Capítulo 5 #3
A unos metros de distancia, Caronte le gritó un insulto a Aquiles, y Augusto trató de separarlos.
Patro chocó su pecho contra el mío, la sensación gélida se extendió mientras arqueaba una oscura ceja con sorna. «Qué tipo tan dramático». Puse mis dos manos sobre sus hombros y lo empujé con todas mis fuerzas.
Patro se rio, sin moverse.
—Cuidado, aprendiz —susurró Patro.
Dejé caer las manos y di un paso atrás, con los dedos congelados.
—¡Deja que Patro interrogue a Ceres! —me gritó Helena.
Patro salió de mi espacio personal, y jalé aire. No me había dado cuenta de que había estado conteniendo la respiración.
Todos voltearon hacia Helena. «¿Qué hace?».
Me alejé más de Patro.
—Pero solo puedes preguntarle si ayudó a Theros —dijo Helena lentamente—. Nada más.
Patro miró a Helena durante un largo momento.
—Está bien —dijo Patro.
—Solo esa pre-pregunta —dije—. Por favor. ¿Lo prometes?
Patro inclinó la cabeza hacia atrás, murmurando una oración a Cronos. Cuando sus ojos se encontraron con los míos, echaban fuego.
—Lo prometo, Alex.
Con un tic en el ojo por el apodo, me hice a un lado.
Patro puso los ojos en blanco mientras Ceres se encogía, pero preguntó:
—¿Puedo tocarte?
Ceres asintió rápidamente.
Con sorprendente cautela, Patro se agachó a su nivel, y puso su mano sobre su hombro sucio.
Los blancos de sus ojos se llenaron de rojo.
—¿Ayudaste a Theros de alguna manera?
Ceres abrió y cerró la boca, con los labios temblorosos, mientras jadeaba como si no pudiera respirar.
Le caían lágrimas por el rostro manchado de tierra.
Patro frunció el ceño.
—Responde a la pregunta.
—No —dijo Ceres con voz ronca, el sonido era anormalmente áspero; sus cuerdas vocales estaban destrozadas.
Apartó la cara como si quisiera arrastrarse hacia la pared de mármol y desaparecer.
Durante un largo momento, Patro no dijo nada, pero se mantuvo de pie sobre el cuerpo demacrado de la musa; después, le soltó el brazo y se alejó.
—No está mintiendo —dijo con renuencia.
Helena y yo suspiramos de alivio.
La mirada de Patro se agudizó mientras me miraba con furia.
—Eso no significa que sea inocente, algunas personas son expertas en el engaño. Tal vez no lo ayudó. Tal vez ella fue la líder de toda la operación. Nunca se sabe; quiero interrogarla. Ampliamente.
Me paré frente a ella.
—Lo prometiste.
Patro apretó los puños.
—Alex —empezó, movía la mandíbula como si quisiera decir algo más.
Le sostuve la mirada.
—Vete.
Patro se alejó de mí y volteó hacia Aquiles, haciendo señas rápidamente.
—Ese imbécil casi la mata, y probablemente esta perra lo ayudó; no podemos dejar que la liberen. No es seguro.
Me tragué el impulso de responder.
«¿No te das cuenta de que está sufriendo? No es una amenaza, maldito insensible».
Cuando los hombres nos encontraron en Montana y nos llevaron a la fuerza a mí y a Charlie de regreso a Esparta, acordamos ocultarles que sabíamos lenguaje de señas para poder recopilar información. Se sentía más seguro así.
Se estaba volviendo más difícil ocultar que podíamos comunicarnos, pero me alegraba haber tomado esa medida, porque así podía entender momentos como este.
Aquiles miraba alternativamente entre Patro y yo.
—Lo prometiste —dijo lentamente con señas—. Si quieres que confíe en nosotros, no puedes cambiar de opinión.
Patro maldijo con ferocidad. Se frotó la nuca.
«Espera, ¿por qué de repente les importa lo que yo pienso?».
—Ya la interrogaste. ¿Podemos irnos todos a dormir? —se quejó Helena—. Estoy cansada.
Augusto de inmediato puso cara de preocupación.
—Por ahora, el asunto está resuelto. Podemos discutirlo mañana en la cena. ¡Vuelvan a la cama todos!
«Guau, qué buena es».
Patro se dio la vuelta lentamente y me clavó sus ojos penetrantes.
Me dio un escalofrío.
Había algo diferente en la forma como me miraba, algo inquietante.
Aquiles nos observó, tensándose.
«¿Está enojado?».
Patro agarró a Aquiles del brazo.
—Todos ustedes son unos tontos confiados… hay algo sospechoso en ella… lo siento . —Murmuró algo de que Ceres era más baja de lo que recordaba.
Me tragué una respuesta mientras se alejaban por el pasillo.
—Mañana en la mañana —dijo Augusto, con voz llena de peligro—. Prepárate, Alexis .
Una vez más dijo mi nombre como si fuera una amenaza.
Caronte entornó los ojos gélidos.
—Buenas noches, esposa.
Helena y yo acompañamos a Ceres, sosteniéndola una de cada lado y protegiéndola de los hombres con nuestro cuerpo mientras la escoltábamos por el pasillo.
Augusto y Caronte no se movieron mientras caminábamos; solo miraban.
Cuando llegamos a la habitación que estaba junto a la de Helena, que tenía una puerta conectada con el suyo, traté de no vomitar de ansiedad.
—Por ahora, solo descansa —le susurré a Ceres mientras ella se arrastraba con cautela a la gran cama con dosel—. En la mañana podrás bañarte. Necesitas curarte.
Su mirada llena de pánico se encontró con la mía mientras se acomodaba bajo las cobijas, temblando, cubierta de tierra y sangre.
—Recuerdo acontecimientos recientes —dijo Ceres temblando—. Pero los años anteriores, mi infancia, todo está borroso. Necesito recordar de dónde vengo. Necesito saber quién soy… Necesito… Necesito… —Se quedó en silencio con un grito ahogado.
Su trauma era tangible.
—Puedo traerte libros espartanos —le ofreció Helena—. Sobre nuestra historia, tu historia. Te ayudarán… a recuperar lo que perdiste.
Por primera vez, Ceres se relajó y bajó la guardia.
—Gracias —susurró—. Me gusta leer, debería ayudar… No puedo agradecerles lo suficiente a las dos; lo que hicieron fue… —Se le quebró la voz y guardó silencio, mirándome con los ojos llenos de lágrimas.
—De nada —dije, aunque el estómago se me retorcía de aprensión. Había sentido miedo y de todos modos había actuado.
Helena igual.
Con el tiempo, vendrían las consecuencias. Por ahora, le llevaríamos a Ceres los libros que necesitara hasta que recuperara la memoria.
Helena y yo nos dimos la vuelta para irnos.
—¡Esperen! Recuerdo… una cosa —dijo Ceres de repente.
Volteamos hacia ella.
Sus ojos lavanda estaban abiertos de par en par y parecían atormentados.
—Zeus.
Unos arañazos de miedo me rasparon la columna vertebral.
—¿De qué… te acuerdas? —le pregunté mientras empezaba a escuchar un zumbido agudo en el oído izquierdo.
Ceres se veía desanimada.
—No, de nada.
Helena y yo volvimos a su cuarto y cerramos la puerta. Nos metimos a su cama rosa y nos giramos de lado, dándonos la espalda.
Se extendió un silencio tenso.
—Nadie quiere meterse con Zeus.
Me tomó un segundo procesar los susurros de Helena.
—Hay una razón por la que la Gran Guerra fue tan fatal para los olímpicos y los ctónicos. ¿Alguna vez te has preguntado por qué nadie habla de eso?
Me enterré las uñas en el tatuaje de «C+A» del antebrazo.
Todo sobre Esparta era caótico.
—Tres palabras —susurró Helena.
Entorné los ojos, sin saber a qué se refería…
—Destrucción mutua asegurada.
La parálisis me endureció las extremidades. Rigor mortis .
Helena se durmió primero; no dejaba de quejarse y de patear por debajo de las cobijas. Cuando por fin me reuní con ella, soñé con una siniestra parca encapuchada que me miraba.
—Ten cuidado, mi cielo —susurró la Muerte en mi oído con voz ominosa, enrollándose en el dedo uno de mis rizos.
«Es solo una pesadilla» .
Una boca rozó suavemente mi frente; unos labios cálidos y aterradoramente reales. Se me erizó el vello de la nuca.
La parca me miraba fijamente.
Toda la noche, no se movió.
La Muerte estaba encorvada de mi lado de la cama, mirándome sin parpadear, flotando a unos centímetros de mi cara; sentía su aliento caliente contra mi mejilla.
Observándome.
En mi cabeza escuchaba una y otra vez: «destrucción mutua asegurada».