciera su fuerza.
«Dos contra uno».
Con ellos siempre era así.
—No se trata solo de que queramos casarnos con alguien ctónico. —Patro se cruzó de brazos—. Nosotros no somos como ellos … De verdad estábamos preocupados por ti. Pero, olvida que dije cualquier cosa y disfruta de tu puta felicidad conyugal.
Sonreí lentamente.
—Entonces, ¿de qué se trata realmente, si no es solo de que yo sea ctónica?
Patro se quedó inmóvil cuando se dio cuenta de su desliz, pero se recuperó enseguida y endureció su rostro. Estaba tallado en mármol y crueldad; otro miembro peligrosamente atractivo de la Casa de Afrodita.
—Estoy seguro de que Caronte es un amante realmente dulce —dijo Patro en voz baja mientras se me acercaba—.
Estoy seguro de que te abraza y susurra palabras amorosas después de que te coge.
Todos conocen sus inclinaciones sexuales más malvadas .
Estoy seguro de que no tienes miedo para nada, niñita.
Nos paramos frente a frente.
—Vete a la mierda —susurré.
Patro se rio con un sonido fuerte y maníaco.
Aquiles lo agarró del bíceps y lo jaló hacia atrás.
—Cállate, carajo —dijo en señas, con grandes movimientos cortantes—. ¿Qué estás haciendo? Lo estás arruinando todo.
—Cuidado. —Rodeé a Aquiles para estar de nuevo frente a Patro—. Suenas casi… celoso . ¿Desearías que Caronte hubiera podido elegirte a ti?
Patro retrocedió.
—Ssssí —siseó Nyx, alentándome—. Arruínalo. Los hombres no merecen sentirse bien consigo mismos. Hazlo llorar.
Patro zafó su brazo de las manos de Aquiles y se lanzó contra mí.
Me mantuve en mi posición.
Aquiles lo agarró de nuevo, deteniéndolo a unos centímetros de mi cara.
—Ay —lo provoqu é, frunciendo los labios y encarnando a mi bully de la escuela, Jessica—. ¿Desearías que los dos hubieran podido casarse con él? ¿De eso se trata todo esto? ¿Estás enojado porque Caronte eligió a una chica patética en vez de ustedes?
—Vete a la mierda —escupió Patro—. Tú no sabes nada de Esparta. Estás jugando un juego que no puedes ganar. Augusto y Caronte jamás querrían a alguien tan débil como tú. Ellos son dos hombres dominantes y poderosos . Nunca vas a significar nada para ellos. Solo eres patética.
El hielo dentro de mí se convirtió en piedra.
Se me había olvidado cómo se sentía que Patro se burlara de mí; cómo se me entristecía el corazón cuando se reía de mí porque comía demasiado rápido.
Se me había olvidado que siempre decía que era patética.
Ahora lo recordaba.
—Cállate —le dijo Aquiles a Patro con señas furiosas—. Estás perdiendo el control y lo vas a arruinar todo. Esto no es lo que tú querías. Te dije que tenías que esperar un mejor momento para ha blar con ella. Lo que estás diciendo no es para nada lo que se suponía que le ibas a decir.
El esternón me hervía de rabia.
—Por favor, ilumíname —dije con gestos suaves—. ¿Cuál era el guión que debía decir?
Los dos se quedaron inmóviles y abrieron mucho los ojos mientras miraban mis manos.
Aquiles levantó los brazos y movió los largos dedos lentamente.
—Alexis, ¿hace cuánto … sabes usar el Lenguaje de Señas Romano?