Los latidos que nos quedan 49. Inesperado
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49. Inesperado

«La incertidumbre se parece al hambre: cuando no se sacia, no hay forma de encontrar paz».

Tomé el autobús esa misma tarde para ir al apartamento de Matt, pero él no estaba allí. Tampoco contestaba mis llamadas y eso solo aumentó la tensión. Volví a intentarlo una, dos, tres veces más, con el teléfono pegado al oído y el corazón latiéndome con fuerza en el pecho. Nada.

Fuera de su edificio, dudé si quedarme a esperarlo o irme.

La ansiedad empezó a instalarse en mi interior con fuerza.

Quizás estaba preparándose para mañana, el día del trasplante.

Tal vez los médicos le habían indicado aislarse, evitar cualquier contacto, cuidarse al máximo para no poner en riesgo el procedimiento.

Intenté convencerme de que se trataba de eso.

Sin embargo, la sensación de inquietud que me abrazaba no desaparecía.

Seguía rondándome y no pude tranquilizarme.

―Matt, contesta ―insistí con el teléfono pegado a la oreja.

Nada de nada. Lo único que quería era encontrarlo y decirle que lo entendía, que no importaba lo que hubiera pasado antes, que lo amaba.

Suspiré con frustración y caminé hasta el paradero para regresar a casa.

Cuando crucé la calle, de pronto escuché que Matt gritaba mi nombre.

Todo ocurrió en un segundo que se sintió eterno.

Me giré, confundida, y lo vi correr hacia mí con una desesperación que era evidente.

Al mismo tiempo, el rugido de un motor irrumpió en el aire con violencia.

Entonces la vi, a Allison, al volante de un automóvil.

Sus ojos estaban fijos en mí, descompuestos, y supe que iba a matarme.

Pasó todo tan rápido que no alcancé a reaccionar.

Matt llegó primero y me empujó con fuerza hacia un lado, haciéndome caer dolorosamente de costado sobre la vereda.

Me raspé los brazos y se me cortó la respiración por el impacto seco contra el cemento.

Y por un instante no fui capaz de moverme.

Fue cuando escuché el sonido seco que comprendí lo que había pasado.

Jamás olvidaré ese sonido, tan similar al que escuché cuando la lancha impactó con mi cadera al romperse.

Me paralicé unos segundos, o minutos. No lo sabía bien.

Levanté la cabeza justo a tiempo para ver cómo el cuerpo de Matt era golpeado y lanzado varios metros más allá, cayendo con una violencia que me heló la sangre y que me hizo pensar en la muerte.

―¡Matt! ―grité, con la voz desgarrada.

Todo se volvió movimiento y gritos a mi alrededor. Allison huyó con rapidez. Alguien ordenó que llamaran a una ambulancia. Otro gritó que no lo movieran. También la policía llegó.

―¿Se encuentra bien? ―me preguntó un señor que me ayudó a incorporarme.

No le respondí. Corrí hacia Matt, olvidándome de mis magulladuras, y cuando llegué, me arrodillé a su lado, conmocionada. Matt estaba inmóvil. Tenía una palidez antinatural y había mucha sangre que se extendía bajo su cuerpo. Tenía los ojos cerrados y respiraba con dificultad.

―¡Matt…! ―grité, tocando su rostro con manos temblorosas―. Matt, por favor. Quédate conmigo ―sollocé.

No respondió, y el miedo me atravesó con una violencia que me dejó sin aire.

―Por favor… ―murmuré―. Quédate conmigo. No me hagas esto.

Alguien me apartó con suavidad, diciéndome que no lo tocara, que la ambulancia venía en camino, pero apenas lo escuché. Me zafé con brusquedad y me negué a apartarme de él. Miré a mi alrededor por unos segundos, pero tenía la visión borrosa por las lágrimas. Solo podía verlo a él.

La sirena de la ambulancia me sacó por un breve instante del estado de shock en que me encontraba, y una sensación de alivio me recorrió, aunque fue efímera.

Los paramédicos se movieron rápido y lo subieron a una camilla.

Le colocaron una máscara de oxígeno, presionaron su cuerpo en distintos puntos mientras uno de ellos mencionaba una posible hemorragia.

―Voy con él, soy su novia ―dije, aunque no estaba segura de haberlo dicho en voz alta.

Nadie me detuvo. Subí a la ambulancia y me quedé a su lado, aferrándome a la baranda metálica mientras el vehículo arrancaba. El movimiento me sacudió, pero no aparté la vista de su rostro. Matt seguía inconsciente.

―La presión cae ―dijo uno de los paramédicos.

En ese momento comprendí que las cosas se habían puesto muy feas, que Matt estaba mal, porque comenzaron con las maniobras de reanimación para salvarlo mientras yo era incapaz de pensar. Solo podía llorar.

Cuando llegamos al hospital, todo volvió a acelerarse. Lo bajaron rápidamente y lo llevaron por un pasillo largo que se tragó su cuerpo en cuestión de segundos. Intenté seguirlos, pero alguien me detuvo.

―Señorita, necesitamos revisarla ―me dijo una enfermera con amabilidad.

La miré, aún intentando hilar una idea con otra y finalmente asentí.

Me llevaron a una sala donde me hicieron preguntas y después me examinaron.

No sabía qué responder. Solo sabía que yo no estaba malherida, que de no haber sido por Matt estaría muerta.

Me había salvado la vida, poniendo en riesgo la suya para protegerme.

Todo era confuso, borroso, como si mi cabeza se negara a procesar lo que acababa de ocurrir.

―No tiene lesiones graves ―escuché que alguien decía―. Pero está en shock.

«Matt, por favor, no me dejes», repetía una y otra vez dentro de mi mente.

―Tome, beba esto. La hará sentir mejor ―me dijo la enfermera, poniendo una pastilla dentro de mi boca.

«Matt, mi amor. No puedes dejarme ahora que te he encontrado».

―¿Desea llamar a alguien para que la acompañe? ―preguntó nuevamente la mujer.

La miré con ojos vacíos, ausentes. No le respondí.

Me levanté sin dar explicaciones y salí de la sala.

Fue entonces cuando noté que aún tenía su teléfono en la mano.

No recordaba haberlo tomado, pero ahí estaba.

¿Lo había tomado yo o me lo había pasado uno de los paramédicos en la ambulancia? No lo sabía.

Lo miré unos segundos, sintiendo cómo algo dentro de mí se quebraba por completo. Todo lo que pude hacer en ese entonces fue buscar el contacto de su madre. Presioné «llamar» con los dedos temblorosos. Cuando contestó, no fui capaz de suavizar nada.

―Vivian… ―sollocé con la voz rota―. Estamos en el hospital. Matt ha tenido un accidente.

Y al pronunciar esas palabras, sentí que el mundo volvía a romperse bajo mis pies. El miedo me atravesó al comprender que podía perderlo, y recordé que me había dicho que, si pudiera pedir un deseo, pediría que sus últimos latidos fueran para mí.