Los lazos de Hércules (Hércules 2) Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

«Sí sería capaz, maldita sea».

Por instinto, me lancé hacia ella y la agarré del bíceps.

Crac.

Nos quedamos solos.

Estábamos de pie en un campo de pasto verde.

La temperatura de mayo era cálida. El sol brillaba suavemente, poniéndose entre la neblina rosa.

A treinta metros, iniciaba un bosque cercado con alambre de púas. Un letrero anunciaba con letras rojas: «Zona militarizada protegida por la Federación Espartana; cuidado, titanes».

Nos había llevado a Montana, donde la habíamos encontrado viviendo bajo una puta lona.

—¿No tienes sentido de la autopreservación? —grité horrorizado.

Alexis se zafó de mi mano.

Tambaleándose, se quitó los guantes empapados de sangre y miró sus dedos temblorosos.

—Drex —dijo en voz baja.

«¿Hay un tenue resplandor saliendo de sus manos?».

Limpió el resplandor y pareció volver a la normalidad.

—¿Te transportaste dos veces seguidas? ¿En qué estabas pensando? ¿Estás tratando de matarte? —gruñí.

Su mirada se opacó.

Se puso de pie tambaleándose, con las pestañas cubiertas de hielo y los rizos salvajes congelados sobre la cara roja, como si fuera a desmayarse, mientras le brotaba sangre de la pierna.

La rabia y el miedo se mezclaban en mi pecho: una combinación tóxica.

—Mírame —le ordené.

Ella apartó la mirada.

Pensamientos oscuros se mezclaban con emociones de impotencia. Mi agresividad la estaba alejando. Yo era conocido como el cazador de mi generación por una razón: sabía cuándo era el momento de cambiar de táctica.

«Necesito fingir que soy un hombre amable ».

Respiré profundamente, bajé la voz y relajé mi postura.

—Por favor… déjame ayudarte.

La puesta del sol proyectó líneas rosas sobre su expresión obstinada.

Me quité el casco y lo dejé caer a un lado para mostrarle que no era una amenaza (sí lo era).

—Necesitamos ponerte un torniquete alrededor de la pierna y atar la herida. Estás perdiendo mucha sangre.

Lentamente, me desabroché las pistoleras y dejé caer mis armas al pasto. Me quité la camiseta de caza negra y le ofrecí la tela.

—Átala alrededor de tu pierna.

Alexis se le quedó viendo.

—A ver, déjame ayudarte. —Me arrodillé frente a ella.

Las yemas de mis dedos rozaron su pantorrilla y un cosquilleo me recorrió el brazo; ahogué un gemido gutural. Me moví para ocultar la inoportuna protuberancia de mis pantalones y enrollé la camiseta alrededor de la parte superior de su pantorrilla.

«Contrólate. Está herida, maldito animal». La até con la mayor suavidad posible.

—Gracias —susurró Alexis con voz ronca.

El hielo de sus pestañas se derritió y goteó sobre mi mejilla; me estaba mirando con una expresión extraña.

Pumpum-Pumpum-Pumpum. Tenía el corazón en la garganta.

Era la primera palabra que me dirigía en meses.

Cierta humedad me nubló la vista; parpadeé para despejarla.

«Amárrala. Agárrala rápido; ahora que no se lo espera. Échala sobre tu hombro y transpórtate. Encadénala a ti».

Tragué con dificultad.

«No. Déjala elegir ».

Obligué a mis hombros a relajarse.

—Vamos… de vuelta a la base para que podamos vendarte bien. —Me puse completamente de pie y le ofrecí mi mano—. Nos transporto de regreso.

«Sé un hombre bueno».

Su expresión se volvió recelosa.

«Mierda, debí haberla agarrado».

—¿Por qué no? —Se me tensó el cuello y traté de no pelar los dientes como un depredador.

No me extrañó su silencio.

Alexis volteó la cabeza, sus ojos de dos colores me atravesaron con intensidad.

Le escurría sangre por las mejillas de donde se había cortado con las ramas de los árboles; sus rizos se alzaban en todas direcciones y su rostro se retorcía con emociones oscuras.

—Me traicionaste.

Negué con la cabeza y le ofrecí mi brazo para que lo tomara.

—No… me casé contigo.

La voz de Alexis era fría como el hielo.

—¿Valió la pena herirme… solo por tus po-poderes? ¿Conseguiste todo lo que querías?

—No entiendes —dije, apretando los dientes—. No fue así. Los olímpicos… la opresión.

Alexis puso los ojos en blanco y movió la mano despectivamente. El diamante de diez quilates que le regalamos danzaba en su dedo.

«No ataques a tu esposa ».

Extendí la mano hacia ella con cuidado.

—Solo ven conmigo.

«No la secuestres».

—Me tendiste una trampa —dijo Alexis con voz ronca—. Me acechaste como a un animal. Me torturaste con tus poderes retorcidos…

—TUS PODERES TAMBIÉN SON MÁS FUERTES AHORA —grité, perdiendo el control—. Despierta. También a ti te habrían aplicado la ley sobre el matrimonio, princesa. Tú también te beneficiaste de este acuerdo, estoy tratando de ser un mejor hombre para ti.

—¡YO NUNCA TE PEDÍ QUE FUERAS NADA! —gritó.

Me metí los nudillos a la boca para evitar decir algo de lo que me arrepentiría.

Cuando por fin recuperé el control de mí mismo, hablé entrecortadamente:

—Perdón por haberte puesto una trampa… por el acoso… por el matrimonio… por el secuestro. Voy a ser mejor.

—¿Y las pa-partes de cuerpos en las cajas? —susurró.

Entorné los ojos.

—¿Eso qué? Esos desgraciados te tocaron en contra de tu voluntad. ¿Qué mierdas esperabas que hiciera?

—¡Literalmente cualquier otra cosa menos cortarlos en pedacitos!

Me reí con desdén.

—No seas ridícula, Alexis.

Jadeó como si le costara trabajo respirar.

Continué.

—Todavía no entiendo por qué rechazaste las joyas. ¿No estaban a tu altura? Augusto dijo que los humanos alguna vez habían venerado el diamante Hope. Pensó que te gustaría esa historia. ¿Querías algo mejor?

Alexis se cubrió la boca e hizo un ruido de ahogo mientras su rostro se ponía morado.

Suavicé mi gesto.

—Seremos mejores hombres por…

—Lo nuestro es so-solo físico —dijo bruscamente.

Parpadeé.

Una furia helada me inundó el cuerpo.

—¿Qué… mierdas acabas de decir?

Alexis inclinó la cabeza hacia atrás, con la mandíbula firme.

La sangre seguía deslizándose por sus mejillas, pero ella levantaba obstinadamente el mentón, sin acobardarse ante mi ira. Me habría impresionado de no haber estado tan tremendamente furioso.

— Te reto a que lo digas de nuevo —dije en voz baja.

Peló los dientes, con los ojos brillando.

—Lo nuestro es solo físico.

Me lancé hacia ella.