Los latidos que nos quedan 54. La presentación
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54. La presentación

«La vida siempre se abre paso, incluso tras el dolor».

Siete meses después…

El aire de diciembre tenía ese aroma a galletas navideñas y a calor de hogar que me hacía recordar momentos felices de mi infancia, como aquellos inviernos en los que el frío parecía menos intenso luego de bailar en una función.

Todo porque mis padres siempre me llevaban a celebrar con una taza de chocolate caliente, repitiéndome una y otra vez lo orgullosos que se sentían de mí.

Cuando llegué al teatro, todo era movimiento, nervios y risas.

Las niñas corrían de un lado a otro, recién peinadas y con sus rostros brillantes.

Estaban listas para mostrar lo aprendido, llenas de una ilusión que parecía iluminar el recinto.

Verlas así me hizo sonreír sin darme cuenta y recordar cómo me sentía yo a esa misma edad antes de una función.

Me apoyé contra una de las paredes del camarín y observé la escena con el corazón lleno de orgullo.

Habían trabajado duro durante meses, ensayando cada giro, repitiendo cada movimiento una y otra vez, y ahora estaban a punto de demostrarlo frente a un teatro repleto de personas.

Era la presentación anual de Nova Dance, y como cada diciembre, en el aire se respiraba un sinfín de emociones difíciles de describir.

―¿Estoy bien peinada? ―me preguntó Holly, acercándose a mí con los ojos muy abiertos.

Me incliné hacia ella y la observé con detenimiento, orgullosa de lo que había logrado durante todos esos meses de entrenamiento.

―Estás preciosa ―le aseguré con una sonrisa―. Vas a hacerlo increíble.

La niña sonrió, satisfecha, y después regresó con sus compañeras. Respiré hondo, intentando grabar ese momento en mi memoria. Todo parecía perfecto. Todo estaba listo y, sin embargo, algo faltaba.

Se me formó un nudo en el pecho al mirar hacia la puerta del camarín, esperando verlo aparecer allí en cualquier momento.

Sacudí la cabeza con suavidad y salí hacia el pasillo que conducía al escenario.

Desde allí, pude asomarme discretamente hacia el auditorio.

El teatro estaba lleno. Matt estaba sentado junto a sus padres en primera fila.

A su lado, los míos conversaban en voz baja con los suyos.

El tiempo y las circunstancias habían terminado por construir un puente entre ambas familias, y verlos así, juntos, me produjo una sensación cálida que se extendió por mi pecho.

Recorrí con la mirada el teatro una vez más, buscando, esperando sin encontrar.

Cerré los ojos y recordé los meses cargados de incertidumbre, de esperas interminables, de temores adheridos a la piel como una segunda capa.

Hice a un lado esos pensamientos cuando las luces del teatro comenzaron a atenuarse.

El espectáculo estaba a punto de comenzar y las niñas se alinearon tras el telón con una rapidez admirable.

―Niñas, recuerden sonreír ―les dije en voz baja―. Confíen en ustedes. Todo saldrá bien.

Asintieron con entusiasmo. El telón comenzó a elevarse lentamente mientras la música llenaba el espacio y acariciaba los oídos de los asistentes. Miré hacia el pasillo, detrás de bambalinas, esperando verlo allí, aunque sabía que no lo encontraría.

Y entonces lo vi.

Al principio pensé que se trataba de un error, de una ilusión.

Parpadeé, incrédula, y el corazón me latió con fuerza mientras Carter se me acercaba.

Había llegado y le sonreí con los ojos llenos de lágrimas.

Le había crecido el cabello y también había ganado peso.

Incluso ya era capaz de bailar, aunque todavía se agotaba con facilidad.

Me emocionó que estuviera allí, luego de que por la mañana se sometiera a exámenes de rutina debido a que se había afiebrado la noche anterior.

Por un momento temimos lo peor, pero si estaba allí, era porque no había nada que temer.

Caminé hacia él y lo abracé con fuerza.

―Llegué tarde… lo sé ―dijo sonriente―. No empieces a regañarme todavía.

Negué con la cabeza, incapaz de articular una palabra coherente. Había temido tanto que lo dejaran hospitalizado y que volviera a enfermar, que no pude evitar derramar una que otra lágrima.

―¿Estás bien? ―le pregunté, tocando su frente.

―En perfectas condiciones. Es solo un resfrío común, nada de qué preocuparse.

―Si me estás mintiendo para que me quede tranquila… ―lo amenacé.

―Estoy bien, ya deja de preocuparte por mí. Todo marcha bien con mi tratamiento y el doctor está muy optimista respecto a los resultados de mis análisis. Si no me crees, puedes preguntarle a tu novio. Es más controlador que tú.

Entornó los ojos con resignación, como dando a entender que Matt lo trataba como a un niño pequeño, y eso no pudo evitar sacarme una sonrisa.

―Pensé que no vendrías ―susurré, con la voz quebrada.

―Ni loco me lo perdería ―respondió entusiasmado―. Además… alguien tenía que asegurarse de que no arruinaras mi academia.

―Eres imposible ―dije, riendo entre lágrimas mientras le daba un golpecito en el brazo.

Después nos abrazamos y disfrutamos del bonito espectáculo que daban nuestras alumnas.

Observé los rostros absortos de los padres, y me enterneció mirar a Matt.

Los ojos le brillaban como dos faroles, radiantes de dicha al ver a su hija bailar en el escenario.

Recordé el día en que sentí que moría cuando apareció en la academia buscando un cupo para Holly, el miedo que me invadió con su presencia.

Por ese entonces, su sola cercanía reabría viejas heridas que no habían terminado de sanar a pesar de los años; todo en él me parecía una amenaza.

Y ahora, en cambio, al mirarlo, mi corazón latía con fuerza, agradecida de tenerlo en mi vida, de amarlo y de ser amada por él.

Matt me había devuelto a la vida, me había salvado de todas las maneras posibles y también se había entregado sin reservas para ayudar a mi mejor amigo.

Era imposible no amarlo, no corresponder a ese amor que parecía venir de otro mundo.

Por un momento, nuestros ojos se encontraron y me regaló una sonrisa tan grande que enrojecí. Luego susurró un «te amo». No pude escucharlo, pero leí sus labios.

―Y yo a ti ―le respondí.

Centré la atención en las niñas y me sentí profundamente orgullosa de ellas, y también de mí, de todo lo que había sido capaz de construir pese al miedo y las caídas.

No habían sido meses fáciles. Esa noche comprendí que no era solo una presentación.

Era la prueba de que, después de tanto dolor y tanta incertidumbre, la vida finalmente volvía a abrirse paso frente a mí.