Los latidos que nos quedan 50. Horas de agonía
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50. Horas de agonía

«A veces se necesita solo una mirada de apoyo para mantenerse en pie».

Me senté en uno de los sillones a la espera de noticias sobre el estado de Matt.

Aproveché para llamar a mis padres y contarles lo sucedido.

Me encontraba tan mal que necesitaba que estuvieran conmigo en esos momentos.

El mundo nuevamente volvía a venirse abajo sobre mi cabeza, sin previo aviso, tal como ya lo había hecho antes.

No alcanzaba a sostenerme otra vez y me azotaba implacable, arrastrándolo todo a su paso.

Cuando por fin creía que podía respirar y que algo en mi vida comenzaba a ordenarse, una nueva grieta se abría bajo mis pies y me obligaba a caer otra vez.

Primero había sido mi matrimonio, luego la enfermedad de Carter, después la aparición de Allison.

Y ahora que por fin había una esperanza, que existía una posibilidad real de salvar a mi amigo gracias a Matt, era precisamente él quien tenía su vida en riesgo, y todo volvía a desmoronarse de una forma tan cruel que apenas podía mantener la cordura.

Era demasiado.

Los dos hombres más importantes de mi vida estaban atrapados en una misma tragedia, unidos ahora por la incertidumbre. Carter necesitaba ese trasplante para vivir, y Matt era quien podía dárselo, pero ahora era él quien luchaba por su propia vida. Todo se había torcido en el peor momento posible.

La primera en llegar fue la madre de Matt. Apenas Vivian me vio, me abrazó y lloró sobre mi hombro. Tenía el maquillaje corrido y su cuerpo se sacudía en espasmos angustiosos que me hicieron pensar en lo peor.

―Está en pabellón ―logré decir entre sollozos mientras ella se aferraba a mí con fuerza―. Lo están operando.

Pocas veces en mi vida había sentido el miedo que experimentaba en ese momento.

―¿Qué fue lo que pasó? ―preguntó, separándose de mí y llevándose una mano a la boca.

Intentaba recomponerse sin lograrlo del todo.

―Fue Allison ―dije, todavía sin poder creerlo―. Intentó atropellarme a mí, pero Matt llegó justo a tiempo y me empujó para apartarme. Me salvó, Vivian, aunque no logró evitar el impacto.

El estómago se me contrajo con violencia.

Cerré los ojos un instante, incapaz de sostener la imagen que se formaba en mi mente y estallé en sollozos agónicos.

Vivian tomó mis manos y nos sentamos una al lado de la otra.

Cuando conseguí hablar, ella me miraba con ojos angustiosos, a la espera de más información.

―Tiene una hemorragia interna y una fractura en el hombro ―continué―. Perdió mucha sangre antes de que llegara la ambulancia. Cuando lo trajeron estaba inconsciente.

―¡Ay, Dios! ¿Se sabe algo? ―quiso saber, aferrándose a la posibilidad de que le diera una buena noticia.

―No ha salido nadie aún para informar cómo va la cirugía.

Vivian negó lentamente. Me temblaba todo el cuerpo y mis pensamientos estaban desordenados y desorientados. Era imposible hilar una idea con claridad. Además, la pastilla que me habían dado me tenía el cuerpo adormecido y la mente aletargada.

―Va a salir de esta ―dijo más recompuesta―. Tiene que hacerlo. Mi hijo es fuerte.

Asentí, pero no fui capaz de responder. El solo pensar que esta mujer ya había perdido a uno de sus hijos en el pasado me estremecía, y rogué para que no pasara por esto otra vez.

Me conmovió la fragilidad que observaba en ella.

Parecía una figura de cristal que en cualquier momento se iba a fracturar en mil pedazos.

En ese momento, unos pasos apresurados se escucharon en el pasillo. Levanté la vista y vi al padre de Matt que avanzaba hacia nosotras con Holly de la mano. La niña, al verme, se echó a mis brazos y estalló en lágrimas.

―Tranquila, cariño. Todo estará bien, ya lo verás ―susurré sobre su cabello, aferrándola contra mi cuerpo.

Saludé a William Lancaster con un gesto de la cabeza que él correspondió.

Su semblante era distinto de las veces anteriores en que lo había visto.

Ya no había dureza en su expresión ni esa frialdad en la mirada que lo caracterizaba, sino algo más humano.

Su piel estaba pálida y en sus ojos se podía leer una preocupación tan evidente que me estremeció.

Vivian se levantó de inmediato.

―Llegué lo más rápido que pude ―añadió él, besando su mejilla y sentándose a su lado―. Allison está detenida, y me aseguraré de que esa mujer jamás vuelva a acercarse a nosotros. Dejaré caer todo el peso de la ley sobre ella ―sentenció con dureza, y de algún modo sus palabras me tranquilizaron.

El silencio ominoso que nos envolvió luego de escucharlo era el reflejo del miedo que cada uno de nosotros experimentaba ante la más mínima posibilidad de perder a Matt.

Pasaron dos horas que me parecieron una eternidad antes de tener noticias sobre la condición de Matt.

Durante todo ese tiempo ni siquiera me atrevía a ir al baño.

Tampoco visité a Carter. Ese era otro asunto que tendría que enfrentar, otra herida que comenzaba a abrirse en medio de todo esto, porque mientras uno luchaba por su vida al otro lado de esas puertas, el otro se encontraba a la espera, aferrado a una oportunidad que ahora pendía de un hilo.

Cerré los ojos y acomodé a Holly contra mi pecho. Se había dormido, cansada de llorar. Un doctor abrió la puerta y se acercó a nosotros mientras mi corazón parecía querer salirse de cuerpo.

―¿Cómo está mi hijo, doctor? ―preguntó Vivian.

―La cirugía ha ido bien, pero las próximas horas son cruciales.

El aire volvió a entrar en mis pulmones, aunque el miedo seguía allí, presente, como un latido resonando con fuerza en mi interior.