52. Contra el tiempo
«A veces reír también es una forma de seguir luchando».
Los días siguientes fueron una verdadera tortura.
Me la pasaba entre la academia y el hospital, fingiendo frente a mis estudiantes que todo estaba bien y que pronto las cosas volverían a la realidad.
Pero las cosas no eran así. Mientras Matt se iba recuperando poco a poco, la condición de mi amigo empeoraba cada día más.
―¿Cómo está Matt? ―me preguntó Carter, sonriendo.
Lo miré con el corazón encogido. A pesar de lo deteriorado que se veía, mantenía esa sonrisa tranquila que parecía desafiar todo lo que estaba ocurriendo a su alrededor.
―Está mejor ―respondí, sentándome a su lado―. Ya se encuentra fuera de peligro.
Sus ojos se iluminaron con un brillo sincero que me conmovió profundamente.
―Lo sabía ―dijo con una leve risa―. Ese tipo es demasiado testarudo como para dejar que un automóvil lo derrote.
Su comentario me hizo sonreír; era cierto que Matt era una de las personas más testarudas que había conocido en mi vida. Estaba acostumbrado a ganar.
―Está desesperado por recuperarse ―continué―. Dice que los médicos se están tomando demasiado tiempo y que necesita levantarse pronto para venir a salvarte.
Carter dejó escapar una risa suave, aunque breve, y después suspiró con los ojos cerrados.
―Eso suena a Matt ―murmuró―. Seguro que ya está discutiendo con medio hospital.
Asentí, divertida por la manera en que Carter intentaba lidiar con mis preocupaciones. Cada vez que hablaba con él, algo cálido se abría paso entre tanta angustia.
―Prometió que se recuperará rápido ―añadí―. Dice que no piensa darte la oportunidad de buscar otro donante, porque él quiere ser el único que tenga el honor de salvarte la vida.
―¿Honor? ―bromeó―. Tiene razón. Es más, debería cobrarle por eso. Pronto seré famoso.
―¿Famoso? ―pregunté, extrañada.
―Me haré famoso por sobrevivir a esta maldita enfermedad ―respondió con convicción y una sonrisa juguetona―. Voy a redactar un libro que diga: Cómo fastidiar a la muerte para seguir bailando. Seguro se vendería bien.
Se me apretó el pecho y tomé su mano para sentir, aunque fuera a través de los guantes, su calor. Sabía que esa ligereza para hablar no era casual, que lo hacía por mí, para evitar que me desmoronara frente a él, y lo amé aún más por eso.
De repente se puso serio y me miró con dulzura. Me estremecí.
―Todo va a salir bien, Paige ―añadió con suavidad―. No pongas esa cara. Todavía no hemos terminado de hacer el ridículo juntos en el escenario.
El nudo en mi garganta creció. Negué con la cabeza, intentando contener las lágrimas.
―Eres increíble, ¿lo sabías? ―murmuré.
―Lo sé ―respondió con fingida arrogancia―. Pero no se lo digas a nadie, que luego me suben el ego y ya sabes cómo me pongo.
Reí entre lágrimas, abrazada a su fortaleza. Carter me sostenía incluso cuando parecía estar al borde del abismo.
―Oye… ―añadió con voz más suave, adormilada―. Dile a Matt que no se preocupe por mí, que estaré bien.
Le acaricié la frente con ternura y luego me despedí. Carter estaba demasiado cansado y necesitaba guardar fuerzas para lo que se venía por delante. Aún no daban con un donante para él, y su condición empeoraba día a día.
Cuando entré en la habitación de Matt, me miró como si yo fuera una aparición.
Estaba sentado en el sofá junto a la cama y utilizaba la bata del hospital.
A pesar de estar convaleciente, me pareció el hombre más atractivo del mundo.
Tenía ese brillo especial en los ojos que me producía vértigo.
Me pregunté cómo pude estar tantos días distanciada de él, si lo amaba hasta la desesperación.
―He vuelto a la vida otra vez ―bromeó, llevándose una mano al pecho con teatralidad―. Te extrañaba.
―Y yo a ti, pero tenía asuntos pendientes con Carter. Ya sabes.
―Estoy celoso. Ven aquí ―dijo, haciendo un gesto con la mano sana.
Me acomodé junto a él y lo besé a consciencia. Después me miró con una mezcla de ternura y preocupación.
―¿Cómo estás? ―susurró.
―Preocupada ―respondí con un encogimiento de hombros―. Carter se esfuerza por animarme, pero no lo veo bien. La enfermedad lo está consumiendo.
Matt me acarició la mejilla con suavidad y me dio un beso suave en los labios.
―Los doctores dicen que antes de un mes, si todo está bien conmigo, podría donar para él.
Lo miré, esperanzada, pero también asustada. El tiempo se había convertido en un arma de doble filo. Matt lo necesitaba para sanar, y Carter lo perdía lentamente mientras la vida se le escapaba entre las manos.
―No sé si mi amigo tendrá tanto tiempo, Matt. Tú recién llevas una semana recuperándote de tus lesiones, y aún estás convaleciente.
―Escúchame bien, Paige. No hay nada en esta vida que no esté dispuesto a hacer por ti o por alguien que amas. Nada. Y si tengo que enfrentarme a un ejército de médicos para lograrlo, lo haré. Si no aparece un donante pronto para Carter, nadie va a impedir que yo sea quien le salve la vida.
Lo abracé, cuidando de no lastimarlo, y él me acarició la espalda, reconfortándome con su calor. Matt se estaba recuperando con una rapidez asombrosa, lo que me daba esperanzas. Mi amor por este hombre no hacía más que crecer.
―Paige, lo lamento tanto ―dijo, y yo lo miré, sorprendida por sus palabras―. Siento mucho lo de Allison. Espero que algún día puedas comprender por qué te oculté todo, y también por qué no quería que mi hija supiera la verdad respecto a esa mujer.
―No me expliques nada ―le dije con ternura―. Soy yo la que debe pedirte perdón. Me comporté como una egoísta sin corazón, incapaz de ponerme en tu lugar en ese momento. Lo lamento, Matt.
―Oh, amor ―dijo, estremeciéndose al recordar el accidente―.
Cuando la vi acelerar para atropellarte, sentí que el mundo se me venía abajo.
Pensé que iba a perderte ahí mismo, frente a mis ojos, y el pánico fue tan grande que lo único que pude hacer fue correr hacia ti sin pensar en las consecuencias.
Lo miré con los ojos llenos de lágrimas y negué suavemente con la cabeza, incapaz de encontrar palabras que fueran suficientes para expresar todo lo que sentía.
―Estoy viva gracias a ti ―susurré, apretando su mano con cuidado―. Me salvaste la vida, Matt… y jamás voy a tener cómo agradecerte algo así.
Tragué saliva con dificultad y bajé la mirada, recordando la escena que aún me perseguía incluso cuando cerraba los ojos.
―Te dije hace un tiempo que te demostraría con hechos que no era el mismo imbécil que te hizo la vida a cuadritos, Paige ―comentó, abrazándome con ternura.
Cerré los ojos con fuerza, con el pecho apretado por el recuerdo.
―Cuando vi tu cuerpo caer, cuando te vi tirado en el suelo, cubierto de sangre… pensé que habías muerto por mi culpa. A veces, por las noches, todavía escucho el golpe… ese sonido horrible cuando el automóvil chocó contigo. Me despierto sudando, llorando, convencida de que todo ha vuelto a pasar.
―Estoy bien, mi amor ―me susurró besando mi cabeza―. Estamos juntos ahora, y es lo único que importa.
―No vuelvas a asustarme así nunca más ―rogué―. No sabría cómo seguir viviendo en un mundo donde tú no estés.
―Lo prometo.
Me quedé abrazada a él, escuchando su respiración, aferrándome a cada latido como si en ellos se sostuviera mi esperanza.