Capítulo 6 #2
Caminé entre ellos, mirando atentamente en la oscuridad.
Un destello blanco.
Una sombra grande estaba sentada arriba de un edificio.
Apunté mi arma hacia ella.
Aquiles estaba arrodillado en la parte superior de una estructura, la primera de una fila de diez. Sus ojos ardientes humeaban mientras me miraba en silencio; el bozal ocultaba sus rasgos. Un afilado puñal brilló en su mano.
Disparé.
Saltó increíblemente rápido y se agachó bajo un techo a tres edificios de distancia.
Jalé el gatillo lo más rápido que pude.
Aquiles estaba arriba del décimo edificio, con algunos cabellos fuera de su chongo y negaba lentamente con la cabeza como si estuviera decepcionado.
Molesta y exhausta, levanté el dedo medio.
Él levantó un dispositivo cuadrado y presionó un botón: el edificio a mi lado explotó en llamas.
Trozos de concreto volaron por todas partes.
Fui lanzada hacia atrás.
Parpadeé para recuperar la conciencia y lentamente fui asimilando nuevamente el entorno.
Tenía un doloroso zumbido en el oído izquierdo, y estaba acostada bajo un montón de… —recogí una losa del edificio y me la acerqué al ojo derecho— unicel pintado para que pareciera concreto.
Puse los ojos en blanco, me levanté y pateé el material. Pequeños trozos blancos flotaron en el aire a mi alrededor como nieve.
El calor me calentó la cara, los demás edificios estaban en llamas.
Un bozal me llenó la vista.
Grité.
Aquiles se alzaba frente a mí.
Se tronó el cuello como si se preparara para atacar; tenía el nombre de Patro tatuado en él.
«¿Está enojado porque Patro no deja de hablarme?». Todos sabían lo posesivo que era.
Retrocedí; el terror me arañaba los pulmones.
Aquiles dio un paso adelante.
El humo se arremolinaba a su alrededor, el olor a fuego y ceniza me llenaba la nariz.
«Me va a atacar. Nadie va a encontrar mi cuerpo jamás».
Los gritos de los titanes resonaban en los altavoces y otro edificio explotó en una lluvia de unicel y fuego.
Me di la vuelta y corrí por mi vida.
Después de un lapso indeterminado de tiempo, me apoyé contra un poste de metal en el bosque falso, jadeando.
No podía dispararle a ninguno de los ctónicos. Eran demasiado rápidos.
Oí un raspón metálico.
Me di la vuelta.
Una máscara blanca estaba a treinta centímetros de distancia.
—¿Necesitas agua? —me preguntó Augusto; su largo cabello negro y blanco soplaba con la niebla, su voz aparecía y desaparecía en el zumbido de mi oído—. ¿Te sientes bien? Por favor, dime si necesitas…
«Qué hombre tan considerado y amable».
Le disparé a la cara.
«Claro que no ».
Augusto se movió como un rayo.
Se fue.
Gruñí y seguí trotando alrededor del circuito.
Jadeaba, tenía la vista borrosa, y los pulmones me dolían por el esfuerzo; bajé la mirada a mi arma y la giré para que brillara el grabado que decía GSMM: Guerra, Sexo, Muerte, Mentiras .
«Haz que te teman, hija. —Hades me miró frunciendo el ceño—. Nadie les teme a los débiles».
Estas personas eran monstruos sumamente competentes.
A diferencia de ellos, yo nunca había sido particularmente hábil en cuanto a lo físico. Era buena en los cálculos de oscuros problemas matemáticos y escribiendo fan fiction maravilloso (inapropiado). Era una verdadera mujer del Renacimiento.
Sonaron disparos.
Una figura alta saltó desde arriba y aterrizó silenciosamente frente a mí.
Unos dedos tatuados con un esqueleto levantaron un puñal.
Apuntaba directamente a mi corazón.
—Es como si ni siquiera lo intentaras, carissima —dijo Caronte con un tono cruel.
Tiré mi arma al suelo.
Caronte gruñó de sorpresa mientras se agarraba el estómago.
—Se supone que tienes que dispararme, no lanzá rmela, amor. —Sus ojos se volvieron fríos—. Recógela.
Alcé la barbilla.
—No.
Caronte se mantuvo antinaturalmente quieto.
—Tienes tres segundos para recoger tu arma y esforzarte en la simulación que me pasé horas diseñando solo para ti, o si no…
Resoplé.
—Tres. —Su voz vibraba de violencia.
«¿Tiene una fijación o algo así con las cuentas regresivas?».
—Dos.
Contuve la respiración y apreté los muslos.
«Espera… ¿Lo hago?».
Levanté el brazo y abrí la mano como un títere.
—Uno —dije, antes que él, y me reí de mi broma.
Unos dedos helados se envolvieron alrededor de mi garganta; me empujó hacia atrás hasta que estuve apretada contra un metal áspero. No se estaba riendo.
Caronte me apretó los delicados puntos de pulso del cuello mientras me sostenía contra un árbol falso.
En cámara lenta, movió su rostro enmascarado a la altura de mis ojos.
Me apretó más fuerte y cortó el flujo de oxígeno a mi cerebro.
Se filtraron pensamientos extraños a mi cabeza, una mezcla de emociones e imágenes caóticas.
«Mía. Ella es mía. Necesito reclamarla como tal. Controlarla. Poseerla. Tenerla. Destruirla. Probar su vulva. Atarla a mí. Protegerla. Castigarla. Necesito verla someterse a Augusto. Devorarla».
Los ojos escarlata contrastaban con el blanco de su máscara.
Ahogué un grito.
Caronte estaba usando sus poderes ctónicos: podía escuchar lo que estaba sintiendo.
Se me fue toda la sangre del rostro.
Era más animal de lo que jamás podría haberme imaginado. El nivel de obsesión que fluía de él era incomprensible.
Carente de verdad era un salvaje.
—Si no te tomas esto en serio, dispárame. —Me apretó sin piedad—. No vas a dormir en una semana; te mantendremos encerrada en este centro de entrenamiento.
—Es físico… Nada ma-más —susurré.
Sus sentimientos tomaron un giro oscuro.
Caronte se alejó de mí con un sonido ahogado.
—Estás equivocada. —Apretó la pistola en mi palma.
«Vete a la mierda».
—Claro que no. —Apunté a su hermoso rostro.
Caronte se retorció a un lado y esquivó la bala; el árbol falso de metal explotó donde acababa de estar su cabeza.
—Más cerca, nena —me provocó. Escuché su risa áspera y tenía un toque cruel y perturbado—. Si solo fuera físico, te habría cogido y después descartado como he hecho con miles de otras…
Pop. Pop. Pop. Pop. Pop.
Disparé; me subía por la garganta el miedo de imaginármelo con otras personas.
Caronte se rio más fuerte mientras lo perseguía entre los ruidos del fuego, las explosiones y los gritos de titán.
Gritando, lo seguí hacia las profundidades de la oscuridad. Donde ambos pertenecíamos.
—¿Alexis, a dónde vas? —La voz de Augusto tronó como un látigo.
«A ahogarme en la regadera. Obviamente» .
—¡Detente!
Me detuve. Drex y Ágata desaparecieron en los vestidores del búnker.
Lentamente, me di la vuelta.
Caronte me miró con odio.
—No te dijimos que pudieras irte, amor —dijo el apelativo de cariño como si fuera un insulto—. Ellos tienen las regaderas primero y tú tienes que darnos una explicación. Drex rozó a uno de nosotros, pero tú no le diste a nadie.
Patro y Aquiles estaban a su lado; ambos me miraban con enojo.
«Maravilloso, todos están enojados con Alexis. Es una fiesta».
En mi mente, les hice un gesto obsceno.
—¿Podrías explicarnos tu desempeño? —preguntó Augusto lentamente, sin mover los duros rasgos de su rostro.
No quería hablar, así que no dije nada.
Caronte entornó los ojos, y Augusto se sacudió como si tuviera un aneurisma.
Claro, yo tenía potencial para estar físicamente en forma y ser competente en atletismo. El problema era que no quería. Disfrutaba estar sentada. Mucho .
Además, era parcialmente ciega y sorda, también estaba eso.
—¡RESPÓNDEME! —vociferó Augusto.
—No le hables así a mi aprendiz —intervino Patro mientras se cruzaba de brazos—. Abordaremos sus problemas de rendimiento en privado. Después de todo, ella escogió.
Me atraganté con el doble sentido.
Caronte se dio la vuelta con un gruñido. Aquiles se tronó los nudillos, tatuados con la palabra MUERTE.
—¿Alguna vez se callan? —pregunté en un murmullo, genuinamente curiosa.
Caronte se quedó quieto.
—¿Qué dijiste? —Me di la vuelta y me alejé de todos para colapsar en paz en la banca de afuera de los vestidores.
Augusto me siguió y se sentó a mi izquierda, en mi punto ciego.
Seguí mirando hacia adelante.
Caronte eligió ese preciso momento para dispararle agresivamente a un objetivo que estaba al otro lado del centro de entrenamiento. Mi oído malo empezó a zumbar y un dolor de cabeza azotó mis sienes.
—¿Por qué tienes tan mala puntería? —me preguntó Augusto en voz baja.
Me mantuve inexpresiva.
—No tengo idea.
Augusto hizo un ruido de incredulidad, y sentí un hormigueo de ese lado de mi cara por la intensidad de su mirada.
Volteé a verlo.
Tenía los ojos de medianoche entornados, como si sospechara algo.
Sentí que miraba a través de mí, directamente a mi alma.
«No sabe nada de tu ojo y tu oído. No entres en pánico».
Patro y Aquiles tenían una conversación tensa en el límite del bosque metálico. Aquiles dijo en señas algo sobre «Alexis, paciencia, confianza» y « necesitamos un plan».
«¿Los hombres creerán que son discretos?».
Cuando Ágata y Drex por fin salieron limpios y con ropa fresca, los otros cinco nos dirigimos hacia las regaderas con cierta incomodidad.
Patro y Aquiles miraron con desdén a mis esposos.
Caronte alzó su arma.
—Cuidado —dijo Augusto con voz oscura—. Sigo siendo el heredero mayor. —Sus ojos se llenaron de sangre, y unas gotas escurrieron por su mejilla, dejando un rastro sobre su cicatriz.
La tensión aumentó.
—Está bien… —escupió Patro luego de lo que pareció una eternidad—. Iremos después… esta vez. Pero no olvides que ella nos escogió. —Sonrió burlonamente.
Le hice una mueca. «Deja de ponerlos en mi contra».
Aquiles frunció el ceño.
Caronte le dio un codazo a Patro cuando pasó a su lado para entrar al vestidor. Augusto y yo fuimos detrás de él.
El cuarto era más pequeño de lo que esperaba. Había alrededor de una docena de casilleros llenos de ropa doblada frente a una banca con toallas.
Del otro lado había un pasillo estrecho con dos regaderas ubicadas una frente a la otra.
Las miré con desconfianza; eran un lujo al que todavía me estaba acostumbrando, pero estaba casi segura de que normalmente tenían puertas; aquí solo la de la izquierda tenía.