Los latidos que nos quedan 53. Horas críticas
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53. Horas críticas

«Cuando el tiempo se vuelve enemigo, el amor es lo único que nos mantiene en pie».

Tres semanas después…

La llamada llegó temprano, cuando apenas estaba terminando de recoger mis cosas para salir a la academia.

El teléfono vibró sobre la mesa y, al ver el nombre de Catherine en la pantalla, sentí un estremecimiento recorrerme la espalda.

No solía llamarme a esa hora. Nunca lo hacía sin motivo, e intuí que algo no andaba bien y contesté de inmediato.

―¿Hola?

Al otro lado se escuchó su respiración entrecortada antes de que lograra hablar y me llevé la mano al pecho para tranquilizarme.

―¡Paige, necesito que vengas al hospital, por favor! Carter no está bien.

El corazón me dio un vuelco tan fuerte que tuve que apoyar la mano contra la mesa para no perder el equilibrio.

―¿Qué ha pasado? ―me apresuré en preguntar.

―Carter está mal. Los médicos dicen que está en estado crítico y que en las próximas horas podría empeorar. Se nos acaba el tiempo para un trasplante. Por favor, tienes que venir.

―Voy para allá ―dije antes de cortar la llamada.

Salí del apartamento casi corriendo y bajé los peldaños de dos en dos, con la sensación de que el aire se había vuelto irrespirable.

Durante las últimas semanas había visto cómo Carter se apagaba como una vela expuesta al viento, y a Matt recuperarse lo suficiente como para caminar sin ayuda e insistir en que estaba listo para donar.

Sin embargo, los médicos no estaban convencidos.

Yo tampoco lo estaba, pero el tiempo no nos dejaba otra opción.

Cuando llegué al hospital, toda la familia de Carter, algunos amigos, compañeros del ballet y también mis padres se encontraban allí.

Busqué respuestas con la mirada, pero todo parecía seguir igual.

Había tensión y también una pizca de esperanza.

Dicen que es lo último que debe perderse, y me aferré a ella con uñas y dientes.

Catherine se me acercó y me abrazó, rompiéndose en llanto una vez más.

―Sé que, si tú estás aquí, mi hijo aguantará.

―¿Puedo verlo? ―pregunté, y ella negó con la cabeza.

―Lo han aislado por completo ―respondió limpiándose las lágrimas con un pañuelo―. Y ahora mismo lo están examinando.

Asentí y después de saludar a mis padres y al resto de los presentes, me fui a la habitación de Matt. Antes de entrar, escuché voces al otro lado de la puerta. Dentro había una discusión.

―¡No me importa lo que diga, doctor! ―estalló Matt con voz firme, rebosante de una rabia contenida que pocas veces le había escuchado―. ¡Ya esperé suficiente!

Me quedé inmóvil en el pasillo, con el corazón latiéndome en la garganta.

―Señor Lancaster ―respondió el médico con tono severo―, usted todavía no está completamente recuperado. Ha sufrido un trauma importante, perdió mucha sangre y su cuerpo aún necesita tiempo. No ha pasado un mes.

―¡No tenemos tiempo! ―interrumpió Matt, y un escalofrío me recorrió los brazos al escucharlo―. Carter se está muriendo y yo soy compatible. No pienso quedarme de brazos cruzados mientras él empeora. Asumiré el riesgo.

Tragué saliva con dificultad, reconociendo en esas palabras a Matt, el hombre terco, obstinado, capaz de enfrentarse al mundo entero si eso significaba proteger a alguien que amaba.

―Esto no es una decisión emocional ―insistió el doctor―. Es médica. Su cuerpo todavía no está en condiciones óptimas para someterse a una extracción de médula.

―Entonces lo haré bajo mi responsabilidad ―replicó Matt con dureza―. Y si es necesario firmar lo que sea, lo haré.

Hubo un breve silencio detrás de esa afirmación. Después escuché otra voz, la del padre de Matt.

―Mi hijo sabe lo que está haciendo ―dijo con firmeza―. Y yo respaldo su decisión.

Me llevé una mano al pecho, sorprendida y emocionada. Había notado un acercamiento entre Matt y su padre desde el accidente, y me reconfortó que en esos momentos tan cruciales lo respaldara.

―Doctor ―añadió William Lancaster, en un tono de voz que no admitía discusión―, si usted se niega, tendremos que considerar otras medidas legales.

La frase flotó en el aire como una amenaza, y el médico suspiró con evidente frustración.

―Muy bien ―dijo finalmente, con tono resignado y sin ocultar su molestia―. Si insisten en asumir la responsabilidad, prepararemos el procedimiento y traeré los papeles para que los firmen de inmediato.

El doctor abandonó la habitación con rapidez y tuve la impresión de que quería escapar de allí para recomponerse tras el mal rato.

Aproveché ese instante para entrar. William Lancaster se encontraba junto a la cama de su hijo y, al verme, me dedicó una leve inclinación de cabeza antes de salir en silencio, dejándonos solos.

Observé que en la mirada de Matt aún había restos de malestar, pero su expresión cambió de inmediato al verme.

―Paige, lo conseguí ―dijo antes de que pudiera preguntarle nada―. Se hará hoy, amor. Van a hacer el procedimiento ahora mismo. Voy a ayudar a Carter.

El corazón me galopó frenético dentro del pecho y una mezcla entre el alivio y el miedo se adueñó de mí.

―¿Estás seguro de lo que estás haciendo? ―le pregunté, tragándome el nudo que se me había formado en la garganta.

―Lo estoy. Si a Carter le pasara algo, jamás me perdonaría no haberlo intentado. Soy fuerte, amor. Estaré bien.

Lo abracé, conmovida por la inmensidad de su amor y por la certeza que había en sus palabras.

Porque solo alguien que ama de verdad es capaz de arriesgarse así por otro.

Y en ese instante comprendí que no cambiaría nada de lo que habíamos vivido, ni siquiera los momentos más dolorosos, porque cada herida, cada lágrima y cada error nos habían conducido hasta este lugar donde su amor era también mi refugio.