55. Los latidos que nos quedan
«Mis latidos dejaron de temer cuando comprendieron que eras mi lugar seguro».
Dos años después…
Las cajas se apilaban de cualquier manera por todo el apartamento, cortesía de mi querido amigo Carter, quien, al parecer, no había aprendido absolutamente nada durante todos estos años sobre la importancia de mantener despejado el pasillo para poder moverse con libertad dentro de la casa.
Lo observé por un instante desde la cocina y sonreí, enternecida.
Si alguien me hubiera dicho, dos años atrás, que Carter estaría allí, levantando cajas como si nada hubiera pasado, riéndose y discutiendo con Holly sobre cuál muñeca debía viajar primero a la casa nueva, probablemente no lo habría creído.
Pero allí estaba, bromeando y brincando como el bailarín que era mientras Holly intentaba imitar sus movimientos.
―¡Eso va en la caja azul, Holly! ―escuché que decía Carter en tono «aquí mando yo».
―¡No! ―protestó ella―. Arabesque no puede viajar dentro de una caja. Necesita una jaula.
―Si quieres, mi gato podría regresar a casa conmigo ―insinuó, a sabiendas de que Holly se espantaría de solo pensarlo.
―¡Claro que no! Arabesque tiene que quedarse conmigo porque soy la única que entiende su idioma, y si se va contigo, seguro pensará que lo castigué.
Reí en silencio, apoyándome contra el marco de la puerta mientras los observaba discutir como si llevaran toda la vida haciéndolo.
Había llegado la hora de intervenir.
―¿Necesitan ayuda o solo están creando más desorden? ―pregunté finalmente.
―Estamos trabajando ―respondió Carter con fingida seriedad―. Aunque algunos aquí presentes parecen estar más preocupados de supervisar que de ayudar ―dijo indicando a Holly con exageración.
Entorné los ojos, divertida.
―Yo ya llené tres cajas antes de que llegaras, por si acaso ―se defendió Holly con orgullo.
―Eso no cuenta ―replicó él―. A mí me tocaron las cosas más pesadas.
―Ya, ya… menos quejas y más acción ―dije, dando un par de palmadas para apurarlos.
Llevábamos seis meses casados con Matt y nos estábamos mudando de su apartamento a una casa más grande en un barrio tranquilo de Filadelfia.
Al final resultó que yo no tenía problemas para embarazarme; el problema nunca había sido mío.
Ya contaba con tres meses de gestación y estábamos felices con la noticia.
―¿Matt llamó? ―preguntó Carter de pronto, dejando una caja en el suelo.
―Hace un rato. Dijo que terminaría el entrenamiento en una hora.
―Mañana es el gran día. ¿Estás nerviosa? ―preguntó y yo sonreí.
Era el debut oficial de Matt con los Houston Orbiters.
―Más que nerviosa, estoy emocionada ―respondí con sinceridad.
Todavía me parecía irreal pensar que aquel sueño que tantas veces había postergado, y que había prometido no abandonar jamás en memoria de su hermano, estaba a punto de hacerse realidad.
Matt había decidido cumplir esa promesa hasta las últimas consecuencias, y ahora, finalmente, jugaría baloncesto de manera profesional.
Seguía desempeñándose como abogado, aunque solo a tiempo parcial.
Su prioridad ahora estaba en la cancha. Además, debutaría junto a Ethan, su mejor amigo de la infancia, con quien tantas veces había imaginado ese momento cuando eran apenas unos jóvenes.
Saber que mañana los vería jugar juntos, cumpliendo ese sueño compartido, me llenaba de emoción.
Todo aquello ―las cajas, la mudanza y las risas― tenían algo profundamente simbólico.
Era como si estuviéramos empaquetando el pasado, dejando las sombras atrás y preparando terreno para todo lo bueno que estaba por venir.
James y Allison habían quedado atrás, convertidos en recuerdos lejanos que ya no tenían poder sobre nuestras vidas.
Él seguía pagando por sus errores desde la prisión, y ella continuaba bajo tratamiento en un hospital psiquiátrico, lejos de nosotros y del daño que alguna vez intentó causar.
Por primera vez en mucho tiempo, el futuro no me asustaba. Me emocionaba.
∞∞∞
El ruido dentro del gimnasio era ensordecedor.
La gente aplaudía, gritaba y vibraba emocionada.
Era la representación máxima de la distensión y la felicidad.
Me llevé una mano al pecho, intentando contener la ansiedad que me recorría mientras observaba la cancha sin apartar la vista de Matt.
Todavía no podía creer que se encontraba allí, moviéndose con la seguridad de quien sabe lo que hace, como si aquel momento que había esperado toda su vida mereciera que diera lo mejor de sí.
El balón pasó de una mano a otra con rapidez y, cuando llegó hasta él, se me contrajo el pecho de la emoción.
―¡Vamos, papá! ―gritó Holly desde su asiento, inclinándose hacia adelante con los ojos brillantes.
Matt avanzó con agilidad, esquivó a un rival y lanzó el balón con precisión. Lo seguí con la mirada, conteniendo la respiración en todo momento. Fue un lanzamiento limpio y el público estalló en un rugido de celebración. Allí estaba yo saltando de alegría desde mi asiento, orgullosa de él.
El balón atravesó la red. Holly gritó emocionada y se aferró a mi brazo mientras saltaba sin parar. Los ojos se me llenaron de lágrimas, incapaz de contener la emoción.
―¡Bien hecho, Matt! ―exclamó Carter a mi lado, levantando los brazos en señal de triunfo.
Lo miré por un segundo y no pude evitar sonreír. Verlo allí, de pie, fuerte y lleno de vida, celebrando con la misma intensidad que todos nosotros, era otro milagro que aún me costaba dimensionar.
Entonces desvié la mirada hacia los padres de Matt.
El rostro de William Lancaster se había iluminado por una emoción que era difícil de ocultar.
Sus ojos brillaban con un profundo orgullo, y por un instante me enterneció verlo así, tan distinto del hombre frío y exigente que había conocido años atrás.
Era como si, desde las graderías, estuviera perdido en los recuerdos y disfrutara cada jugada.
El partido continuó y los Houston Orbiters ganaron.
Los jugadores se abrazaban en la cancha.
Matt sonreía feliz y giró la cabeza hacia las graderías.
Nos estaba buscando. Cuando nuestras miradas se encontraron, su sonrisa se ensanchó con esa misma calidez que siempre había logrado desarmarme.
Caminó con paso decidido hacia nosotros y, en cuanto llegó, Holly se lanzó a sus brazos.
―¡Ganaste, papá! ―gritó ella, rodeándolo con fuerza.
Matt rio, la levantó en el aire y la estrechó con ternura antes de volver a bajarla. Después me miró. Me acerqué sin pensarlo y lo abracé con fuerza, sintiendo su respiración agitada contra mi pecho. Estaba todo sudado, pero no me importó.
―Te amo ―susurró en mi oído―. Gracias por creer en mí, por no soltarme nunca y por apoyar mis sueños.
Negué suavemente con la cabeza y apoyé la frente contra la suya.
―Estoy orgullosa de ti. Te amo con cada latido de mi corazón ―dije, y me besó en respuesta.
No nos importó que el lugar estuviera repleto ni que hubiera miradas sobre nosotros. En ese momento solo existíamos él y yo, ajenos al mundo, convertidos en el reflejo más puro de un amor que había sobrevivido a todo.
Carter se acercó entonces y nos abrazó a los dos, interrumpiendo el momento y golpeándole la espalda a Matt con complicidad.
―Te dije que ibas a lograrlo ―lo felicitó y Matt le sonrió―. Ahora que compartimos médula, también podemos compartir las celebraciones, así que invitas tú.
―Imaginaba que dirías algo así ―le respondió Matt, divertido.
Miré a mi alrededor con el corazón rebosante de orgullo.
Nuestras familias reunidas, las risas y los abrazos eran la vida misma latiendo con fuerza.
Todo lo vivido nos había conducido hasta ese instante perfecto, donde cada latido tenía un sentido.
Supe con certeza que el amor había sido siempre la fuerza que nos sostuvo, y que la vida no era otra cosa que aprender a cuidar, uno a uno, los latidos que nos quedan.