Capítulo 4 #2
Poco no tenía rango, pero no me importó.
Era perfecto tal como era.
Ahora, Poco me miraba con preocupación mientras me guiaba lentamente por estos pasillos. Sus deditos negros apretaban los míos con fuerza, como si temiera perderme.
Los mapaches eran criaturas feroces, inteligentes y leales.
Después de pasarme la vida con Ares, que no paraba de darme frías lecciones sobre el poder y el honor, con animales que solo gruñían y salían huyendo, con otros ctónicos encargados de recordarme mis responsabilidades, fue maravilloso tener un verdadero compañero.
A Poco no le importaba que yo fuera el heredero mayor de los ctónicos.
Extrañamente, fue uno de los pocos animales que conocí que no me tenía miedo.
Solo quería acurrucarse conmigo y jugar con mi cabello.
Hace años, cuando se me quemó todo con el fuego del dragón de Cólquide, Poco lloró y se neg ó a salir mi cama durante una semana mientras me rascaba el cráneo; estoy bastante seguro de que fue el primer caso de depresión de un mapache sobre la Tierra.
Desde entonces, me dejé crecer el cabello; lo mantenía largo para él.
Él lo era todo para mí.
Asesinaría a cualquiera que se atreviera a hacerle daño.
Poco chillaba y jalaba mi mano.
Me detuve enfrente de una familiar puerta de metal con una daga grabada en el centro. Antes de que pudiera tomar el picaporte, el pasillo se sumió una vez más en la oscuridad.
Descendió el silencio.
Se me erizó el vello de la nuca.
Cuando el generador se activaba, normalmente hacía ruido, pero no hubo ninguno.
Poco soltó un grito de nervios.
Sonaron sirenas.
—Emergencia… Emergencia… Emergencia.
Una voz monótona repetía la advertencia en los altavoces del pasillo.
Un dolor penetrante me apuñaló el cráneo. Me doblé por la violencia del ataque.
Poco trepó por mi cuerpo, presionado su pelaje contra la parte posterior de mi cabeza mientras me abrazaba por detrás; parpadeé confundido.
Me tomó un segundo comprender.
Poco me estaba tapando los oídos con sus manitas, tratando de protegerme del ruido atronador.
El generador zumbó y las luces se encendieron de nuevo, pero no eran verdes.
Eran rojo neón.
Unas vibrantes luces carmesí destellaban mientras las sirenas seguían sonando.
Mientras Poco me cubría los oídos, empujé la pesada puerta de metal con el hombro y me tambaleé directamente contra otro cuerpo.
—¿La viste? —me preguntó Caronte frenéticamente mientras me tomaba de los hombros para estabilizarme—. ¿Está bien? ¿Qué pasó? ¿Los líderes te cacharon? ¿Por qué se activó la alarma de emergencia?
—No —susurré mientras lo apartaba.
Caronte me siguió.
—¿No qué? —preguntó. Los perros infernales nos observaban desde un rincón, sus cuerpos esqueléticos aparecían y desaparecían alternativamente.
Los poderes de Caronte también se estaban haciendo más fuertes gracias a nuestro vínculo matrimonial.
—Ustedes dos son malos para Alexis —dijo Patro de manera engreída. Estaba apoyado contra la pared con los brazos cruzados—. Lo único que hacen es lastimarla.
Caronte se volteó hacia él con un gruñido; Patro enfrentó su ira con una sonrisa arrogante.
Me lancé de cabeza sobre el sofá desgastado y gemí de miseria.
En mi visión periférica, vi a Drex sentado del otro lado con los ojos muy abiertos. Un pájaro horrendo volaba sobre su cabeza en pequeños círculos.
Poco se reacomodó en un bulto peludo sobre mi pecho.
—¿Viste a Hermos? —me preguntó Ágata mientras se levantaba del suelo. Atravesó la sala y se paró en mi cara.
Poco aulló y trató de morderla.
Ella se quitó de su alcance.
—Hermos… está en coma —susurré, luchando contra las náuseas—. Tiene la cabeza toda vendada.
—Vete a la mierda —dijo Ágata mientras se daba la vuelta y señalaba acusadoramente a Caronte—. No tenías por qué dispararle.
—Tiene suerte de seguir vivo —respondió él con indiferencia.
Ágata rugió.
Caronte pasó junto a ella y la empujó con el hombro.
—¿Cómo está Alexis? ¿Está… bien? —me preguntó con tono suave.
Negué con la cabeza.
—Por supuesto que no está bien —dijo Patro con odio desde donde seguía apoyado contra la pared—. Está casada con ustedes .
Caronte se lanzó sobre Patro y lucharon soltándose gruñidos.
Unos dedos negros diminutos me taparon los oídos.
En el extremo del sofá, Drex murmuraba lo que me pareció una oración a Jesús. «Él no te va a ayudar aquí. Esto es Esparta».
Poco olvidó lo que estaba haciendo y se puso a jugar con mi lóbulo. Metió un dedo diminuto en lo profundo de mi oído.
Crac.
Abrí un poco los ojos.
Aquiles se materializó en medio de la sala en una nube de humo con Popea y Nerón a sus pies.
Caronte y Patro se habían separado, y los dos tenían una expresión de culpa, como si intentaran ocultarle a Aquiles el hecho de que habían estado peleando.
Aquiles le dijo algo rápidamente a Patro en lenguaje de señas y le entregó un pergamino.
Mientras Patro lo leía, Aquiles se dejó caer en el sofá a mi lado, frotándose las sienes como si estuviera exhausto.
Tenía un cigarro sin encender entre las rejillas de su bozal.
Drex gimió de miedo del otro lado del sofá, y los dos pusimos los ojos en blanco, compartiendo una larga mirada de sufrimiento. «Este nuevo olímpico no va a durar ni una semana en el Escuadrón de la Muerte».
Me tensé.
—Aléjate de Alexis —susurré. Aquiles era mi medio hermano, también creció en la Casa de Ares, y siempre lo había considerado mi familia más cercana después de Helena.
Sus ojos rojos brillaron, y Aquiles arqueó una ceja con sorna.
Toqué mi pistolera.
Él me imitó.
«Ya no es de mi familia».
Poco le bufó a Aquiles y luego lo señaló con un dedito e hizo como si le disparara. Caronte se había pasado los últimos meses enseñándole ese truco.
Nerón se acercó al sofá con un gruñido grave.
Miré al lobo.
Metió la cola entre las patas y se alejó sigilosamente.
—¡ESCUCHEN TODOS! —gritó Patro mientras agitaba el pergamino amarillo en la luz rojo neón—. Medusa… se escapó del Inframundo. —Le tembló la voz como si hubiera visto un fantasma—. Ya asesinó a dos olímpicos, a dos inmortales .
El volumen de las sirenas pareció aumentar.
Patro volteó el pergamino para que todos lo viéramos.
Toda la superficie era una imagen de Medusa. Se veía pálida y huesuda, y sus ojos parecían demasiado grandes para su cabeza. Cubierta de sangre y tierra, miraba inexpresivamente desde atrás de los barrotes de la prisión.
Patro leyó el titular:
—Se convocó una cacería porque la monstruosa Medusa está libre para desatar su furia de nuevo: dos olímpicos muertos. ¿Ahora viene por los ctónicos que la encerraron?
Puse los ojos en blanco.
Ágata se rio.
—¿Por qué no están en pánico? ¿Qué carajos les pasa? —Patro me apuntó con el pergamino acusadoramente—. Ahora la asquerosa gorgona va a venir por nosotros… Debería haberse muerto, carajo. Escoria de serpiente.
Ágata dio un paso adelante.
— ¿Tienes algún problema con las gorgonas, Patro? —preguntó—. Porque eso sonó como un insulto.
Patro resopló.
—Pues sí, tal vez así es… Son criaturas oscuras y violentas que no pueden actuar correctamente. Son más como animales que…
—Si yo fuera tú, no terminaría esa frase —lo interrumpió Ágata y le mostró unos colmillos afilados mientras la piel de su cara comenzaba a pelarse, revelando un rostro monstruoso.
Abrió más las fauces.
Como un rayo, Aquiles atravesó la sala y se paró enfrente de Patro para protegerlo.
Echó el cuerpo hacia adelante como si también estuviera pelando los dientes detrás de su bozal; la punta humeante de su cigarro era del mismo color que sus ojos.
Las luces parpadeaban, un resplandor rojo en las sombras, mientras la alarma de emergencia seguía sonando.
—No le tienen miedo porque sea parte gorgona —dije.
Todos se voltearon hacia mí.
Hablé lentamente.
—Cuando los espartanos se cruzan con las criaturas… pueden expresarse… los rasgos recesivos… Por eso no sucede a menudo.
—¿De qué estás hablando? —preguntó Patro entornando los ojos.
—En la línea de Artemisa hay algunos ancestros extraños —dije en voz baja, sin mirar a Caronte, que estaba del otro lado de la habitación—. Medusa no nació con poderes ctónicos; es una gorgona, nació con el poder de Fortuna.
Patro ahogó un grito, y el pergamino se le cayó de los dedos con un ruido.
—¿Por eso todos le temen a Medusa? —preguntó con incredulidad.
Drex gimió.
El rostro de Patro se contorsionó de disgusto.
—Es un maldito monstruo. —se estremeció visiblemente—. Escoria de serpiente con el poder de Fortuna. No debería existir.
Ágata puso los ojos en blanco y se sentó con compostura en el sofá.
—Eres un intolerante.
—Ay, por favor —respondió Patro—. Todos pensamos lo mismo.
Caronte miró la pared inexpresivamente.
Medusa era su hermana.
Poco trepó por mi pecho; sus bigotes me hacían cosquillas en la cara mientras me lamía las cejas.
—Gracias, amigo —susurré, sin estar realmente seguro de si estaba ayudándome o empeorando las cosas.
Ronroneó y me arrancó un trozo de ceja.
«Definitivamente empeorando».
Caronte agarró un ejemplar de Crónicas del halcón y se sentó a mi lado en el sofá. Pasó a la siguiente historia.
—Interesante —dijo mientras leía—. Un médico olímpico consiguió con éxito injertar partes de cuerpo humano en un espartano.
Gruñí sin mucha sorpresa.
La fisiología espartana era conveniente para la transmutación.
Los tejidos blandos como el cerebro, los ojos y los órganos se regeneraban solos. Pero no los tejidos duros faltantes: huesos y cartílagos. Si un hueso estaba gravemente fracturado, sanaría con el tiempo, porque la mayor parte de las piezas seguían intactas.
No podíamos regenerar extremidades faltantes, pero nuestros cuerpos podían aceptar las de otra persona.
La biología inmortal era muy retorcida.
Hace miles de años, incluso era una tradición que los soldados espartanos de rango inferior se cortaran dedos, manos, pies y a veces piernas enteras para cosérselos a espartanos de rango superior que habían perdido esos miembros en batalla.
Solía ser la máxima demostración de respeto y honor, pero la práctica ahora se consideraba inhumana.
«Y con mucha razón».
Poco aulló, aplaudiendo para llamar la atención de Caronte.
Caronte dejó el pergamino, luego se volteó hacia él.
—Pum —dijo, mientras fingía dispararle a Poco con un dedo.
Hubo una larga pausa mientras se miraban el uno al otro fijamente.
Poco se desplomó como si estuviera muerto.
Tres segundos después, se levantó de un salto y gritó, con el pelaje gris erizado, mientras apuntaba con dos dedos.
Caronte se dejó caer hacia atrás con los ojos cerrados y la lengua de fuera.
Poco chilló de emoción.
Chocaron los cinco y luego procedieron a jugar a los «disparos» no menos de doce veces más.
Cerré los ojos.
El sueño llegó enseguida.
Bang.
Me sobresalté cuando la puerta se abrió de golpe. Sentía que había estado durmiendo solo unos segundos, pero el reloj de la pared decía que habían pasado horas.
Artemisa entró a la sala.
Las luces zumbaban con el habitual tono verde. Todo estaba en silencio. Poco estaba envuelto sobre mi cabeza como un sombrero, roncando.
Aquiles se despertó de un salto a mi lado en el sofá. Patro estaba sentado entre sus rodillas, leyendo el pergamino con una mueca.
Caronte y Ágata jugaban una partida de ajedrez en el suelo. Drex estaba muerto de miedo en un rincón.
Me froté los ojos nublados.
Poco aulló en mi hombro y aplaudió de emoción.
A mi cansado cerebro le tomó un momento procesar que Alexis estaba parada al lado de Artemisa.
El corazón se me detuvo un momento.
Le habían retirado los vendajes, pero tenía el rostro cubierto de moretones oscuros. Se veía cansada y demacrada.
«Es culpa nuestra».
—¿A quién eliges para tu primera misión? —le preguntó Artemisa, con clara impaciencia, mientras señalaba a los miembros del Escuadrón que estábamos en la sala—. Drex está con Ágata y Hermos, así que elige entre Augusto y su pareja, o Aquiles y Patro.
Caronte miró a Alexis como si intentara leerle la mente.
Patro se entusiasmó.
—Elijo… —Alexis tenía la voz ronca, y frunció el ceño como si estuviera tomando una decisión fundamental—. A Aquiles y Patro.
El dolor que recorrió nuestro vínculo no fue nada en comparación con el retortijón que sentí en el estómago.
Poco se metió a la boca un mechón de mi cabello.
—Bien —dijo Artemisa mientras se dirigía a todos con aburrimiento—.
Los líderes deliberaron que todos se quedarán en la villa de Augusto hasta que se vuelva a capturar a Medusa.
—Me lanzó una mirada—. Activa las defensas.
Tienen una semana antes de sus próximas asignaciones con los titanes —terminó con frialdad.
Crac. Se transportó.
Patro nos miró con una sonrisa de arrogancia, con el brazo sobre Aquiles.
—Mierda —maldijo Caronte.
Poco gritó a todo pulmón y luego me mordió el bíceps lo más fuerte que pudo.
Después de zafar sus colmillitos afilados como dagas, me lamió la herida, gimiendo de arrepentimiento.
—No te preocupes —susurré mientras le acariciaba la cabeza esponjosa, y me escurría sangre por el brazo. Sufría del síndrome de mordedura ansiosa.
Poco gimió, y le di una galleta que saqué de mi bolsillo. La tomó cuidadosamente con las dos manos.
—No es tan grave —le dije a Poco para tranquilizarlo, mirando a cualquier parte menos a Alexis. Tenía el corazón destrozado.
Poco aulló de alivio mientras lamía su premio.
Contuve la sangre de la herida e hice una nota mental «que te cosan y te pongan una vacuna contra el tétanos».
Hoy no era mi día.