Los latidos que nos quedan 47. El donante
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47. El donante

«Hay dolores que no hacen ruido, pero lo ocupan todo».

Mi ruptura con Matt me mantenía en un permanente estado de melancolía que apenas podía ocultar mientras daba mis clases en la academia.

Holly había dejado de asistir y eso solo consiguió aumentar mi preocupación, aunque deduje que quizás Matt no quería exponerla por si su madre aparecía otra vez por aquí.

Todavía se me venía a la mente el momento en que esa mujer me había dicho que era la madre de Holly, y experimentaba la misma conmoción que aquella vez.

Me sentía una tonta a la que habían engañado con demasiada facilidad y me dolía.

―Paige, ¿ya te vas? ―me preguntó Olivia, devolviéndome a la realidad.

La miré y noté que estaba preocupada por mí. Lo supe por la forma en que fruncía el ceño y el tono de su voz. Sacudí la cabeza y asentí.

―Sí, quedé de visitar a Carter ―le expliqué, tomando mi bolso.

―Ha llegado esto para ti ―me dijo, entregándome un pequeño paquete, sin tarjeta―. ¿Estás segura de que estás bien? ―insistió en preguntar.

Acaricié el objeto con la yema de los dedos mientras asentía y lo guardaba en mi bolso.

―Sí, estoy bien. Nos vemos mañana ―me despedí y me marché.

Sabía perfectamente lo que era ese paquete: desde que Matt y yo nos distanciamos, recibía uno igual cada día.

Eran bailarinas de cristal, todas distintas, en diversas posturas y tamaños.

Más de una vez pensé en esconderlas en un armario para no verlas, para no enfrentarme a ese recordatorio constante de su traición, de sus mentiras, pero eran tan hermosas que nunca fui capaz de hacerlo.

La primavera había embellecido el entorno, y el aroma a flores inundaba el aire de una manera reconfortante. Sin embargo, sumida en el estado de amargura en que me encontraba, era incapaz de apreciarlo. Dentro de mi pecho, la lluvia no daba tregua.

Cuando llegué al hospital y entré a la habitación de Carter, su familia y las enfermeras reían felices. Los ojos de mi amigo se iluminaron al verme.

―¡Paige, ven aquí! ―me dijo, palmeando la cama para que me acercara―. ¡Tengo buenas noticias!

Mi corazón se saltó un latido y tuve la esperanza de que tuviera el donante.

―¿Hay donante? ―pregunté, expectante.

―Hay donante ―afirmó, y su sonrisa fue tan amplia que por un instante olvidé el hospital, las máquinas, todo, y me arrojé sobre él―. Tengo donante, cariño.

Un cosquilleo nervioso me recorrió y se me humedecieron los ojos de pura emoción. Por fin recibíamos un rayo de sol entre tantas nubes negras, y mis hombros se aflojaron como si soltara el aire contenido durante semanas.

―¡Oh, Carter! ¡Es una estupenda noticia! ―exclamé, invadida por un repentino brote de alegría―. ¿Y quién es el donante?

Me senté junto a él, tomando con cuidado su mano. Estaba más delgado y su piel tenía esa palidez que ya empezaba a volverse familiar, pero sus dedos se cerraron alrededor de los míos con la misma fuerza de siempre.

―El donante es Matt, aunque no lo creas.

Una sensación de vértigo me recorrió de los pies a la cabeza. Por irónico que resultara, el mismo hombre que me había arruinado en el pasado, ahora era quien me devolvería a la persona más importante de mi vida: a mi mejor amigo.

―¿No es una noticia maravillosa, Paige? ―dijo su madre con emoción.

No pude evitarlo. Estallé en un llanto desgarrador que pareció incomodar a todos los presentes, ya que se retiraron uno a uno, dejándonos a solas.

―Tranquila, cariño, que todo va a estar bien ―me dijo Carter, acariciando mi cabeza con ternura.

Cerré los ojos con fuerza, intentando contener el temblor que me recorría el cuerpo, pero era inútil. Todo dentro de mí estaba desbordado y lo único que podía hacer era llorar.

―Tenía que ser él ―murmuré entre sollozos.

―Supongo que siempre le gustó robarme el protagonismo. Aún no supera que me prefieras ―bromeó y yo reí.

Me limpié las lágrimas con la mano libre y bajé la vista al suelo.

―Oye… ―susurró, apretando apenas mi mano―. Mírame.

Lo miré con los ojos hinchados de tanto llorar, y le sonreí con ternura. En mi interior revoloteaban un sinfín de emociones que competían entre sí para tomar la delantera. Toda yo era caos.

―Esto es bueno, Paige ―dijo―. Es lo mejor que podía pasar.

―¿Matt ya lo sabe? ―pregunté con nerviosismo.

―Sí, y está muy contento de poder ayudarme.

Nuevamente me puse a llorar y mi amigo comenzó a consolarme. Sabía que estaba siendo egoísta, que cargar a Carter con mis problemas no era lo que él necesitaba, pero mis emociones habían tomado las riendas sobre la razón y no podía evitarlo.

―¿Cuándo…? ―pregunté, sin terminar la frase.

―Pronto. Se vienen tiempos muy difíciles, Paige. Me harán una semana de quimios intensiva, y estaré por completo aislado, como un bicho raro ―añadió, con una media sonrisa que no logró sostener del todo―. Pero dicen que es necesario.

Bajé la mirada hacia nuestras manos entrelazadas.

Su piel estaba tibia, pero se sentía más frágil.

Comprendí que Carter intentaba protegerme incluso de lo que estaba viviendo, porque se mostraba ante mí fuerte, decidido, igual que antes de una presentación importante, pero por dentro, yo sabía que tenía miedo.

―Carter, escúchame bien ―dije, armándome de valor―. Todo estará bien. Saldrás de esto porque eres el hombre más fuerte que conozco.

―Si lo dices porque aún puedo lanzarte por los aires sin morir en el intento, es solo porque pesas lo mismo que una pluma, cariño.

Una risa breve se me escapó, mezclada con sollozos.

―Estoy hablando en serio ―lo reprendí.

―Yo también.

El silencio que siguió fue distinto. Con él era fácil hablar. Bastaba que nos miráramos para comprendernos.

―Cuando empiece todo, prométeme que estarás bien, que te repondrás ante cualquier cosa que pueda pasar ―me pidió.

―No digas eso ―dije, estremeciéndome ante la idea de perderlo.

―Voy a estar hecho un desastre, Paige. No quiero que te asustes. Y no me voy a ir a ninguna parte. Solo quiero que estés bien, que seas fuerte y que, decidas lo que decidas respecto a tu vida, será lo mejor para ti.

Me sonrió y acomodé mi cabeza sobre su pecho.

―Lo prometo. Te quiero.

―Ya lo sé ―me respondió, y sonreí.