Capítulo 6 #3
Augusto vio hacia donde estaba mirando y me explicó:
—Es porque Hermos es una gorgona. Son particularmente extraños con su privacidad. Pusimos la puerta para que él dejara de quejarse de la desnudez.
Me tomó un segundo procesar que él pensaba que la regadera rara era la que sí tenía puerta.
«¿A lo mejor las sirenas tienen razón y sí soy una mojigata?».
Caronte murmuró algo de que Hermos era un ridículo cuando pasó junto a mí: completamente desnudo.
En el muslo izquierdo tenía una pequeña mancha de sangre que contrastaba con el resto de su piel pálida y perfecta.
Sin embargo, su pierna derecha era una colección de quemaduras, marcas y piel echada a perder. Las cicatrices eran diferentes de las que tenía en el pecho, pero no se veían menos dolorosas.
Caronte era una impactante amalgama de furia, tatuajes y viejas heridas.
Se metió en el cubículo abierto y abrió la llave del agua.
Su expresión se volvió circunspecta cuando notó que miraba su pierna, y agarró unas botellas con brusquedad.
Me llené de culpa porque ya había notado su cojera en Corfú, pero no le había dado mucha importancia. Jamás habría podido imaginar la tremenda magnitud de su lesión.
Augusto pasó a mi lado, también sin ropa, y perdí momentáneamente la capacidad de pensar. El cabello negro y blanco le caía suelto sobre la piel bronceada.
Su pecho no tenía ninguna marca, parecía suave, con un ligero rastro de vello; también tenía sangre en el muslo, y un destello plateado brillaba en la cabeza de su grueso pene.
«Espera… ¿qué?».
Subí la mirada a su rostro enseguida.
Augusto alzó una ceja oscura mientras entraba en la regadera con Caronte.
«Sálvame, Dios».
Los dibujos de genitalia de la página Estilo de Vida Espartano claramente eran inventados porque ninguno tenía un piercing; lo habría recordado.
Sacudí la cabeza y corrí a la regadera que sí tenía puerta; la cerré con fuerza detrás de mí.
«Es sorprendentemente agotador ser la primera pervertida introvertida mojigata del mundo».
Me desnudé apresuradamente.
El rocío divinamente caliente casi me hizo olvidar a los dos hombres desnudos que tenía a un brazo de distancia.
«Casi».
—¿Estás bien ahí adentro? —canturreó Caronte burlonamente, con cierto coqueteo.
No debí mirar fijamente su pierna. Claramente estaba acomplejado por ello, aunque, en todo caso, las cicatrices lo hacían más impresionante.
—¿La regadera está a la altura de tus expectativas, princesa? —gritó Caronte, claramente tratando de obtener una reacción de mi parte.
—No me lla-llames así. —Me froté jabón con furia en la piel sudorosa.
—Pero es la verdad —dijo Caronte—. Eres la princesa de la gran Casa de Hades.
—Ya sé —murmuré entre dientes—. Por eso se casaron conmigo.
Siguió un silencio muy cargado.
—Esa no es la única razón —dijo Caronte con brusquedad.
Resoplé.
Los pies pálidos de Caronte aparecieron afuera de mi puerta.
—Alexis, eres una cobarde escondiéndote de…
—Y tú solo te casaste conmigo por mi herencia.
—Yo me casé contigo —el tono de Caronte era peligroso—, porque cuando te vi, inmediatamente quise arruinarte … en cuerpo y mente.
Una parte primitiva de mi cerebro se encogió de terror.
«Sálvate; aléjate de él».
—¿Eso era lo que querías oír? —preguntó Caronte con rudeza—. ¿Te hace sentir mejor, princesa?
—No.
«De verdad, no».
Cerré la llave del agua, me envolví rápidamente en una toalla y abrí la puerta de golpe.
— No es solo físico. —Caronte peló los dientes mientras me miraba con odio; su piel desnuda brillaba con el agua.
Si su intención era parecer arrepentido, fracasó.
Se veía cruel.
Lo empujé al pasar; el brazo me hormigueaba donde nos habíamos tocado. Agarré la primera ropa de entrenamiento que encontré en un casillero y me la puse. Cuando estuve completamente vestida, me volteé hacia él.
Caronte se había puesto pantalones.
Yo era una mujer devastada (léase: pervertida).
—Admito que el impulso de cogerte es… —Caronte se lamió el labio inferior—insoportable.
Di un paso atrás. ¿Qué debe responder una cuando le dicen eso?
—Con respecto a ti, mis deseos son… incluso más oscuros de lo habitual. —Su voz era ronca.
La sensación de mareo regresó.
Augusto salió de la regadera rodeado por una nube de vapor, con una toalla envuelta en la cadera.
—Los dos disfrutamos tener el control —dijo con despreocupación—. Yo tiendo a los elogios, mientras que Caronte tiene una inclinación más malévola. Se podría decir que él es… cruel.
Me atraganté.
«ADVERTENCIA: PELIGRO».
En mi mente parpadeaban unas luces rojas.
«Mátalos y huye antes de que puedan hacerte daño» .
—¿Entiendes lo que te estamos diciendo? —preguntó Augusto, su voz era terciopelo envuelto en acero.
«¿Elogios?».
«¿Cruel?».
— Carissima —dijo Caronte con una siniestra dulzura—. Dinos que entiendes. —Se tensaron los tendones de su cuello tatuado—. Ahora mismo. —Me dejó petrificada con su mirada.
Se me secó la boca.
El rostro escultural de Caronte se llenó de sombras y su expresión se volvió siniestra. Se le hinchó una vena en la frente y me señaló con un dedo.
—RESPÓNDEME AHORA MISMO QUE…
—¡SÍ, ENTIENDO! —grité también, desesperada por que se callara.
Augusto se acercó a mí.
—Ay, Alexis —susurró con voz oscura—. Me hace tan feliz de que comprendas lo que está sucediendo aquí. Eso es… eres mi niña buena .
Caronte estaba furioso y Augusto sonreía.
Mi sistema nervioso se apagó.
«Parálisis total de todo el cuerpo, falla de todos los sistemas».
No había cura.
Jamás, en toda la historia, una mujer había estado tan inequívocamente jodida.