Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

EL HEREDERO MAYOR

A UGUSTO: VEINTICUATRO HORAS DESPUÉS,

BASE NO OFICIAL DEL E SCUADRÓN DE LA M UERTE, S IBERIA

Di vuelta en la esquina con sigilio y seguí adelante.

Poco estaba dormido, tenía sus brazos regordetes de mapache envueltos con fuerza alrededor de mi pantorrilla.

—La encontré inconsciente en un rincón del calabozo que está bajo nuestro palacio en Creta —dijo Hades, mientras caminaba de un lado al otro afuera de la sala médica—. Se transportó herida desde Montana a Grecia … Es increíble que no esté en coma.

Estaba hablando con Ares, mi padre.

La cicatriz irregular de la boca de Ares se tensó mientras escuchaba a Hades y unos anillos rojos brillaban alrededor de sus ojos.

Me vinieron recuerdos de ser torturado.

Todos los miembros de la Casa de la Guerra tenían una cicatriz en la cara, él lo exigía así.

Las luces parpadearon y hubo un fuerte ruido de electricidad mientras el generador se esforzaba por mantener la energía.

Cuando me deslicé entre las sombras, Cerbero volteó sus tres cabezas hacia mí.

Los animales podían sentir el poder ctónico de mis ojos, y sus instintos les advertían que era un depredador al cual tenían que tomar en serio.

Sin ser consciente de la alerta de su animal de protección, Hades se inclinó más hacia Ares.

—Gracias a Cronos encontré a Alexis en el momento justo.

—Sí —respondió Ares como si eligiera cuidadosamente cada palabra—. Qué bueno… que fuiste tú quien la encontró.

Un dolor me penetró el cráneo.

Las migrañas producidas por mis habilidades ctónicas me habían atormentado toda la vida, pero ahora eran más fuertes. Desde el vínculo matrimonial, me escurría sangre de los ojos cada vez que usaba mis poderes o sentía emociones fuertes.

Mi poder había aumentado de la manera más terrible: el mismo Cronos me estaba castigando por haberle puesto una trampa a mi esposa.

Hades hizo una expresión extraña.

«¿ Qué estará ocultando?».

La puerta se abrió de golpe y una doctora salió apresuradamente, inundando el pasillo con una luz brillante.

En la bata olímpica de la doctora estaba bordado el antiguo símbolo de sanación espartano: el báculo de Asclepio, un bastón brillante con una serpiente enrollada alrededor, y unas alas en la parte superior.

Las alas representaban a las criaturas. La serpiente, a los ctónicos. Los olímpicos eran la vara.

El antiguo símbolo de vida y muerte estaba salpicado por sangre de un color sorprendentemente vibrante, lo que significaba que algún espartano tenía una hemorragia excesiva.

Se me hundió el estómago.

La doctora hizo una reverencia temblorosa frente a Hades.

—Voy a contactar a mis colegas para conseguirle la nueva pasta olímpica —dijo atropelladamente—. Para los daños.

Hades asintió, y la mujer se transportó.

Los laboratorios olímpicos de investigación elaboraban productos médicos que salvaban vidas.

Bajé la mirada al grabado de mi arma, que decía GSMM.

Ares inició la empresa de armas, anteriormente llamada Herramientas Mortales. Se especializó en unas lanzas espinosas que fueron apodadas «asesinas de lagartos»; los caídos se retorcían alrededor de ellas antes de morir.

Ares se negó a fabricar otra cosa, a pesar de que las lanzas no servían muy bien en los tiempos modernos, así que los otros líderes ctónicos me dieron el negocio a mí.

Él nunca me había perdonado por asumir el cargo y renombrar la empresa GSMM, a pesar de que las leyes sobre las herencias estaban escritas en los estatutos de la compañía.

Me froté la cicatriz de la cara, la que él me había hecho.

Se oyó un fuerte crujido cuando la puerta de la sala médica blanca y estéril se balanceó de un lado a otro. Adentro, dos figuras estaban conectadas a unas máquinas que pitaban.

Mierda .

Hermos tenía un robusto yeso envuelto alrededor de la cabeza (obra de Caronte).

Alexis estaba frente a él, acostada en una camilla, cubierta con vendajes de pies a cabeza; la mitad de su cara estaba hinchada y amoratada, de un tono púrpura enfermizo bajo las luces neón. Su extraño animal de protección yacía en el suelo junto a su cama con la cabeza sobre las patas.

«Le dispararon y luego se transportó tres veces. Todo por tu culpa».

Debí haber actuado antes. Debería haberla detenido, pero quería respetar su autonomía.

Ninguna mujer debía estar tan vendada y, desde luego, menos mi mujer.

Ella siempre debería estar protegida. Mimada. Consentida.

«Hirieron a tu esposa cuando estaba bajo tu cuidado. Eres una puta desgracia de hombre, condenado por Cronos» .

El martilleo de mi cráneo aumentó cuando se abrió la puerta.

—¿Qué haces aquí? —La voz de Hades sonó como un disparo y Cerbero gruñó—. Solo los líderes tienen permitido estar aquí. Te dijimos que te quedaras en la sala de espera.

Ares me miró con disgusto, luego se dio la vuelta y se fue, dejándome a solas con el otro líder.

«A la mierda, padre».

Hades se paró frente a la puerta, impidiéndome la entrada a la sala médica.

No recordaba haberme movido hacia adelante.

—¿Por qué se ve… así? —Me tembló la voz cuando intenté mirar a través de la pequeña ventana de vidrio por encima de su hombro.

Hubo un fuerte chisporroteo. Todo se volvió oscuro cuando las luces se apagaron de golpe.

El pasillo quedó completamente negro salvo por los seis ojos amarillos de Cerbero.

Hades se me acercó un paso.

El generador tronó ruidosamente y hubo un zumbido; unas enfermizas luces verdes parpadearon débilmente, más tenues que antes.

—Se transportó múltiples veces con una herida de bala —escupió Hades—. Estuvo tambaleándose desorientada por nuestra bodega y cayó de cara contra las rocas. Su cuerpo estaba tan débil por la transportación que se moreteaba fácilmente.

Había un tono antinatural en su voz. Parecía casi… culpable.

—Necesito verla. —Me moví a un lado para ver por encima de su hombro.

Hades se movió conmigo.

—Ella no quiere verte.

Unos tentáculos de niebla oscura se derramaron de él, como una corriente traidora.

Cientos de voces gritaron: «Eres un asesino. Un monstruo. Nadie podría querer a alguien como tú».

Cada mente que yo había torturado me devolvía la tortura.

La suave voz de Alexis era la más fuerte de todas. «Te odio. Me violaste. Jamás te amaré. Jamás serás mi esposo».

El dolor de mi cráneo alcanzó un punto febril, y mi rodilla derecha estuvo a punto de colapsar.

Las voces gritaron con más fuerza.

—Ya le hiciste suficiente daño a mi hija. —Hades expresó mis miedos en voz alta.

Su poder se envolvió alrededor de mi cuello en una horca; cualquier forma de calidez desapareció del mundo; mi aliento salía como una nube helada.

Mis labios congelados se agrietaron al abrirlos.

— Necesito estar con ella.

Mi visión se nublaba cada vez más.

—No, lo que necesitas es dejarla en paz —dijo Hades con frialdad—. Eres una desgracia de espartano, y si no fuera por el vínculo que hay entre mi preciosa hija y tú… te destriparía aquí mismo.

Me empujó al otro lado del pasillo.

CRAC . Mi cabeza chocó con la pared; el dolor se sumó a mi delirio.

Cerbero ladró.

—Vete —me ordenó Hades—. Ya.

«Tienes que llegar a ella».

Abrí la boca para discutir, pero lo único que salió fue un gemido de dolor. Pronto, la migraña progresaría, y ya no podría ver nada.

—No fue mi intención lastimarla —susurré—. De verdad me importa y…

—¡ Vete ! —rugió Hades.

Unos tacones resonaron sobre el mármol.

—¿Hades? —lo llamó Afrodita desde el extremo del pasillo—. Se avistó una presencia titánica inusual cerca de Roma; Artemisa te asignó a ti y a Ares para que la investiguen. Augusto, ¿por qué carajos no estás en la sala de espera con los demás?

—Voy para allá —dije con voz ronca.

Esperaba que Hades se fuera primero.

No lo hizo.

—Vete —me ordenó Hades, leyendo mis intenciones—. Ya.

Me di la vuelta y me tambaleé por el pasillo.

El hielo me mordía los tobillos mientras su poder me perseguía.

Normalmente, mis migrañas venían con oleadas de entumecimiento, pero ahora cada hueso del cuerpo me dolía. Gemía de dolor, desorientado y mareado, y rebotaba contra las paredes.

Un ruido de conversación logró sobreponerse a la angustia.

Algo jaló la pierna de mi pantalón.

Me detuve, tambaleante, y entorné los ojos.

En la neblina verde, Poco inclinó hacia arriba su cara negra y gris como si intentara decirme algo.

Levantó una manita negra, con la pata abierta, expectante.

—No tengo comida —dije con voz ronca.

Poco mostró sus dientes afilados y sacudió la cabeza. Luego levantó más alto su pata negra, como si esperara algo.

—No tengo comida. —Me agarré la cabeza.

Chilló más fuerte, y nuestro vínculo se calentó por la ansiedad. Poco juntó sus manitas y luego levantó una hacia mí.

—Ah —susurré. Tentativamente, me incliné y le di mi dedo índice.

Poco se aferró a él, su mano miniatura era incapaz de envolverlo por completo.

Suavemente, Poco me jaló hacia adelante, equilibrándose contra mí mientras guiaba el camino sobre sus dos patas esponjosas.

La humedad me nubló la vista.

—Gracias.

Me respondió con un chillido.

El vínculo entre nosotros se llenó de calidez.

Nadie entendía por qué me había vinculado con un mapache y no con una de las bestias de clase seis que vivían en lo profundo de la colección de animales.

Había cientos de especies diferentes en Esparta, pero solo un puñado entraba en la clasificación de bestias: los de la clase uno a la siete, siendo siete la más alta y peligrosa.

Las bestias de clase siete prácticamente estaban extintas. Los espartanos tenían la obligación de matarlas cuando las vieran.

Los titanes y los tifones eran las dos criaturas etiquetadas como clase siete más recientemente.

La mayor parte de los ctónicos se vincularon con criaturas de clase cinco o seis: mamíferos terrestres de Nemea, los violentos pegasos alados, los primos de tres cabezas de Cerbero, o los dragones invisibles que anidaban en cuevas secretas.

Ninguno de esos animales me interesaba.

El que me conquistó fue el animalito que encontré colgando de un árbol, extendiendo los brazos para dar un abrazo con una sonrisa tímida en la cara.