48. Dolorosa confidencia
«Algunas mentiras nacen del miedo a perderlo todo».
Las últimas semanas sin Matt fueron bastante difíciles; bastaba con pensar en él para que mi corazón se saltara un latido.
Holly volvió a las clases de ballet una semana después de nuestra ruptura, y me emocionó profundamente verla regresar.
Matt la llevaba, me dedicaba una sonrisa cargada de nostalgia y luego se marchaba, como si entendiera que aún necesitaba espacio para ordenar mis pensamientos.
Por las tardes, en cambio, siempre llegaba algún mensaje suyo: «te extraño», «me preocupa que estés bien», «si necesitas hablar, aquí estoy».
Mentiría si dijera que no me reconfortaba saber que seguía pensando en mí, que, de algún modo, yo aún ocupaba un lugar en su mente.
Mientras limpiaba mi apartamento, alguien tocó el timbre. Me sacudí las manos sobre el pantalón y fui a abrir.
―Hola, Paige ―me saludó Vivian Lancaster―. Perdona que haya venido sin avisar. ¿Podemos hablar un momento?
―Claro, adelante ―dije, haciéndome a un lado―. ¿Quiere un café? Acabo de prepararlo.
―Sí, gracias ―me respondió con una sonrisa.
Le indiqué que se sentara en el sofá mientras yo servía las tazas. La madre de Matt poseía ese mismo magnetismo natural que él, esa capacidad de llenar los espacios con su sola presencia. Todo en ella irradiaba distinción y elegancia.
Le entregué su café y me senté frente a ella.
―Paige ―me dijo con suavidad―. Sé que no es de mi incumbencia, pero también sé lo que significas para mi hijo desde hace años. Me contó lo de Allison.
Me sorprendió que fuera tan directa y, a la vez, cuidadosa a la hora de elegir las palabras para dirigirse a mí.
―¿Usted sabía que ella estaba viva? ―pregunté, intentando comprender por qué Matt no me lo había confiado.
―Sí, lo sabía. Si supieras las cosas de las que fue capaz esa mujer, quizás te costaría menos comprender por qué mi hijo te lo ocultó.
―No creo que exista una razón lo suficientemente válida como para mentir de esa forma ―espeté―. Además, la niña quizás querría conocerla cuando estuviera más grande.
Vivian sostuvo la taza entre sus manos, observándome con calma.
―Entiendo que lo veas así ―dijo con suavidad―, pero hay verdades que hacen más daño que bien, Paige. Mi hijo intentó proteger a su hija. Hay cosas sobre Allison que desconoces. Cosas terribles que pudieron costarle la vida a mi nieta. Esa mujer está loca, Paige. Es peligrosa.
Fruncí el ceño mientras un leve escalofrío me recorría la espalda.
―¿A qué se refiere?
Vivian dudó un instante, y me di cuenta de que estaba decidiendo cuánto decir.
―Hubo un episodio… cuando Holly era apenas un bebé ―murmuró con expresión dolida―. Matt llegó a casa antes de lo previsto y la encontró en la cuna. Allison… no estaba bien. Sostenía una almohada en las manos.
―¿Qué hizo? ―pregunté, temiendo la respuesta.
―Allison intentaba hacerla callar de una forma que pudo haber terminado muy mal ―dijo con voz contenida―. Matt la detuvo a tiempo.
El pecho se me contrajo al escuchar eso. Pude imaginarlo con claridad: a Matt, desesperado, enfrentándose a una escena que nadie debería presenciar. La vida de su hija había estado a punto de apagarse en manos de quien más debía protegerla. El mundo pareció inclinarse bajo mis pies.
―No… ―susurré, incapaz de procesarlo del todo.
Vivian asintió con los ojos humedecidos al recordarlo.
―Después de eso, todo se vino abajo ―continuó―.
Hospitales, tratamientos, crisis… y finalmente su decisión de irse.
Pero Matt nunca volvió a confiar en que ella pudiera estar cerca de su hija sin hacerle daño.
Fue demasiado doloroso para él. Es por eso que no la menciona, no habla de ella ni siquiera frente a Holly. No la quiere en su vida.
Me quedé en silencio, comprendiendo por fin el peso de su decisión de callarlo, de ocultármelo.
―Por eso, para él, ella dejó de existir ―añadió Vivian con suavidad―. Solo está protegiendo a su hija.
El nudo en la garganta impidió que mi voz sonara natural al hablar.
―Yo pensé que me había mentido ―dije apenas―. Fui muy egoísta por no pensar en él, por reprocharle que no me lo había confiado.
―Tal vez no supo cómo hacerlo ―dijo al final―. No todos saben compartir lo que más les duele. Y mi hijo se ha callado secretos durante años.
Tragué saliva, con la garganta repentinamente seca, recordando lo que me había confiado en el muelle de su casa, y me estremecí. Las piezas comenzaron a encajar de una manera que no había querido ver.
Cerré los ojos un instante y un deseo profundo por abrazarlo se apoderó de mí.
Recordé su mirada, su forma de evitar el tema cuando salía a colación, la tensión en su voz cada vez que Holly hablaba de su mamá muerta, y por primera vez sentí vergüenza de mi manera de ver las cosas, de haberlo dejado, de no haberlo comprendido.
―Lo lamento tanto ―dije, abatida―. Jamás imaginé que él pudiera cargar con un dolor así. Esa mujer no debería andar en la calle.
―Mi hijo supo que le habían dado el alta en el hospital psiquiátrico donde estuvo internada en Seattle. Es por eso que viajaba tan repentinamente, porque quería asegurarse de que no volviera a acercarse a Holly, de que no pudiera encontrarla ni hacerle daño otra vez.
Recordé las llamadas telefónicas que cambiaban repentinamente el ánimo de Matt y por fin entendí lo que había en sus ojos.
Era miedo. Matt tenía miedo por Holly, y también por mí.
Recordé las llamadas silenciosas en las que esa mujer se limitaba a escuchar mi voz antes de colgar, y su visita al teatro.
Allison no solo vigilaba a Holly, sino que también me acosaba.
Me pregunté qué estaría planeando hacer conmigo, y me agité de solo pensarlo.
―Paige, te lo he contado porque Matt quizás nunca lo haga. Es un tema demasiado doloroso para él. ―Vivian se levantó y me tomó de la mano con suavidad―. Espero que puedas perdonarlo. Mi hijo y mi nieta te aman. Nunca lo olvides.
Me levanté y le di un abrazo, transmitiéndole mi agradecimiento. El haber conocido toda la verdad ayudó a sanar las heridas que su mentira me había causado.
Me separé de ella con el corazón latiendo con fuerza.
―Gracias por decírmelo, Vivian.
Asintió con una leve sonrisa y, tras despedirse, se marchó.
Durante semanas me había convencido de que había hecho lo correcto al alejarme, de que protegerme era lo único que importaba.
Pero ahora todo lo veía distinto. Matt no me había excluido por falta de amor, ni para lastimarme.
Había estado lidiando en silencio con algo que yo ni siquiera era capaz de imaginar.
Me llevé una mano al pecho, sintiendo el peso de todo lo que no supe ver. Y por primera vez desde que todo acabó, lo tuve claro. Sabía lo que tenía que hacer.