Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

LA CAZADA

A LEXIS

Caronte me sujetó de los brazos.

Los rayos del crepúsculo de Montana acentuaban sus rasgos inquietantemente atractivos.

El dibujo de esqueleto en la parte superior de su mano derecha se extendía en una manga hasta su hombro. Terminaba donde comenzaban capas de dolorosas cicatrices. Su pecho era un desastre de marcas circulares.

«¿Qué le pasó?». Algo con la capacidad de dejar tantas cicatrices en un inmortal debía ser verdaderamente atroz.

Tenía sangre salpicada en el musculoso torso desnudo y la profunda V de su abdomen desaparecía en sus pantalones militares, enmarcando un delgado rastro oscuro.

Por alguna razón, los humanos llamaban a los ctónicos dioses oscuros.

Esta era la razón.

Con la cara ardiendo de calor, me esforcé por respirar. Al parecer, yo no era asexual; simplemente me gustaban los hombres tatuados, violentos y maquiavélicos. «Un destino peor que la muerte».

Reuní valor para sacar la voz.

—Suéltame —susurré.

Los ojos helados resplandecieron de peligro.

—¿O… qué? —preguntó Caronte con sorna.

Respiré hondo para limpiarme.

Pop. Pop.

Caronte ahogó un grito de sorpresa.

Lentamente bajó la mirada hacia mis manos: la pistola espartana que Hades me había regalado echaba humo.

Caronte apretó los labios.

Había fallado.

Los segundos se convirtieron en minutos mientras nos observabamos, yo (la que había disparado) y Sat án (tristemente, el que no había sido herido).

El campo estaba ominosamente silencioso.

—Usa las dos manos, carissima —dijo por fin Caronte, con voz ronca—. Sostén la pistola frente a ti y apúntame al torso.

Abrió las piernas e hizo como si apuntara una pistola imaginaria a mi corazón.

—Pum —susurró Caronte, flexionando los dedos como si apretara un gatillo.

Tenía sangre en los labios entreabiertos.

Sonrió con arrogancia.

—Si es una emergencia, trata de bloquear los codos para que no te descontrole el culatazo.

Saqué el taser que Persephone me había regalado y presioné el botón negro.

Era una emergencia; mi esposo era un imbécil.

Caronte cayó como una piedra.

Cada vena de su cuerpo sobresalía mientras se contorsionaba en el suelo, y su piel se encendía con rayas azules de electricidad.

—Buen… —dijo tosiendo—. Trabajo —jadeó—. Eso —hizo un horrible sonido de ahogamiento—. También funciona.

Presioné el botón negro, tratando de apagarlo.

Caronte gruñó a medida que el voltaje aumentaba.

Azoté el taser , tratando de detener la corriente.

Caronte sonrió, convulsionando con impotencia en el suelo.

—¡Yujuuuú! —gritó Nyx cuando se despertó y se desliz ó alrededor de mi cintura—. ¡Eso! Electrocútalo hasta matarlo. No tenemos piedad con nuestros enemigos.

Estaban sucediendo muchas cosas (ninguna era buena).

Caronte emitió otro sonido horrible y adolorido, y rodó, tensándose mientras las rayas azules de la electricidad parpadeaban en su piel.

—¡Qué divertido! ¿Por qué no habíamos hecho esto antes? —Nyx se deslizó alrededor de mi cuello con emoción.

—No es divertido —susurré frenéticamente—. ¿Cómo apago esta maldita, estúpida cosa?

Azoté la caja de nuevo, y los gemidos de dolor aumentaron.

—¿Por qué la quieres apagar? —Nyx sonaba genuinamente confundida.

Caronte se dio la vuelta.

«Dios mío».

Se arrancó uno de los picos del taser del pecho con dedos espasmódicos y salpicó sangre y trozos de piel.

—Espera… no se está levantando… ¿o sí? —siseó Nyx con angustia.

Caronte se sentó y se volteó hacia mí.

Grité.

Ya no se molestaba por ocultar las profundidades de su locura: sus ojos prometían una corrupción inefable, las corrientes azules danzaban en su piel pálida, casi translúcida.

El cazador más hábil del planeta se puso de pie frente a mí.

—No mames… se levantó —susurró Nyx—. ¿Cómo logró levantarse? ¿Estás viendo esto?

Solté el taser y retrocedí. El dolor insoportable en mi pierna no era un peligro inminente; en cambio, sí lo era el hombre que se estaba parando tranquilamente mientras lo electrocutaba una corriente viva.

Caronte se limpió los labios brillantes; la sangre fresca crepitaba cuando la esparció por su cara.

— Carissima —ronroneó con voz oscura mientras daba un paso hacia mí—. Si querías jugar… solo tenías que decirlo.

Las rayas azul neón saltaban sobre su piel pálida y un olor a metal ardiente llenó el aire.

Tensó la mandíbula.

Fue mi única advertencia.

Se lanzó hacia mí.

Agarró mi mentón con sus largos dedos y me alzó la cara, mi piel resplandeció cuando la corriente circuló entre los dos; estaba atrapada.

Algo sacó chispas.

Caronte bajó la cabeza hasta que nuestros labios se rozaron.

Zap.

Una chispa saltó entre nosotros; nuestros alientos se mezclaron.

Sacó repentinamente la lengua para lamer la sangre de mi labio inferior. Sentí cosquilleos danzantes en el borde de mi boca, donde me había rozado su lengua.

Fue un contacto de lo más sutil.

Mi piel ardía a su paso.

— Carissima —susurró con voz ronca, lleno de urgencia.

Crac.

—¿Qué maldito Cronos está pasando aquí? —resonó la profunda voz de Augusto, rompiendo el hechizo.

Nos volteamos hacia él como si nos hubiera cachado haciendo algo depravado (así era).

Augusto miró a su alrededor con el ceño fruncido, como si estuviera sorprendido de estar ahí, y luego se enfocó en nosotros. Nos miró durante un largo segundo, y su sorpresa se transformó en algo… peligroso.

—No te detengas por mí. Bésala —ordenó Augusto con voz suave como terciopelo—. Ahora.

«Espera. ¿Qué acaba de decir?».

Caronte me agarró de la mandíbula y estrelló sus labios con los míos.

Explotó electricidad.

Su lengua se hundió en mi boca. Gemí cuando me mordió el labio inferior con fuerza. Él también gimió, y nuestros alientos se mezclaron.

Caronte me besó más fuerte, como si quisiera devorarme. Sus labios eran agresivos, y yo me apretaba contra él, de puntitas, con más necesidad.

Salieron chispas. Una corriente pulsaba entre nosotros.

—Basta —ordenó Augusto. Caronte apartó la boca, jadeando pesadamente, pero dejó los dedos alrededor de mi barbilla. Yo me esforzaba por mantener el contacto.

Una chispa resplandeci ó entre nosotros; zumbó en el aire, conectada a nuestros labios. Estalló.

Lamí el ardor.

Augusto se acomodó los pantalones.

«Disfruta vernos».

Poco asomó su cabeza peluda por encima del hombro de Augusto, la inclinó hacia atrás y me gritó acusadoramente.

«Sí, soy una pervertida».

«Siguiente pregunta».

Caronte hundió sus dedos callosos en mi barbilla y me giró la cara para que lo mirara. Todavía no me había soltado.

—Tienes un sabor… exquisito. —Tenía la voz ronca y áspera.

Me dolían los dientes por la electricidad que había invadido mi mandíbula.

Pasó un largo segundo.

Con el corazón latiendo fuerte, con la cara ardiendo, reuní valor.

—Solo… físico —susurré.

Caronte apartó la mano de mi mandíbula como si lo hubiera quemado.

Sonreí, victoriosa, mientras él tropezaba hacia atrás.

—Esperen. ¿Por qué tienes un taser en el estómago? ¿Y tú por qué tienes marcas de quemaduras en la barbilla? —Augusto nos miró alternativamente como si ambos hubiéramos perdido la puta cabeza (sí era el caso).

—La estoy seduciendo.

—Está tratando de ma-matarme.

Caronte tuvo la audacia de hacerse el ofendido.

Sacudí la cabeza, tratando de encontrar palabras que no venían a mi mente.

¿Cómo explicaba que Carente me estaba electrocutando indirectamente… y que me gustaba?

«¿Hacen lobotomías en las clínicas de salud olímpicas?».

El abdomen de Caronte se tensaba y contraía al ritmo de las descargas eléctricas. Se me secó la boca.

«Nota mental, necesito ir a uno. De inmediato».

Augusto suspiró pesadamente.

—Caronte, claramente la estás asustando. Bájale un poquito. Ya hablamos de esto. —Me señaló—. Se está desangrando por un maldito balazo y se ve fatal. Tenemos que llevarla de regreso a la base. Patro y Aquiles se están transportando por todas partes tratando de encontrarla primero.

«¿Por qué mis mentores se preocupan tanto por mí?».

—¡Mírala! —gritó Augusto.

Bueno, ya, ahora solo estaba siendo grosero.

—Tú fuiste el que nos dijo que nos besáramos —murmuré entre dientes.

El rabillo de los ojos de Augusto se llenó de sangre.

—¿Cómo dices, mi carus ? —preguntó con voz suave—. Levanta la voz, amor, ¿tienes alguna… queja?

Abrí la boca para responder, pero no me salió ningún sonido. Él no era como Caronte; discutir con Augusto se sentía diferente.

Tenía una energía peligrosa. Cierta autoridad.

Quería su aprobación.

«Querido Dios, estoy lista para morir».

Caronte palideció cuando vio mi pierna, como si se le hubiera olvidado por completo que tenía una bala en la pantorrilla. Agarró con las dos manos el segundo cable del taser que todavía estaba agarrado a su piel y lo arrancó de su carne como si nada.

Los cables cayeron al suelo chisporroteando.

—Ajá, eso me gusta —dijo Nyx.

«A mí también».

—Yo nos voy a transportar de vuelta a los tres —anunció Augusto —. Ya que soy el único que no está desangrándose, carajo .

Los dos hombres me miraron expectantes.

«Ay, Dios».

Quería aceptar su oferta y transportarme de regreso a un lugar seguro.

«Eres una mujer fuerte e independiente».

Un par de meses atrás, eso habría hecho. Era la opción más lógica. Pero eso fue antes de que me traicionaran.

Reuní valor en mis entrañas femeninas, respiré profundamente para calmarme y lancé una rápida oración a Dios para que no desfigurara tanto mi cadáver… Carl Gauss me estaba esperando.

«Ningún precio es demasiado alto para la venganza».

—Oye, niña, creo que no deberías… —empezó Nyx.

Augusto y Caronte abrieron mucho los ojos.

— Domus —susurré mientras me concentraba en la sensación del hogar. «Calidez. Aceptación». Hades y Perséfone pasaron por mi mente.

Grité cuando me sumergí en la oscuridad.

A diferencia de las otras veces que me había transportado, el dolor fue inimaginable. Algo había salido mal. Me estaba desgarrando, mis miembros se estiraban y contorsionaban.

Estaba acostada de espaldas, con las piernas y los brazos muy extendidos.

El humo se alzaba a mi alrededor.

Todo estaba oscuro.

Una mujer gritaba. «¿Soy yo?».

Nyx siseó y se deslizó por mi cuello.

—¿Niña… cómo… estás? —Me rozó la mejilla con la lengua, pero su voz sonaba distante.

Tosí mientras el mundo giraba.

El estómago se me retorció de náuseas, me puse de lado y vomité todo lo que había comido el día anterior.

—Necesito… muévete… ayuda. —Nyx sonaba preocupada. Ya éramos dos.

Los ojos se me fueron a la nuca, y apenas encontré la fuerza para volver a mirar hacia adelante.

Había unas vigas de acero espaciadas en el bajo techo de roca. El aire era húmedo y denso. Las sombras parpadeaban con la luz de las antorchas de las paredes.

—Niña, tienes que levantarte —dijo Nyx cuando mis oídos se despejaron.

Una mujer aulló horriblemente.

«¿Soy yo, o solo está en mi cabeza?».

El aullido aumentó de modo constante, confirmando que no era yo.

Me rodé hacia mis manos, con la vista borrosa. Me puse de pie quejándome.

«Tú puedes, Alexis; eres una espartana».

Agachada, con las manos en las rodillas, escuché que unas voces masculinas amortiguadas lanzaban improperios mientras la mujer gritaba.

Un dolor punzante me atravesó el cráneo cuando giré la cabeza para ver los extremos opuestos del estrecho túnel de roca.

Una luz brillaba al final de uno. «Una salida» .

Un grito resonó del otro lado; estaba oscuro. «Un callejón sin salida».

Se me erizaron los pelos de la nuca mientras contemplaba ambas dos opciones.

—Tenemos que salir de aquí; corre, Alexis. Ahora —siseó Nyx mientras se deslizaba por mis piernas hasta el suelo.

Respiré profundamente y avancé a trompicones, muriéndome de dolor.

Tomé una decisión.

A diferencia de Ícaro, no caí en mi perdición tratando de escapar: fui hacia ella voluntariamente.