Los latidos que nos quedan 51. Entre la espada y la pared
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51. Entre la espada y la pared

«En cada latido tuyo vive una promesa que nos pertenece».

Cuando tuve la posibilidad de entrar a ver a Matt luego de la cirugía, fui incapaz de reconocerlo.

Estaba inconsciente, conectado a un montón de máquinas que pitaban de manera constante, recordándome que su vida pendía de un hilo.

La palidez de su rostro y la inflamación de sus lesiones me hacían temer lo peor.

«Pude ser yo y, sin embargo, se sacrificó por mí», pensé, conmovida por el tremendo acto de amor que había tenido conmigo.

―Matt, mi amor. Tienes que recuperarte ―susurré, tomando su mano con suavidad―. Aún no hemos jugado la revancha en el baloncesto, y sabes que sigo esperando ganarte, aunque sé que es algo imposible.

Mi voz tembló y tuve que hacer una pausa para contener el llanto que amenazaba con salir. La garganta me quemaba.

―Todavía no te he enseñado ese paso de baile que decías que aprenderías solo para hacerme reír. No puedes rendirte ahora, ¿me escuchas? No puedes dejarme con todas esas cosas pendientes.

Apreté su mano con más fuerza, temerosa de dañarlo, y abrazada por el miedo a perderlo.

―Me prometiste que, si pudieras pedir un deseo, pedirías que todos los latidos que te quedan fueran para mí… ―susurré, inclinándome hacia él―. Y yo los necesito todos, Matt… todos. No puedes tener tan pocos latidos para mí. No ahora, no cuando recién estaba aprendiendo a estar contigo.

Las lágrimas comenzaron a deslizarse por mis mejillas sin que pudiera detenerlas.

La expresión de Matt era la de alguien que está lejos, en un lugar donde ni siquiera los sueños o los recuerdos tienen cabida.

Me aferré a la creencia de que tal vez pudiera escuchar mi voz, que quizás eso lo anclaría a esta vida para vivirla conmigo.

Cuánto añoré un milagro en ese momento. Si tan solo pudiera hacer algo para ayudarlo.

Pero lo único que estaba en mis manos era acompañarlo y esperar a que regresara conmigo.

Pensé en el largo recorrido que habíamos hecho desde que nos conocimos en Seattle, y en todo lo que cada uno había cargado encima desde entonces.

No había sido fácil para ninguno de los dos.

Sin embargo, ahora no podía imaginar mi vida sin que él formara parte de ella.

Miré la hora y me di cuenta de que mi turno de visita ya había finalizado. Me incliné hacia él con suavidad y besé su frente. Una de mis lágrimas cayó sobre su mejilla. La sequé con el dedo y me marché, incapaz de dejar de llorar.

―Paige ―escuché que decía mi madre mientras caminaba hacia mí con los brazos abiertos.

Mis padres estaban junto a la familia de Matt, envueltos en un silencio ominoso que, pese a todo, tenía algo de armonía. Era como si hubieran dejado atrás sus diferencias para acompañarlos en su dolor.

―Mamá ―sollocé, refugiándome en su abrazo―. Tengo miedo. Matt está así por mí.

―Shh, tranquila. Ya verás que todo saldrá bien ―me dijo palmeando mi espalda con ternura―. Él es fuerte. Se pondrá bien.

Quería pensar que mi madre tenía razón y que toda esta pesadilla solo sería una historia que contar en el futuro. Una anécdota que nos recordaría la fragilidad de la vida y la importancia de aprovechar cada instante con las personas que queremos.

Pocos minutos después llegaron los padres de Carter, y su expresión era de absoluta angustia. Era comprensible: acababan de recibir la terrible noticia de que el procedimiento para la donación de médula se postergaba por razones obvias; el donante se debatía entre la vida y la muerte.

Luego de los saludos pertinentes, Catherine se acercó a los padres de Matt.

―Lo lamento mucho ―dijo la madre de Carter con voz temblorosa―.

De verdad espero, con todo mi corazón, que su hijo se recupere pronto.

Estoy profundamente agradecida por lo que quiso hacer Matt por mi hijo.

―Sus ojos se llenaron de lágrimas mientras apretaba sus manos entre sí―.

No deseo que se recupere solo porque Carter lo necesita ―añadió con sinceridad―.

Deseo que se recupere porque su hijo es una gran persona. Deben sentirse muy orgullosos de él.

Vivian la miró con los ojos humedecidos y asintió lentamente.

―Gracias por sus palabras ―respondió con voz quebrada―. Nosotros lamentamos que nuestro hijo no se encuentre bien para ayudar al suyo. Sabemos por lo que están pasando… y créame cuando le digo que lo entendemos más de lo que imagina.

La madre de Carter se limpió una lágrima y luego sonrió, agradecida. Después fueron a la habitación de Carter para explicarle lo que había sucedido mientras yo me acomodaba junto a Holly para animarla. La niña estaba tan triste que se me encogió el corazón.

―¿Mi padre se pondrá bien? ―me preguntó con los ojitos llenos de lágrimas.

―Así lo espero, cariño ―le respondí, acariciando su mejilla―. ¿Por qué no le dibujas algunas bailarinas para que las peguemos en su habitación? Estoy segura de que eso le gustaría mucho.

―No tengo en qué dibujar ―se lamentó.

Rebusqué en mi bolso, saqué una agenda y un par de lápices de colores, y se los entregué.

―Seguro que podrás hacer algo con esto.

Holly se animó y se acomodó en la mesita lateral para dibujar mientras yo rogaba para que Matt se recuperara pronto.

Mi teléfono vibró. Era un mensaje de Carter:

«¿Podrías venir a mi habitación un momento?»

Supe en ese instante que mi amigo ya sabía la verdad, que sus padres se la habían contado, y mientras caminaba por el pasillo para enfrentarme a él, comprendí que no tenía idea de cómo ayudarlo cuando ni siquiera era capaz de sostenerme en pie.

Me sentí profundamente inútil, atrapada en una situación en la que no podía ayudar a ninguno de los dos hombres que más necesitaban de mí.

No sabía cómo sostener a mi amigo sin romperme en el intento.

Una punzada de culpa me atravesó el pecho al pensar en Carter, porque tenía miedo de mirarlo a los ojos y ver la desilusión en ellos.

Sabía que me necesitaba, que esperaba de mí la fortaleza que siempre había intentado mostrarle, pero en ese momento me sentía como un cristal a punto de romperse con el más mínimo golpe.

Tenía miedo de entrar a su habitación y que viera la desesperación en mis ojos.

Luego de ponerme los guantes, la bata y la mascarilla, me detuve unos segundos frente a la puerta de su habitación, incapaz de entrar de inmediato.

Respiré hondo, intentando recomponerme, aunque sabía que era inútil, porque Carter me conocía demasiado bien y estaba segura de que, en cuanto me viera cruzar esa puerta, sabría que yo estaba muriendo por dentro.

Me armé de valor y entré. Carter estaba recostado en la cama y tenía los ojos cerrados, pero apenas sintió mi presencia, los abrió y me regaló una sonrisa tranquilizadora que terminó por quebrar mis últimos intentos por mantener la compostura y rompí en llanto.