Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

ARMAS Y OTROS PRELIMINARES

A LEXIS: SEIS DÍAS ANTES DE LA PRIMERA

ASIGNACIÓN CONTRA LOS TITANES

Nyx era una pesada bufanda roncadora alrededor de mi cuello.

—Santo Cronos, no puedo —dijo Helena sentada en su cama, sacudiendo una de sus armas «de apoyo emocional» adornadas con pedrería.

Me pasé las manos por la cara, cerré los ojos y me imaginé a Carl Gauss felicitándome por mi estudio sobre la Hipótesis de Riemann. Emmy Noether sonreía mientras revisaba mis cálculos. La tensión se desvaneció de mis hombros gracias a la aprobación de mis héroes.

—¿Qué voy a hacer con Ceres por Cronos bendito? —se lamentó Helena con desánimo—. ¿Qué hicimos?

Abrí los ojos de golpe: Carl y Emmy estaban muertos.

«Bienvenida al infierno».

—Técnicamente, fui yo —le dije—. No tú.

—Las dos estamos en graves problemas. —Helena agitó la pistola en mi dirección.

«Por lo menos, todos estamos manteniendo la calma».

Respiré profundamente.

Toc, toc.

Me sobresalté y Helena apuntó la pistola a la puerta.

—¡Alexis, nos tenemos que ir ahora mismo antes de que Augusto nos mate! —gritó Drex desde el pasillo.

«Qué chistoso, Drex, en realidad el peligro es más inminente de lo que crees».

Helena me miró con el rostro descompuesto de puro pánico. No bajó la pistola.

—Todo va a estar bien —mentí.

—Podemos hacerlo —mintió ella.

No hay nada más poderoso que dos mujeres reafirmándose una a otra las horribles decisiones de vida que han tomado.

Unos segundos después, salí corriendo al pasillo.

Drex me agarró.

—En teoría, debemos encontrarnos en el bloque de entrenamiento de la villa ahora mismo. Si no nos apuramos, llegaremos tarde.

—¿Qué tan lejos puede estar? —pregunté.

Abrimos los ojos de terror cuando nos dimos cuenta de que acababa de salarnos. «Mierda».

Salimos corriendo de la villa bajo la lluvia.

Nyx me escupió en el cuello.

—Agh, me estoy derritiendo. —Se deslizó bajo mi ropa.

Resplandeció un rayo.

La cerca eléctrica se alzaba a diez metros en el aire. Pequeñas cajas plateadas sobresalían de la base. «Generadores solares espartanos». Salieron chispas.

Drex señaló una trampilla color piedra.

Fluffy II aplastó su nariz mojada contra mi pierna. Miré hacia abajo. «¿Qué?».

Recogió una ramita y la agarró con la boca.

«No te atrevas. No tengo tiempo para esto».

Se la tragó.

Moviendo la cola, sacó la lengua, estaba cubierta de corteza.

Drex abrió la trampilla y nos encontramos con una oscura escalera que conducía tierra adentro. Se me retorcieron los riñones con un dolor fantasma: los refugios antibombas de Montana eran famosos por haberse usado para almacenar órganos robados.

Drex hizo una mueca.

—Las damas primero.

Fluffy II bajó corriendo las escaleras, moviendo la cola mientras se atragantaba.

Hice la señal de la cruz y fui tras él.

Después de un rato, llegamos al final de la oscura escalera y me detuve de repente.

Drex chocó conmigo.

—¿Qué es…?

Drex ahogó un grito.

Frente a nosotros se extendía un búnker cavernoso de concreto, más grande que varios campos de fútbol.

Las parpadeantes luces del techo bañaban todo en tonos verdes; un generador espartano de cromo sacaba chispas ruidosamente en un rincón.

Había grupos de árboles falsos que imitaban un bosque denso alrededor de montones de coches viejos, y un cuarto de la habitación parecía un viejo set cinematográfico, con edificios de ladrillo en ruinas tan altos como los árboles.

Era un circuito de entrenamiento diseñado para matar (literalmente).

Por ejemplo, al inspeccionar los detalles, el patrón de puntos que cubría todas las paredes no era un diseño de decoración, eran agujeros de balas. «Oh, qué lindo».

Cinco figuras enmascaradas salieron de entre los árboles falsos.

Cada uno sostenía un puñal.

Llevaban camisetas sin mangas blancas, pantalones de ejercicio blancos y pasamontañas blancos para completar sus ridículos atuendos. Si estaban tratando de disfrazarse, no les había funcionado.

Ágata cruzó los brazos, levantando sus senos, cada uno de los cuales era más grande que los dos míos combinados (una observación devastadora).

Junto a ella, Poco estaba sentado en el hombro de Augusto, comiéndose su largo cabello bicolor.

El tatuaje de esqueleto de Caronte se extendía por su brazo derecho, y las horribles cicatrices de su pecho se asomaban por el cuello de su camiseta.

En el otro extremo de la fila, Patro abrazaba posesivamente a Aquiles.

Me guiñó un ojo.

«¿Tiene algo en el ojo?».

Aquiles solo llevaba la parte superior de la máscara; la parte inferior de su rostro estaba cubierta por el bozal.

Nos miraban en un silencio inquietante.

Drex se acercó a mí y se aclaró la garganta.

—Pues, ¿qué hacemos…?

—Recojan sus armas y pónganse sus fundas. —Augusto señaló las armas espartanas que nos esperaban al final de los escalones—. ¡AHORA!

Los dos dimos un salto y obedecimos.

—Ay, va a estar muy divertido —siseó Nyx (nuestra idea de diversión no era la misma).

—Estas son las reglas. —Caronte dio un paso adelante, balanceando el puñal entre sus dedos tatuados como esqueleto—. Nosotros nos escondemos… Ustedes disparan. —Estiró el brazo perezosamente—. Sencillo. ¿Alguna pregunta?

Mi mente se quedó en blanco.

—¿Por qué están todos de blanco? —preguntó Drex mientras miraba las togas de ejercicio negras que ambos habíamos recibido—. ¿Por qué el puñal?

Caronte giró su cuchillo.

—Su objetivo es dispararnos, en el blanco se mostrará más la sangre. —Sonrió maliciosamente—. El puñal son mis garras de titán. Buu.

—Pero… ¿y si los la-lastimamos? —Drex dio un paso atrás.

Los ctónicos estallaron en carcajadas.

Augusto negó con la cabeza.

—No nos van a dar. Por eso estamos aquí… Tenemos mucho que cubrir en solo seis días.

Sonrió.

—Esta simulación es para practicar la precisión de tiro. Con respecto a los titanes, su mejor defensa es una pistola espartana. Sus poderes son secundarios.

Alzó a Poco de su hombro y lo puso suavemente en el suelo.

—Animales de protección, vayan allá por su seguridad. —Augusto señaló el rincón oscuro detrás de las escaleras por las que habíamos bajado.

Poco chilló y levantó las manos como si quisiera que lo cargaran.

Nerón y Popea fueron obedientemente a donde les dijeron. Can y Cerbero los siguieron; sus esqueletos aparecían cada pocos pasos.

Por el contrario, Fluffy II daba saltos, lanzando salvajemente las patas traseras en una patada de burro. Al parecer, el movimiento hizo que las cosas se movieran: tosió ruidosamente y vomitó una ramita.

Todos la miraron fijamente.

—Más tarde la recojo —murmuré (no lo haría).

Nyx suspiró mientras se bajaba de mis hombros.

—Voy a asegurarme de que el caballo obeso no se muera atragantado. —Me sentí agradecida y ofendida al mismo tiempo.

Mientras Fluffy II perseguía su cola (algo triste de ver), Augusto le dio un premio a Poco. Cuando pasó junto a mí, me saludó con su galleta.

«¡Qué tierno!».

Le devolví el saludo y él chilló mientras se cubría la cara llena de migajas.

Cuando todos los animales estuvieron a salvo detrás de las escaleras, Caronte se subió la máscara y sostuvo la empuñadura del puñal con los dientes. Aplaudió con fuerza y todo se sumió en la oscuridad.

Drex y yo ahogamos un grito de asombro. «Pensé que las luces que se apagaban con un aplauso eran un mito».

—Esta es una simulación nivel uno. —La voz sedosa de Augusto resonó extrañamente en la oscuridad total—. Nosotros no les haremos daño, solo usaremos maniobras evasivas. Es para evaluar su precisión de tiro en el campo.

—TRES —gritó Caronte abruptamente, y se encendieron unas luces en el suelo, proyectando sombras extrañas por todo el bloque.

—DOS.

Hubo un fuerte zumbido y empezó a salir niebla a nuestro alrededor.

—¡UNO! —Caronte ( Carente ) se rio.

BUM.

BUM.

BUM.

Estallaron explosiones por todo el circuito; el suelo tembló; múltiples incendios rugieron en todas direcciones; el humo se mezcló con la niebla.

Los cinco ctónicos desaparecieron como fantasmas.

Hubo un fuerte ruido de estática y empezaron a atronar gritos de titanes en los altavoces.

Drex me miró con pánico.

—Estas personas de verdad están locas.

—¡Fanáticos! —grité más fuerte cuando estalló un ruido de ametralladoras—. Te lo dije.

Otra explosión sacudió la sala.

—Corre o apuñalo al chico. —Sentí su aliento en mi oído—. Carissima , más te vale cazarnos. Ahora .

Me di la vuelta, apunté, el culatazo hizo que mis brazos vibraran y la pólvora me quemó la nariz.

Una mano tatuada con las uñas pintadas de negro se movió burlonamente a tres metros de distancia.

—Atrápame si puedes —me provocó Caronte.

Hizo una V con los dedos y la llevó cerca de sus labios. Movió la lengua de manera sugestiva.

Me sonrojé.

«Pervertido».

Me lancé hacia adelante y le disparé a Caronte antes de que desapareciera en las ruinas.

Después de lo que me parecieron horas, pero podrían haber sido minutos, la voz de Patro sonó detrás de un coche en llamas.

—¿Siquiera lo estás intentando, Alex? —me provocó Patro.

—No me llames así. —Levanté mi arma.

Patro se movió como un rayo a mi punto ciego, demasiado rápido para seguirlo.

Se inclinó a unos metros de distancia.

—Bueno, pues, ahora que nos elegiste como compañeros, probablemente deberíamos conocernos mejor.

Disparé.

Él se rio.

El olor a hielo me llenó la nariz.

—¿Por qué te estás po-portando así? —susurré, sintiéndome desconcertada con su cambio de personalidad.

Sus ojos esmeralda se veían sorprendentemente brillantes detrás de la máscara cuando se paró frente a mí.

—¿Así cómo? —se burló.

—Ya sabes.

Inclinó la cabeza a un lado, la máscara brilló a la luz del fuego.

—¿Qué?

—¡Deja de jugar! —agité mi arma.

—Madura, Alex —se burló. Había vuelto a ser el hombre cruel que me atormentaba—. Hay mucho que perder. Deja de hacer como si tú no lo sintieras también.

« Espera. ¿Sentir qué?».

Disparé, pero ya había desaparecido.

El tiempo se hizo eterno mientras corría por el circuito.

En lo que parecía ser un set cinematográfico, dos filas de edificios se alzaron a mi alrededor.